Para prevenir una pandemia, hay que respetar a la naturaleza

Un experto en conservación y biodiversidad, con décadas de experiencia en la Amazonía, reflexiona acerca de las lecciones que nos deja la pandemia de COVID-19.

jueves, 21 de mayo de 2020,
Por Thomas E. Lovejoy
Un solitario árbol de hoja ancha sobrevive en una zona deforestada de Maranhão, Brasil, en el ...

Un solitario árbol de hoja ancha sobrevive en una zona deforestada de Maranhão, Brasil, en el extremo noreste de la selva amazónica.

Fotografía de Charlie Hamilton James, Nat Geo Image Collection

Al igual que una gran parte del mundo, estoy en mi casa cumpliendo con la cuarentena por la pandemia de la COVID-19. No es la primera pandemia de mi vida: viví las epidemias de poliomielitis anteriores al descubrimiento de la vacuna, cuando, frente a los niños, los padres debían hablar de la enfermedad aterradora deletreándola en voz alta, para que ellos no se percataran. Muchos de estos adultos ya habían vivido la pandemia de influenza en 1918. Y en los últimos años, todos hemos sentido pánico al enterarnos de que el Ébola, el SARS y el MERS se expandía en poblaciones humanas en África, Asia y Medio Oriente.

A excepción de la poliomielitis, que se transmite solamente entre humanos, la mayoría de esos agentes patógenos formaban parte de ciclos naturales que implicaban exclusivamente al reino animal. Pero debido a ciertas alteraciones que el hombre ha producido en la naturaleza, los virus se expandieron entre los humanos. Y de eso debemos aprender.

Si la humanidad no pone un freno a la destrucción de la naturaleza, no debería sorprendernos que continúen apareciendo nuevas enfermedades (incluso con potencial pandémico).

El caso de la fiebre amarilla

Si bien no suena muy familiar por estos días, la fiebre amarilla constituye un clásico ejemplo. Esta enfermedad azotó a muchos países de América, como Brasil, donde he trabajado durante toda mi carrera como biólogo y conservacionista. La fiebre amarilla se desarrolló hace mucho tiempo en las áreas forestales de África, y en el siglo XVII, los barcos de esclavos la trajeron a América. Al igual que sucedió en África, se desató un ciclo urbano en áreas densamente pobladas, en las cuales la enfermedad comenzó a transmitirse entre los humanos a través de un mosquito (Aedes aegypti) que se ha adaptado a vivir entre nosotros. Es probable que el mosquito haya llegado también con los barcos de esclavos que venían de África.

A principios del siglo XX, la eliminación severa de los posibles sitios de reproducción de mosquitos logró poner freno a la enfermedad. Desde 1937, se ha podido prevenir de forma efectiva con la mejor vacuna que jamás se ha desarrollado, ya que su efecto es de por vida. En Brasil, el último brote urbano de fiebre amarilla fue en 1942.

Sin embargo, la enfermedad no ha desaparecido. Al igual que en África, se ha establecido en los bosques de América del Sur, en un ciclo separado que suele denominarse "fiebre amarilla selvática". Allí, el virus se mueve erráticamente por el dosel, y extermina a los aulladores y otras especies de monos. Recientemente, ha afectado a miembros de la última población de tití león dorado (en peligro de extinción), en las afueras de Río de Janeiro.

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Incluso cuando la vacuna contra la fiebre amarilla ya estaba disponible en las ciudades de Brasil, de tanto en tanto, aparecía algún caso de fiebre amarilla selvática. Durante mucho tiempo, no se pudo explicar cómo es que los humanos contraían la enfermedad, pues el ciclo natural estaba a 30 metros de altura.

Cuando cursaba mis estudios de posgrado, trabajé en el Instituto Evandro Chagas en Belem do Para junto al hombre que había resuelto el misterio, un destacado investigador colombiano llamado Jorge Boshell. Al principio de su carrera, mientras observaba cómo los leñadores derribaban un árbol en la selva colombiana, Boshell notó unos pequeños mosquitos azules revoloteando alrededor de ellos: Haemagogus, los famosos transmisores de la fiebre amarilla selvática. Normalmente esos mosquitos viven solo en el dosel y pican a los monos. Ahora se les había presentado la oportunidad de picar a los humanos porque estos habían invadido su hogar.

La escena que Boshell presenció resulta paradigmática: describe los peligros para nuestra salud que derivan de la invasión del hombre a la naturaleza, la cual es cada más agresiva. En los últimos años, en Brasil murieron 750 personas por fiebre amarilla selvática, el mayor aumento desde la década de 1940. Para evitar el resurgimiento del ciclo urbano, el gobierno ha vuelto a lanzar un programa de vacunación masiva.

