Descubren el árbol más austral del mundo durante una expedición arriesgada

En un planeta donde el calentamiento global no se detiene, National Geographic reunió un equipo de investigadores para viajar hasta la isla del Cabo de Hornos y encontrarlo.

Por Craig Welch
FOTOGRAFÍAS DE Ian Teh
Publicado 8 jul 2020, 18:02 GMT-3
En busca del árbol más austral de la Tierra, los científicos atraviesan la espesura del bosque ...

En busca del árbol más austral de la Tierra, los científicos atraviesan la espesura del bosque y una meseta azotada por el viento en Cabo de Hornos, en el extremo de América del Sur.

Fotografía de Ian Teh, National Geographic

Es entendible que a primera vista no te deslumbre. Solo se trata de una maraña de ramas y una corteza gris escondida entre plantas leñosas.

En una ladera cerca del extremo sur de Suramérica, sobre el peligroso remolino de espuma que se forma en el encuentro del Océano Pacífico con el Atlántico, se logran detectar siete árboles. Algunos de ellos están muertos. Ninguno supera la altura de mis muslos. Los vivos se retuercen y expanden más de 3 metros, como soldados que avanzan arañando el barro del campo de batalla. Los vientos feroces han doblado sus troncos hasta dejarlos completamente horizontales.

Es difícil creer que hayamos recorrido distancias exorbitantes en busca de estos especímenes desgarbados. Hemos cruzado los océanos en avión, viajado 32 horas en ferry, y otras 10 horas en un bote chárter de madera cuyo marinero, a mitad del viaje, confesó que nunca había navegado por este abominable tramo del mar. Después de la larga odisea, llegamos a nuestro destino: Isla Hornos, la isla del Cabo de Hornos, el punto más meridional de Tierra del Fuego. Allí caminamos y acampamos con vientos que nos tumbaban al suelo, nos resbalamos y caímos sobre guano de pingüino y los matorrales de agracejo nos cubrieron hasta la altura de las axilas.

En busca de árboles en la unión del Atlántico y el Pacífico, los ecologistas Brian Buma (con binoculares) y Andrés Holz estudian la vegetación de las salientes montañosas en la parte más alta de Cabo de Hornos, el punto más al sur de la isla.

Fotografía de Ian Teh

Hemos recorrido todo este camino para mapear una frontera que ningún científico ha mapeado hasta la fecha. Hemos venido a buscar el árbol más austral de la Tierra.

"Así es", cuenta Brian Buma, un ecólogo forestal de la Universidad de Colorado, Denver. Está cubierto de pies a cabeza con un equipo de lluvia naranja y negro. Vuelve a mirar su brújula y murmura "genial".

Hay pocas cosas en el mundo natural que pueden identificarse como el punto más extremo de algo o el último ejemplar de una clase, afirma Buma. Extrae una cinta métrica de su mochila y comienza a evaluar el tronco reclinado de un árbol que se encuentra unos pocos centímetros más al sur que el resto.

"Me parece que debemos saber dónde se ubican estas cosas", sostiene.

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    Parecería razonable creer que en el siglo XXI no hay lugares que no hayamos explorado hasta el más mínimo detalle. Nos tomamos selfies en la montaña más alta del mundo, nos sumergimos hasta la trinchera más profunda de los océanos, exploramos los desiertos más secos del planeta. Pero nunca hemos identificado, al menos no de forma correcta, los árboles en la parte más al norte o más al sur del planeta.

    Hoy los bosques están cambiando. A medida que avanza el calentamiento climático, las filas de árboles se van desplazando hacia el norte en todo el planeta. Las especies arbóreas también están extendiendo sus rangos hacia latitudes más altas; Los científicos han documentado esta marcha hacia los polos en Europa, las Montañas Rocosas canadienses y a lo largo de todo el país de China. Con el desplazamiento de los árboles, van cambiando los ecosistemas. En Alaska, como ahora se han extendido las temporadas de crecimiento, los sauces alcanzan grandes alturas y llegan a cubrirse de nieve. Como consecuencia, han ido apareciendo alces y liebres de patas blancas desde Brooks Range hasta el Océano Ártico. El Ártico y partes de la Antártida son las regiones de calentamiento más rápido en la Tierra.

    Pero la mayor parte de lo que sabemos sobre estos grandes cambios ecológicos proviene de la investigación realizada al norte del ecuador. Según Buma, el sur no ha recibido la misma atención.

