Animales

El consumo de carne de tortuga en Cuaresma afecta a especies en peligro

En Colombia, la intensa caza furtiva en las semanas previas a la Pascua amenaza la supervivencia a largo plazo de dos especies de tortugas.jueves, 2 de mayo de 2019

Por Gena Steffens
Fotografías de Gena Steffens
Dentro de una sala de incubación casera en la aldea de Cotocá Arriba, Córdoba, una tortuga de río en peligro crítico de extinción echa un primer vistazo al mundo al salir de su caparazón.

Para la religión católica, la Cuaresma tiene que ver con la autodisciplina y la moderación, la penitencia antes de la Pascua. Para quienes la practican, esto significa abstenerse de comer carne el Miércoles de Ceniza, el Viernes Santo y los otros viernes previos a la Pascua. Pero cuando la carne de res, el cerdo y la carne de aves abandonan la mesa, el pescado no es la única fuente de proteína alternativa que toma su lugar.

A medida que el catolicismo se extendió por las Américas, surgió una amplia gama de tradiciones culinarias de la Cuaresma que utilizan la carne de animales salvajes. Durante el siglo XVII, el obispo de Quebec declaró que, los castores podían considerarse peces ya que pasaban bastante tiempo en el agua y, por lo tanto, eran adecuados para el consumo durante la Cuaresma. La misma lógica se aplica en Venezuela, donde los católicos festejan con el carpincho, un roedor grande, semi-acuático. La rata almizclera o rata almizclada se ha preparado durante mucho tiempo en lugar de carnes prohibidas en el estado de Michigan, y en 2010, el arzobispo de Nueva Orleans aprobó al cocodrilo, argumentando que los cocodrilos son "considerados dentro de la familia de los peces".

Los cazadores en el noroeste de Colombia usan máscaras hechas de hojas anchas y resistentes como camuflaje para que puedan acercarse sigilosamente a las tortugas y a otros animales de caza como las aves zancudas y migratorias. La caza sigue siendo una actividad vital para los agricultores de subsistencia en la región.

En Colombia, los fieles tienen su propia tradición: las tortugas.

El consumo de carne de tortuga durante la Cuaresma está tan profundamente arraigado en la cultura del noroeste de Colombia que los habitantes tienen un dicho popular: "Si no comiste carne de tortuga, no celebraste la Semana Santa".

Mucho antes de que se arraigara el catolicismo, los indígenas Zenú cazaban tortugas para alimentarse. Incluso hoy en día, las comunidades rurales en los vastos humedales de la región aún consideran a las tortugas como una parte importante de su dieta.

Pero a medida que la práctica se extendió más allá de la caza de subsistencia para incluir una tradición gastrorreligiosa celebrada en las partes más pobladas del país, dos especies endémicas de tortugas —la Trachemys callirostris (Hicotea, jicotea o tortuga de orejas naranjas) y la Podocnemis lewyana (tortuga del río Magdalena), en peligro crítico de extinción— han disminuido constantemente en tasas de caza ilegal superan ampliamente los niveles sostenibles. 

Las tortugas y su carne son una parte tan importante de la cultura regional que se conmemoran con monumentos como esta estatua de un hombre tortuga en San Marcos. Para el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, la figura simbólica es la "personificación de la resistencia y la expresión casi totémica del caparazón de la gente contra la acción hostil de la naturaleza y de las personas poderosas de la sociedad".

A menudo se menciona que más de un millón de tortugas se consumen por año durante la Cuaresma en el noroeste de Colombia. "Pero es factible que el número real sea dos o tres veces mayor", dice Luis Carlos Negrete Babilonia, director de Econbiba, un programa de desarrollo comunitario basado en el ecoturismo y en la conservación de la tortuga del río Magdalena en el pueblo de Cotocá Arriba, en el Departamento de Córdoba. “La tradición ha tenido un gran impacto en estas especies, porque la Cuaresma también coincide con la temporada reproductiva de las tortugas. Esto significa que no sólo se cazan los adultos, sino que los huevos de la próxima generación también se recolectan y se consumen", explica. 

El padre Carlos Machado, un sacerdote que nació y se crió en Montería, Córdoba, dice que algunos de sus primeros recuerdos son de corrales llenos de 60 a 70 tortugas, que se comían durante la Cuaresma. "La autoridad ambiental regional ha insistido en las campañas para que las personas dejen de comer tortugas y, sí, la iglesia las ha apoyado", dice. “¿Pero la iglesia le dirá a la gente que se van al infierno por consumir una tortuga? Jamás." 

Frente a la disminución de las poblaciones de tortugas, los conservacionistas colombianos han pasado años tratando de convencer a sus conciudadanos sobre los impactos negativos por comer carne de tortuga. Pero la erradicación de la tradición ha resultado difícil, especialmente porque la caza de tortugas sigue siendo un medio de supervivencia en áreas propensas a la sequía. 

