
Día de la Mujer: desde los corsés hasta las Kardashian, un repaso a la historia de la obsesión por las cinturas finas
Kim Kardashian en la gala benéfica del Costume Institute del Museo Metropolitano de Arte en Nueva York, el 6 de mayo de 2024.
La obsesión cultural de la humanidad por adelgazar y modificar el cuerpo se remonta a siglos atrás. Mantener un rostro y un cuerpo firmes por medios socialmente aceptables, como el ejercicio, la ropa moldeadora e incluso la cirugía plástica sutil y de buen gusto, es desde hace mucho tiempo un símbolo de autoestima y respetabilidad.
La expectativa de que una mujer bien educada debía modificar su cuerpo mediante corsés se remonta al siglo XVI, cuando se utilizaban los llamados “corsés de ballena” (corpiños estructurados con tiras flexibles extraídas de la boca de las ballenas de aleta, de ahí su nombre). Conocidos en aquella época simplemente como “cuerpos”, eran utilizados habitualmente por mujeres y niñas aristocráticas, entre ellas Catalina de Médicis y la reina Isabel I.
En toda Europa y América, durante los siglos XVIII y XIX, los corsés tenían muchas funciones. Había corsés para corregir la postura de los niños, otros diseñados para dar soporte durante el trabajo físico, corsés modificados para mujeres embarazadas y lactantes, e incluso piezas diseñadas para militares y dandis de principios del siglo XIX.
En 1745, un visitante suizo en Inglaterra observó que, incluso en el campo, “todas usaban corsés”, ya que, particularmente en Inglaterra, los corsés holgados indicaban una moral laxa.
Aunque con muchos menos adeptos, la moda de los corsés o de las prendas que comprimen el cuerpo de las mujeres nunca desapareció del todo. A mediados de la década de 2000, celebridades como la estadounidense Kim Kardashian revivieron la popularidad del vestido vendaje del diseñador francés Hervé Léger.
A principios de la década de 2010, la era del bodycon (un estilo de ropa que se ajusta muy bien al cuerpo, según el Diccionario Cambridge, y cuya definición es la abreviatura de body conscious, o consciente del cuerpo, en español) estaba en pleno apogeo. Se alineaba con la necesidad de ropa interior ajustada y suave que creara la ilusión de una cintura bien definida.
Pero incluso cuando los vestidos bodycon pasaron de moda, el interés por la ropa moldeadora se mantuvo. En 2019, Kim Kardashian lanzó su propia línea de ropa muy ajustada al cuerpo, una empresa que actualmente está valorada en unos 4000 millones de dólares.

Este corsé fue diseñado alrededor de 1851 por Madame Roxy Caplin con varillas mínimas y flexibles para lograr curvas de moda. Prometía a quien lo llevaba una cintura de solo 48 cm. Las mujeres con cinturas inferiores a 69-74 cm eran llamadas "tight-lacers" y eran objeto de controversia durante la época victoriana.
La relación entre el corsé y la posición social de quien lo usaba
Como señala la historiadora de la moda estadounidense Valerie Steele en su libro The Corset: A Cultural History (El corsé: una historia cultural), los corsés transmitían “estatus social, autodisciplina, arte, respetabilidad, belleza, juventud y encanto erótico”.
Para las mujeres de la clase alta, exhibir estas características era esencial para demostrar su posición social. Por su parte, las mujeres de la clase baja buscaban imitar a las clases altas, lo que se convirtió en un medio para alcanzar posiblemente la movilidad social a través del matrimonio o el empleo.
Aunque los corsés dejaron de estar de moda a partir de la década de 1920, seguir teniendo un aspecto cuidado y elegante siguió siendo importante mediante la dieta, el ejercicio y otras modificaciones corporales, como los modeladores y la cirugía plástica.
Pero, aunque estos estándares se impusieron socialmente durante mucho tiempo, las modificaciones corporales excesivas, en forma de corsés ajustados (por no mencionar procedimientos modernos como la liposucción, el lifting facial y los rellenos) se consideraban antinaturales, perjudiciales para la salud y una forma de llamar la atención.
