
Cómo el aprendizaje social asegura la supervivencia de los elefantes
Un elefante macho es recibido con abrazos por una matriarca y su hija.
Los elefantes jóvenes tienen mucho que aprender: qué comer, qué evitar, cómo comportarse con los demás. Cuando crecen junto a su madre y sus tías, su desarrollo hasta convertirse en adultos bien educados puede parecer natural y espontáneo. Pero las consecuencias de la caza furtiva y la gestión errónea de la población en el pasado revelan que les va mucho mejor si pueden seguir el ejemplo de los animales mayores.
Los elefantes de poblaciones que han perdido o carecen de individuos mayores tienden a tener menos posibilidades de sobrevivir, pasan menos tiempo con los demás y responden con menos precisión a las amenazas, explica la ecóloga conductual Lucy Bates, de la Universidad de Portsmouth, en el Reino Unido. Bates dirigió un análisis publicado el año pasado en el que se analizaban 95 estudios científicos sobre poblaciones de elefantes alteradas en África y Asia.
Cuando los elefantes mayores desaparecen de sus comunidades, explican Bates y sus colegas, también lo hace su cultura, el conocimiento que se adquiere con la edad y se transmite de generación en generación.
“Por lo general, sobreviven cuando los mayores desaparecen”, dice. “Pero pueden perderse muchos aspectos más sutiles de su comportamiento”. Esto pone en peligro no solo a los propios elefantes, sino también a los animales y las personas con los que conviven.

Un grupo de elefantes sigue a su matriarca en la Reserva Nacional de Samburu, Kenia.
Los elefantes huérfanos se comportan de manera más agresiva
Uno de los ejemplos más famosos de una población de elefantes que creció sin ancianos es el grupo de elefantes huérfanos de la sabana que fueron trasladados a un parque llamado Pilanesberg, en Sudáfrica, en los años 1980 y 1990. Sus parientes adultos habían sido abatidos en el Parque Nacional Kruger, no por cazadores furtivos, sino por los administradores del parque, que consideraban que el número de animales era demasiado elevado y creían que el instinto de los jóvenes sería suficiente para sobrevivir.
Es probable que estos elefantes sufrieran traumas, asegura el ecólogo conductual Graeme Shannon, del Instituto Noruego de Investigación de la Naturaleza, que estudió a los animales entre 2007 y 2010. Sus experimentos sugirieron que también carecían de conocimientos cruciales en comparación con los elefantes de la numerosa y saludable población del Parque Nacional de Amboseli, en Kenia, donde también trabajó.
Para comprender mejor este impacto, Shannon y sus colegas reprodujeron los sonidos que habían grabado de los elefantes en el parque y en otros lugares a través de grandes altavoces situados en la parte trasera de un coche.
En Amboseli, los grupos liderados por hembras mayores identificaron claramente estos sonidos, como si dieran la bienvenida a un amigo de la familia, pero se reunieron alrededor de las crías en actitud defensiva cuando oyeron el sonido de un extraño que se acercaba.
En Pilanesberg, por el contrario, donde no había hembras mayores, los grupos respondieron de forma igualmente defensiva a todas las grabaciones. Tampoco reaccionaron de forma diferente a los sonidos de los elefantes jóvenes o (a menudo más peligrosos) mayores, ni parecieron distinguir entre los rugidos de uno o tres leones, o de machos y hembras, a diferencia de los grupos de Amboseli.
En Amboseli, los ejemplares jóvenes aprenden gradualmente cuándo deben tener cuidado observando a los adultos del grupo, dice Shannon, y a no preocuparse demasiado en caso contrario. “El comportamiento excesivamente ansioso de los elefantes huérfanos debe de ser muy agotador para ellos”, considera.
(Ver también: Así sobreviven los guepardos en el Serengeti: la mirada de un Explorador de National Geographic)
Los elefantes huérfanos de Pilanesberg se mostraban inusualmente agresivos con el personal, los visitantes y los investigadores, y los machos jóvenes fuera de control mataron a docenas de rinocerontes blancos en el parque. Estos episodios de agresividad solo remitieron cuando el parque introdujo seis machos más viejos y dominantes con los que los más jóvenes podían seguir y de los que podían aprender.
