Jacques Cousteau: El hombre que enseñó a los humanos a respirar como los peces

La invención de la escafandra autónoma (o Aqualung) abrió las puertas del reino submarino a los científicos y al público en general.

Ansioso por usarlo para la investigación científica, Jacques Cousteau fue uno de los inventores del equipo de buceo Aqualung. En 1963, los buzos del equipo de Cousteau practicaron técnicas de supervivencia bajo el agua como preparación para un experimento de un mes de duración sobre la vida submarina.

Fotografía de Robert B. Goodman
Publicado 1 de dic. de 2021 16:16 GMT-3, Actualizado 7 de dic. de 2021 11:52 GMT-3

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“Mira”, dijo mi hijo.

Flotábamos a la sombra de un muelle en Isla Vieques, en Puerto Rico. Unos listones de madera a pocos metros por encima de nuestras cabezas nos protegían del fuerte sol. Las columnas desgastadas por el tiempo desaparecían bajo la superficie del agua. Hacía fresco allí, pero no había vida, era un lugar artificial sólo propicio para un descanso rápido durante nuestra primera experiencia de buceo con esnórquel.

Will señaló hacia abajo. Tenía los ojos muy abiertos detrás de la máscara. Sumergió la cabeza en el agua y yo hice lo mismo.

Entramos en otro mundo. Sobre la superficie del agua, el muelle era una estructura aburrida de madera deformada y pintura desconchada. Debajo de la superficie, la vida era abundante: corales amarillos y naranjas rodeando las columnas, exuberantes algas ondulando en la corriente, bancos de peces plateados deslizándose entre las columnas. Este estrecho lugar bajo un muelle construido hace décadas para los buques de guerra estadounidenses era tan fértil como cualquier selva, pero a diferencia de una selva, podíamos flotar en medio de ella y observarla desde todos los ángulos.

Nunca habíamos imaginado estar rodeados de tanta vida salvaje. Sin embargo, no era suficiente para Will. “Ha sido genial”, dijo mientras conducíamos para regresar al hotel en la ruidosa camioneta de nuestros guías. “Quiero bucear”. No quería quedarse atascado en la superficie con nuestros esnórqueles alquilados. Soñaba con bucear más profundamente, explorar más el océano, admirar sus maravillas por sí mismo.

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Aunque Cousteau aprendió a nadar a los cuatro años, sus primeras ambiciones apuntaban al cielo más que al mar. En 1930, ingresó en la academia naval francesa para ser piloto, un sueño abandonado debido a un accidente automovilístico casi mortal, en el que se fracturó sus dos brazos. Como parte de su recuperación, el oficial de la marina Philippe Tailliez sugirió que probara a nadar en el mar. Tailliez le prestó un par de gafas de natación y lo llevó a pescar con arpón en el Mediterráneo, cerca de Toulon, Francia.

Nadar con las gafas puestas fue una revelación. “Tan pronto como sumergí la cabeza bajo el agua, me sorprendió”, dijo más tarde. Descubrió “un reino enorme y completamente virgen para explorar”.

“Desde ese día en adelante, supe que todo mi tiempo libre lo dedicaría a la exploración submarina”.

Con la práctica, pudo sumergirse a una profundidad de hasta 18 metros y permanecer allí entre 70 y 80 segundos. Pero eso no era suficiente tiempo ni profundidad para Cousteau. “Nunca acepté las limitaciones impuestas por el tiempo que pudimos mantener el aire”, escribió en un artículo en 1952 para National Geographic, su primera publicación para la revista.

Cousteau necesitaba encontrar su propia solución. “Me convertí en inventor por necesidad”, dijo.

Para sumergirse en una mayor profundidad, necesitaba un dispositivo que proporcionara aire respirable que también tuviera la misma presión que el agua: a medida que el buceador se adentra en el agua, la presión aumenta, reduciendo el volumen de aire en el cuerpo hasta el punto en que los pulmones colapsan. El suegro de Cousteau le presentó al ingeniero Émile Gagnan, experto en proyectos neumáticos de alta presión.

Los buzos recogen peces cerca de una de las estructuras que forman una aldea submarina, en la que cinco buceadores vivieron durante un mes como parte de un experimento realizado por Cousteau en 1963 sobre la vida submarina.

Fotografía de ROBERT B. GOODMAN

La Segunda Guerra Mundial estaba a mitad de camino y Alemania controlaba la mayor parte de Francia. Gagnan trabajaba en la compañía de gas comercial más grande del país en París, donde había diseñado una válvula que regulaba el flujo de combustible, permitiendo que los autos funcionaran con aceite de cocina, una adaptación esencial en tiempos de guerra, cuando los nazis habían confiscado todo el combustible para sus vehículos.

Cuando Cousteau viajó a París en 1942 para explicar el problema de la presión del aire a Gagnan, el ingeniero pensó que su regulador de gas podría ser la solución. Juntos, modificaron hasta que encontraron algo que podría probarse: un regulador conectado por tubos a dos botes de aire comprimido. Cousteau llevó el prototipo a bucear en el río Marne, al este de París.

“Respiré normalmente a un ritmo lento”, dijo, “bajé la cabeza y me sumergí suavemente a nueve metros”.

El dispositivo funcionaba mientras permaneciera en posición horizontal. Cuando estaba en posición vertical, perdía aire. Cousteau y Gagnan reorganizaron los tubos de entrada y salida para que estuvieran al mismo nivel. Terminaron desarrollando una versión con la que Cousteau se sintió seguro para probar en el mar.