    Tras revisar unos viejos libros de botánica y diarios de exploradores, descubrió algo sorprendente: una variedad de lugares que se disputaban el puesto de bosque más al sur del planeta. Si pudiera encontrar el árbol más austral, se conformaría en ese sitio un increíble laboratorio natural para que los científicos visiten e investiguen de aquí en adelante. Podrían instalar equipos para controlar la temperatura del suelo y el crecimiento de los árboles. Se podrían estudiar los animales de este ecosistema en los confines. Y con el tiempo, se podría determinar si ese límite revela un desplazamiento.

    El líder de la expedición, Brian Buma, espera a bordo del “Oveja Negra” (un barco de 20 metros) antes de partir de Puerto Williams, Chile, hacia la isla Hornos. Si pudiera encontrar el árbol más austral, podría rastrear el avance de los bosques a medida que aumenta el calentamiento global.

    Fotografía de Ian Teh

    Pero primero había que encontrar el árbol. Y encontrar algo en el archipiélago que Charles Darwin no había logrado explorar, y donde casi pierde la vida el Capitán Bligh no sería un paseo por el bosque. Solo acercarse significaría una difícil tarea.

    Buma prefiere la ciencia que reúne investigación y adrenalina, especialmente, en bosques difíciles de alcanzar en condiciones extremas. Una vez, en el Parque Nacional Glacier Bay de Alaska, navegó en kayak por los fiordos helados bajo una lluvia torrencial y caminó entre arbustos altos rodeado de osos pardos, tan solo para localizar unas diminutas parcelas de investigación que habían sido establecidas en 1916 por un botánico llamado William Skinner Cooper. Las parcelas habían crecido demasiado y la ciencia había perdido rastro de ellas hasta que Buma rescató los mapas que Cooper había trazado a mano. Ahora constituyen un registro de cómo las plantas, a lo largo de todo un siglo, se apoderaron del suelo descubierto por los glaciares que fueron desapareciendo.

    Buma relata esa aventura desde un asiento en el ferry de carga Yaghan. Junto con el fotógrafo Ian Teh y rodeados de un montón de camiones viejos y armazones de cama, atravesamos el estrecho de Magallanes bajo un cielo gris en una tarde de enero de 2019. Afuera, los glaciares azules caen desde los flancos de los Andes del Sur. Los pingüinos macaroni amontonan piedras cerca de la orilla. Todavía tenemos un viaje de un día y medio desde Punta Arenas, Chile, hasta Puerto Williams, la ciudad más austral de América del Sur. Allí nos espera un bote más pequeño.

    Buma -alto, bronceado, vestido con una camisa de franela y pantalones de lona muy largos- está de muy buen humor, pues tiene por delante la tarea detectivesca de develar un nuevo misterio. Gracias a una subvención de la National Geographic Society, él y el ecologista chileno Ricardo Rozzi han reunido a un equipo que espera poder estudiar el bosque más austral. Un investigador intentará grabar murciélagos. Otros dos escalarán árboles para examinar el dosel. Un antropólogo planea examinar el suelo para rastrear indicios de antiguos asentamientos humanos. Y un pequeño equipo ayudará a Buma a encontrar su árbol.

    Buma abre un cuaderno para mostrar un dibujo de nuestro destino. A la luz del crepúsculo austral, parece un mapa pirata. Buma confiesa que había considerado fugazmente la posibilidad de encontrar el árbol más septentrional del planeta. Es muy probable que sea un alerce, seguro en algún lugar del centro de Siberia, pero es una región demasiado grande para realizar una búsqueda exhaustiva en una sola expedición. Y cuenta que quería estar seguro de que "encontraríamos una respuesta y de que teníamos razón".

    En el ferry Yaghan, el ecologista chileno Ricardo Rozzi examina un mapa con atención. Rozzi había visto árboles en Cabo de Hornos durante un viaje anterior, pero nunca había pensado en mapearlos o en localizar el espécimen más austral.

    Fotografía de Ian Teh

    En el hemisferio sur, hay mucho menos terreno que cubrir. Hace decenas de millones de años durante la Época del Eoceno, cuando el planeta era más cálido, la Antártida estaba cubierta de bosques; pero hoy ya no quedan árboles. El océano que la rodea tiene un gran número de islas, y una pequeña cantidad de brotes, pasto y hierbas, pero no de árboles. Las islas han sido exploradas en varias ocasiones desde que, en 1775, el Capitán James Cook afirmó que la Isla de Georgia del Sur “carecía de árboles".

