Estos animales se sacrifican a favor de la especie

Desde bueyes almizcleros que se dan cabezazos hasta abejas suicidas y arañas que comen a sus propias madres, estos animales se inmolan para proteger la descendencia.

Por Jason Bittel
Publicado 8 jul 2022 09:26 GMT-3
Los bueyes almizcleros machos se dan cabezazos en el Centro de Conservación de la Vida Silvestre ...

Los bueyes almizcleros machos se dan cabezazos en el Centro de Conservación de la Vida Silvestre de Alaska, en Anchorage. Los toros luchan por el acceso a las hembras durante la temporada de cría.

Fotografía de DESIGN PICS INC NatGeo Collective

Un buey almizclero macho (Ovibos moschatus) puede pesar hasta 362 kilogramos y embestir a velocidades de más de 48 kilómetros por hora. Durante la época de cría, estos animales del Círculo Polar Ártico se estrellan unas contra otras de frente y luego apuñalan a sus oponentes con sus enormes y afilados cuernos.

Además, a lo largo de sus 10 a 12 años de vida, un solo buey almizclero macho puede acumular unos 2100 golpes en la cabeza.

¿Cómo sobreviven los bueyes almizcleros a estos golpes sin que su cerebro se dañe? 

"La gente siempre ha asumido que los animales que se dan cabezazos, como los bueyes almizcleros y los borregos cimarrones, son de alguna manera inmunes a las lesiones en la cabeza", explica Nicole Ackermans, neurocientífica de la Escuela de Medicina Icahn del Monte Sinaí en Nueva York (Estados Unidos). "Como si tuvieran cuernos mágicos, o algo así". 

Pero cuando Ackermans empezó a leer la literatura científica, descubrió que nadie había estudiado si estos herbívoros norteamericanos sufren daños cerebrales por su estilo de vida de golpear la cabeza. Así que ella y sus colegas adquirieron cerebros de bueyes almizcleros y borregos cimarrones mediante una combinación de expediciones de campo, donaciones de cazadores de subsistencia y rebaños de investigación en cautiverio.

"Encontramos un patrón específico en todos nuestros especímenes que se parecía mucho a un traumatismo cerebral crónico temprano en un ser humano", dice Ackermans, quien dirigió un artículo reciente sobre los hallazgos, publicado en la revista Acta Neuropatholgica.

La nueva investigación podría ser fundamental para comprender mejor las lesiones cerebrales en los humanos, adelanta la especialista, porque los bóvidos (animales como los bueyes y las ovejas) tienen cerebros plegados y arrugados que se parecen más a los nuestros que, por ejemplo, los ratones, cuyos cerebros son lisos.

También es una prueba de que la evolución puede llevar a una especie por caminos sorprendentemente autodestructivos. Y en este sentido, los bueyes almizcleros están lejos de ser los únicos.

(Te puede interesar: Algunos animales utilizan burbujas para su supervivencia. ¿Cómo lo hacen?)

La supervivencia de la especie 

Para su investigación, Ackermans y sus colegas tiñeron los cerebros de tres bueyes almizcleros y cuatro borregos cimarrones con biomarcadores. Estas sustancias químicas pueden revelar patrones de lesiones cerebrales traumáticas que suelen asociarse a afecciones humanas, como la enfermedad de Alzheimer y la encefalopatía traumática crónica (ETC). En este caso, los científicos buscaban específicamente algo conocido como la proteína tau.

"Cuando las neuronas se dañan, ya sea por el envejecimiento, por problemas genéticos o por un impacto mecánico, se desgarran, y esta proteína se descompone y se forma en grupos", explica la experta. "Y si se ven en patrones específicos se puede saber si se trata de un cerebro normal, envejecido, con Alzheimer, o de un posible traumatismo".

Por desgracia, el método de los biomarcadores no funcionó tan bien en los cerebros de las ovejas, aunque sí mostraron signos de acumulación de tau. Sin embargo, los cerebros de los bueyes almizcleros se iluminaron con tau como un árbol de Navidad.

A primera vista, podría no tener sentido que un comportamiento natural, como el de golpear la cabeza, pudiera ser tan perjudicial. Pero lo que importa es el proceso a largo plazo, asegura Ackermans. 

"Cada año, un buey almizclero dará muchos cabezazos, pero si se reproducen aunque sea una vez con éxito, lo justificará", cuenta. "Lo que se fomenta, evolutivamente, es simplemente no morir".

Probablemente ayude el hecho de que los bueyes almizcleros machos vivan menos de 15 años y las hembras entre 15 y 23 años, detalla. Así que, aunque las proteínas tau se vayan acumulando a lo largo de la vida de los animales, es posible que nunca se aglomeren hasta un punto en el que puedan causar afecciones como el Alzheimer u otras demencias.

