¿Cuántos delfines de río hay en la Amazonía?

A través de este reportaje acompaña el trabajo de campo de los investigadores que estudian al delfín rosado, el delfín de agua dulce más grande del mundo, y al tucuxi, el más pequeño.

Los delfines rosados ​​afloran en la reserva de desarrollo sostenible Mamirauá en Amazonas. Son comunes en la reserva, pero la especie está amenazada por la caza furtiva y la pesca accidental. En 2018, se incluyó en la Lista Roja de la UICN como "en peligro" de extinción.

Fotografía de ETHEL BRAGA
Por JOÃO PAULO VICENTE
Fotografías de ETHEL BRAGA
Publicado 12 de oct. de 2021 14:40 GMT-3, Actualizado 29 de oct. de 2021 12:37 GMT-3

Tefé, Amazonas | El agua estaba agitada en la confluencia del río Japurá con uno de los cauces del río Jarauá, cerda del mediodía de un sábado de agosto. Alrededor de la lancha del Instituto Mamirauá, delfines rosados nadaban y respiraban tranquilamente solos, en parejas o en tríos. Cerca, grupos de tucuxis saltaban contentos, algunos con todo el cuerpo fuera del agua.

El espectáculo natural daba la impresión de que a las especies les iba muy bien. Sin embargo, después de décadas de información insuficiente, en los últimos años ambas especies fueron clasificadas como en peligro de extinción en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

En la región, un grupo de investigación monitorea la población de estos delfines de río para comprender cómo han variado a lo largo del tiempo dentro de la reserva de desarrollo sostenible (RDS) Mamirauá en la región central del estado brasileño de Amazonas, un área protegida lejos de amenazas como la minería y las plantas hidroeléctricas.

“Aquí, estos animales están más o menos protegidos, así que, si les surge alguna amenaza, nos quedamos preocupados, porque es un área donde se deben preservar”, dice la bióloga e investigadora de National Geographic Society Jéssica Melo, quien trabaja para el Instituto Mamirauá. “Es diferente de otros lugares de Amazonía donde ya no tenemos el control”.

Desde 2019, Jéssica ha sido la responsable de campo de un proyecto para estimar la población de delfines de río y tucuxis que había comenzado dos años antes. Durante las épocas de sequía, inundación, crecida y menguante, los investigadores recorren un camino de 233 kilómetros, distribuidos en tres regiones de la RDS Mamirauá, que tiene una superficie de más de 11.000 kilómetros cuadrados.

El trabajo es metódico: la lancha viaja a 10 kilómetros por hora, a 100 metros de una de las orillas, mientras dos observadores en la proa y uno en la popa escanean el río en todas las direcciones. Cuando avistan a un delfín de una de las especies, registran el ángulo en relación con la lancha, la distancia desde la lancha y la orilla, el número de individuos, la cohesión del grupo y otros datos más, todo en un corto período de tiempo.

Para hacer la tarea un poco más desafiante, la baja velocidad más el ruido del motor y los sonidos de la selva amazónica crean el ambiente perfecto para una siesta. Pero nadie allí puede cerrar los ojos.

En agosto, el equipo que realizó este reportaje acompañó a Jéssica y al personal del Instituto Mamirauá en una de las regiones donde se realiza el monitoreo, el sector Jarauá. Este sector comprende tramos de los cauces del río Jarauá, en la orilla sur del río Japurá, del propio Japurá, y el lago Pantaleão, en la orilla norte, en la Reserva de Desarrollo Sostenible de Amanã. Fue la quinta expedición para recopilación de datos de Jéssica dentro del proyecto; debido a la pandemia, las actividades se suspendieron durante casi un año.

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Jéssica Melo dentro de la embarcación que sirvió de base a los investigadores durante las salidas de campo en busca de los delfines rosados y tucuxis.

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Antônio Peixe-boi nació en la comunidad de Vila Alencar, hoy parte de la reserva de desarrollo sostenible Mamirauá. Antônio, piloto del hidroavión que realizó el informe, lee señales imperceptibles para mostrar dónde emergerán los delfines en el agua oscura.

Fotografía de ETHEL BRAGA

“Con este control podemos entender si la población de estas especies está disminuyendo, si se mantiene estable a lo largo del tiempo o si está aumentando”, dice Jéssica, sin ocultar que la última de las posibilidades es difícil de concretar.