En este contexto, la historia de la pieza acaba siendo un arma de doble filo: por un lado, las que no usaban corsés eran tachadas de libertinas y descuidadas, pero las que se apretaban demasiado el corsé, modificando su cuerpo de forma demasiado evidente, eran consideradas tontas y vanidosas.


Los corsés ajustados fueron objeto de grabados satíricos y literatura moralista. A finales de la década de 1820, William Heath creó memorables sátiras que respondían a las modas exageradas. Aquí muestra a una joven cuya silueta distintiva se basa en una cintura ajustada con un corsé y una falda acampanada con un dobladillo lo suficientemente corto como para revelar los pies.
Anuncio de 1907 de un corsé flexible que no estaba fabricado con hueso ni acero.
Cómo se veía a las mujeres que apretaban demasiado sus corsés
La imagen más perdurable que tenemos de los corsés es la de la cintura ajustada (la famosa “cintura de avispa”) y la faja apretada, una figura muy controvertida. Según Rebecca Gibson, profesora adjunta de Antropología en la Universidad Commonwealth de Virginia y autora de The Corseted Skeleton: A Bioarchaeology of Binding (El esqueleto con corsé: una bioarqueología del ajuste), la indignación pública y el pánico en torno al ajuste apretado fue un fenómeno victoriano y se dirigió a aquellas personas, normalmente mujeres (y a veces hombres), que llevaban "demasiado lejos" la práctica común de la modificación corporal mediante corsetería.
Mientras que un corsé estándar puede reducir la cintura entre dos y cinco centímetros, disminuyendo el tamaño de la cintura natural con el tiempo, un proceso que Gibson compara con el uso de aparatos ortopédicos, los corsés ajustados forzaban la cintura a dimensiones extremadamente antinaturales. Los críticos condenaban estas cinturas antinaturalmente estrechas, afirmando haber visto algunas de tan solo 38 o 41 centímetros.
Como advertía la revista victoriana The Family Herald en un número de 1848: "Las mujeres deben medir entre 69 y 74 centímetros de cintura... miles se ciñen hasta los 53 centímetros, algunas hasta menos de 51".
A mediados y finales del siglo XIX, las mujeres que usaban corsés ajustados eran consideradas las "chicas malas" de la época, ya fuera por ser vistas como tontas que mutilaban sus cuerpos por la moda, como peligrosas prostitutas que se oprimían la cintura para obtener gratificación sexual, o ambas cosas.
Steele escribe que "la literatura anticorsé era similar en tono y línea argumental a las diatribas sobre los terribles efectos de la masturbación y el alcohol". La indignación por las mujeres que se apretaban los corsés provenía de todos los frentes: escritores conservadores que temían que las personas expresaran su autonomía sexual a través de la ropa y las primeras reformistas feministas que exigían una vestimenta más igualitaria para las mujeres.
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Un suntuoso ejemplo de robe à la française, también llamado vestido saco (o sacque). El saco siempre se llevaba sobre un corsé y, poco a poco, el estilo evolucionó hasta ajustarse mucho más a la cintura, con pliegues solo en la parte trasera.
Un corsé victoriano. Un científico del siglo XIX argumentó que la forma que producía un corsé era artificial "física y mentalmente, dejando el corazón del hombre desolado por la falta de una mujer auténtica a la que amar y por la que vivir; cuando incluso profana el templo de la castidad femenina".
El encanto y la fetichización del corsé
Entre 1867 y 1874, la revista The Englishwoman’s Domestic Magazine publicó más de 150 cartas sobre el tema del corsé, tanto a favor como en contra de esta práctica. Según Steele, muchas de esas cartas eran pornografía apenas disimulada, con autores anónimos que describían encuentros sadomasoquistas en escuelas de corsés.
