Los incendios y la deforestación están convirtiendo a la Amazonía en una fuente de carbono

Investigadores brasileños publicaron un artículo en la revista Nature que revela que la región este del bioma ya emite más carbono del que extrae de la atmósfera, gracias a la deforestación y al cambio climático.

La selva amazónica se quema en Maranhão. Gracias a los incendios forestales y la deforestación descontrolada, la región oriental del bioma ya emite más carbono del que absorbe.

Fotografía de CHARLIE HAMILTON JAMES
Publicado 20 de ago. de 2021 13:22 GMT-3

La Amazonía juega un papel crucial para el planeta, pues absorbe y concentra el carbono que estaría en la atmósfera. Pero esta capacidad se está reduciendo como resultado de la deforestación descontrolada y del cambio climático, especialmente en el este de la Amazonía. El bioma se está convirtiendo en un emisor de carbono en lugar de un sumidero. Investigadores brasileños descubrieron que la intensificación de la estación seca y la creciente deforestación promueven una perturbación en el ecosistema, hasta que incrementa la incidencia de incendios y emisiones de gases de efecto invernadero.

Un grupo de investigadores del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE, por su sigla en portugués), del Instituto de Investigaciones Energéticas y Nucleares, así como de instituciones internacionales como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOOA, por su sigla en inglés) de Estados Unidos hizo los hallazgos. La revista Nature publicó el estudio y la Agencia Bori lo divulgó.

“En la práctica, hacemos que la Amazonía pierda su capacidad de eliminación del carbono de la atmósfera. Esto genera una serie de efectos de retroalimentación”, asegura Luciana Gatti, principal autora del estudio y coordinadora del Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero del INPE, en la entrevista. “Al principio, la deforestación libera carbono a la atmósfera y hace que el clima esté muy estresado, lo que aumenta la mortalidad de los árboles y genera emisiones mucho mayores que las absorciones. Así que estamos acelerando el cambio climático, porque echamos carbono en la atmósfera, reducimos la lluvia y aumentamos la temperatura, lo que ayuda a echar más CO2 a la atmósfera. Es un ciclo negativo”.

Los autores del artículo señalan que el balance de gases de efecto invernadero, particularmente el flujo de carbono, es un indicador del estado de salud de un ecosistema. Ellos recogieron muestras de aire a altitudes desde 150 metros a 4,5 kilómetros sobre el nivel del mar, en 590 mediciones tomadas en sobrevuelos entre 2010 y 2018. Analizaron las concentraciones de dióxido de carbono (CO2) y monóxido de carbono (CO). El trabajo se llevó a cabo en cuatro regiones del bioma, que representan el escenario de la Panamazonía.

En la región noreste, hubo una deforestación proporcional de un 31 por ciento del área durante 40 años. En la estación seca (agosto, septiembre y octubre), los científicos identificaron una caída del 34 por ciento en las precipitaciones y un aumento de 1,9 grado Celsius en la temperatura. En el sudeste del bioma, con el 26 por ciento de la cobertura vegetal removida, llovió el 24 por ciento menos en la estación seca y la temperatura promedio aumentó en 2,5 grados C. Las dos regiones ya se han convertido en emisoras de carbono, pues el volumen absorbido es menor que los gases emitidos por la combustión.

“Un árbol de la selva tropical húmeda está adaptado para tener mucha agua y temperaturas suaves. Pero, ¿qué pasa en agosto, septiembre y octubre? El suelo queda extremadamente seco; por muchos meses, recibe muy poca lluvia y temperaturas extremadamente altas ”, señala Gatti. “Esta es la única región de la Amazonía donde la selva se ha convertido en una fuente de emisiones, porque mueren más árboles de los que el bosque que sigue vivo puede eliminar”.

Las emisiones en la estación seca siguen neutrales en el oeste de la Amazonía y han compensado el balance de carbono en el bioma, pero la región ya experimenta los efectos dominó que se observaron en el este. En el noroeste, solo se deforestó el siete por ciento de la región, pero hubo una caída del 19 por ciento en las precipitaciones y un aumento de 1,7 grado Celsius en la temperatura promedio. En el suroeste, con el 13 por ciento de la vegetación suprimida, hubo una reducción del 20 por ciento en las precipitaciones y una elevación de 1,7 grado C.