La carne de tortuga, una “fruta prohibida” 

"Hemos cazado tortugas durante cientos de años para sobrevivir durante las sequías como esta", dice un agricultor en el remoto asentamiento de Cuiva, en el departamento de Sucre, quien pidió no ser identificado debido al creciente estigma asociado con la práctica. “Durante la temporada de lluvias, consumimos pescado”, explica, señalando hacia una extensión reseca de tierra agrietada que se disuelve en el calor del horizonte. "Pero cuando los niveles de agua bajan, lo único que queda por comer son las tortugas", agrega. 

Comprar, vender y traficar con tortugas es ilegal, pero aún es una práctica habitual. La aplicación de la ley es desigual. En la foto, un grupo de tortugas hicoteas atadas se venden en una carretera del departamento de Sucre en los días previos a la Semana Santa.
Tras confiscar una olla de carne de tortugas hicoteas en la parte trasera de un puesto del mercado de Montería, la policía se vio obligada a salir del edificio para evitar una confrontación violenta con un grupo de vendedores que se oponen a la prohibición de la que consideran una importante tradición cultural.

La caza de subsistencia y el consumo de tortugas aún es legal para los colombianos rurales, explica Eduardo Torres, subdirector de gestión ambiental de la autoridad ambiental regional de Córdoba. Pero cuando las tortugas son transportadas fuera de áreas provinciales como Cuiva, se convierten en fruta prohibida. 

En el año 2009, el gobierno colombiano aprobó una ley que establecía la compra, venta o tráfico de vida silvestre, incluidas las tortugas, un delito punible con pena de prisión y multas de hasta $10.000 dólares. Pero en lugar de eliminar la explotación de las tortugas, la ley simplemente la llevó a la clandestinidad. A medida que la demanda del consumidor persiste y el orden público exige, el valor de la carne de tortuga aumenta. Los precios más altos dan a los cazadores y traficantes un mayor incentivo para sacar a los animales de sus hábitats y llevarlos de contrabando a la ciudad. 

Los arpones caseros llamados chuzos se usan con frecuencia para cazar tortugas que hibernan bajo tierra durante los meses más secos del año. Los cazadores se mueven lentamente por el paisaje, clavando el chuzo en el suelo repetidamente hasta que la punta de metal golpea el caparazón de una tortuga, haciendo un sonido distintivo.

“En noviembre, una tortuga de tamaño mediano podría costarte alrededor de $1,50 dólares, pero durante la Cuaresma, la misma tortuga costará casi $8,00 dólares. Una grande puede costar hasta $ 16,00", explica un cazador de tortugas que pidió no ser identificado. Él es consciente de que al vender tortugas en una ruta que conduce a la bulliciosa ciudad de San Marcos, en Sucre, está violando la ley. 

Durante las sequías anuales en las áreas rurales, las poblaciones de peces disminuyen. Tanto las tortugas como las aves migratorias, como el pato silbador de vientre negro (atado al cuerno de la silla de este hombre), se convierten en fuentes vitales de proteínas para las comunidades de la región, a muchas de las cuales sólo se puede llegar a caballo.

Como casi todos los demás nacidos y criados en el área, aprendió de su padre a cazar tortugas y ha transmitido la tradición a sus hijos. Las técnicas y las herramientas que usan son las mismas: máscaras hechas de hojas anchas para camuflarse de las tortugas, arpones afilados, redes grandes y redondas, y grupos de perros entrenados para oler a las tímidas criaturas. Pero hoy, para muchas familias como la suya, la caza de tortugas se ha convertido más en una empresa comercial que en una nutricional o religiosa. 

"Todo el mundo sabe que es ilegal, pero es nuestra cultura", dice, agitando una tortuga Trachemys callirostris en el aire antes de volver a colocarla en un corral junto a otras que esperan ser secretadas en cocinas cercanas. "Además, ¿cómo puedo decir que no cuando hay un potencial económico tan grande?" 

Cazando cazadores furtivos

Para la policía ambiental en Montería, la capital de Córdoba, detener el flujo de tortugas de las áreas rurales a la ciudad durante la Cuaresma es un desafío constante. A lo largo de los años, han visto reducciones en la cantidad de animales que interceptan, pero es difícil decir si eso se debe a que las personas comen menos tortugas o si simplemente han mejorado para evadir la detección. 