Las autoras de las cartas, que en su mayoría afirmaban ser adolescentes, describían cómo las enviaban a escuelas de corsetería en Londres, París y Viena como castigo por su rebeldía. Afirmaban que, mientras estaban en esas instituciones, los directores y las maestras, de mano dura, las obligaban a llevar corsés. Aunque los historiadores creen que estas escuelas son puramente ficticias, las cartas, y otras similares, circularon ampliamente en las respetables revistas de la época, aparentemente consumidas por lectores que también llevaban corsés.
La fascinación y la fetichización del corsé subrayan las formas en que la modificación corporal excesiva podía ser tanto una fuente de entretenimiento como una línea de demarcación para la aceptabilidad cultural.
Algunas mujeres alcanzaron gran fama gracias a sus cinturas exageradamente estrechas. La artista de cabaret francesa y estrella del cine mudo Polaire fue un fenómeno internacional, en parte, por su cintura de avispa. Durante el apogeo de su carrera a finales del siglo XIX, se apretaba tanto el corsé que su cintura medía solo 40 centímetros y a menudo se la anunciaba como una especie de atracción secundaria.
Pero aunque el ajuste apretado se consideraba un "hábito de clase baja", como escribe el estudioso británico David Kunzel en Fashion and Fetishism (Moda y fetichismo), los fotógrafos victorianos utilizaban habitualmente técnicas de retoque e ilusiones ópticas para dar a las modelos la cintura de avispa que Polaire había puesto de moda. En un número de 1895 de Photography Annual, el fotógrafo S. Herbert Fry escribió sobre el uso de técnicas de retoque para crear habitualmente "la cintura exagerada de una dama que mide solo 45 centímetros".
La cintura de avispa, y los esfuerzos que hacen quienes la lucen para conseguirla, siguen siendo motivo de desprecio y aspiración. En la Met Gala 2019 (evento de gala benéfico que se celebra anualmente para recaudar fondos para el Costume Institute del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el MoMa), Kim Kardashian fue noticia por su espectacular figura de reloj de arena con un vestido color carne del diseñador francés Thierry Mugler adornado con gotas de cristal.
Su pequeña cintura provocó la ira y la envidia de los críticos en las redes sociales; algunos incluso se preocuparon por si se había sometido a una operación para quitarse una costilla y conseguir ese aspecto. Pero su cintura de avispa era el resultado de un corsé diseñado a medida por el famoso fabricante de corsés Mr. Pearl (se necesitaron tres personas para ponérselo a Kardashian y, según se dice, ella tomó "clases de respiración con corsé").
El movimiento contra los corsés
Gran parte de la reacción al look de Kardashian fue casi victoriana. Varios medios de comunicación destacaron su "ansiedad" por el corsé. "Kim Kardashian se lamenta por el doloroso vestido de la Gala del Met", rezaba un titular. De manera similar, en 1887, el escritor especializado en belleza Henry T. Finck se quejaba de que "la única satisfacción que una mujer puede obtener por tener una cintura de avispa es la envidia de otras mujeres tontas".
Los reformadores de la vestimenta de la época estaban de acuerdo y abogaban por la abolición, o al menos por el aflojamiento, de los corsés. Su oposición los convirtió en extraños aliados de los supuestos hombres de ciencia que creían que los corsés alejaban a las mujeres de su estado maternal "natural":
"Ha dejado de ser una metáfora que [la mujer] se vista para matar... ¿Podría tu padre o tu esposo vivir con tu ropa?", escribió en 1873 Elizabeth Stuart Phelps, una de las primeras críticas estadounidenses de la feminidad doméstica. "¿Podría dirigir su negocio y mantener a su familia con tus corsés?".
Aunque discrepaban en la mayoría de las cuestiones feministas, los defensores de los roles de género tradicionales, como el frenólogo estadounidense O. S. Fowler, también se oponían al corsé. "Pervierte el carácter femenino, transformando su belleza prístina en un conjunto de apariencias artificiales, tanto físicas como mentales, dejando el corazón del hombre desolado por la falta de una mujer auténtica a la que amar y por la que vivir; incluso profana el templo de la castidad femenina", escribió Fowler en 1870.