Pero hasta que llegue a alguna de estas conclusiones, lleva tiempo. Mucho tiempo.

Los análisis realizados a partir de las cifras obtenidas desde 2017 y los datos de seguimiento de 2014 muestran que los delfines de río y tucuxis se han mantenido en un número regular. Sin embargo, Miriam Marmontel, líder del Grupo de Investigación con Mamíferos Acuáticos del Instituto Mamirauá, explica que este intervalo no es suficiente para hacer una valoración precisa.

“Todavía es muy poco”, dice Miriam. “Solo podemos visualizar las tendencias de la población con un seguimiento a largo plazo. Estos parámetros cambian muy lentamente, por lo que necesitamos intervalos de cinco, diez años, para que podamos comprender realmente lo que está sucediendo con las poblaciones”.

Esfuerzos similares se han vuelto más comunes en los últimos años, especialmente a partir de 2017, cuando se creó la Iniciativa de Delfines de Río de Suramérica (SARDI, por sus siglas en inglés), que reúne a investigadores de Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, en el área de ocurrencia de la especie.

Pero no siempre fue así. En 1993, cuando Miriam comenzó a trabajar con mamíferos acuáticos de la Amazonía, había pocos investigadores y trabajaban de forma aislada. Acerca del tucuxi, un enigma hasta el día de hoy, no se sabía prácticamente nada. Acerca de los delfines de río, muy poco. “En los últimos cuatro años, nuestro conocimiento sobre los delfines rojos ha avanzado mucho”, dice Miriam.

¿Delfines rojos? Así es: “Es el nombre al que los ribereños siempre se les han referido”, explica Miriam. "Rosado" es una denominación dada por extranjeros. Cuando el legendario oceanógrafo francés Jacques Cousteau se aventuró por la Amazonía en 1982, le encantaron tanto estos animales que decidió que necesitaban un nombre más poético: nacía el delfín rosado.

Rojo o rosado, lo cierto es que estos delfines son uno de los animales más simbólicos de la Amazonía. Protagonistas de leyendas e historias, los "botos" les daban miedo a los ribereños y no eran bien vistos por la población, pero la relación de estos delfines de agua dulce con sus vecinos humanos seguía en una relativa tregua.

Hasta que a mediados de la década de 1990 un pececito poco apetitoso ganó el mercado, uno que a nadie le importaba: la mota (Calophysus macropterus), un bagre pequeño, de menos de un kilogramo y con un apetito voraz por la carne podrida.

“Antes, era muy raro ver a alguien matando a un boto”, dice João da Silva Carvalho, residente de la comunidad de Vila Alencar, dentro de la RDS. “Y luego, en 1996, vi por primera vez a un niño atrapando a yacarés y delfines para hacer un cebo para pescar mota”.

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Muchos residentes de la comunidad de Vila Alencar, en la RDS Mamirauá, donde creció João Jacaré, eran cazadores de yacarés. Desde hace 27 años, ha trabajado para la conservación de las especies de la región en el Instituto Mamirauá.

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Yacaré en la RDS Mamirauá. Muchos caimanes fueron sacrificados para que sirvieran de cebo para pescar peces mota, un tipo de bagre, así como para fabricar bolsos, zapatos y cinturones. Hoy abundan en la reserva.

Fotografía de ETHEL BRAGA

Una reserva ejemplar

Creada precisamente en 1996, Mamirauá es la primera reserva de desarrollo sostenible de Brasil. El proyecto fue la culminación de más de una década de esfuerzos liderados por el primatólogo José Márcio Ayres y se convirtió en una referencia al combinar la preservación con el desarrollo económico de las poblaciones ribereñas. El manejo de la pesca de pirarucú que se realiza allí, por ejemplo, tiene reconocimiento en todo el mundo.

Ubicada cerca de la ciudad de Tefé, donde se encuentra la sede del Instituto Mamirauá, la RDS se encuentra a unos 600 kilómetros al oeste de Manaos, entre los ríos Solimões, nombre que recibe el río Amazonas en su tramo superior, y Japurá. Es un área repleta de lagos, donde la mayor parte del bosque se inunda durante la temporada de crecida.