    Buma descubrió que en Internet se afirmaba que “el árbol más austral” estaba en casi todos los lugares del mapa. Un sitio web sugería que estaba en la Isla Navarino, donde se encuentra Puerto Williams, a 160 km al norte de Cabo de Hornos; otro lo ubicaba en Isla Hoste, a 56 km al norte del cabo. Un artículo de la década de 1840, basado en las afirmaciones del botánico Joseph Dalton Hooker, quien navegó en el HMS Erebus y el HMS Terror, determinaba con firmeza: "La isla Hermite puede ser considerada el lugar más meridional del mundo con vegetación arborescente".

    Pero Hooker nunca visitó la isla al sur de Hermite, la que está dibujada con lápiz en el cuaderno de bocetos de Buma: la isla del Cabo de Hornos, un lugar que, según Wikipedia, “carece por completo de árboles". La pregunta que se hizo Buma fue: ¿Por qué habría árboles en Hermite pero ninguno en la isla Hornos, a pocos kilómetros de distancia? Cuando se lo planteó a Rozzi, el chileno se mostró muy entusiasmado. Enseguida afirmó: "oh sí, he estado allí, hay árboles”, recuerda Buma.

    En Puerto Williams, donde Rozzi supervisa una estación de investigación de la Universidad de Magallanes, cargamos los equipos en la “Oveja Negra”. El crucero de casi 20 metros, construido con ciprés, es conducido por el sobrino de Rozzi, Ezio, un ex chef, con cabello estilo “savage”. Pronto nos dirigiremos hacia el sur por el Canal Beagle, llamado así por el barco de Darwin. El capitán se muere de emoción: "¡Nunca he rodeado el Cabo!, grita. “Me duele el estómago de los nervios”.

    El Cabo es un morro enorme, una protuberancia de casi 400 metros de altura que se sumerge directamente en el mar desde el flanco más meridional de la isla Hornos. Al sur de allí se encuentra una extensión de océano que recorre todo el planeta en línea continua. Los furiosos vientos del oeste barren con fuerza la superficie oceánica y provocan olas gigantescas denominadas “barbas grises”. Cuando esas enormes olas golpean la plataforma continental poco profunda en el Cabo provocan una terrible amenaza oceánica. De vez en cuando, los icebergs quedan deambulando por las aguas espumosas.

    Durante siglos, una gran cantidad de marineros murieron en estas aguas, especialmente al desplazarse de este a oeste en contra de los vientos. En 1788, antes del infame motín de su tripulación, William Bligh, del HMS Bounty, intentó sin éxito durante un mes rodear el cabo de Hornos. En 1832, las "grandes nubes negras" desataron una violenta tempestad y expulsaron a Darwin.

    Mientras nos dirigimos al Cabo, Buma abre su cuaderno y nos muestra un bosquejo del promontorio. Ahí está el lugar más al sur donde podría encontrase su árbol, en el borde de una montaña a cientos de metros. Por eso trajo cuerdas, equipo de escalada y a John Harley, un alpinista experimentado. Harley está preparado para guiarnos, si es necesario. "Podría ser divertido”, dijo Buma. Yo no sé si opino lo mismo.

    A diez horas de Puerto Williams, de pronto, el cielo se oscurece y comienza a llover. El capitán está nervioso. Está por desatarse una verdadera furia, pero finalmente nos alejamos del flanco este de isla Hornos. Ezio considera prudente meterse en una bahía protegida, y Buma nos dice que nos preparemos. Si no desembarcamos ahora, podríamos quedar atrapados en el barco durante días.

    Con nubes de tormenta en el horizonte, un Zodiac inflable transporta a los miembros de la expedición y su equipo desde “Oveja Negra” a una playa estrecha en la isla del Cabo de Hornos.

    Fotografía de Ian Teh

    Una hora después, con las mochilas llenas, nos apretamos en pequeños botes inflables y nos dirigimos a una playa poco profunda debajo de un acantilado. Esto no es terra incógnita: después de subir 160 escalones improvisados ​​llegamos a un corto paseo marítimo que conduce a una antigua iglesia y un faro tripulado por un oficial de la Armada de Chile y su familia. Unos pasos más adelante, encontramos un albatros de metal, un monumento en homenaje a los que murieron en el mar. En ciertos meses del año, cuando las mañanas están despejadas, allí desembarcan los pasajeros de cruceros. La mayoría se queda una hora o menos.