Los elefantes machos suelen considerarse solitarios, explica Shannon, pero buscan la compañía de otros machos cuando abandonan el grupo liderado por hembras en el que crecieron. Y dado que más adelante suelen estar solos, puede que sea aún más importante para ellos aprender a comportarse como adultos.
La situación en Pilanesberg puede haberse debido en parte a un trauma más que a una falta de aprendizaje como tal, pero estos estudios revelan las muchas sutilezas que los elefantes jóvenes aprenden de sus mayores.

Una matriarca elefante guía a su grupo a través de un río en la Reserva Nacional de Samburu, Kenia.
Cómo los elefantes jóvenes aprenden de los mayores
Décadas de observaciones en Amboseli han revelado muchos más ejemplos que ponen de relieve la importancia de aprender de otros elefantes, menciona la ecóloga evolutiva Phyllis Lee, de la Universidad de Stirling, Reino Unido.
A menudo se ve a los ejemplares jóvenes extendiendo sus trompas para oler o saborear lo que comen los demás, o para oler los líquidos que los elefantes secretan por las glándulas de las sienes cuando se excitan emocionalmente. “Parecen muy ansiosos por aprender”, comenta.
Curiosamente, las madres parecen incluso enseñar a sus hijas cómo atraer a un macho visitante, explica Lee. “Aunque no tenga interés en aparearse, una madre puede presentarse ante un macho y hacer pequeñas ‘escapadas’ para convencerlo de que la siga, solo para mostrarle a su hija cómo se hace y conseguirle una buena pareja si puede. Luego, tan pronto como su hija se haya apareado, ignorará al macho”.
Las investigaciones han demostrado que las hembras jóvenes tienen más probabilidades de criar con éxito a su primera cría mientras su madre está criando a la suya, afirma Lee. Los grupos liderados por hembras mayores también tienden a perder menos crías y tienen una mayor supervivencia en general.
El efecto sobre el número de ejemplares es más variado. Mientras que la población de huérfanos en un lugar relativamente benigno como Pilanesberg creció rápidamente, en zonas más difíciles como el Parque Nacional Mikumi en Tanzania, las poblaciones que perdieron a muchos ancianos por la caza furtiva a menudo siguen luchando por recuperarse, quizás por falta de experiencia sobre cómo sobrevivir a las sequías.
Si esos conocimientos, acumulados a lo largo de generaciones, se pierden cuando se mata a los animales más viejos o se rompen los lazos sociales, puede llevar mucho tiempo recuperarlos, y algunos de ellos pueden incluso desaparecer para siempre. La mayoría de los gestores de la vida silvestre han aprendido esta lección: normalmente se hace un esfuerzo por trasladar a los grupos en su conjunto en lugar de separarlos. Sin embargo, los cazadores de trofeos siguen apuntando a los individuos más viejos por sus colmillos, subestimando la importancia de los mayores para la supervivencia de los animales más jóvenes.
(También podría interesarte: Científicos documentan la temperatura oceánica más fría registrada en la historia de la Tierra)
El aprendizaje de los elefantes afecta a los humanos
Aprender de los demás también parece desempeñar un papel clave en la forma en que los elefantes se relacionan y responden a los humanos.
Los estudios han demostrado que los elefantes que viven en zonas con diferentes grupos humanos responden con más miedo a las personas de grupos que se sabe que ocasionalmente matan elefantes que a los que no lo hacen, afirma Bates. En algunos de sus propios trabajos, ha demostrado que estos animales también parecen tener más miedo al olor de la ropa que llevan las personas de grupos que podrían suponer una amenaza para ellos. “También se alejan del olor de otras personas”, afirma. “Pero en este caso, corren y siguen corriendo”.
