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Jane Goodall: cómo una mujer redefinió la humanidad

Jane Goodall, investigadora legendaria a los 26 años, defendió sus hallazgos a pesar del escepticismo de sus compañeros Miércoles, 23 Enero

Por Karen Karbo

De niña, la idolatraba. Jane Goodall, "la muchacha que vivía entre chimpancés silvestres", era rubia y se veía tan elegante con esos pantalones cortos color caqui, caminando sobre las gruesas ramas de la jungla con los pies descalzos y jugando con los chimpancés bebés. La había visto en la revista National Geographic, la cual me gustaba hojear incluso antes de haber aprendido a leer. Vivíamos en los suburbios de L.A., y aunque teníamos una piscina, era consciente de que a mi vida le faltaba aventura. Una vez, inspirada por Jane, le pregunté a mi madre si nos podíamos ir de campamento. Resopló y me dijo que no éramos el tipo de personas que se iban de campamento.

Jane Goodall es mayormente conocida por su investigación acerca de los chimpancés del Gombe Stream National Park, ubicado en la costa oriental del lago Tanganyika de Tanzania. En 1960, mientras visitaba a una amiga en Kenia, conoció al célebre antropólogo Louis Leakey, quien le consiguió una beca para recabar datos sobre los chimpancés silvestres y estudiar sus similitudes con los humanos. Allí, realizó grandes hallazgos que le aseguraron un lugar entre los científicos de campo más grandes del siglo XX. En ese momento, tenía 26 años.

En 1962, Hugo van Lawick, fotógrafo holandés de la vida salvaje, filmó “Miss Goodall and the Wild Chimpanzees” (La señorita Goodall y los chimpancés silvestres). Fue el primer documental producido por la National Geographic Society, y a partir del cual, Jane Goodall se convirtió en una estrella. Y también en esposa, y luego, en madre. Se casó con van Lawick, y en 1967 dio a luz a su hijo, Hugo Eric Louis, conocido como Grub. Es autora de docenas de libros sobre chimpancés y comportamiento animal, y también, sobre el papel fundamental de la conservación. En 1977, fundó el Jane Goodall Institute, una organización no gubernamental dedicada a proteger el hábitat de los chimpancés, expuesto a riesgos constantes.  En 1995 fue nombrada Comandante del Imperio Británico y se convirtió en Dame Jane Morris-Goodall.

Valerie Jane Morris-Goodall, nació en Londres en 1934, hija de Mortimer, comerciante, y de Myfanwe (Vanne) Morris Goodall, novelista y ama de casa. Se esperaba que Jane cumpliera con los mandatos propios de la época: un matrimonio con un hombre bueno y responsable, y algunos hijos. Vale decir que su madre nunca desaprobó sus intereses: los animales, la naturaleza y, sobre todo, la vida silvestre africana. Un día, Vanne descubrió que la pequeña Jane se había llevado un puñado de lombrices a la cama; en lugar de gritarle, le explicó que sus nuevas amiguitas necesitaban del suelo para vivir, y juntas, las llevaron al jardín.

Jane era una niña tranquila, una ratita de biblioteca que adoraba al doctor Dolittle y se devoraba las novelas de Tarzán. Y como siempre, la lectura hizo de las suyas: le provocó un profundo amor por los animales y le despertó el deseo de viajar a África para vivir entre animales salvajes. Pero eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y su familia no tenía dinero. En lugar de ir a la universidad, Jane se anotó en un instituto de secretariado, del que se graduó en 1952.

Por ese entonces, una amiga de la escuela se había mudado a Kenia y la invitó para que fuera de visita. Jane estaba trabajando en Londres seleccionando música para videos publicitarios. Más tarde, se mudó y comenzó a trabajar como camarera para financiarse el viaje. Cuando logró ahorrar lo suficiente, abandonó su trabajo y partió.

