La pérdida de hábitat y la caza ilegal amenaza a los lémures de Madagascar

Los estudios preliminares describen un panorama desalentador para estos animales.

Publicado 23 de diciembre de 2020 11:17 GMT-2
Los lémures ratón, como el Microcebus berthae, en peligro crítico de extinción, son tan pequeños que pueden caber en ...

Los lémures ratón, como el Microcebus berthae, en peligro crítico de extinción, son tan pequeños que pueden caber en la palma de la mano. Durante la pandemia, las personas han recurrido a los bosques para obtener alimento y combustible. Así, además de agravar la gran deforestación, han puesto en mayor peligro las 107 especies conocidas de lémures de Madagascar.

Fotografía de Bruno DAmicis, National Geographic

En marzo, cuando Tiana Andriamanana vio los incendios que arrasaban los bosques de Madagascar sintió una gran preocupación. Toda la vida había sido testigo de incendios ilegales con fines agrícolas, pero estos incendios enormes, en este período del año, eran algo fuera de lo común.

La quema se intensificó a fines de marzo, después de que se anunciara en la nación el confinamiento general debido al coronavirus. Los habitantes, en masas, comenzaron a huir de la capital, Antananarivo, y otras ciudades, hacia las áreas rurales. Su objetivo era "poder trabajar la tierra y generar víveres para sobrevivir a la crisis económica y sanitaria", cuenta Andriamanana, directora ejecutiva de Fanamby, una organización conservacionista sin fines de lucro de Madagascar que se encarga de administrar cinco áreas protegidas.

Pero para cultivar alimentos como arroz, maní y maíz, había que talar árboles. Y enseguida se vieron nubes de humo sobre las áreas protegidas, una clara señal de quema ilegal. En algunas partes del país, un número de personas cada vez mayor comenzó a talar árboles para quemar madera y obtener carbón, una fuente de combustible más liviana y más fácil de transportar que la leña.

Para Andriamanana y otros conservacionistas, estas actividades ilegales en los bosques de Madagascar constituyen un gran motivo de preocupación debido a la grave situación a la que se enfrentan las 107 especies de lémures de la isla, una esta especie de primates que habitan en los bosques, tienen ojos saltones, hocicos largos y colas peludas, y que no se encuentran en ningún otro lugar de la Tierra. Casi un tercio de los lémures está en peligro crítico y la mayor parte del resto se considera amenazada, principalmente debido a la deforestación en las últimas décadas.

La tala de bosques amenaza la espectacular biodiversidad de la isla, fundamental para una industria turística que genera casi mil millones de dólares al año (este año la pandemia no lo permitió).

Fotografía de Adriane Ohanesian, National Geographic

La ubicación geográficamente aislada de Madagascar y los variados tipos de bosques han hecho de esta nación un paraíso biológico, donde habitan miles de animales y plantas endémicas que, como los lémures, se enfrentan a la amenaza de los humanos.

En marzo partió un gran número de investigadores de lémures; otros no han podido viajar a las zonas remotas donde suelen trabajar. Pero según los informes no oficiales de las patrullas de conservación forestal que trabajan con autoridades de Madagascar, las encuestas de hogares realizadas por equipos de investigación de Madagascar y el análisis de imágenes satelitales, la situación de los lémures es cada vez más delicada debido, no solo a la pérdida de hábitat, sino también al aumento de la caza ilegal.

Madagascar es una de las naciones más pobres del mundo. La tasa de malnutrición es extrema y casi la mitad de los niños menores de cinco años sufre retraso en el crecimiento. Muchos de los habitantes de las áreas rurales dependen de la caza de animales del bosque para poder alimentarse, pero como consecuencia de la pandemia, hoy son cada vez más las personas que acuden al bosque como fuente de alimentación. Y los lémures son una de las principales víctimas, según Cortni Borgerson, antropólogo de la Universidad Estatal de Montclair, en Nueva Jersey, quien se especializa en la caza y consumo de lémures.

Antes de la pandemia, el turismo era una piedra angular de la economía de Madagascar, ya que generaba más de 300.000 puestos de trabajo, y el avistamiento de lémures era muy popular. El país, donde la mayoría de los habitantes vive con menos de 2 dólares al día recibía unos 900 millones de dólares al año gracias al turismo. Sin embargo, al no haber vuelos internacionales, desaparecieron casi todos los puestos de guías, al igual que los puestos de cocineros, empleados de hoteles, entre otros. Como no se puede contar con un ingreso estable, la gente ha tenido que recurrir a los bosques para obtener alimentos y combustible.