    Pero ninguno se aventura hacia donde nos dirigimos. El gobierno chileno mantiene la mayor parte de esta isla fuera de los límites, en parte para proteger las plantas endémicas raras. A excepción de unas pocas expediciones de investigación selectas, prácticamente nadie se ha aventurado hasta este lugar en medio siglo.

    La isla Hornos, con una superficie de 25 km2, tiene la forma de un escarabajo. Se extiende de norte a sur y termina en una bahía en forma de herradura. El brazo occidental de la herradura se eleva hasta la cima de la parte posterior del Cabo. El otro se extiende hacia el faro. Al caer la tarde, con un viento descomunal, caminamos con botas de goma cuesta arriba a lo largo de ese flanco oriental, para llegar a un sitio a 3 km al oeste.

    Al principio, la caminata no es problema. Pero a medida que el terreno se eleva, la hierba da lugar a una maraña de arbustos altos, de agracejo y chaura. Las densas ramas hacen muy difícil el paso. Entonces no queda más que pisar la vegetación.

    Noche tras noche, los mismos vientos que originan olas gigantes y mortales en la costa obligan a los miembros del equipo a refugiarse para comer al abrigo de los arbustos.

    Fotografía de Ian Teh

    Moviéndonos con cautela, sorteamos una maraña de ramas para luego lidiar con otra. Al cabo de un tiempo, pasamos los arbustos y evitamos que las ramas nos golpeen las mejillas. Recorro cientos de metros de esta manera, sin llegar nunca a tocar el suelo. A veces, se me hunde una pierna entre las hojas cerosas. Y a veces me entierro casi hasta la cintura.

    Llegamos a una meseta. Los vientos descontrolados chocan contra mi chaqueta y suena como el rugir de un motor. Para poder escucharnos, tenemos que gritar. Teh, el fotógrafo, casi se vuela. Tardamos una hora en hacer 1 km y medio.

    Comenzando por el lado oeste, nos adentramos aún más en los arbustos. La vegetación es tan espesa que no puedes saber si el suelo está a 1 o a 4 metros de distancia. Las ramas me llegan hasta el cuello y tengo que esperar a Teh para que me ayude a seguir.

    A nivel del mar, la maleza se abre lo suficiente como para que podamos divisar una serie de surcos, la mayoría a la altura de los muslos, desbordados de lo que parecía ser barro. Enseguida alguien grita: "¡Pingüinos!" Los pingüinos de Magallanes tienen túneles debajo de la maleza y andan por debajo recorriendo estos canales veteados con excremento para dirigirse hacia sus colonias.

    En algunos lugares, la maleza y las plantas son tan espesas que los investigadores deben moverse con cuidado y caminar sobre la vegetación para evitar deslizarse en el barro y caer en un barranco empinado.

    Fotografía de Ian Teh

    Finalmente, llegamos a un amplio prado sin arbustos. Mientras armamos el campamento, veo que Buma mira al oeste. En lo alto de una ladera, se observa un dosel enmarañado sobre una corteza gris: el bosque más austral del planeta.

    Durante los siguientes diez días, los científicos salen de las carpas y se dispersan. Un investigador de Texas estudia los arroyos en busca de insectos. Un ornitólogo chileno utiliza redes de malla fina para atrapar aves. Buma, Harley y Andrès Holz, un ecologista forestal nacido en Chile, de la Universidad Estatal de Portland, caminan sobre pantanos y vegetación abultada, buscando árboles.

    No es tan sencillo como parece. No existe una definición científica de “árbol” aceptada de forma unánime. El Servicio de Parques Nacionales de EE. UU., por ejemplo, sostiene que, por lo general, los árboles tienen al menos 6 metros de altura, pero eso excluye variedades de magnolias y arces, almendras y enebros que, naturalmente, todos consideramos árboles. El equipo de Buma utiliza una definición más intuitiva, con la que la mayoría de nosotros estaría de acuerdo: un árbol es una planta perenne con un único tronco leñoso y pocas o ninguna rama baja, mientras que los arbustos tienen múltiples troncos y ramas bajas.

    En la isla Hornos, los investigadores identifican tres especies: una especie rara de canelo de Magallanes​ (Drimys winteri), y dos hayas comunes del sur. En otros lugares, estos árboles de hoja perenne pueden llegar a una altura de 20 metros. Aquí, los que están más resguardados del viento pueden alcanzar unos 9 metros. La mayoría, sin embargo, no supera los 2 metros.