El problema no es solo la fiebre amarilla: la deforestación en la Amazonía también origina sitios de reproducción para los huéspedes y los vectores de enfermedades como la malaria y la esquistosomiasis. Y el problema no se limita a Brasil o a algún otro lugar específico. Como se ha podido comprobar con la devastadora pandemia de la COVID-19, los sistemas de transporte modernos pueden propagar rápidamente algunos patógenos humanos por todo el mundo (así como plagas y enfermedades de origen vegetal y animal). Justamente, se acaba de descubrir que un barco de carbón chino en el puerto de Baltimore traía huevos de la polilla gitana asiática, una plaga que afecta al menos a 500 especies de plantas.

El peligro de la falta de respeto

Para los epidemiólogos y virólogos, la pandemia de COVID-19 no es una sorpresa. El nuevo coronavirus, pariente muy cercano del virus del SARS, también prolifera en los murciélagos, que son en gran medida inmunes a sus efectos nocivos. Es probable que el contagio de animales a humanos haya ocurrido en un mercado de vida silvestre en Wuhan, China, y allí también es donde el virus debe haber saltado de un murciélago salvaje a un animal que el humano compró y consumió. En estos mercados, los animales reciben un trato calamitoso, y viven hacinados y en condiciones insalubres; un contexto ideal para que se generen nuevas amenazas virales.

El autor Thomas Lovejoy en la selva amazónica de Brasil en 1989.

Fotografía de Antonio Ribeiro, Gamma-Rapho/Getty Images

A fines de febrero, China dictó una medida provisional para prohibir el comercio y el consumo de vida silvestre, pero aún no está claro si será definitiva. Cada nueva muerte por COVID-19 debería poner de relieve la necesidad imperiosa de cerrar los mercados de vida silvestre en China, el sur de Asia y África, ya que se trata de una prioridad internacional de salud pública; a su vez debe procurarse que las personas puedan acceder a reemplazos de carne de animales silvestres. De la misma manera, es vital que se controle (o idealmente se elimine) el tráfico de vida silvestre y que se ponga un freno a la destrucción del hábitat y especialmente la destrucción de los bosques tropicales.

La naturaleza nos sostiene. Ella nos dio la vida. La lección que nos deja esta pandemia no es que debemos tenerle miedo a la naturaleza, sino más bien que tenemos que restaurarla, abrazarla y comprender cómo vivir con ella.

En esencia, toda esa biodiversidad representa una biblioteca gigante de soluciones a varios desafíos biológicos, resultado de varias pruebas de selección natural y evolución. La biología idiosincrásica de los murciélagos, por ejemplo, el hecho de que de alguna manera son inmunes al coronavirus, podría contribuir al desarrollo de un tratamiento en humanos. Los humanos demostramos un gran respeto por las bibliotecas de nuestras propias obras; hay razones de sobra para tratar a la biblioteca viva de la naturaleza con el mismo respeto y cuidado.

A los biólogos, una de las cosas que nos resultan odiosas es cuando nos preguntan, de un organismo cualquiera: ¿de qué sirve? Es como sacar un volumen de una estantería y preguntar, sin leerlo, ¿de qué sirve?

¿De qué sirve un virus, por ejemplo? Un personaje legendario de la historia de la medicina respondió una vez esa pregunta incluso antes de que la ciencia supiera que existían los virus. A fines del siglo XVIII, el médico británico Edward Jenner notó que las lecheras que habían padecido una enfermedad leve llamada viruela bovina solían ser inmunes a otra enfermedad mucho peor: la viruela. Aunque no sabía qué causaba las dos aflicciones, llegó a la conclusión de que la viruela bovina confería inmunidad a la viruela. Luego, realizó un experimento, que demostró que las víctimas de la viruela vacuna no se enfermaban de viruela. El nombre en latín para la causa invisible de la viruela bovina era Vaccinia (vaca en latín), que dio lugar al término vacunación, uno de los fundamentos de la medicina moderna.

Gracias a las vacunas, las personas han podido tener vidas más largas y saludables. La productividad de la humanidad también se vio beneficiada. Hoy, estamos ansiosos por que descubran una vacuna para la COVID-19 lo antes posible y nos resulta alentador que la vacuna contra el dengue esté más cerca que nunca. Sin embargo, ¿alguien alguna vez agradece, o siquiera, repara en la naturaleza y el virus Vaccinia?

Para algunas personas, la pandemia puede interpretarse como la defensa de la naturaleza frente a todo lo que se ha hecho y se sigue haciendo. Pero, en definitiva, la causa es el comportamiento humano y la falta de respeto hacia la naturaleza. Además, a medida que hacemos frente a la pandemia, el cambio climático avanza. Está originando fuertes cambios en todos los ecosistemas, y es probable que esté inclinando la balanza a favor de patógenos que todavía no conocemos.

El camino más prudente es invertir en conservación y ciencia, y abrazar la naturaleza y la gloriosa variedad de vida con la que compartimos este planeta. Un futuro saludable para la humanidad depende de un planeta biodiverso saludable.

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