A partir de ese momento, comenzó un emocionante viaje de un mes desde Inglaterra, pasando por Cabo de Buena Esperanza, hasta Mombasa, y finalmente a Nairobi. Allí conoció al Dr. Louis Leakey, el gran arqueólogo y paleoantropólogo que remonta nuestros orígenes humanos a África. Leakey era carismático, influyente y, en ese entonces, curador del museo de historia natural de Nairobi. Le ofreció a Jane un trabajo en ese lugar, y luego la invitó a una excavación en Olduvai Gorge. Pasó tres meses gloriosos realizando tareas meticulosas: eliminando la suciedad de un fósil con un palillo más pequeño que un dedo meñique o cavando laboriosamente con un cuchillo de caza. Leakey vio en ella a una persona paciente y detallista, que podía sobrevivir a largos períodos de aislamiento, que podía sentarse, mirar y aprender. En fin, era la candidata perfecta para su último proyecto -observar primates en la naturaleza-, y cuando él le preguntó si estaba interesada en acampar en Gombe Stream, a orillas del remoto lago Tanganica, ella no lo dudó ni un segundo.

Desde que se nos ha permitido acceder al mercado laboral, es común que se nos dé acceso únicamente a aquellos puestos para los que estamos calificadas. Si la descripción de un determinado trabajo requiere de la capacidad de hacer malabares con un huevo, una antorcha encendida y una sierra, y solo podemos hacer malabares con naranjas, ni nos molestamos en enviar un CV. Los hombres, sin embargo, se sienten seguros al solicitar trabajos que creen que pueden hacer, independientemente de su formación o experiencia previa. Envían su currículum vitae especulando que delegarán los malabares una vez que los contraten.

Las únicas certificaciones de Jane eran: “Me encantan los animales. ¿Qué es la etología?” Pero a ella no le importaba. Estaba concentrada en su improbable objetivo de vida y se suponía que estaba calificada y era capaz de hacer las cosas que el mundo insistía que no debía hacer. Se entregó y se dispuso a aprender todo lo que era necesario.

Jane llegó a la Gombe Stream Game Reserve (Reserva de Caza de Gombe Stream) el 14 de julio de 1960. El lago Tanganica es un gran mar interno, el lago de aguas profundas más extenso y el segundo más profundo del mundo. Limita con Tanzania (entonces llamada Tanganica), la República Democrática del Congo, Zambia y Burundi. Leakey no fue con ella a la expedición, y el gobierno, preocupado por el hecho de que una joven blanca acampara sola en el monte, le ordenó que llevara un acompañante. Su madre se ofreció como voluntaria, pero probablemente no era lo que el gobierno tenía en mente. Las dos mujeres contaban con una carpa del ejército usada, algunos platos y tazas de hojalata, y los servicios de un cocinero africano llamado Dominic.

Al principio, Jane caminaba por el terreno y observaba. En realidad, fueron días y días de caminatas por la selva tropical con un par de binoculares de segunda mano. Lo único que vio, al principio, fue un destello de oscuridad sobre los tonos verdes y dorados del bosque: la parte trasera de un chimpancé que huía de ella. Pero no se alejarían de ella mucho más.

Si estás pensando que esto puede tener un matiz romántico, déjame decirte que no es así. Cuando tenía 18 años y estaba en la universidad, pasé unas semanas en el este de África, en el marco de un programa de estudios en el extranjero.

Tanzania y Kenia son tan espectaculares como se ven en los documentales. Pero lo que no puedes ves es el calor que te exprime los pulmones, que te hierve el cerebro, que te pica y provoca una erupción, ni los insectos espeluznantes: polillas, arañas, cucarachas, escarabajos y milpiés, nada que supere el tamaño de un puño. Los escarabajos peloteros, por ejemplo, son más pequeños que tu puño, pero están por todas partes, y las bolas gigantes de estiércol sobre las que ruedan, comen, se reproducen y viven sí son del tamaño de un puño. Y posiblemente, más grandes.

No soy muy exigente (una forma de ser difícil, ya sabemos), y no me horrorizan las ratas, ratones o serpientes. Pero los escarabajos peloteros (¡los machos tienen cuernos!) eran demasiado. Cada vez que veo una foto de Jane arrodillada en el suelo junto a los chimpancés, pienso que quizá tenía un escarabajo pelotero a punto de rodarle una bola de estiércol sobre el pie, o un ciempiés gigante trepándole por los pantalones cortos.