Gatti viene estudiando el flujo de carbono y las condiciones en el noreste de la Amazonía desde 2000. La región cubre el 10 por ciento del bioma, con unos 700.000 kilómetros cuadrados, de los cuales ya se ha deforestado el 37 por ciento. “Observamos que este local tiene el mayor flujo de dióxido de carbono a la atmósfera. En 40 años, la precipitación anual ha reducido en un nueve por ciento. El pico de la temporada de lluvias redujo un 11 por ciento y el pico de la temporada seca, entre agosto y octubre, perdió un 34 por ciento de lluvia ”, analiza Gatti. “A la vez, la temperatura aumentó durante este período en casi dos grados C. Es un impacto muy grande, especialmente en la estación seca, cuando ocurren los incendios”.

“Los ganaderos y agricultores no entienden que destruir la Amazonía es tirar piedras a su propio tejado, porque fomentamos la sequía. Si tener más área para plantar significa deforestar, habrá menos lluvia y temperaturas más altas, lo que reducirá la productividad”

Por: LUCIANA GATTI
COORDINADORA DEL LABORATORIO DE GASES DE EFECTO INVERNADERO / INPE

El sudeste de la Amazonía comprende alrededor de dos millones de kilómetros cuadrados, de los cuales ya se ha eliminado el 28 por ciento de la cubierta vegetal. Los investigadores no identificaron un cambio en la precipitación anual total, pero hubo una caída del 24 por ciento en la lluvia durante la estación seca. Y lo que más les preocupa: en cuatro décadas, la temperatura ha subido 2,5 grados C en la estación seca y 1,5 grado C en el promedio anual. Con la crisis climática impulsada por las actividades humanas, hay una tendencia a que la temperatura suba más en las regiones de los polos y en la línea ecuatorial. La Amazonía debería estar por debajo del promedio global de 1,1 grado C, pero la supresión de la cubierta vegetal ha estimulado un aumento de temperatura en la región.

“Los daños en la temperatura y precipitación son proporcionales a la deforestación”, dice Gatti. “Las áreas menos deforestadas muestran una menor reducción de las precipitaciones, pero aun así lo hacen. Si en la parte este de la Amazonía, hay regiones con un 30 por ciento, 40 por ciento de deforestación, habrá menos lluvia hacia el oeste. Ya vemos entonces el 80 por ciento de reducción de lluvia, incluso en regiones menos deforestadas. Debido al aumento de temperatura, todo este ambiente se vuelve más inflamable”.

Impacto continental 

La selva amazónica recibe del Atlántico un promedio de 2.200 milímetros de lluvia al año. Las masas de aire provenientes del océano ingresan al noreste de la Amazonía y siguen hacia el noroeste, donde las bloquean los Andes y se redirigen hacia el Medio Oeste, Sur y Sudeste de Brasil, además de otros países de América del Sur. A medida que los ríos voladores fluyen a través de la Amazonía, la evapotranspiración de los árboles devuelve entre el 20 por ciento y el 50 por ciento del agua.

En el artículo, los investigadores explican que remover los bosques resulta en un aumento de la temperatura y reduce la evapotranspiración. Con esto, hay una reducción de las precipitaciones. “La deforestación regional y la extracción selectiva ocasionan a la degradación de los bosques adyacentes, lo que aumenta la vulnerabilidad al fuego y promueve una mayor degradación”, añaden. “Estos efectos se agravan por los aumentos de temperatura provocados por la reducción de la cubierta forestal y se superponen al contexto del calentamiento global”.

“Esto explica el escenario catastrófico en todo Brasil, con incendios descontrolados. Las masas de aire ingresan en la Amazonía y se distribuyen al resto de Brasil y de Sudamérica. Este escenario se propaga al resto del país”, concluye Gatti.