"Sus vidas no son tan complicadas", agrega Ackermans. "Así que, potencialmente, sólo sobreviven lo suficiente para hacer lo que tienen que hacer".

E incluso si desarrollaran esas afecciones, ¿quién lo sabría? "No hay una escala de comportamiento para el buey almizclero. Así que no podemos decir que no se sientan un poco olvidadizos", dice. 

Próximamente, Ackermans quiere estudiar varias especies de pájaros carpinteros para ver si presentan traumas cerebrales por sus comportamientos de golpeo de cabeza. El otro y único estudio que examinó los cerebros de las aves encontró alguna evidencia de tau, pero "no mostraba ningún patrón específico", aclara.

La reproducción suicida como forma de evolución animal

En cierto modo, los bueyes almizcleros son un interesante paralelismo con ciertos marsupiales, cuenta Diana Fisher, ecologista de mamíferos de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de Queensland, en Australia.

Pequeños y carnívoros, los antequinos o ratones marsupiales (Antechinus) son un género nativo de Australia continental y Tasmania. En los últimos años, han sido noticia por la forma en que los machos practican la semelparidad, es decir, un único acto reproductivo antes de morir. Las hembras pueden vivir de dos a tres años o más. Pero los machos rara vez duran más de 11 meses

"Tienen una temporada de apareamiento muy frenética", explica Fisher. Los combates de apareamiento pueden durar de 12 a 14 horas, y después cada macho intentará aparearse con todas las hembras que pueda, lo que le llevará a la muerte.

"El colágeno de su piel se desintegra, sus intestinos se degradan y sufren hemorragias internas", detalla Fisher. "Se vuelven muy susceptibles a los parásitos y las enfermedades, y su sistema inmunológico falla". En cuestión de semanas, estarán muertos.

"Todo esto es bastante inusual en los mamíferos", sostiene la especialista, que suelen sobrevivir lo suficiente como para experimentar múltiples temporadas de apareamiento.

La reproducción suicida es más común en insectos, peces, plantas y arácnidos: cuando otro nativo de Australia, la araña de espalda roja, se aparea, el macho se coloca en la boca de la hembra.

"Eso disuade a la hembra de seguir apareándose", precisa Fisher, "porque está ocupada comiendo".

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Insectos autodestructivos 

En las grandes colonias de insectos sociales se produce una dinámica similar, aunque ligeramente diferente.

Cuando una abeja europea pica a un atacante de piel blanda, como un oso, muere cuando su aguijón se aloja en la dermis de la víctima. Una hormiga explosiva puede partir su abdomen en dos mientras defiende su nido de los atacantes. Y en algunas especies de termitas, las obreras mayores pueden convertirse en terroristas suicidas.

Pero, ¿qué sentido tiene suicidarse, evolutivamente hablando?

"Fácil", explica Thomas Seeley, biólogo de la Universidad de Cornell (Estados Unidos) y autor de La vida de las abejas, en un correo electrónico. "Las obreras logran el éxito genético (evolutivo) no reproduciéndose ellas mismas, sino ayudando a su madre, la reina de la colonia, a hacerlo". 

"Una forma de esta ayuda es la defensa de la colonia", profundiza.

"Algunos investigadores llaman a esto un 'superorganismo'", dice mediante mail Alice Laciny, entomóloga que trabaja con hormigas explosivas en el Museo de Historia Natural de Viena (Austria). "Así, una colonia de hormigas o una colmena de abejas es más bien un gran animal, en el que la reina representa los órganos reproductores. Las obreras menores son numerosas y sólo necesitan pequeñas cantidades de recursos para criar, así que en cierto modo son similares a las células del cuerpo".

Como en el caso de los bueyes almizcleros, lo que nos parece un comportamiento violento y autodestructivo de las hormigas obreras parece valer la pena, siempre que conduzca a la reproducción.

"En este sistema, proteger a su reina y a sus hermanas, incluso con el autosacrificio, es la forma en que una hormiga obrera puede cuidar y transmitir sus genes", precisa Laciny.

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El sacrificio de algunas madres

Otra forma de sacrificio en el reino animal es el extremo al que llegan algunas madres para dar una oportunidad a sus crías. 

Después de nacer, algunas especies de anfibios sin patas conocidas como cecilias se comen literalmente la capa superior de la piel de su madre como primera comida. Y las arañas sociales africanas van un paso más allá, ya que algunas hembras permiten a sus crías practicar la matrifa, es decir, matar y comer a su propia madre

Los pulpos gigantes del Pacífico pueden ser las madres más sacrificadas. Las hembras pueden velar por sus huevos durante unos increíbles cuatro años, durante los cuales ni siquiera comen.

"Inevitablemente, las hembras agotan todas sus reservas corporales y mueren mientras vigilan los huevos", dice Fisher.

"Lo sientes por ellas, pero así es como muchas especies consiguen el mejor éxito en la descendencia de la siguiente generación".

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