“El Mamirauá es una reserva modelo, una de las más conocidas, protegidas y estudiadas”, dice Vera da Silva, jefa del Laboratorio de Mamíferos Acuáticos del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía (INPA), quien trabajó junto a Márcio Ayres en la creación de la RDS. “La población que vive allí tiene mucha información, está muy consciente”.

João da Silva Carvalho es un ejemplo de ello. Piloto de la embarcación regional que sirvió de base para la expedición de conteo de delfines rosados y tucuxis liderada por Jéssica, João trabaja con el Instituto Mamirauá desde hace 27 años. Al principio, ayudaba a los ornitólogos. Pronto comenzó a trabajar en proyectos de conservación de yacarés, lo que le valió un apodo que sonaba inevitable, João Jacaré.

En cierto modo, una ironía. Los padres, tíos y muchos residentes de la comunidad donde creció João eran cazadores de yacarés. A diferencia de los delfines de río, que no se consideraban un activo económico, los yacarés tienen una carne sabrosa y un cuero valioso, especialmente el caimán negro, la especie más grande de la Amazonía. El resultado: casi desaparecieron de la región.

“En aquella época, la gente solía hacer bromas diciendo que los yacarés habían aprendido a taparse los ojos con las patas cuando los cazadores lanzaban su linterna al agua por la noche”, bromea João, mientras imita los gestos con la mano. Después de más de veinte años de esfuerzos de conservación, la mejora es visible y "brillante". Por la noche, al pasar la linterna sobre el río, el reflejo de los ojos de los yacarés da la impresión de las luces de una metrópoli. Bañarse en el río no es una buena idea.

En el punto más alto de la pesca del pez mota, los animales parecían condenados a la extinción. El tucuxi se libró, pero tanto el delfín rosado como los yacarés eran cebos valiosos, al igual que varias otras especies, incluso jaguares.

João Jacaré dice que los pescadores de los delfines rosados solían vender un ejemplar por 50 reales como cebo. Sin embargo, a veces, el aura del delfín rosado era un obstáculo y una especie de defensa. “Un hombre atrapaba a los botos con un arpón y los arrastraba hasta un pequeño lago lejos del río, donde los dejaba vivos”, dice. Cuando pasaban los pescadores de mota, el hombre los vendía. Pero, un día, empezó a “sufrir unas crisis”. “Todas las noches soñaba con una anciana que intentaba atraparlo, siempre buscándolo”, recuerda João. Hasta que prometió no volver a matar a otro boto. Las crisis cesaron y, hoy, este hombre ayuda al Instituto Mamirauá en el monitoreo de los delfines de agua dulce en otra parte de la reserva.

En 2015, el gobierno federal instituyó una moratoria de cinco años a la pesca de mota. La norma se ha ampliado dos veces y está en vigor hasta al menos julio de 2022. En 2017, el principal mercado consumidor del pescado, Colombia, prohibió su venta, justificada tanto por la mortalidad de los animales silvestres utilizados como cebo como por los altos niveles de mercurio que se encuentran en la carne. Pero hasta hoy, existe una presión para la liberación de la pesca.

“La gente habla sobre hacer un plan de manejo para el pez mota, lo que no tiene sentido. Uno va a perder el tiempo en el manejo de un bagre carroñero, altamente 'mercurizado', que a nadie le importa y que solo come porque cree que es otra cosa”, afirma Vera, refiriéndose al hecho de que el pez mota se vende a menudo en los mercados de Manaos como otras especies de bagre.

En cualquier caso, para el grupo de Mamirauá que trabaja con delfines drosados y tucuxis, la mota es ahora una preocupación secundaria. El problema principal, evalúan, es una amenaza más antigua, de la que el tucuxi esta vez no se escapa: la pesca accidental, el bycatch, en la expresión en inglés.

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Embarcación donde se alojó el equipo de investigadores del Instituto Mamirauá. 

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A diferencia de los delfines rosados ​​(o delfines rojos, como los llama la gente de la ribera), los tucuxi son sociables y se mueven en grandes grupos.

Fotografía de ETHEL BRAGA

El gran descenso

Al pez mota le gusta la grasa de la carroña. Cuanto más fétido sea el olor, mejor. Y el delfín rosado se convirtió en un cebo atractivo precisamente por esa razón: el animal es famoso por su mal olor que desprende. “Cuando te acercas y sientes su respiración, ya huele mucho”, dice Antônio Pinto.

