La Científica Jefa de la Expedición “Vida en los Extremos”, Dra. María Emilia Bravo, investigadora del ...

La científica argentina que descendió casi 5000 metros frente a Alaska y lideró el equipo que descubrió una medusa gigante

María Emilia Bravo explora áreas poco conocidas de los océanos. En diálogo con National Geographic, cuenta cómo fue sumergirse cientos de metros, qué descubrió junto a su equipo en el mar Argentino y sus fuentes de inspiración.

La Científica Jefa de la Expedición “Vida en los Extremos”, Dra. María Emilia Bravo, investigadora del IGeBA – CONICET – UBA, dirige una inmersión del ROV SuBastian desde la sala de control de la misión en el Buque de Investigación Falkor (too) perteneciente al Schmidt Ocean Institute.

Misha Vallejo Prut Schmidt Ocean Institute CC BY-NC-SA 4.0
Por Redacción National Geographic
Publicado 16 mar 2026, 13:12 GMT-3

El océano cubre el 70% del planeta, su superficie es de aproximadamente 360 ​​millones de kilómetros cuadrados y alberga más vida que cualquier otro lugar de la Tierra. A pesar de ello, solo se conoce una pequeña porción del mar, por lo que el trabajo de investigadores como la argentina María Emilia Bravo resulta fundamental. 

Bravo es bióloga marina, investigadora científica en el IGeBA (CONICET) y en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEN-UBA), una pionera en los primeros descubrimientos de ecosistemas quimiosintéticos del mar argentino (ambientes en los cuales las formas de vida obtienen energía de una manera alternativa a la energía solar) y una incansable exploradora del fondo marino. Sus trabajos son fundamentales para comprender mejor los misterios del océano profundo.

En 2024, y en el marco del proyecto científico Methanosphere, se sumergió 4907 metros en el océano durante 12 horas en Alaska (en comparación y para dimensionar la hazaña: el cachalote, considerado uno de los mejores buceadores del reino animal, puede alcanzar profundidades de unos 2000 metros). Junto con otro investigador y un piloto, ella abordó en Alvin (un sumergible tripulado que exploró los restos del Titanic) para estudiar ecosistemas quimiosintéticos. 

Posteriormente, entre diciembre de 2025 y enero de 2026, lideró la investigación "Vida en Extremos", una expedición que recorrió el mar Argentino a bordo del buque Falkor (too) y que permitió ver, en vivo y por streaming, ecosistemas quimiosintéticos del talud continental argentino. 

La campaña se realizó mediante una colaboración entre el Schmidt Ocean Institute y la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - UBA y documentó una rara medusa fantasma de aguas profundas del tamaño de un autobús escolar, el arrecife de coral de Bathelia candida más grande conocido en el océano mundial (con un tamaño cercano al de la Ciudad del Vaticano) y 28 presuntas nuevas especies, según informó el equipo científico a través del Schmidt Ocean Institute.

“La expedición liderada por María Emilia Bravo documentó una rara medusa fantasma de aguas profundas del tamaño de un autobús escolar”

Cuánto conocemos del océano

Hasta junio de 2025 solo se había cartografiado el 27.3 % del fondo marino global con tecnología moderna de alta resolución que permite visualizar con mayor detalle, detalla la Oficina de Exploración e Investigación Oceánica de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos. De hecho, la NASA asegura que “existen mejores mapas de la superficie lunar que del fondo oceánico terrestre”.

“Dado que más del 90 % del océano es profundo (es decir, tiene más de 200 metros de profundidad), una gran parte de él aún queda por explorar”, reconoce la NOAA. Hasta el momento, los exploradores han visto menos del 0.001 % del fondo marino profundo, continúa la fuente.

Si se considera que una parte enorme del océano continúa inexplorada y que el porcentaje de mujeres científicas es bajo en todo el mundo, el trabajo de Bravo resulta aún más relevante. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las mujeres están infrarrepresentadas en la investigación científica a nivel global. En 2022, solo el 31.1 % de los investigadores eran mujeres y, según la Unesco, solo 1 de cada 10 líderes en Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) es mujer

National Geographic habló con María Emilia Bravo para conocer más sobre ella y su experiencia estudiando el océano y para comprender cómo su investigación contribuye al conocimiento de las profundidades del océano.