“La deforestación representa el doble de la emisión de carbono. Una de ellas, directa. Cuando deforestan y utilizan solo los troncos más grandes para vender madera, la mayoría es ilegal; esperan que el resto se seque durante dos, tres meses y luego les prenden fuego. Pero toda la vegetación está súper seca y este fuego quema incluso la región que está a su alrededor y que no está deforestada. Como resultado, hay cada vez más incendios incontrolables en reservas, en áreas no deforestadas, en áreas protegidas”.

La emisión de gases de efecto invernadero en Brasil aumentó un 9,6 por ciento en 2019, en relación a 2018, según el último informe del Sistema de Estimaciones de Emisiones y Remociones de Gases de Efecto Invernadero (SEEG), realizado por el Observatorio del Clima. De las 2.180 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente que Brasil libera a la atmósfera, el 44 por ciento proviene de cambios de uso del suelo y el 28 por ciento de la agricultura, seguido del sector energético (19 por ciento), procesos industriales (cinco por ciento) y gestión de residuos (cuatro por ciento).

Hay una fuerte presión para expandir la ganadería en la Amazonía, donde se ubica el 36 por ciento de la ganadería brasileña, repartida en el 39 por ciento de las áreas deforestadas del bioma, según Gatti. “El Observatorio del Clima calcula la cantidad de CO2 que arroja cada municipio a la atmósfera. Las tres ciudades que emiten más CO2 en Brasil están en esta región noreste de la Amazonía, la primera es São Félix do Xingu. La cuarta ciudad es San Pablo”.

Gatti enfatiza que abrir más áreas para la agricultura y la ganadería no se traduce en mayor productividad, pues el agronegocio en Brasil solo es rico debido a las abundantes lluvias que proporciona la selva amazónica. “Los ganaderos y agricultores no entienden que destruir la Amazonía es tirar piedras a su propio tejado, porque fomentamos la sequía”, dice la investigadora. “Si tener más área para plantar significa deforestar, habrá menos lluvia y temperaturas más altas, lo que reducirá la productividad”.

Una de las consecuencias de la destrucción del bosque es la reducción de las lluvias en invierno. Hoy, Brasil experimenta la peor sequía en 91 años. “Algunos pocos hacen fortunas a expensas de daños generalizados en Brasil, América Latina y el mundo entero. Y somos los primeros en resultar perjudicados. Ya vemos los incrementos absurdos en la factura de la luz, en los alimentos, en todos los productos que dependen de la electricidad. ¿Y cuál es la gran estrategia nacional? Echar más gases de efecto invernadero a la atmósfera con centrales térmicas. Toda la sociedad pierde con eso”, critica la científica.

Cómo revertir la situación

Si se preserva y mantiene el equilibrio del ecosistema, la Amazonía puede absorber carbono, pero las emisiones de la quema hacen que este equilibrio sea neutral. Si no hay incendios, en realidad, se elimina el carbono, dice Gatti. “Hoy, sin cambiar la naturaleza, eliminaríamos 0,13 mil millones de toneladas de carbono de la atmósfera por año”.

“El destino de la Amazonía es fundamental para solucionar las crisis climática y de biodiversidad. Los ecosistemas amazónicos son uno de los elementos más críticos del ciclo del carbono y del sistema climático global”

Por: MERCEDES BUSTAMANTE
PROFESORA DE LA UNIVERSIDAD DE BRASILIA Y REPRESENTANTE DEL GRUPO DE CONSULTORÍA DE CRISIS CLIMÁTICA

Según Gatti, la eliminación de carbono de la atmósfera en el oeste de la Amazonía, que tiene un 11 por ciento de deforestación en promedio, todavía compensa las emisiones del este. Sin embargo, enfatiza que los resultados no reflejan el período de 2018 a 2021, años de sucesivos registros de deforestación y quema en la Amazonía, lo que intensifica el escenario de emisiones. “La situación hoy es mucho peor. Aceleramos la deforestación y la reducción de las lluvias”.

“Si dejamos de quemar y deforestar, la Amazonía eliminará más CO2 de la atmósfera del que liberará. Al recuperar áreas en la Amazonía, incrementaremos el volumen de lluvia, lo que ablandará la temperatura y, con el tiempo, se revertirá la situación. En Brasil, tendremos una ganancia en la agricultura, en el costo de vida. Ganaremos mucho más que perderemos”, analiza Gatti. “Haríamos cosas positivas que resultarían en otras cosas positivas. Se estaría recuperando más bosque, entraría más vapor de agua a la atmósfera, suavizaría el aumento de temperatura y regeneraría más bosque. Entonces, haríamos retroalimentaciones positivas”.