    Después de un día de pesca, los pingüinos de Magallanes se deslizan hacia las costas rocosas del Cabo de Hornos. Los científicos suelen percibir cuando las aves se desplazan por los canales fangosos que se encuentran debajo de los arbustos.

    Fotografía de Ian Teh

    Estos bosques enanos se extienden por debajo de una cadena al suroeste de nuestro campamento. Luego de explorar el perímetro durante días, quedó claro que no será fácil localizar al ejemplar más austral. Si está en la parte más alta del Cabo, necesitaremos que el cielo este despejado para examinar la pared superior, y que los vientos no soplen fuertes como para poder subir o bajar haciendo rápel. Pero este es uno de los lugares más ventosos del hemisferio.

    El árbol podría estar en el límite del bosque. Pero es probable que esté solo o en un pequeño grupo, y es posible que tengamos que rastrillar el suelo para encontrarlo. Un árbol solo no se mantendría en posición vertical por mucho tiempo ante las ráfagas del Cabo. Estaría "luchando por levantar la cabeza por encima de todos esos arbustos", dice Holz.

    Durante nuestra estadía, las ráfagas alcanzaron los 140 km por hora, el nivel más bajo de la escala de huracanes. El viento destruye una carpa y casi arroja otra al mar. Secamos la ropa sobre nuestras espaldas extendiendo brazos y piernas, y rotándonos según la dirección del viento.

    Realizamos las tareas dependiendo de cómo sean las condiciones del tiempo. Una tarde nublada, nos aventuramos en un bosquecillo para recopilar datos. El dosel es tan espeso y corto que nos caemos de rodillas y tenemos que continuar gateando. Encontramos una estera de musgos y líquenes verde estridente. Todos los árboles están doblados y arremolinados como resortes en espiral. Parece un mundo creado por J.R.R. Tolkien y comprimido desde arriba por una mano gigante. Los científicos miden árboles y trazan mapas para volver a visitarlos más tarde.

    El investigador de doseles Iván Díaz trepa coigües de Magallanes que, ubicados contra una pendiente y protegidos del viento, han crecido bastante, contrario a lo que sucede en la isla del Cabo de Hornos. La mayoría de los árboles de la isla no suelen superar la altura del propio Díaz.

    Fotografía de Ian Teh

    Esa noche, Holz comenta su sorpresa ante la exuberancia de la isla. No se condice con las ásperas condiciones climáticas. Al examinar varios troncos, encontró que sus anillos son casi blancos, un indicio de crecimiento explosivo. "Estos son árboles muy felices, no es lo que se espera en un entorno tan extremo”, comenta Holz.

    Cuando desaparece la niebla finalmente, caminamos por la zona alta del Cabo y miramos hacia abajo por encima del acantilado. Examinamos las salientes y grietas en busca de troncos y retoños. No vemos nada, pero el ángulo no permite descartar que haya vegetación arborescente.

    Entonces, a la semana de haber llegado, el primer día soleado, llamamos por radio a la “Oveja Negra”. Después de subirnos al Zodiacs y de nuevo a bordo, nos acercamos al Cabo. Buma, sigue con la idea de inspeccionar el último árbol, mientras cuelga de una cuerda sobre los mares más agitados de la Tierra. Cree que el objetivo está aquí.

    Nos movimos unos cientos de metros al este. El viento sigue golpeando descontroladamente. Detrás de mí, Buma se balancea un poco, y sigue observando con sus binoculares. Todavía no ve árboles.

    "Allá arriba, ¿eso es solo pasto?", grita Harley.

    "Sí, todo hierba", confirma Buma.

    Buma me mira. "Pero todavía no lo hemos visto todo".

    Para eso, tendremos que rodear el cabo nosotros mismos. El capitán gira nuestra nave y se prepara para hacer la peligrosa maniobra. Las olas nos golpean una y otra vez. Ezio comienza a silbar. Los vientos se levantan y el bote comienza a temblar. Alguien se mete debajo de la cubierta y vomita.

    En cuestión de minutos, Ezio pega la vuelta. Hemos visto lo que necesitábamos. Pero quiere llevarnos enseguida hacia aguas más calmas. Miramos hacia arriba y vemos que las salientes húmedas están cubiertas de vegetación. Pero está claro que no hay árboles. Para mi tranquilidad, los mosquetones y cuerdas que Harley trajo hasta el otro lado del mundo no serán necesarios después de todo.