National Geographic: ¿Qué son exactamente los ecosistemas quimiosintéticos?

María Emilia Bravo: Los ecosistemas quimiosintéticos son ambientes en los cuales las formas de vida obtienen energía de una manera alternativa a la energía solar. Se nutren principalmente de compuestos químicos que salen del fondo marino y son metabolizados por microorganismos que pueden tener vida libre o ser simbiontes (organismos que mantienen interacciones estrechas y, a menudo, prolongadas con otras especies). 

Esa es una fuente de alimento muy importante en ambientes como el mar profundo, en el cual la fuente de energía primaria que viene desde la superficie a través de la fotosíntesis puede llegar a ser escasa.

Este tipo de alimentación también se encuentra en ambientes costeros. No reciben tanta atención como los ambientes de mar profundo porque a veces en la zona costera la cantidad de alimento que hay disponible por parte de la fotosíntesis es lo suficientemente alta como para que los animales dominantes en la comunidad dependan energéticamente de ese tipo de alimentación.

NG: ¿Por qué elegiste enfocar tu carrera en la investigación de estos espacios naturales? 

MEB: Me parecen interesantes porque son ambientes muy complejos en los cuales las formas de vida están relacionadas con un montón de factores y me interesa saber por qué ciertas especies están ahí y otras no, cómo viven, cómo toleran esas condiciones y cómo están interactuando con la creciente presión ambiental que estamos ejerciendo nosotros como humanos.

Me preocupa especialmente saber identificar dónde están, cómo los cambios ambientales los pueden llegar a afectar y tratar de comunicar ese tipo de información a quienes toman decisiones para poder ayudar a conservarlos.

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    La Científica Jefe Dra. María Emilia Bravo (IGeBA - CONICET - UBA) y el estudiante de ...

    La Científica Jefe Dra. María Emilia Bravo (IGeBA - CONICET - UBA) y el estudiante de Biología Lisandro Scarrone (Universidad de Buenos Aires, UBA) trabajan en una muestra biológica en el laboratorio principal a bordo del R/V Falkor (too) propiedad del Schmidt Ocean Institute.

    Misha Vallejo Prut Schmidt Ocean Institute CC BY-NC-SA 4.0

    NG: En 2024 te sumergiste 4907 metros en Alaska para explorar el fondo marino. ¿Qué sensaciones te provocó esa misión y cómo hiciste para vencer el miedo? 

    MEB: Para mí [la inmersión] representaba la posibilidad de ver con mis propios ojos ese mundo fascinante que es casi surreal, estar en persona en estos ambientes que hace muchos años estoy estudiando y que me parecen increíbles. 

    Pude observar desde adentro el mar profundo. Estuve entre especies quimiosintéticas y otras especies de mar profundo, que hasta ese momento sólo veía en papers, en su estado natural al hacer la inmersión en AlaskaFue alucinante. Cuando me acuerdo de la inmersión y de haber visto esos paisajes y esa fauna me sigo sorprendiendo de que fue algo real.

    NG: ¿Qué buscaban encontrar en esa zona tan remota del océano?

    MEB: Se trató de un proyecto que se llama Metanósfera y buscábamos entender el rol del gas metano en la biodiversidad y funciones ecológicas de los ecosistemas. También se hizo una aproximación interdisciplinaria tratando de rastrear buena parte del proceso del gas metano en su ingreso al ambiente marino y los efectos en los ecosistemas integrando aspectos químicos, alimentarios y las relaciones simbióticas entre animales y microorganismos. 

    En síntesis, [la misión] iba desde la escala microscópica, en la cual se ven los microorganismos que están transfiriendo la energía de esos gases al animal que los hospeda, hasta la biodiversidad de toda la comunidad.