Durante muchos meses en 1943, Cousteau, Tailliez y su amigo Frédéric Dumas probaron con cautela el dispositivo que denominaron aqualung. Hicieron más de 500 inmersiones en el Mediterráneo, cada vez profundizando un poco más. En septiembre del mismo año alcanzaron los 40 metros. En octubre, Dumas buceó 30 metros más.

Cousteau se sumerge mientras filma un episodio de su programa de televisión The Undersea World of Jacques Cousteau (o en su traducción al español El mundo submarino de Jacques Cousteau) en el que invitaba a los espectadores a explorar el océano con él.

Fotografía de The Cousteau Society

“La mejor manera de observar a un pez es convertirse en un pez”, escribió Cousteau en su primer artículo para National Geographic. “Y la mejor manera de convertirse en un pez, o algo razonablemente similar a uno, es usar un dispositivo de respiración bajo el agua llamado Aqualung. El Aqualung permite que uno se sumerja, sin prisas e ileso, a las profundidades del mar”.

Casi 80 años después de su invención, todavía se utiliza el mismo diseño básico. “Es indiscutiblemente simple y sofisticado”, dice David Doubilet, fotógrafo submarino veterano de National Geographic. “No falla. En 65 años de buceo, nunca he tenido un fallo”.

Pero la capacidad de explorar las profundidades exponía a los buceadores a otros peligros. Aunque el Aqualung facilita la respiración al equilibrar la presión ambiental e interna, no previene lo que los primeros buzos llaman “borrachera de las profundidades”, narcosis de nitrógeno, cuando se forman burbujas de nitrógeno en el torrente sanguíneo durante el descenso de un buceador. Para Cousteau era “una impresión de euforia, una pérdida gradual del control de los reflejos, una pérdida del instinto de conservación”. Para Albert Falco, que navegó con Cousteau durante casi 40 años, “el aire adquiere un carácter diferente y se siente embriagado con su propio aliento”.

La narcosis de nitrógeno puede ser mortal. Después de la guerra de 1947, Cousteau, que todavía estaba en la Marina francesa como parte de su Grupo de Investigación Subacuática, organizó pruebas de buceo en Toulon. Quería demostrar que el aqualung permitiría a los buceadores llegar a más de 100 metros de profundidad. Pero el primero en intentar tal hazaña, el primer oficial Maurice Fargues, murió. Se quedó inconsciente a los 120 metros y fue arrastrado frenéticamente a la superficie, pero no se le pudo reanimar.

Cousteau estaba desolado: “me estoy empezando a preguntar si lo que estoy desarrollando tiene sentido”.

Para la Marina francesa sí lo tenía. Desplegaron el Grupo de Investigación Subacuática para limpiar las secuelas mortales dejadas en el Mediterráneo por la Segunda Guerra Mundial. Los buzos de la Marina retiraron hábilmente las minas escondidas cerca de los puertos concurridos. Rescataron a pilotos muertos de los aviones derribados. Fueron testigos de la destrucción submarina de una guerra que ocupó toda la costa del mar.

Cousteau y su famoso gorro rojo a bordo de su barco Calypso, un antiguo dragaminas que convirtió en un buque de investigación.

Fotografía de The Cousteau Society

“Me puse el equipo y me sumergí directamente al fondo”, recuerda Doubilet, quien fotografió el Mar de los Sargazos, la Gran Barrera de Coral y gran parte del océano en más de 70 reportajes destacados en National Geographic. “Me sentí borracho en el fondo, pero podía respirar y fue simplemente magnífico”.

“El regulador del aqualung era como un pasaporte al 70 por ciento de nuestro planeta”, comenta Doubilet. “Cousteau fue alguien cuya importancia para el planeta nunca puede ser olvidada o subestimada”.

El fotógrafo Laurent Ballesta, que creció nadando y buceando con esnórquel en la costa mediterránea de Francia, también fue influenciado por Cousteau. Un día, a los 16 años, Ballesta estaba en un barco con amigos cuando de repente se vieron rodeados de tiburones. Fanático de los documentales de Cousteau, reconoció que eran tiburones peregrinos inofensivos y saltó al agua para nadar con ellos.

Cuando Ballesta regresó a casa, les contó a sus padres lo sucedido, pero no le creyeron. “En ese momento decidí estudiar fotografía”.

Con la ayuda de un equipo de buceo, una campana de buceo y una cámara hiperbárica, el fotógrafo Laurent Ballesta y su equipo pudieron pasar 28 días buceando en el mar Mediterráneo.

Fotografía de Laurent Ballesta

Desde entonces, Ballesta ha identificado un nuevo pez de la especie Didogobius schlieweni y fue el primero en fotografiar el celacanto prehistórico en el océano. Más recientemente, publicó una historia en National Geographic sobre una expedición en la que él y su tripulación pasaron 28 días en una cápsula presurizada que les permitió sumergirse durante horas en las profundidades del Mediterráneo.

Jacques Cousteau se mantuvo activo en la exploración submarina hasta su muerte a los 87 años, en 1997. “Mi papel era mostrar lo que había en los océanos, su belleza, para que la gente pudiera conocerlos y amarlos”, escribió Cousteau.

Es un mundo que, a pesar de sus contribuciones pioneras e influencia internacional, sigue siendo en gran parte desconocido. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos, Más del 80 por ciento de los océanos de nuestro planeta permanecen inexplorados.

En los 78 años desde que Cousteau y Gagnan inventaron el aqualung, más de 28 millones de personas han seguido su ejemplo a través de los océanos y han aprendido a bucear.

En el próximo año, mi hijo y yo nos uniremos a ellos. Es el regalo para Will en su 17° cumpleaños: un pasaporte a otro mundo.

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