Cuando son conscientes de la ubicación de los humanos, los elefantes tienden a mantenerse alejados. En Amboseli, se ha observado a ejemplares merodeando a distancia hasta que los pastores locales terminaban de dar de beber a su ganado. Sin embargo, cuando los elefantes se ven sorprendidos y se sienten incapaces de escapar, a veces matan al ganado y, en ocasiones, también a personas. Algunos incluso se fijan en los horarios de los humanos: por ejemplo, los trabajadores de una plantación de café en el sur de la India comenzaron a encontrarse con elefantes cuando ampliaron su jornada laboral.
Sin embargo, no todo lo que los jóvenes aprenden de sus parientes mayores les ayuda a evitar problemas con los humanos. Se observó a un grupo de machos en Kenia empujando a su miembro más joven a través de una valla, enseñándole una dura lección sobre cómo sortear estos obstáculos. Los elefantes asiáticos también parecen estar aprendiendo de otros cómo derribar vallas o alimentarse de cultivos o basura, detalla la ecóloga conductual Shermin de Silva, de la Universidad de California en San Diego, que los estudia en Sri Lanka.
Esto puede dar lugar a conflictos con los humanos que pueden tener consecuencias mortales tanto para las personas como para los elefantes, y los animales que mueren pueden ser los más adaptables y persistentes, explica, “rasgos que también pueden ser muy útiles para ayudarles a sobrevivir en la naturaleza”. Si el comportamiento se transmite a la siguiente generación, lo cual podría ocurrir si las madres llevan a sus crías a los vertederos para alimentarlas, es posible que los elefantes jóvenes no aprendan a alimentarse de plantas silvestres. “Un elefante come más de 100 plantas diferentes”, indica De Silva. “Pero esto no significa que puedan comer cualquier cosa en cualquier momento. Tienen que aprender”.
(Más sobre animales: “La Baronesa”, la pitón reticulada que rompió el récord como la serpiente salvaje más larga del mundo)
Algunas poblaciones de elefantes asiáticos se han reducido tanto que los conservacionistas podrían verse tentados a renunciar a ellas, afirma De Silva. “Pero esas poblaciones remanentes podrían tener conocimientos locales sobre cómo sobrevivir allí que serían difíciles, sino imposibles, de recuperar si las perdemos”. Recientemente ha sido coautora de unas directrices sobre cómo reintroducir elefantes huérfanos en nuevas zonas. “Es importante criarlos de manera que se los disuada de acercarse a los humanos y que vayan a aprender de otros elefantes”.
Los humanos que comparten su entorno con los elefantes también han aprendido cosas de ellos a lo largo de la historia. Los cuidadores descubrieron qué plantas medicinales pueden ayudar a los elefantes enfermos observando lo que comían los animales cuando no estaban bien de salud, detalla De Silva, y algunas de esas plantas ahora también son utilizadas por las personas.
“Probablemente, los elefantes coevolucionaron con los humanos, concretamente con el Homo erectus”, explica De Silva, “por lo que siempre han tenido que lidiar con nosotros”. A medida que las poblaciones de estos animales se recuperan o, más comúnmente, nuevas personas se trasladan al antiguo hábitat de los elefantes, pueden producirse algunos malentendidos peligrosos.
Sin embargo, en lugares donde los seres humanos y los elefantes tienen una larga historia de convivencia, a menudo existe un entendimiento cultural mutuo, asegura De Silva. Ella hace hincapié en que eso no significa que interactúen con frecuencia: las personas nunca deben alimentar ni acercarse a los elefantes salvajes, ya que podrían producirse accidentes. “Tenemos que darles espacio”.
Para que los elefantes puedan sobrevivir a un clima cambiante en paisajes cada vez más fragmentados, será aún más importante que los fragmentos de hábitat que quedan estén bien conectados para permitirles cierto espacio para moverse y crear áreas donde los animales más viejos puedan compartir los conocimientos heredados de retos pasados, mientras que los animales más jóvenes se sientan seguros para explorar y descubrir nuevas soluciones a problemas novedosos. “Los individuos más jóvenes pueden ser más adaptables”, detalla Bates. “Y algunos viejos hábitos tendrán que cambiar”.