    NG: Considerando que es una zona extrema, con falta de luz solar y una gran presión del agua. ¿Qué desafíos presentaba la misión?

    MEB: En el estudio de este tipo de ambientes, la limitación de poder llegar hasta el fondo implica un desafío tecnológico que por suerte se viene superando desde hace varios años con el uso de sumergibles que tienen la capacidad de tolerar estas presiones aplastantes y poder operar viendo específicamente los objetivos de investigación y seleccionando dónde realizar los muestreos.

    En el caso de esa campaña, lo que tenía de positivo es que se habían hecho algunas investigaciones previas, entonces se sabía, al menos a gran escala, cuáles eran los lugares de mayor interés para hacer los muestreos.

    Además, el uso de otro tipo de sumergible, vehículos sumergibles automatizados (los AUV, que van siguiendo una ruta previamente delimitada y obtienen un montón de información solos a través de sensores, imágenes y demás y vuelven al buque con toda esa información), permitió mapear una extensa superficie de estos hábitats en alta resolución de forma rápida. Estos mapeos con el AUV ayudaron a superar la limitación de encontrar más filtraciones de metano en un área muy amplia.

    NG: ¿Cuáles fueron los descubrimientos clave de esta misión?

    MEB: En ese estudio de Alaska, que fue liderado por la profesora Lisa Levinencontramos una cantidad de ecosistemas quimiosintéticos con diferentes configuraciones de la biodiversidad -a escala de paisaje- el tipo de animales y sus asociaciones iban cambiando en relación a la profundidad, a la cantidad de gas que emanaba, el tipo de fondo y la cantidad de oxígeno. Eso fue algo interesante. 

    También fue evidente una gran complejidad de interacciones entre animales, metano y microorganismos a escalas inferiores y que todavía siguen siendo materia de estudio y de investigación por parte de los grupos involucrados. Yo tuve la suerte de colaborar dentro del grupo de ecología y del Scripps Institution of Oceanography y seguimos investigando estos hallazgos. 

    Los peces juveniles (Centrolophus niger) nadan alrededor de la campana de una Stygiomedusa gigantea, comúnmente conocida ...

    Los peces juveniles (Centrolophus niger) nadan alrededor de la campana de una Stygiomedusa gigantea, comúnmente conocida como la medusa fantasma gigante, que los pilotos del ROV filmaron a 250 metros durante la campaña “Vida en los Extremos”. Su campana puede alcanzar un diámetro de hasta 1 metros y sus cuatro brazos pueden alcanzar hasta 10 metros de largo. Carecen de tentáculos urticantes, pero utilizan sus brazos para atrapar presas, como plancton y peces pequeños.

    ROV SuBastian Schmidt Ocean Institute CC BY-NC-SA 4.0

    NG: En cuanto a la expedición “Vida en los Extremos”: ¿qué descubrieron y cuál es el valor de esos hallazgos?

    MEB: Uno de los valores principales en términos generales es el haber distinguido la heterogeneidad de paisajes que se encuentran en nuestro mar profundo

    En el mar profundo de Argentina tenemos una gran diversidad de ambientes y de formas de vida. Los ecosistemas que encontramos en muchos casos se consideran en base a lineamientos globales como ecosistemas marinos vulnerables. Algunos de los que destacamos y a los que les dimos prioridad son justamente los ecosistemas quimiosintéticos y los arrecifes de corales de agua fría, que tienen un rol muy importante para la preservación de la biodiversidad y las funciones ecológicas del mar profundo.

    También pudimos estudiar de manera multidisciplinaria para poder avanzar en el desarrollo de un estudio de base de cómo son estos ecosistemas y entender las interacciones entre las formas de vida y las características ambientales con el objetivo de poder informar a quienes toman decisiones sobre el uso de estos ambientes.

    NG: ¿Qué tan profundo se encuentran estos ambientes que estudiaron?

    MEB: Estuvimos investigando áreas que van desde los 500 metros hasta los 4200 en la zona más septentrional. En general se considera mar profundo a partir de los 200 metros y nosotros estuvimos tratando de abarcar ese tipo de rango batimétrico y compararlo en un gradiente latitudinal en línea con estándares internacionales.