Eduardo Torres, a la derecha, sostiene una tortuga hicotea en el Centro de atención y valoración de fauna silvestre de Montería. La policía medioambiental incautó esta tortuga junto a otras tortugas y una boa constrictor durante la Cuaresma.
Rehidratan en un cubo a tortugas hicoteas descubiertas por la policía en la parte trasera de una camioneta. Como su carne suele descomponerse rápidamente, las tortugas se capturan y se mantienen con vida hasta que las echan —aún vivas— en ollas de agua hirviendo para comerlas durante la Cuaresma. Muchas tortugas mueren durante el estresante viaje a zonas urbanas. La decoloración de los caparazones de estas tortugas es una señal reveladora de que las han manipulado con brusquedad.

“Los traficantes se han vuelto mucho más discretos”, dice Javier Augusto Reyes Cabrales, un oficial de policía ambiental en Montería. “Hace unos años, era común encontrar envíos de 2.000 a 3.000 tortugas a la vez. Hoy en día, es una actividad mucho más clandestina. En lugar de apilarlas en la parte trasera de los camiones a simple vista, la gente trata de esconderlas, envolverlas en ropa dentro de sus maletas o enterrarlas entre cajas de verduras", explica. 

Con la ayuda de un perro especialmente entrenado para oler la vida silvestre oculta, la policía ha confiscado más de 1.200 tortugas en lo que va del año. Si bien muchos de los animales delicados perecen a lo largo del duro viaje hacia la ciudad, los que sobreviven se entregan al Centro de Evaluación y Cuidado de Vida Silvestre local, donde se mantienen bajo custodia protectora hasta después de Semana Santa. 

Las tortugas son liberadas más tarde en la naturaleza durante celebraciones ampliamente publicitadas. Eduardo Torres cree que estos festivales fomentan el aprecio por las tortugas en sus hábitats naturales, especialmente entre los niños y adolescentes, que son cada vez más críticos de una tradición que consideran cruel e innecesaria. Pero para cuando el paradigma cambie del consumo a la conservación, algunos temen que sea demasiado tarde para las tortugas. 

Una marcha hacia la extinción 

Las comunidades rurales ya son testigos de la facilidad con que una especie común puede ser víctima de la sobreexplotación. A diferencia de la tortuga del río Magdalena, que ha estado al borde de la extinción durante años y ahora está catalogada en peligro crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, que establece el estado de conservación de las especies en todo el mundo, la Trachemys callirostris colombiana no está oficialmente reconocida como especie amenazada. 

"La gente cree que las Trachemys callirostris no se encuentran en peligro de extinción", dice Luis Carlos Negrete Babilonia. Pero este año, tanto los cazadores de tortugas como los conservacionistas dicen que las criaturas que alguna vez fueron abundantes se han vuelto más escasas que nunca. “Por aquí, los cazadores siempre se han centrado en las Trachemys callirostris porque son muy comunes. Pero ahora, dado que existe un mercado de su carne, no sólo toman tres o cuatro tortugas para su propia familia, sino que siguen cazando hasta que conseguir hasta la última. Ahora estamos viendo grandes reducciones en esta especie". 

La policía ambiental, acompañada por un funcionario de la autoridad ambiental regional del departamento de Córdoba y miembros de la comunidad local, libera pacíficamente a las Trachemys callirostris confiscadas y las deja en libertad en las afueras de la ciudad de Cereté.

Diezmar las poblaciones de Trachemys callirostris han llevado a algunos cazadores furtivos a volver a cazar las tortugas del río Magdalena que, después de años de esfuerzos de conservación, finalmente están comenzando a repoblar las orillas de los ríos Magdalena y Sinú, los únicos lugares en los que se encuentran en el mundo. Los conservacionistas, como los habitantes de Cotocá Arriba, que observan cómo los cazadores furtivos suben y bajan por los ríos en canoas de madera cargadas con bolsas de tortugas de río en peligro crítico de extinción, temen que si la tendencia continúa, todo lo que han hecho a lo largo de los años para recuperar las poblaciones de estos animales únicos de aspecto prehistórico se perderán. 

Las autoridades, sin embargo, parecen ser generalmente optimistas sobre el futuro de ambas especies. Entre la aplicación efectiva de la ley y el uso de estrategias de educación ambiental dirigidas, como los concursos de belleza con temática de tortugas, fiestas de liberación de crías y campañas de medios sociales que instan a los ciudadanos a denunciar delitos relacionados con las tortugas, Eduardo Torres cree que la generación actual podría estar entre las últimas que se aferre a la tradición católica anual. 

Encontrada únicamente en los ríos Sinú y Magdalena en el noroeste de Colombia, la tortuga del río Magdalena es una de las 25 especies de tortugas más amenazadas del mundo. Aquí, una cría de tortugas del río Magdalena nada en el río Sinú luego de ser liberada por conservacionistas que trabajan para revivir las poblaciones de tortugas en el departamento de Córdoba.
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