Pero según Gibson, la mayoría de los críticos no tenían opiniones tan extremas sobre los corsés como los reformadores de la vestimenta o aquellos que argumentaban que los corsés convertían en mentirosas a las mujeres que modificaban sus cuerpos para darles formas antinaturales. "En la sociedad occidental, nos gusta encontrar formas de castigar a las mujeres por decisiones que están influenciadas culturalmente y son casi inevitables para mantener el poder y la popularidad entre los miembros de su propio grupo", afirma Gibson.
A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la literatura y el arte se burlaban de las mujeres que se apretaban los corsés. Una ilustración de 1777 titulada Tight-Lacing (Ajustando el corsé) muestra a una mujer mayor y fea agarrándose al poste de la cama mientras una sirvienta le ata el corsé presionando con el pie contra su miriñaque.
Otra ilustración de 1879 titulada Considérations sur le Corset (Consideraciones sobre el corsé), de la revista masculina La Vie Parisienne, muestra a la señora de la casa apoyándose en una repisa mientras su esposo, los sirvientes e incluso un perro tiran de sus cordones por un lado, y un ejército de cupidos tira por el otro. Un diseño posterior, de 1898 retrata a un esposo y una criada atando a una mujer con tanta fuerza que se parte por la mitad.
Estas caricaturas sugerían que las mujeres que se ataban con fuerza no lo hacían por razones de respetabilidad, sino para obtener la aprobación de otras mujeres o, peor aún, para llamar la atención. En The Complete Beauty Book de 1906, Elizabeth Anstruther recordaba a una joven que se ataba con fuerza y que, según ella, había visto en un famoso café:
"La joven había reducido su cintura natural de unos cincuenta centímetros a una que no parecía medir más de treinta, pero que probablemente tenía cuarenta. El efecto era tan grotesco que la gente se reía abiertamente cuando ella pasaba".

Muchos corsés se hacían a mano para adaptarse a cada persona, como este ejemplo: un refuerzo de corsé tallado en marfil, probablemente hecho por un tripulante de un barco ballenero. Estos se tallaban y se regalaban a la persona amada del tripulante, quien luego los insertaba en una manga a juego de su corsé como un recuerdo único de los sentimientos de su amado.
De los corsés a la cirugía plástica
Las faldas más cortas y las cinturas más holgadas de la década de 1920, junto con los avances en las fajas moldeadoras y los materiales de la ropa interior, llevaron a la desaparición del corsé, al menos para el uso diario, pero el deseo de tener una figura esbelta permaneció.
A medida que la medicina se profesionalizó y la cirugía plástica se convirtió en un campo propio, la modificación corporal se trasladó al quirófano, y los cirujanos prometían una figura esbelta de la cabeza a los pies.
A principios del siglo XX, los médicos promocionaban los beneficios de la cera de parafina como solución para la nariz deprimida, un efecto secundario de la sífilis, una enfermedad que era común hasta la década de 1940, cuando se descubrió que la penicilina era un tratamiento eficaz. Se inyectaba parafina líquida en las depresiones de las narices afectadas, lo que daba a los pacientes el mismo aspecto relleno que prometen hoy en día las inyecciones de colágeno. Aunque su efecto era efímero debido a la tendencia de la parafina a migrar cuando se exponía a la luz solar, las inyecciones también se promocionaban por su capacidad para suavizar las líneas de expresión y las arrugas, lo que despertó el interés del público.
Tras los rápidos avances que cambiaron la vida de las personas para mejorar el aspecto de las lesiones faciales durante la Primera Guerra Mundial, los médicos, en particular los estadounidenses, llevaron esas innovaciones a sus países, siendo pioneros en las primeras cirugías estéticas, a menudo rinoplastias y estiramientos faciales.
A medida que esta nueva forma de modificación corporal de moda se fue extendiendo, los críticos no tardaron en señalar que algunas personas, en su mayoría mujeres, estaban yendo demasiado lejos.
"Estoy loca de alegría", declaró una mujer parisina que había viajado a Nueva York para someterse a un lifting facial al diario The New York Times en el verano de 1920, aunque le preocupaba su nuevo rostro estirado. "No me atrevo a sonreír", dijo. "Eso haría que volvieran a aparecer las arrugas". En el artículo, el Times no tardó en invocar a Hamlet, señalando que la sensibilidad "desprecia a todos aquellos que, habiéndoles dado Dios un rostro, se hacen otro".