Luego está la cuestión de las enfermedades. Antes de mi viaje, tuve que vacunarme contra el cólera, la fiebre tifoidea, la viruela y la fiebre amarilla. Nada de esto impidió que me enfermara; al igual que Jane, tuve malaria (aunque mi caso fue considerablemente más leve que el de ella).

“Cuanto más pensaba en la tarea que me había propuesto hacer, más abatida me sentía", escribió Jane en su primer libro, In the Shadow of Man (En la sombra del hombre). “Sin embargo, esas semanas me sirvieron para familiarizarme con el terreno accidentado. Mi piel se hizo fuerte para enfrentar las plantas ásperas de los valles y mi sangre se volvió inmune al veneno de la mosca tsetsé, de modo que ya no me hinchaba como un sapo cada vez que me picaban".

Nota que Jane no dijo: “¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Soy un fraude. No tengo el entrenamiento necesario. Leakey nunca debería haberme enviado”. No cuestionaba su capacidad por el hecho de que la misión a veces parecía imposible.

Los chimpancés (Pan troglodytes) son nuestros parientes evolutivos más cercanos. Compartimos alrededor del 98 por ciento de nuestro ADN. Genéticamente, nosotros nos parecemos más a los chimpancés que los ratones a las ratas. La semejanza con los humanos fue el principal interés de Leakey. Pero Jane no los estudió por esa razón en particular: más bien, estaba fascinada por sus relaciones familiares y grupales. Y dejó que su intuición la guiara.

Durante dos meses, cada vez que los chimpancés la oían venir, huían. Un día, un macho enorme ingresó al campamento, trepó a una palmera y se comió unos cuantos frutos secos. Un rato después robó un plátano de una mesa. Finalmente, dejó que Jane le ofreciera uno. Ella lo llamó David Greybeard, por su barba blanca y graciosa.

Durante mucho tiempo, la comunidad científica ha considerado que poner nombre a los animales es un acto infantil y tonto. Los científicos serios, los “verdaderos científicos” asignaban números a los sujetos. David Greybeard le indicó al resto de la comunidad que Jane no daba tanto miedo como ellos habían creído. Así, conoció a Goliath, Humphrey, Rodolf, Leakey y Mike. Ahí estaba el señor McGregor, un viejo malhumorado. Estaba la hembra alfa Flo, y sus hijos, Faben, Figan y Fifi. Los observó besarse, abrazarse, darse palmaditas en la espalda, agitarse los puños. Y los vio actuar casi como humanos.

Un día, Jane estaba buscando chimpancés sigilosamente por la jungla, cuando se encontró con un gran montículo de termitas. David Greybeard se sentó a su lado. Jane observó cómo Greybeard introducía hojas de hierba largas y gruesas en un agujero, las retiraba y arrancaba las termitas con sus labios. Una vez que él terminó de comer, Jane inspeccionó el montículo y las hojas de hierba que había dejado. Metió una en el agujero y luego, la sacó. Una docena de termitas se pegó al tallo. Mmm. Unas semanas más tarde, vio que los chimpancés comenzaron a fabricar herramientas con pequeñas ramitas de árboles, a las que quitaban las hojas antes de meterlas en los agujeros de las termitas. En ese momento, la década de 1960, la característica definitoria del hombre era que solamente él, entre todas las criaturas de la Tierra de Dios, fabricaban herramientas. Nos identificábamos como “Hombres: fabricantes de herramientas”, y esa habilidad, supuestamente, nos distinguía de todos los demás seres vivos. Me parece extraño. Los biólogos deberían haberse enfocado en algo que ninguna otra criatura jamás podría dominar. ¿Por qué no éramos, por ejemplo, “Hombres: los peores contadores de chistes”?

En fin, el descubrimiento de Jane era el tema del momento en el mundo científico, por lo que Leakey proclamó: "Ahora debemos redefinir 'herramienta', redefinir 'hombre' o aceptar a los chimpancés como humanos". Stephen Jay Gould, de Harvard, consideró el estudio de Jane como "uno de los grandes logros académicos del siglo XX".

