Will Smith en la Amazonía: el actor busca tarántulas gigantes y venenos mortales en la nueva serie de National Geographic
En su nueva serie de National Geographic, “De polo a polo con Will Smith”, el actor se adentra en la Amazonía en busca de criaturas cuyo veneno podría dar lugar a nuevos medicamentos que salven vidas.

En el episodio 2 de Polo a polo, Will Smith captura una tarántula en una cueva de Ecuador para estudiarla con científicos.
Bajo el ardiente sol de los altos Andes, un equipo de científicos, guías locales y la estrella de cine Will Smith camina con dificultad por un sendero de tierra. Su largo y resbaladizo recorrido por la selva amazónica termina en la cueva de Tayos, un enorme sistema subterráneo. El equipo instala cuerdas y desciende casi 90 metros, el equivalente a un edificio de 20 pisos. Allí, en la más absoluta oscuridad, buscarán criaturas venenosas (escorpiones, ciempiés y arañas), incluida una tarántula no identificada del tamaño de un plato.
“Es uno de los ecosistemas más increíbles que he visto nunca”, afirma Bryan Fry, Explorador de National Geographic y toxicólogo de la Universidad de Queensland en Brisbane, Australia. Su expedición a la cueva de Tayos aparece en un episodio de la serie de National Geographic Polo a polo con con Will Smith, que se estrenará el 14 de enero en Disney+, donde los dos se hacen amigos de los bichos que habitan en las profundidades.
Su objetivo es identificar nuevas especies y estudiar los venenos para descubrir moléculas que puedan servir de base para nuevos y potentes fármacos. Para el Explorador de National Geographic, esta expedición es solo una más de las muchas que ha realizado a lo largo de sus más de dos décadas dedicadas al estudio de los venenos, las criaturas venenosas y su evolución.

Will Smith y su equipo de investigadores y guías se preparan para descender casi 90 metros hasta la entrada de la cueva de los Tayos en la Amazonía ecuatoriana.
Will Smith va en busca del tesoro en el Amazonas
La única forma de acceder a la cueva Tayos es a través de grietas en la superficie terrestre. “Cualquier forma de vida que haya allí queda básicamente atrapada”, explica Fry. Debido a la dificultad (y el peligro) de entrar y salir, esta remota cueva es prácticamente desconocida para los investigadores fuera de Ecuador. “Nuestra expedición es la primera que va a publicar la biodiversidad de este sistema de cuevas”, revela el toxicólogo.
Adentrándose en las profundidades de la cueva, la expedición camina entre excrementos que llegan hasta las rodillas o la mitad de los muslos, depositados por los guácharos sudamericanos que anidan en la cueva Tayos. Estas aves suelen salir de la cueva en busca de fruta y luego regresan, desprendiendo nutrientes a través de sus heces que alimentan el ecosistema.
Hace mucho tiempo, las cucarachas llegaron a la cueva y desde entonces han evolucionado hasta alcanzar unos 7.5 cm de largo, detalla Fry. La cueva también es el hogar de criaturas como arañas, escorpiones y ciempiés. Aparte de los guácharos y algunos murciélagos, no hay otros vertebrados. “Básicamente, es un imperio de artrópodos, y en la cima de esta pirámide se encuentran estas tarántulas gigantes”, agrega el investigador.
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Dentro de la cueva, Fry y Smith iluminan las paredes con linternas y voltean rocas. Fry ve una tarántula gigante marrón y peluda y la captura en un frasco. Más tarde, la aturde con gas de dióxido de carbono. Trabajando rápidamente antes de que la criatura despierte, Smith y los investigadores aplican pulsos eléctricos a las glándulas venenosas de la tarántula y comprimen suavemente los músculos que utiliza para inyectar su veneno. En un colmillo se forman grandes gotas de veneno, que el equipo recoge en un tubo de plástico.
Dado que esta cueva es tan poco conocida por los científicos, cualquier cosa que encuentren aquí tiene el potencial de ser una nueva especie. Teniendo esto en cuenta, el equipo de Fry recoge la criatura en un frasco para estudiar su genética y compararla con animales conocidos. También analizarán los efectos del veneno de la tarántula y los compuestos que contiene, un proceso con el que el toxicólogo se ha familiarizado profundamente a lo largo de los años.