Un ejemplar de Indri indri, el lémur más grande del mundo, que se encuentra en peligro crítico de extinción.

Fotografía de Taylor Maggiacomo (Ilustración)

"La COVID ha sido un golpe muy duro al obligar el cese provisorio del ecoturismo, actividad de la que dependen muchas comunidades", comenta Russell Mittermeier, director de conservación de la organización sin fines de lucro Global Wildlife Conservation y presidente del grupo de especialistas en primates de la Comisión de Supervivencia de Especies de la UICN.

“Las personas que trabajan en la conservación están haciendo todo lo que pueden”, expresa Andriamanana. "Es un desastre, pero la COVID-19 está haciendo desastres en todas las esferas de la vida".

Tala de árboles

De todas las amenazas a las que se enfrentan los lémures de Madagascar, la tala de árboles es la más perjudicial, explica Edward Louis, un destacado investigador de lémures y director general de Madagascar Biodiversity Partnership, una ONG regional.

Antes de la pandemia, en los bosques de Madagascar, era muy común encontrar escenas como esta (turistas deslumbrados por un grupo de sifakas diademados en peligro de extinción en el Parque Nacional Andasibe-Mantadia).

Fotografía de Adriane Ohanesian, National Geographic

Si una persona corta dos o tres árboles de 50 años al día, algo que suele ocurrir, según Louis, la reducción del hábitat del lémur sería catastrófica. Con la fragmentación del terreno, las poblaciones se van aislando, y esto ocasiona la endogamia. Además, al quedar un hábitat tan pequeño, es muy factible que se generen disputas por el territorio, y los lémures machos acaban matando animales jóvenes que no están relacionados con ellos.

Es difícil tener un panorama claro de los efectos globales de la deforestación (y la pérdida del hábitat del lémur), especialmente durante la pandemia. Las imágenes satelitales de este año no estarán disponibles hasta mayo de 2021 (como muy temprano) teniendo en cuenta los registros de años pasados, comenta Lucienne Wilmé, coordinadora nacional del programa de Madagascar para Global Forest Watch, una iniciativa de monitoreo forestal en línea que proporciona datos sobre deforestación a todo el mundo.

“Los datos de Global Forest Watch se basan en el porcentaje de cobertura del dosel; por lo tanto, si en alguna parte hay un hueco, se identifica fácilmente”, explica Wilmé. Pero los "huecos" en el bosque pueden no deberse a la ausencia de árboles; pueden revelar zonas donde parecen estar en disminución los árboles que pierden sus hojas en diferentes épocas del año. “Es muy complicado y todo varía mucho de un bosque a otro”, aclara.

Para describir mejor la situación, la organización también se basa en informes complementarios y observaciones de campo de grupos de investigación regionales y organizaciones sin fines de lucro. Ese trabajo in situ (muy arduo en partes remotas y de difícil acceso), se ha vuelto aún más complicado durante la pandemia debido a las restricciones de viajes. Además, Wilmé explica que el servicio de Internet deficiente no permite un buen intercambio de datos.

Habiendo examinado el estudio de las 600.000 hectáreas de tierra protegida y administrada por Fanamby, Andriamanana explica que la deforestación ha aumentado un promedio del 10 por ciento desde 2019. A principios de octubre, el grupo estimó que se habían talado más de 50 hectáreas de forma ilegal.

Un lémur marrón sobre la cabeza de una mujer en un hotel en el este de Madagascar. En los hoteles, suelen tener lémures para que los huéspedes puedan verlos.

Fotografía de Adriane Ohanesian, National Geographic

Aunque ese pequeño número puede parecer insignificante, no lo es, afirma Andriamanana. La mayoría de las pérdidas ocurrieron en Alaotra-Mangoro, en el este de Madagascar, y Menabe, en el oeste de Madagascar. En estas regiones habitan especies en peligro crítico, como la Indri indri, la variedad más grande de todos los lémures, y el Microcebus berthae, un lémur ratón que es tan pequeño que cabe en la palma de la mano.

Andriamanana cree que se registrará una disminución mayor por la quema ilegal de terrenos que es más frecuente en el periodo de octubre y noviembre, antes del inicio de la temporada de lluvias.

En ocasiones, para capturar lémures y obtener su carne de forma ilegal, los cazadores emplean trampas que fabrican con un tronco y varias ramas pequeñas, como se observa en esta área protegida.