Antônio comparte dos similitudes con João Jacaré: es de la comunidad de Vila Alencar y trabaja desde hace 27 años en el Instituto Mamirauá. Tres, en realidad: también tiene un apodo distinto: Antônio Peixe-Boi (que significa manatí en portugués). Adivina con qué especie ha trabajado la mayor parte de ese tiempo.

En la década de 1990, Antônio trabajó con Vera da Silva, del INPA, en la captura y en el marcado de delfines rosados y tucuxis. Piloto de la lancha que transportó al equipo de reportaje, Antônio es capaz de interpretar señales imperceptibles que muestran dónde los botos emergerán en el agua oscura. Para el resto de la tripulación, es un ejercicio difícil: la impresión es de que los animales siempre aparecen un poquito fuera de su vista. Cuando voltea la mirada para escuchar el fuerte sonido de la exhalación, los delfines ya se han ido de nuevo.

Pero Antônio no pierde ni siquiera uno. “Ya hice el marcado en aquel boto de allí junto con la doctora Vera”, dice, como si fuera algo común volver a ver a un conocido de veinte años.

De hecho, los delfines de río son longevos. “Pueden vivir 45 años o incluso más”, dice Vera. Desde 1994, ella investiga las poblaciones de las dos especies en el lago Mamirauá, en el centro de la RDS. Durante ese período, capturó a más de 1.200 delfines rosados para su estudio y marcó a 750 animales de la especie en el lago, que tiene 10 kilómetro de largo y un ancho promedio de 400 metros.

El número de tucuxis es mucho menor, solo se capturaron 30, ya que la especie es más delicada y vulnerable al contacto humano. “Sufre un tipo de miopatía en la captura, se estresa mucho y puede morir en tus manos”, dice la investigadora.

A partir de este trabajo, Vera contribuyó a incrementar el conocimiento sobre la biología de las especies, especialmente el delfín de río. Sin embargo, a partir del cambio de siglo, cuando se intensificó la explotación del pezz mota, notó que “us" animales, a los que se refiere con cariño, comenzaron a desaparecer.

Hasta hace poco, los delfines de río no tenían un estado de conservación definido. Incluidos en la lista roja de la UICN en 1988 como una especie vulnerable a la extinción, se los removió en 2008 por falta de datos poblacionales. Recién en 2018 regresaron, como ‘en peligro’, después que el grupo de investigación liderado por Vera organizó los datos del conteo poblacional realizados desde 1994 en el lago Mamirauá. Los tucuxis ingresaron en la lista en abril de este año, también como ‘en peligro’.

Dos especies con características antagónicas

El delfín rosado (Inia geoffrensis, también llamado "boto" en Brasil) y el tucuxi (Sotalia fluviatilis, conocido como delfín gris o bufeo gris/negro en otros lugares de América Latina) no podrían ser más diferentes. El primero es el delfín de agua dulce más grande del mundo, de hasta 2,5 metros de longitud. El segundo, el más pequeño, de menos de 1,5 metro. Los tucuxis solo habitan un área más restringida en la cuenca del río Amazonas, mientras que los botos se extienden por toda la Amazonía, en la cuenca del Orinoco, en Venezuela y Colombia, e incluso en regiones más centrales de Brasil, como el río Araguaia.

Los tucuxis son sociables entre sí y viven en grupos numerosos. Los botos prefieren estar solos o en grupos más pequeños. A pesar de su pequeño tamaño, los tucuxis se pescan en aguas abiertas y no pueden nadar entre las ramas y las raíces del igapó, el bosque inundado. Pero el boto es más flexible: con las vértebras cervicales no fusionadas, pueden ingresar al igapó sin ningún problema.

Muchas de estas diferencias están relacionadas con la historia evolutiva de la especie. El boto se adentró en las aguas de lo que se convertiría en la Amazonía hace 15 millones de años. El tucuxi lo hizo mucho más tarde: hace entre 3,5 y cinco millones de años. Es como si los botos estuvieran más acostumbrados con el entorno que los tucuxis.

De hecho, el tucuxi es muy similar al delfín más común en los mares brasileños, el delfín costero (Sotalia guianensis). Incluso se ha discutido si no trataría de una sola especie.