Will Smith trabaja con científicos en la cueva Tayos, en Ecuador, para capturar diversas criaturas y estudiar su veneno.
La experiencia de un Explorador de National Geographic con animales venenosos
Las sustancias tóxicas han fascinado a Fry desde su infancia. “Mi primer recuerdo es estar en el hospital por haber sido destrozado por las toxinas”, dice, recordando un episodio a los dos años de meningitis espinal, en el que las toxinas de la infección microbiana pueden causar estragos en el cuerpo. Fry sobrevivió, pero perdió la audición en su oído derecho como consecuencia. “Eso me hizo interesarme por la idea de las toxinas, esas sustancias invisibles que pueden cambiar por completo la trayectoria de tu vida”.
En su juventud, el Explorador sentía predilección por los bichos que se arrastran, corretean y reptan. Su familia se mudaba mucho y, en cada nuevo hogar, salía armado con una guía de campo y una funda de almohada para recoger todo lo que pudiera: escorpiones, serpientes, arañas, lagartijas, ranas, tortugas, salamandras y mucho más.
“Tenía cuatro o cinco años cuando anuncié con grandilocuencia que cuando fuera grande estudiaría serpientes venenosas”, recuerda. En el proceso de convertir su sueño infantil en una carrera, Fry ha acumulado una larga lista de experiencias angustiosas: cientos de puntos de sutura, 27 mordeduras de serpiente, 25 huesos rotos, tres conmociones cerebrales y una picadura de escorpión que casi le cuesta la vida.
“Es muy imprudente”, asegura Tim Lüddecke, zoólogo y bioquímico del Instituto Fraunhofer de Biología Molecular y Ecología Aplicada de Giessen (Alemania), que no participó en esta expedición. Pero esa es una característica común en los investigadores que buscan animales por sus toxinas, reconoce. No es solo por la emoción: en las criaturas venenosas, los investigadores ven una fuente de moléculas sin explotar que podrían tener aplicaciones médicas.

Bryan Fry, sus científicos y Will Smith en la cueva Tayos, en Ecuador.
Por qué investigaron las tarántulas de la cueva de Tayos
Los animales venenosos han desarrollado la capacidad de producir moléculas potentes. Estas les ayudan a capturar presas, disuadir a posibles depredadores y satisfacer otras necesidades biológicas.
Las incursiones anteriores en el mundo de los venenos han dado lugar a potentes medicamentos, como el captopril, un fármaco para la presión arterial que es una versión modificada del veneno de serpiente y que se utiliza desde hace más de 50 años. Más recientemente, los investigadores han descubierto un compuesto en el veneno de las arañas de tela en embudo que ahora se está probando en ensayos clínicos como tratamiento para los ataques cardíacos.
Es poco probable que los investigadores encuentren nuevos compuestos en criaturas que han sido estudiadas exhaustivamente, por lo que tienen que buscar en entornos inusuales. “Si quieres encontrar algo novedoso, necesitas un animal novedoso, y no vas a encontrar nada más novedoso que las tarántulas de la cueva de Tayos”, considera Fry. Los animales de estos entornos se han encontrado con nuevas presas y nuevos enemigos, “por lo que necesitarán toxinas novedosas para hacer frente a la situación”, profundiza Lüddecke. Muchas de estas criaturas venenosas no son dañinas para los humanos, por lo que los investigadores a menudo las han pasado por alto en los estudios sobre venenos.
Al igual que las islas, las cuevas pueden actuar como laboratorios para la evolución, sostiene el biólogo Edgar Neri-Castro, de la Universidad Nacional Autónoma de México, que colabora con Fry pero no formó parte de esta expedición. “Debido a que permanecen aisladas durante miles o incluso millones de años, las especies que viven en su interior pueden evolucionar de formas muy singulares”, explica.
Recolectar y estudiar el veneno revela cómo las criaturas han desarrollado una variedad tan amplia de venenos, y puede ayudar a mejorar los antídotos y los tratamientos, agrega, lo que puede ser crucial para las comunidades rurales que se enfrentan al mayor peligro de mordeduras de serpientes y picaduras de escorpiones.
Un futuro de venenos en peligro
Después de recolectar muestras en la cueva, el equipo emprende un agotador viaje de regreso, con sus mochilas cargadas de muestras de veneno y animales que han recolectado. Fry se dará cuenta más tarde de que él, Smith y sus compañeros han descubierto al menos seis nuevas especies. “Realmente pone de relieve la gran biodiversidad que existe y también lo precaria que es”, reflexiona.
Los sistemas venenosos son únicos en cada especie, explica Lüddecke, y los científicos se apresuran a estudiar las especies venenosas antes de que se extingan. “Podría ser que, en realidad, hayamos perdido o vayamos a perder muy pronto un par de medicamentos muy eficaces contra el cáncer y otras enfermedades antes de poder estudiarlos”, dice.
Aunque está físicamente aislada, la cueva de Tayos está conectada con el mundo exterior a través de sus guácharos, que pasan la mitad del año en bosques de otras partes de Sudamérica. La pérdida de hábitat en esas zonas pondría en peligro a los guácharos y a la vida de la cueva que sustentan, advierte el Explorador. Eso podría tener efectos en el diseño de medicamentos y fármacos, con consecuencias perdurables para la medicina moderna.
“Aunque a la gente no le gusten los animales venenosos”, finaliza Fry, “deberían querer que se quedaran”.