La científica cree en dos medidas prioritarias para cambiar la situación y asegurar que la Amazonía actúe como sumidero de carbono. La primera es establecer un acuerdo nacional para no prender fuego entre julio y noviembre, al considerar que los incendios son las principales fuentes de emisiones. Fuera de este período, la vegetación no estaría tan seca, lo que permitiría mayor control del fuego.

El segundo punto es la moratoria a la deforestación. “Hay regiones en la Amazonía que están deforestadas en más del 40 por ciento y propiedades con más del 80 por ciento. Entonces podría haber un acuerdo nacional. No hablo de deforestación legal o ilegal, sino de deforestación cero. Y realizar proyectos de recuperación en áreas deforestadas por encima del 30 por ciento, principalmente en el estado de Pará, que es la primera porción de la Amazonía donde llueve, y en los estados de Mato Grosso y Rondônia. Cuando llega al 30 por ciento [del área deforestada], se cruza el límite y el bosque comienza a arrojar CO2 a la atmósfera, en lugar de absorberlo. Tenemos que recuperar todas estas áreas y detener la deforestación”.

En un comunicado emitido por la Agencia Bori, Sir David King, presidente del Grupo Consultivo para la Crisis Climática (CGAG), dice que el estudio liderado por Gatti “es un artículo de investigación de suma importancia [...], que describe cómo la selva amazónica se ha convertido en una fuente neta de emisiones de CO2 en lugar de un importante sumidero. Es el estudio más completo y extenso que se ha realizado hasta el momento”.

“Si dejamos de quemar y deforestar, la Amazonía eliminará más CO2 de la atmósfera del que liberará. Al recuperar áreas en la Amazonía, incrementaremos el volumen de lluvia, lo que ablandará la temperatura y, con el tiempo, se revertirá la situación. En Brasil, tendremos una ganancia en la agricultura, en el costo de vida. Ganaremos mucho más que perderemos”

Por: LUCIANA GATTI
COORDINADORA DEL LABORATORIO DE GASES DE EFECTO INVERNADERO / INPE

“Estos descubrimientos son el resultado directo de una creciente clase media en todo el mundo que está ejerciendo presión sobre la producción de carne de res y soja, así como un cambio catastrófico en la dirección de las políticas del actual gobierno brasileño”, valora King. “Esta es una acusación devastadora de su trayectoria actual, pues el país ha pasado de ser uno de los más progresistas en términos de gestión de emisiones a uno de los peores. Debemos seguir presionando a los gobernantes para que reconsideren, con el objetivo de garantizar un futuro mejor no solo para la gente de Brasil, sino para la salud del planeta”.

En ese mismo comunicado, Mercedes Bustamante, profesora de la Universidad de Brasilia, representante del CGAC, enfatiza que “el destino de la Amazonía es central para la solución de las crisis climáticas y de biodiversidad. Los ecosistemas amazónicos son uno de los elementos más críticos del ciclo del carbono y del sistema climático global. Actualmente, el 18 por ciento de la Amazonía ya ha sido deforestado y el 17 por ciento está en proceso de degradación. Las perturbaciones también ponen en riesgo la biodiversidad y afectan el funcionamiento y la productividad de los ecosistemas”.

“Los impactos simultáneos del cambio climático, los eventos extremos, los cambios en el uso de la tierra, el estrés hídrico y la mortalidad de los árboles conducen a retroalimentaciones positivas que reducen la resiliencia de los bosques e impulsan la reversión de sumidero a fuente de carbono en partes de la región. Está comenzando la estación seca en la región y los datos del INPE mostraron que la Amazonía tuvo 2.308 focos de incendios en junio, el número más alto desde 2007 para este mes”, evalúa Bustamante. “Detener la deforestación y los incendios asociados e invertir en la restauración de ecosistemas degradados en la región son puntos críticos para detener la espiral de degradación”.

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