Por parte de los delfines amazónicos, también existen cuestiones taxonómicas. Oficialmente, la Society for Marine Mammalogy (Sociedad de Mammología Marina) reconoce solo una especie: Inia geoffrensis. Sin embargo, además de esta especie, vista en la RDS Mamirauá, hay otras dos propuestas: Inia boliviensis, encontrada en la cuenca del río Madeira, e Inia araguaiaensis, descrita solo el 2014 en la cuenca de Araguaia-Tocantins.

Las tres se separaron por obstáculos naturales, como los rápidos, a pesar de encontrarse en algunos tramos de ríos, donde se forman híbridos. “Tienen algunas diferencias genéticas y moleculares, pero muy pocas diferencias visuales”, dice Jéssica Melo, quien hizo un análisis comparativo de los sonidos emitidos por las tres especies en su disertación de maestría. “Encontré diferencias bioacústicas, que no son de comportamiento, dependen de la morfología del cráneo de cada especie”, aclara.

No obstante, todo el conocimiento acumulado sobre delfines rosados y tucuxis es todavía muy limitado. Vera, del INPA, utiliza una analogía para explicar la dificultad de investigar ambas especies. Debido al agua oscura, estudiarlos es como un “voyeur mirando por el ojo de una cerradura: a veces es posible ver una pierna, un brazo, una cabeza”, dice. “Pero pasan el 99 por ciento de sus vidas bajo el agua y no sabemos qué están haciendo”.

Lejos del rigor científico, para los ribereños que siempre han convivido con botos y tucuxis, las diferencias entre ambos son otras. Los tucuxis son delfines "buenos", juegan a cierta distancia de los barcos y se mantienen alejados de la gente. Pero los botos, no. Son "malvados".

“La gente dice que los botos viven en grupos y les gusta hacer travesuras”, cuenta Jéssica. Menos ariscos y más agresivos que los tucuxis, los delfines rosados se acercan a robar peces y, a menudo, rompen las redes de pesca. Si a eso le sumamos el temor de que viren los barcos por diversión y las leyendas que hay acerca de la especie, el resultado les aporta una cierta animosidad. En los casos más graves, esto conlleva a la muerte de algunos botos atrapados en materiales de pesca.

La relación entre ellos y los pescadores es un poco más compleja, explica Jéssica. “Cuando les pregunto si les gustan los botos, suelen decir que no”, dice la bióloga. “Pero entonces llego al puerto de Tefé y estos mismos pescadores están llamando a los botos por nombres antiguos, reconociéndolos, jugando, dándoles peces”.

Un tucuxi salta en la reserva de desarrollo Mamirauá. El tucuxi llegó a la cuenca del Amazonas hace entre 3,5 y 5 millones de años, mucho después que el delfín rosado, que parece haber evolucionado mejor en la selva, con una especie de cuello, ausente en el tucuxi, puede moverse, entrar al bosque de igapó con destreza.

Fotografía de ETHEL BRAGA

La pesca accidental o bycatch

Lejos de estos momentos de relajación, el gran riesgo tanto para los delfines "buenos" como para los delfines "malos" de la Amazonía es el mismo, el bycatch. Debido al estrés, los tucuxis son especialmente vulnerables y es improbable que sobrevivan cuando quedan atrapados en una red.

Dentro del proyecto de estimación poblacional del Instituto Mamirauá, uno de los objetivos es comprender el impacto de este problema en la vida de ambas especies. Para ello, los investigadores registran la posición de cualquier artefacto de pesca, como arrastres, cercos y palangres en los trayectos donde se observan delfines rosados y tucuxis.

“Registramos, luego los mapeamos en relación con la densidad de los ejemplares de delfines y analizamos las áreas donde hay más riesgo y probabilidad de pesca accidental”, explica Jéssica. A largo plazo, dice, el objetivo es buscar estrategias para mitigar los daños causados por la pesca, como utilizar dispositivos sonoros que mantengan alejados a los animales o proponer cambios en el tamaño de las redes utilizadas, por ejemplo.

Además, por supuesto, de la concientización. Incapaz de desembarcar en comunidades ribereñas debido a la pandemia, Jéssica cuenta con el apoyo de los Agentes Ambientales Voluntarios en esta tarea. Ribereños capacitados y contratados por el Instituto Mamirauá para ayudar en la investigación como observadores y pilotos, quienes llevan a sus comunidades la importancia de adoptar nuevas actitudes para la preservación de los animales.

