¿Este "camarón asesino" prehistórico era tan feroz como parecía?

Hace más de 500 millones de años, se pensaba que el el 'Anomalocaris canadensis', considerado el primer "superdepredador" de la Tierra, aterrorizaba a otras criaturas con sus amenazadores brazos.

Por Riley Black
Publicado 19 jul 2023, 10:43 GMT-3
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El Anomalocaris canadensis fue un depredador primitivo del período Cámbrico, cuando la nueva vida prosperaba en los mares.

Fotografía de David Liittschwager Nat Geo Image Collection, ROMIP SPECIMEN 62543A. PHOTOGRAPHED AT THE ROYAL ONTARIO MUSEUM

Se pensaba que este invertebrado era uno de los primeros superpredadores de la Tierra. Con ojos compuestos asentados sobre tallos, una extraña boca circular y apéndices de agarre en la parte delantera de la cabeza, el Anomalocaris canadensis parecía el terror de las pequeñas criaturas que pululaban por los mares del Cámbrico

Pero un nuevo análisis ha descubierto que el "extraño camarón" no era un asesino tan temible, sino que arrancaba presas de cuerpo blando de las columnas de agua de los mares primigenios.

La prueba decisiva son los apéndices segmentados y puntiagudos de la parte delantera del cuerpo del animal. A partir de especímenes bien conservados de Anomalocaris procedentes de rocas de 508 millones de años de antigüedad de la Columbia Británica (Canadá), conocidas como el Esquisto de Burgess, los paleontólogos crearon modelos tridimensionales para evaluar la movilidad y la fuerza de los pinchos de este invertebrado.

Hasta ahora, el Anomalocaris parecía el tipo de criatura que se alimentaría de los trilobites de caparazón duro y aspecto de píldora que prosperaron durante el Cámbrico. Raros hallazgos de trilobites con aparentes mordeduras y heces fósiles llenas de partes de trilobites indicaban que algo era capaz de masticar a través de los gruesos exoesqueletos de las orugas del fondo, y Anomalocaris parecía justo el tipo de animal capaz de tal daño y convertirlo en una especie de "camarón asesino" y el primer "superdepredador" de la Tierra.

Pero, según un nuevo estudio, Anomalocaris habría tenido muchos problemas para atravesar los caparazones mineralizados de los trilobites. En el estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B., el paleontólogo del Museo Americano de Historia Natural Russell Bicknell y sus colegas han descubierto que los apéndices de Anomalocaris podían moverse con rapidez y que habían evolucionado para ser más veloces y no para agarrar presas en apuros.

En combinación con otros detalles de la anatomía del animal, como los ojos compuestos, los investigadores imaginan al Anomalocaris nadando por mares soleados y arrancando jaleas de peine, animales parecidos a renacuajos llamados vetulicolios y otros bocados blandos. El artrópodo, un invertebrado con exoesqueleto y cuerpo segmentado, también podría haber cazado otros artrópodos con caparazones más blandos, parientes lejanos de los crustáceos e insectos actuales.

Los esfuerzos de los científicos por comprender a este antiguo animal se remontan a hace más de un siglo. Anomalocaris significa en latín "camarón extraño", nombre acuñado en 1892 a partir de partes aisladas del cuerpo que parecían crustáceos. Sin embargo, con el tiempo, esos supuestos "camarones" empezaron a parecerse más a los apéndices de algo más grande. No fue hasta 1985 cuando apareció la criatura completa, una especie que vivió en los mares de la antigua Tierra y que no se parecía a nada que los expertos hubieran podido soñar.

Una vez recuperada su forma completa, Anomalocaris parecía un temible depredador. La paleontóloga de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) Joanna Wolfe, que no ha participado en el nuevo estudio, afirma: "Esta imagen se me quedó grabada a fuego".

Con casi 60 centímetros de longitud, Anomalocaris fue uno de los animales más grandes hallados en el famoso Esquisto de Burgess, que conserva una gran cantidad de fósiles del Cámbrico. El cuerpo del animal estaba recubierto de aletas, que le ayudaban a impulsarse por el agua, y los apéndices de agarre parecían perfectamente adecuados para introducir presas en la boca circular del animal, situada debajo de la cabeza.

Lo más impresionante de todo, sin embargo, eran los ojos. El Anomalocaris tenía ojos compuestos formados por 16 000 lentes, lo que le permitía ver con más detalle que los trilobites de los que supuestamente se alimentaba. Se cree incluso que la vista y el apetito de la criatura impulsaron una "carrera armamentística" evolutiva entre depredadores y presas que aumentó la biodiversidad en los mares durante el Cámbrico.

"Hay muchas pruebas de que este animal era capaz de ver las cosas realmente bien", afirma Bicknell. El descubrimiento de heces fosilizadas llenas de partes de trilobites parecía reforzar el argumento de que Anomalocaris había evolucionado para agarrar y morder a otros animales con exoesqueletos duros. Los paleontólogos esperaban que el método de alimentación del animal consistiera en "agarrar y apuñalar repetidamente, mientras empujaba el trilobite hacia la boca hasta que se formaban suficientes grietas para que se rompiera", indica Wolfe.

Pero Bicknell y otros paleontólogos se han mostrado escépticos ante la voraz reputación del "camarón asesino", lo que ha dado lugar a nuevas investigaciones.

Tras crear modelos tridimensionales de los grandes apéndices del Anomalocaris a partir de delicados fósiles, así como de algunas especies modernas para compararlas, Bicknell y sus colegas los sometieron a diversos análisis para examinar su flexibilidad, velocidad y fuerza. Los expertos no encontraron los brazos de un depredador que se alimentara regularmente de trilobites y otros alimentos de caparazón duro.

A pesar de que los brazos eran capaces de recoger presas y llevarlas a la boca del animal, no eran muy buenos agarrando. Cuando se flexionaban, no podían enrollarse completamente sobre sí mismos, como cabría esperar. Parte de la razón tiene que ver con unas proyecciones espinosas en la parte inferior de los apéndices llamadas endites. Estas pequeñas púas son relativamente frágiles e impiden que los brazos se enrosquen como la cabeza de un helecho joven.

Las pruebas de esfuerzo indicaron que las enditas podrían haberse dañado si un Anomalocaris hubiera intentado agarrar con fuerza una presa de caparazón duro. Si hubiera intentado atrapar un trilobite, dice Bicknell, "creo que probablemente habría dañado las espinas, probablemente rompiéndolas y causando mucho dolor al Anomalocaris". Con estas nuevas pruebas, Bicknell y su equipo tuvieron que replantearse cómo vivía este animal.

"Creo que han hecho un trabajo impresionante", sostiene Wolfe, señalando que modelos como éste siempre pueden revisarse a partir de nuevas pruebas. El estudio altera incluso la forma en que los expertos se imaginan al Anomalocaris nadando, con los apéndices extendidos hacia delante en lugar de enroscados bajo la cabeza, como ocurre en muchas representaciones artísticas.

En lugar de merodear por el fondo marino en busca de crujientes trilobites, el Anomalocaris era lo que los expertos denominan un depredador nectónico, que nadaba por aguas abiertas en busca de cualquier pequeño bocado que sus complejos ojos pudieran detectar. La imagen no es más que el último ajuste en los intentos de los paleontólogos por comprender a un animal sin equivalente vivo, un fósil conocido por los enigmas que plantea su extraña anatomía.

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