    “Estuvimos investigando áreas que van desde los 500 metros hasta los 4200”

    Por: MARÍA EMILIA BRAVO

    NG: Durante esa campaña descubrieron un arrecife de coral del tamaño del Vaticano, eso es enorme y sorpresivo. ¿Podrías hablar de ello?

    En el caso de los arrecifes, los hallazgos que hicimos a partir de esta campaña en diciembre y enero nos ayudaron a ver la formación del arrecife por parte de estas especies que tienen una estructura calcárea

    [...] En esos arrecifes encontramos varias especies de peces. Es importante entender a esas especies un poco mejor, saber dónde están y tratar de planificar el uso de estos ambientes para tratar de no alterarlos, porque una de las actividades que más los puede impactar es el uso de redes de pesca de arrastre que pueden generar un “efecto de arado” en el cual se pierde la tridimensionalidad de estos arrecifes y por lo tanto su rol ecológico de sostén a otras especies.

    También logramos ver que este sistema de arrecifes no es un arrecife continuo, sino que se asocia a ciertos lugares del fondo y características de las masas de agua. Conocer las características ambientales preferidas por esta especie nos ayuda a predecir su distribución de una manera más precisa en el mar profundo argentino. 

    Vimos que el sistema de arrecifes se extiende hasta 600 km más al sur de lo que se había documentado anteriormente.

    Los corales de aguas profundas son de crecimiento lento y longevos. A menudo se clasifican como ...

    Los corales de aguas profundas son de crecimiento lento y longevos. A menudo se clasifican como Ecosistemas Marinos Vulnerables (EMV) debido a su alta biodiversidad y a su amenaza por actividades humanas como la pesca de arrastre de fondo. En esta imagen, estrellas de mar rojas y rosadas (Gorgonocephalus chilensis) se posan sobre corales duros blancos (principalmente Bathelia candida y Solenosmilia sp.). Las estrellas de mar y los corales se alimentan activamente capturando partículas y pequeños organismos del agua.

    ROV SuBastian Schmidt Ocean Institute CC BY-NC-SA 4.0

    NG: Para terminar, ¿podrías mencionar a algunas referentes que te hayan inspirado en tu carrera?

    MEB: Lisa Levin es una de mis mayores inspiraciones. Es una mujer que creció en Los Ángeles (Estados Unidos), es bióloga y profesora emérita del Instituto Scripps de Oceanografía, UC San Diego. Creo que es un ejemplo de dedicación y determinación en la construcción de una carrera científica y el enorme aporte que hizo para la comprensión de los ecosistemas marinos. Pero además, admiro su esfuerzo para generar comunidad, ayudar a otras mujeres tener voz no solo en foros científicos, sino también en foros de discusión de políticas ambientales.

    Lisa Levin luchó incansablemente para incluir el mar profundo en las tomas de decisiones y en las agendas internacionales de conservación y de cambio climático.

    También admiro a todas las mujeres que trabajan en la ciencia del mar Argentino. Sin ellas, muchas de las oportunidades que hoy tenemos las generaciones más jóvenes no existirían. Ellas enfrentaron realidades mucho más difíciles en las cuales, por ejemplo, subir a buques oceanográficos no era habitual para las mujeres. Nos allanaron el camino significativamente

    Otra gran inspiración argentina para mí es la doctora Frida Armas Pfirter, abogada especialista en derecho internacional y derecho del mar que fue clave para liderar la iniciativa COPLA (la Comisión Nacional del Límite Exterior de la Plataforma Continental). Ella es actualmente jueza en el Tribunal Internacional del Derecho del Mar. Su trabajo fue fundamental para coordinar esfuerzos entre científicos y tomadores de decisiones en Argentina, contribuyendo de manera decisiva a la construcción de nuestra soberanía marítima. 

    El artículo fue redactado por Angie Tonelli, subeditora para National Geographic Latinoamérica.

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