Con 27 años, y ya siendo una leyenda, Jane continuaría aportando conocimiento. Los chimpancés no eran vegetarianos benignos como pensábamos, sino omnívoros, igual que nosotros. Y también (algo muy triste) iniciaban guerras. El primer artículo de Jane fue publicado en 1963 y apareció en la portada de National Geographic en diciembre de 1965. Desde entonces, su trabajo ha figurado allí más veces que el de cualquier otro científico, incluido su mentor, Louis Leakey. Una mujer sin ningún tipo de antecedentes había redefinido lo que significa ser Hombre. Louis Leakey creía que, dado su descubrimiento, Jane debería ser aceptada en el doctorado de etología de Cambridge, a pesar de no poseer un título universitario. De hecho, esto no le había impedido convertirse, en pocos meses, en una de las biólogas de campo más importantes de la Tierra. Pero Leakey sabía que necesitaría un título si quería que la tomaran en serio, por eso usó su influencia para convencer a todos de lo valiosa que era. Y el resultado fue muy bueno: Jane fue la octava persona en la historia de la universidad en ingresar a un programa de doctorado sin un título.

Cuando los peces gordos del departamento de etología de Cambridge se informaron acerca de su trabajo, enseguida se horrorizaron. Más allá del descubrimiento, Jane había cometido el acto más atroz en el reino de la ciencia: antropomorfizar, o atribuir rasgos humanos a los animales: ¡Ponerles un nombre a los chimpancés! ¡Describir su comportamiento e interacciones en términos humanos! ¿Hay algo más tonto? Además, según los valores del momento, eso era hacer ciencia vulgar y antigua; había que priorizar la fría y dura objetividad. Puedo imaginarme cómo los canosos sexistas ningunearían el trabajo de Jane durante una reunión de profesores. Su primer libro, My Friends, the Wild Chimpanzees, (Mis amigos, los chimpancés silvestres) se publicó antes de que terminara su tesis, y uno de los miembros de Cambridge casi se suicida: "¡es ... es ... es para el público en general!" Y por ese crimen intelectual, casi la expulsan del programa

Hay que decir que Robert Hinde, su mentor directo, tomó el descubrimiento de Jane muy en serio. Ella elogió su influencia en una publicación en un blog de 2017 y expresó que le estaría agradecida de por vida por haberle enseñarle a pensar críticamente. Se le asignó a Hinde como director, según parece, porque él había estado estudiando una colonia de monos rhesus y, también, había considerado oportuno ponerles nombres. Seguro que ninguno de sus colegas pensó que era ridículo o infantil hacerlo.

Imagínate en la siguiente situación. Algunos de los pensadores más reconocidos de tu campo, en una de las universidades más valoradas del planeta critican tu metodología. Quizá incluso tienen argumentos porque tu metodología, si es que puede llamarse así, fue “Determinarla a medida que vas explorando”. Además, estos hombres son brillantes y poderosos. No sé tú, pero mi reacción instintiva sería cederles su punto de vista o, al menos, fingir que les doy la razón, luego llamar a mis amigas y quejarme porque no me entendieron.

Jane Goodall no solamente no avaló la evaluación, sino que además les dijo que estaban equivocados. Ella era correcta al hablar, pero se negaba a echarse para atrás. No mencionó las miles de horas que llevaba investigando chimpancés, lo que le daba al menos algo de crédito etológico; en vez de eso, se refirió a una relación que había tenido con una mascota en su infancia, un perro callejero negro llamado Rusty. "Afortunadamente, recordé a mi primer maestro, de cuando era una niña, quien me enseñó que eso no era cierto", escribió años después. "No puedes compartir tu vida de manera significativa con ningún tipo de animal con un cerebro relativamente desarrollado y no darte cuenta de que los animales tienen personalidades".

Es realmente impresionante que Jane se haya mantenido tan firme cuando sus superiores intentaron que cambie de opinión acerca de su propia experiencia y de lo que sabía que era cierto. Cada vez que sé que tengo razón sobre algo, pero empiezo a sentir que la vida sería más fácil si fingiera creer que la otra persona (generalmente, un hombre) tiene un buen punto, inmediatamente pienso en Jane Goodall. Tan correcta pero tan extraordinariamente difícil.