    El 25 de enero de 2019, Buma (izquierda), y Holz encuentran e identifican el árbol más austral del mundo, un coigüe de Magallanes. Doblado por el viento, se eleva a casi un metro de altura y luego se extiende horizontalmente 3 metros y medio a lo largo del suelo.

    Fotografía de Ian Teh

    De vuelta en la tierra, Holz y Buma reanudan su búsqueda con total determinación. Ahora que saben que el acantilado queda afuera, delimitan un patrón de cuadrícula a lo largo de la pendiente detrás de él.

    Dos días después, el 25 de enero, Buma encuentra finalmente su árbol: una maraña de ramas que se asoma entre los matorrales. Observa su dispositivo GPS y, mientras yo me quedo al lado del árbol, camina otra cuadrícula y encuentra el siguiente árbol más cercano, 17 metros al norte; hay un bosque de medio acre a cientos de metros más adelante. Mientras yo oficio de marcador, Buma anota los números arrojados por una brújula digital y de mano para confirmar que el primer árbol está más al sur.

    Buma y Holz penetran en la hierba. En lugar de encontrar un solo árbol, ven siete troncos, de los cuales solo algunos viven. Los vivos, sin embargo, parecen sanos. Los científicos rodean los árboles y comienzan a debatir.

    "Estamos en una ladera orientada al noreste, probablemente sea el mejor lugar que un árbol puede querer en estas condiciones", explica Buma.

    Holz agrega: "Recibe la luz del sol y un poco de protección contra el viento".

    "En cuanto al diámetro, es un árbol verdaderamente grande", afirma Buma.

    El árbol es un Nothofagus betuloides, coigüe de Magallanes, un tipo de árbol observado por primera vez por el equipo del Capitán Cook. Los anillos de los árboles revelan una edad de 41 años. Su diámetro es de 10 centímetros. Se encuentra a casi un metro de altura; desde allí se dobla hacia los lados y crece horizontal a lo largo de la hierba.

    No es una secuoya imponente o un roble maravilloso. Pero Buma no puede contener su alegría. "Esto es absolutamente increíble", dice.

    El árbol más austral pertenece a un grupo de siete hayas, algunos de los cuales están muertos. Con el aumento del calentamiento global, ¿los bosques se irán expandiendo al sur hacia la Antártida? Los científicos ahora tienen datos de referencia para avanzar en la investigación.

    Fotografía de Ian Teh

    A bordo del “Oveja Negra”, unos días después, emprendemos un plácido regreso por el Canal Beagle. Las aguas están tan tranquilas que, por un momento, nos guían los delfines. Después de 11 días de fuertes vientos y lluvias, y de dormir atiborrado con dos personas en una carpa para dos, estoy listo para una cerveza y una ducha caliente. Buma, sin embargo, todavía está conmocionado. De alguna manera, junto a Holz, ha hecho historia. Su trabajo ha establecido una referencia científica para medir la migración forestal. Es genial.

    Antes de esta expedición, Holz había notado lo rápido que crecen los árboles del cabo de Hornos. Pero no se sabe si ha sido siempre así. ¿Cuánto ha cambiado este lugar con el calentamiento del planeta? No podemos decir con certeza. Pero Buma y Rozzi, en Chile, podrán hacer un seguimiento de lo que sucederá de ahora en adelante. ¿Qué tan diferente será en 20 años? ¿Se convertirá este paisaje de tundra en un bosque exuberante? ¿Los vientos inquietos de un clima cambiante moverán el límite del bosque? A medida que la región se calienta más, ¿podrían las aves algún día transportar semillas a las Islas Diego Ramírez, a 100 km al suroeste de este lugar, para permitir que los árboles echen raíces en lugares que ahora no tienen árboles?

    Según Buma, el cambio climático puede parecer un asunto abstracto, pero incluso los niños son capaces de entender este proceso. En Google Earth aparece una marca que indica la presencia de este árbol, y, así, quizá, todo se vuelve más gráfico y tangible.

    "La idea siempre ha sido eso, encontremos un punto, un punto físico que la gente pueda ver, que marque el límite", cuenta. Luego, todos podremos ver que el planeta se desplaza desde ese lugar.

    Esta historia y la expedición contaron con una subvención de la National Geographic Society.

    Ian Teh vive en Kuala Lumpur, Malasia, y cuenta con una beca del Centro Pulitzer para explorar la flora y fauna a lo largo del río Amarillo de China.

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