A lo largo del siglo XX, los debates sobre la moralidad, las implicaciones feministas y la importancia cultural de la cirugía plástica acabarían haciendo que los argumentos de finales de la época victoriana sobre los corsés ajustados parecieran anticuados.
Los primeros cirujanos plásticos argumentaban que los hombres que habían resultado heridos en combate necesitaban cirugía plástica para encontrar empleo. Los artistas se sumaron rápidamente a la controversia, con la esperanza de que las modificaciones estéticas mejoraran la disponibilidad de papeles, en particular los destinados a mujeres mayores.
Pronto, personas de todos los ámbitos sociales argumentaron que una apariencia más juvenil podría mejorar sus posibilidades de ascender profesionalmente o casarse, aunque seguía existiendo el estigma de someterse a cirugía plástica para parecer más joven. A finales de los años 1990 y principios de los 2000, las celebridades sospechosas de haberse sometido a cirugía estética aparecían en las portadas de las revistas. "Cirugía plástica: ¿a quién le importa?", rezaba la portada de la revista Jane con la actriz Meg Ryan en 2004.
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¿Será el regreso de una belleza más natural?
Resultó que a mucha gente le importaba: a medida que los inyectables y los rellenos se volvieron más asequibles, su uso se extendió a las clases medias. La Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos informó que sus miembros con licencia realizaron 25.4 millones de procedimientos cosméticos "mínimamente invasivos" en 2023, una cifra que creció un 9% con respecto al año anterior.
Las estrellas de los reality shows y las influencers de las redes sociales se convirtieron en las “chicas malas" de los procedimientos cosméticos, estirándose el rostro tanto como la cintura, lo que demostró que se pueden construir imperios multimillonarios a partir de la modificación corporal.

Madonna, en su gira Blonde Ambition Tour de 1990, lució un exagerado corsé diseñado por Jean Paul Gaultier.
Como señala la profesora y escritora estadounidense Victoria Pitts en su libro In the Flesh: The Cultural Politics of Body Modification (En carne y hueso: la política cultural de la modificación corporal), "los cuerpos humanos siempre se moldean y transforman a través de prácticas culturales". Sin embargo, cuando son las mujeres las que se someten a estos procedimientos, a menudo se consideran formas de autolesión relacionadas con el género hasta que alcanzan una aceptación más generalizada.
Ahora, ese cambio parece haber llegado para el aspecto relleno del pasado reciente. En vídeos populares de las redes sociales, famosos e influencers explican a qué cirugías se han sometido y a cuáles no, junto con otras personas que relatan cómo han revertido procedimientos cosméticos anteriores.
“Hace unos años, era 'cuanto más grande, mejor'. Labios más grandes, glúteos más grandes, pechos más grandes”, afirma el Dr. David Rosenberg, cirujano plástico de Rosenberg Plastics en Beverly Hills, California, por correo electrónico. "Ahora oigo hablar constantemente de "snatched" (estilizada). Quieren pechos más pequeños y naturales, labios más suaves y una figura más equilibrada. Se trata menos de "mírame" y más de "ella se ha despertado así".
Quizás el nuevo look más estilizado y ajustado sea una reacción al pasado reciente, en el que las mejillas, los labios y los glúteos rellenos eran de rigor. Como señala Gibson, los cambios tienden a ser cíclicos, con oleadas de cambio que siguen a reacciones adversas: "La moda en sí misma suele seguir un ciclo de 10 años. Hay reacciones negativas, y luego reacciones negativas a las reacciones negativas. Creo que actualmente nos encontramos en una reacción negativa a los últimos diez años".
A medida que la modificación corporal culturalmente aceptable vuelve a inclinarse hacia la belleza natural, solo el tiempo dirá quién será señalado por llevarla demasiado lejos, ya sea por descuido o por vanidad para llamar la atención.