En 1986, después de publicar The Chimpanzees of Gombe (Los chimpancés de Gombe), que resumía 25 años de investigación, Jane dio por terminado su trabajo de campo y comenzó su labor como activista. Su matrimonio con Hugo van Lawick había terminado en 1974. Un año más tarde, se casó con el miembro del Parlamento de Tanzania, Derek Bryceson. Su nuevo esposo también fue director de parques nacionales y ayudó a preservar la integridad de Gombe, manteniéndolo virgen y protegido de los turistas amantes de los animales y otros aficionados con buenas intenciones. Como resultado, cuando Jane se fue, Gombe estaba floreciendo y así continuó. Se había convertido en una estación de investigación muy próspera, ocupada, mayormente, por nativos de Tanzania.

Lee las razones que presenta Jane Goodall para que ayudemos al Sarengetti.

Jane había pasado mucho tiempo en África y llegó a observar con sus propios ojos la pérdida de hábitat de los chimpancés, y así como le dio curso a su interés y pasión estudiando a los chimpancés, ahora lo hizo dedicándose a la conservación de la especie. Todavía trabaja en ello, todavía usa pantalones y zapatos cómodos, su cabello rubio se volvió gris pero siempre lo usa recogido con una cola baja. Su aspecto ha cambiado muy poco en 50 años. Simplemente está más grande, pero no menos bella y audaz.

Cuando en 2014 apareció Seeds of Hope: Wisdom and Wonder From the World of Plants, Jane fue entrevistada para The Colbert Report y Last Week Tonight With John Oliver.

Jane Goodall tenía sentido del humor. En 1987, el célebre caricaturista Gary Larson dibujó un cómic donde había dos chimpancés sentados en una rama. Uno le saca de la espalda al otro un cabello largo, claramente de un humano, y le dice: "Bueno, bueno, otro cabello rubio. ¿Estás realizando más "investigaciones" con esa Jane Goodall?". El Instituto Jane Goodall enseguida envió una carta de objeción, sin antes pensar que para Jane quizá no era ofensivo; de hecho, le pareció hilarante.

Pero su agudo sentido del humor a veces se malinterpretaba. Durante una entrevista en 2014 con el comediante John Oliver, simplemente se negó a ser sumisa. Oliver trató de que admitiera que durante su estadía en Gombe estuvo tentada de vestir a un chimpancé como mayordomo. Ella le respondió que no. Siguió presionándola con el típico asedio periodístico incisivo, y ella no sonrió ni accedió. Aunque al final, lo recompensó con unas muecas de chimpancé que hicieron que la audiencia se descostillara de risa.

Jane era educada pero firme. Parecía que Oliver la estaba presionando para que se burlara de su familia y ella no estaba dispuesta a hacer eso. Fue un momento televisivo tremendo e incómodo en el que una mujer se niega a sonreír y luego bromea para aliviar un momento de tensión y hacer que todos se relajen. Habría sido mucho más fácil aceptar la broma, y minimizar el trabajo de toda su vida. Pero como era difícil, no estaba dispuesta a conceder eso. Las mujeres difíciles no son todas heroínas extrovertidas que se van de boca y les gritan a sus adversarios. A veces solo se sientan en silencio y se niegan a fingir ser agradables.

La historia de vida de Jane Goodall todavía me resulta inspiradora, tal vez incluso más que cuando era niña. En ese entonces, pensaba que si eras una buena chica (que podía irse de campamento), podías encontrar el camino hacia una vida increíble y llegar a la cima. No entendía el concepto de autosabotaje femenino. No me podía imaginar que las mujeres brillantes y capaces se mordieran las uñas con incertidumbre y se sumergieran en un mar de ambivalencia que las acabase perjudicando. A diferencia de muchas mujeres complacientes que conozco (yo), las mujeres difíciles no arruinan trabajos por vacilar, un hábito terrible y contraproducente que suele encadenarse así: tomar una decisión, lamentar una decisión, castigarse por tomar una decisión equivocada, castigarse más por lamentar haber tomado una decisión equivocada. Beber demasiado vino. Dormir demasiado. No hacer nada.

Jane, con su temperamento calmo pero firme, se sentó en esa jungla, frustrada al principio, pero siempre mirando para adelante, confiando en que había tomado la decisión correcta. Parecía haber confiado siempre en sí misma, y eso la convirtió en una mujer difícil.