El primer estudio de los gases de efecto invernadero de la selva amazónica sugiere que están empeorando el cambio climático

La primera mirada general de todos los gases que afectan el funcionamiento de la Amazonía (no solo el CO2) revela un sistema al borde del colapso.

Publicado 12 de marzo de 2021 17:08 GMT-3
Según un nuevo estudio, la Amazonía ya no almacena carbono para nuestro planeta. Por el contrario, ...

Según un nuevo estudio, la Amazonía ya no almacena carbono para nuestro planeta. Por el contrario, contribuye con el calentamiento.

Fotografía de Jak Wonderly, Nat Geo Image Collection

Es muy probable que la selva amazónica sea hoy un contribuyente neto al calentamiento del planeta según un análisis, el primero de su tipo, realizado por más de 30 científicos.

Durante años, los investigadores han expresado su preocupación: las temperaturas en aumento, las sequías y la deforestación están reduciendo la capacidad de la selva más grande del mundo de absorber dióxido de carbono de la atmósfera y ayudar a atenuar las emisiones de la quema de combustibles fósiles. Los estudios recientes hasta han sugerido que algunas porciones del paisaje tropical ya están liberando más carbono del que almacenan.

Pero inhalar y exhalar CO2 es solo una forma en la que esta selva húmeda, la más rica en especies de toda la Tierra, influye en el clima global. Las actividades en la Amazonía, tanto naturales como humanas, pueden cambiar la contribución de la selva de maneras significativas, ya sea calentando el aire directamente o liberando otros gases de efecto invernadero que sí lo hacen.

Por ejemplo, los humedales más secos y la compactación del suelo por la tala pueden aumentar las emisiones de óxido nitroso, otro gas de efecto invernadero. Los incendios para el despeje de tierras liberan carbono negro, pequeñas partículas de hollín que absorben la luz solar y aumentan el calor. La deforestación puede alterar los patrones de precipitación, y secar y calentar el bosque aún más. Las inundaciones regulares y las construcciones de represas liberan el potente gas metano, como también lo hace la ganadería, una de las principales razones por la que los bosques se destruyen. Y aproximadamente el 3,5 por ciento de todo el metano liberado del mundo proviene naturalmente de los árboles de la Amazonía.

Sin embargo, ningún equipo había intentado evaluar el efecto acumulativo de estos procesos, aún a medida que la región se transforma rápidamente. La investigación, que cuenta con el apoyo de National Geographic Society y fue publicada en Frontiers in Forests and Global Change, estima que el calentamiento atmosférico de todos estos recursos combinados parece saturar el efecto de enfriamiento natural del bosque.

"Talar el bosque está interfiriendo con la absorción del carbono; eso es un problema", señala el autor principal Kristofer Covey, profesor de estudios ambientales de Skidmore College en Nueva York. "Pero cuando comienzas a observar estos otros factores junto al CO2, es muy difícil ver cómo el efecto neto no es que la Amazonía como un todo está calentando el clima mundial".

Covey y sus colegas afirman que el daño puede revertirse. Frenar las emisiones globales de carbón, petróleo y gas natural ayudaría a restaurar el equilibrio, pero es imprescindible detener la deforestación en la Amazonía junto con reducir la construcción de represas y aumentar los esfuerzos para replantar árboles. Parece certero que seguir despejando tierras a las tasas actuales empeorará el calentamiento en todo el mundo.

“Tenemos este sistema en el que hemos confiado para contrarrestar nuestros errores y ya hemos excedido su capacidad para darnos un servicio confiable”, señala la coautora Fiona Soper, profesora adjunta de McGill University.

Cálculos complejos

La misma riqueza que hace que la Amazonía sea asombrosamente diversa, hogar de decenas de miles de insectos por kilómetro cuadrado, hace que comprenderla sea extremadamente difícil. Las hojas verdes brillantes absorben CO2 desde el cielo, mediante la fotosíntesis lo convierten en carbohidratos que terminan en los troncos y las ramas a medida que los árboles crecen. En los suelos ricos en carbono y con muchos árboles, la Amazonía almacena el equivalente a cuatro o cinco años de emisiones de carbono de los seres humanos, hasta 200 gigatoneladas de carbono.

Pero la Amazonía es también superhúmeda: las crecidas se elevan a decenas de metros por año en todo el suelo del bosque. Los microbios en dichos suelos empapados producen metano, que es 28 a 86 veces más potente que el gas de efecto invernadero CO2. Los árboles actúan como chimeneas industriales y canalizan el metano a la atmósfera.

Mientras tanto, la humedad del océano Atlántico que cae como lluvia es absorbida por las plantas, utilizada en la fotosíntesis y exhalada por las hojas a través de los mismos poros que toman CO2. Nuevamente en la atmósfera, cae como lluvia otra vez.

