
¿Sabías que los cerezos pueden “respirar”? La ciencia que lo explica
Cerezos en flor en primavera en el Jardín Botánico de Nueva York, Estados Unidos.
¿Qué es lo primero que haces cuando te subes al coche después de haber estado todo el día al sol? ¡Abrir las ventanas! Pues bien, los árboles también necesitan ventanas en sus troncos y ramas para que circule el aire.
Si estás pensando “¡Espera! En la clase de botánica aprendí que el intercambio de gases se produce en las hojas de los árboles, no en la corteza”, tienes razón. Las hojas tienen pequeños poros en su superficie llamados estomas o “boquitas”, que se abren y se cierran para permitir la absorción de dióxido de carbono y la liberación de oxígeno para la fotosíntesis.
Pero los árboles también respiran: absorben oxígeno y liberan dióxido de carbono. Y la respiración se produce en las células de todos los tejidos vivos del árbol, no solo en las hojas.
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Eliza Ruhamah Scidmore, escritora, fotógrafa y editora en los inicios de National Geographic, visitó Japón por primera vez en 1885 y quedó encantada con los cerezos en flor como este en un jardín público en Kanazawa. Al regresar a su hogar en Washington, DC, solicitó a los funcionarios que plantaran esos mismos árboles alrededor del Capitolio. El 27 de marzo de 1912, se plantó el primero de 3000 cerezos, obsequios del gobierno japonés, alrededor del Tidal Basin. Cuando Eliza murió en 1928, sus cenizas fueron enterradas en Yokohama. Un cerezo descendiente de uno regalado a Washington por Japón domina su tumba. Sus flores caen suavemente en primavera y cubren el suelo con una alfombra rosa.
Entonces, ¿cómo puede tener lugar este intercambio en las partes del árbol que no son hojas, como los troncos y las ramas, tejidos que no tienen estomas? Es un enigma, porque la corteza es la primera línea de protección del árbol. Actúa como una capa impermeable que impide que los insectos y las enfermedades lleguen a las estructuras internas del árbol.
Piensa en el tronco de un cerezo, con sus estrechas líneas grabadas en la corteza. Esas líneas, llamadas lenticelas o “pequeñas ventanas”, son en realidad portales en la corteza que permiten que el árbol respire. Estas hendiduras en forma de lente en la corteza permiten que los gases pasen entre las células vivas del interior y el aire del exterior.
Los botánicos también utilizan la forma de las lenticelas para identificar los árboles. Algunos, como el cerezo y el abedul, tienen lenticelas muy prominentes, pero la mayoría son invisibles para el ojo humano. Aunque no se vean, están ahí, ayudándolos a sobrevivir incluso en los días más calurosos.
En este extracto de su nuevo libro Tree Notes: A Year in the Company of Trees (Notas sobre los árboles: un año en compañía de los árboles), la Exploradora de National Geographic Nalini M. Nadkarni revela cómo las diminutas “ventanas” de la corteza de los árboles les ayudan a respirar.