“Necesitamos trabajar involucrando a las personas, si no nos esforzamos por crear conciencia, no servirá de mucho”, dice la investigadora. “Tenemos una idea, por ejemplo, de involucrar a la comunidad en este monitoreo de bycatch. Todavía no hemos podido ponerlo en práctica, pero lo pensamos mucho”.

El futuro de los delfines de agua dulce

Al otro lado del mundo, en Asia, la situación de los parientes lejanos de los botos y tucuxis sirve de advertencia ante un escenario devastador. Cuatro especies que se encuentran en China, India y Paquistán, entre otros países, están en estado crítico. Una quinta especie, el baiji, cuyo hábitat era el río Yangtzé en China, fue declarada extinta en la naturaleza en el año de 2006; desde entonces ha habido informes no confirmados de avistamientos.

“Imagínate que el Yangtzé fue una Amazonía, con llanuras aluviales, inundaciones y menguantes, y se encauzó el río, hay tramos en que no se ve el otro lado, con tantos barcos que viajan”, dice Vera da Silva, quien estaba en una expedición a China el 1986 en busca del baiji. E incluso en aquella época no lo encontró. “Los delfines de agua dulce son inevitablemente la especie más amenazada, porque están cerca y siempre en contacto con las actividades humanas, sean las que sean”, explica la investigadora del INPA.

La caza, la pesca accidental, los cambios en la cadena alimentaria, la construcción de presas que modifican el curso de los ríos y la contaminación son algunos de los graves riesgos para la preservación de estas especies. “Son problemas que estamos viendo a diferente escala en la Amazonía, es solo cuestión de tiempo si no hacemos nada”, advierte Vera.

Para Miriam Marmontel, “hay que tenerlos en cuenta para que no entren en la misma espiral”. En ríos cruzados por centrales hidroeléctricas, como Madeira y Tocantins, existen poblaciones de botos segregados en grupos de pocos individuos, con baja variabilidad genética. Además, los datos preliminares encontrados por SARDI, el consorcio para la investigación sobre delfines de río en América del Sur, indican que ya existen niveles muy altos de mercurio en estos animales.

Como resistencia a estos problemas, no hay otra alternativa que no sea el conocimiento y la acción. En uno los esfuerzos de SARDI, se hizo una encuesta entre pescadores de gran parte de la Amazonía brasileña buscando respuestas sobre cuánta mota todavía se pesca y lo común que es la captura accidental de delfines de río y tucuxis. Por otra parte, existen cada vez más expediciones que aumentan el área donde se realiza el seguimiento de las poblaciones de delfines de río y tucuxis.

“Todavía tenemos un retraso en cuanto a lo que sabemos sobre los delfines de río en los estados de Roraima, Rondônia y Acre, y debemos alentar a más investigadores y estudiantes a que se adentren en el campo, en lo profundo de la selva de estas regiones”, dice Miriam. “Pero hoy la sensación es de que ya no trabajamos solos, la colaboración mejora enormemente la generación de datos”.

Dentro de la RDS Mamirauá, donde los delfines de río brasileños se encuentran en una situación un poco más cómoda, los esfuerzos continúan. “El boto es sinónimo de la Amazonía”, dice Jéssica Melo. “Él y el tucuxi son especies súper carismáticas, podemos usar esa característica para aumentar los esfuerzos de conservación y, al conservar estas especies, también conservamos su hábitat y el nuestro”.

Antes de seguir el viaje hacia los próximos puntos de monitoreo en la Reserva, Jéssica acompañó al equipo de reportaje para una entrevista dentro de un pequeño tramo de igapó que todavía estaba inundado mientras el agua de los ríos ya comenzaba a descender. Allí, iluminada por unos pocos rayos de sol que atravesaban la copa del bosque inundado, sufrió un bautismo inevitable para personas que trabajan desde hace un tiempo en la Amazonía.

Recibió un nuevo apodo: xixica, un tipo de zarigüeya, chiquitita y amigable, que emite un sonido similar a una risa ahogada. Antônio Peixe-Boi notó la similitud y le dio el apodo. A Jéssica le gustó.

 

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