Los seres humanos complican estos ciclos naturales no solo con el cambio climático sino también con la tala, la construcción de reservorios, la minería y la agricultura. La deforestación en Brasil ha explotado en los últimos años y, en 2020, alcanzó el pico más alto en 12 años, y tuvo un aumento del 10 por ciento con respecto al año anterior.

Algunos de estos procesos retiran gases de efecto invernadero de la atmósfera mientras que otros los aumentan, y todos se influyen mutuamente. Sin embargo, solo hace poco se intentó entender ese equilibrio. "Es este sistema de partes que interactúan entre sí y todas se miden de manera distinta, en escalas de tiempo distintas y por distintas personas", explica Soper.

Lo que es claro es que el bosque ha estado cambiando rápidamente y de manera alarmante. Las precipitaciones se dan con explosiones más intensas, más frecuentes que antes, lo que dispara los récords de inundaciones. Las sequías ocurren más a menudo y, en algunos lugares, duran más. Los árboles que cuentan con mejores condiciones en lugares húmedos ceden antes las especies altas y tolerantes a la sequía. Nuevamente, los incendios forestales ilegales aumentaron. En 2019, se quemaron alrededor de 2,18 millones de hectáreas, un área casi del tamaño de Nueva Jersey.

Por esto, en 2019, National Geographic Society reunió a Covey, Soper y a un equipo de expertos en la Amazonía para que juntos comiencen a intentar examinar cómo estas piezas encajan. No tomaron nuevas medidas, solo buscaron nuevas maneras de analizar los datos existentes, pero con una mirada más integral.

Más allá del CO2

Mientras los resultados muestran algunas incertidumbres, es claro que una única métrica (CO2) no muestra la imagen completa. "A pesar de la importancia del carbono en la Amazonía, no es lo único que sucede", señala Tom Lovejoy, miembro de la Fundación de las Naciones Unidas, que ha trabajado en la Amazonía brasileña durante décadas. 
"La única sorpresa, si la podemos llamar sorpresa, es cuánto más hay si sumas todo".

La extracción de recursos, las represas en los ríos y la conversión del bosque para la producción de soja y la ganadería alteran los sistemas naturales de muchas maneras. Pero la mayoría sirve para calentar el clima. El metano es un actor particularmente importante. Mientras las fuentes más grandes del metano siguen siendo los procesos naturales del bosque, la capacidad de la Amazonía de tomar carbono solía hacer mucho más para contrarrestar las emisiones de metano. Los seres humanos han disminuido esa capacidad.

Rob Jackson, científico de sistemas terrestres en Stanford University y experto principal de emisiones mundiales de efecto invernadero, considera que la nueva investigación es un aporte muy valioso. "La Amazonía es vulnerable y tendemos a tener una visión limitada de un único gas de efecto invernadero", explica.

Patrick Megonigal, director adjunto de investigación de Smithsonian Environmental Research Center (Centro de investigación ambiental Smithsonian), está de acuerdo con Jackson. "Lo importante que hicieron los autores es ampliar la conversación más allá del dióxido de carbono, que es en lo que se centra el 90 por ciento de la conversación pública", agrega. 

“El CO2 no está solo. Cuando consideras al elenco completo, el panorama de la Amazonía es que las consecuencias de las actividades humanas serán peores de lo que nos damos cuenta".

Quedan muchas preguntas. Para Megonigal, la mayor es una por la que también se preocupa Lovejoy: ¿cómo todos estos factores influyen en el clima local de la Amazonía? 
Eso es importante porque la Amazonía es proveedora de su propia humedad; una única molécula de agua pasa por el ciclo del bosque cinco o más veces a medida que el aire húmedo se mueve desde el oeste del Atlántico por todo el continente.

Un análisis reciente de Lovejoy y Carlos Nobre, científico especialista en clima del Instituto de estudios avanzados de la Universidad de San Pablo, sugiere que la creciente deforestación también podría alterar tanto el flujo de la humedad que provocaría que largos tramos de la Amazonía se encuentren en una transición permanente hacia una sabana arbolada más seca. El dúo cree que ese punto de inflexión podría alcanzarse al despejar solo un 20 o 25 por ciento de la selva.

Eso supondría un gran problema para el clima, y reduciría considerablemente el potencial del bosque de limpiar los cielos de algunas de nuestras emisiones de combustibles fósiles. Con la medida del Gobierno brasileño, el despeje del bosque ya alcanza el 17 por ciento.

Lo que sucede en Brasil (y en los países vecinos de la Amazonía) afecta al mundo entero. En Estados Unidos, un grupo de líderes ambientales de cuatro presidencias anteriores, tanto demócratas como republicanas, (Bush padre, Clinton, Bush hijo y Obama), le pidieron al presidente Joe Biden que le exija al Gobierno brasileño que reduzca la deforestación. Le recomendaron que usara el comercio con Estados Unidos como influencia. Brasil y Estados Unidos están actualmente negociando.

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