Fotografía de Adriane Ohanesian, National Geographic

La deforestación también se ha intensificado en algunas partes de las 43 áreas protegidas, que abarcan 1.700.000 hectáreas, administradas por los Parques Nacionales de Madagascar, cuenta Mamy Rakotoarijaona, director general. En un año promedio se pierden alrededor de 7000 hectáreas de bosque, según Ollier Duranton Andrianambinina, jefe del departamento de sistemas de comunicación e información de los parques.

Pero Andrianambinina aclara que este año las pérdidas podrían ser mucho peores. Aunque los Parques Nacionales de Madagascar pusieron en marcha una nueva tecnología en 2019 para mejorar las alertas forestales de incendio y vigilancia, la pandemia ha diezmado las patrullas de guardabosques.

La fiebre del carbón

A pesar de las restricciones de viaje debido a la pandemia y las leyes que prohíben la tala de árboles en áreas protegidas, los habitantes de bajos recursos de las ciudades del sur han estado recorriendo las reservas forestales en el norte en busca de trabajo como cortadores de madera, cuenta Edward Louis de Madagascar Biodiversity Partnership. "Es un gran negocio y hoy hay una gran necesidad de trabajo".

Su organización ha estado trabajando con funcionarios locales para realizar patrullas de guardabosques en Montagne des Français, un área protegida de bosque seco en el norte, y en Kianjavato, un área protegida en el sureste donde la organización sin fines de lucro está trabajando para preservar un corredor que une las áreas restantes de bosque natural.

En Montagne des Français, el hábitat exclusivo del lémur saltador de Sahafary, un animal de color marrón grisáceo de 18 cm de alto conocido por sus gritos estridentes, las patrullas han identificado áreas deforestadas para la producción de carbón vegetal. Casi el 80 por ciento de estos lémures han sido exterminados durante las últimas dos décadas debido a la pérdida de hábitat y la caza, y se cree que en la actualidad existen menos de 100 ejemplares.

“Acabo de regresar del bosque de Manombo en el sureste y vi cómo incendiaban la reserva especial del bosque todos los días, lo que me entristece mucho porque vengo realizando investigaciones de lémures en ese bosque desde 1997”, Jonah Ratsimbazafy, primatólogo malgache y presidente de la Sociedad Primatológica Internacional, una organización de investigación y conservación, dijo a fines de noviembre.

Con el avance de la pandemia, “los próximos seis meses serán críticos para todo Madagascar”, afirma Louis, que, si bien se encuentra viviendo en Nebraska, está en contacto permanente con sus colegas que trabajan en el país. La demanda de árboles y carne no cesa, y los efectos a largo plazo de la pérdida de hábitat en los lémures pueden no visibilizarse en lo inmediato.

Los lémures como fuente de alimento

Antes de la propagación de la COVID-19, era común que se consumieran lémures y otros animales del bosque, como los fosas y los tenrecs pequeños parecidos a las musarañas. Sin embargo, la caza de lémures está prohibida desde la década de 1960.

El antropólogo y explorador de National Geographic, Cortni Borgerson, estima que, antes de la pandemia, se mataban, por año, al menos 1.600 lémures rufo roja y 10.000 lémures de cabeza blanca para obtener su carne.

Borgerson sostiene que en sus análisis más recientes, que aún no ha publicado, se observa una tendencia preocupante: desesperadas por procurarse alimento o vender carne en los mercados locales, las familias están recurriendo cada vez más a la caza. Según Borgerson, son las poblaciones de lémures rufo roja (en peligro crítico), y las de lémures de cabeza blanca (amenazadas) las que más afectadas se encuentran, con los niveles más bajos en 10 años.

Sobre la base de los informes actuales de sus equipos de investigación en el Parque Nacional Masoala (donde lleva trabajando casi 15 años), Borgerson estima que la densidad de lémures de cabeza blanca en la región se ha reducido en un 56 por ciento: en 2019 había más de 20 animales por kilómetro cuadrado y en 2020, menos de 10.

Muchos de los lémures de Madagascar, animales que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo, pasan la mayor parte del tiempo en lo alto de árboles como estos en el Parque Nacional Ranomafana.

Fotografía de Adriane Ohanesian, National Geographic

La desaparición de estos animales no es un misterio. “La cantidad que se perdió es igual a la que se consumió”, dice. Borgerson concluyó lo anterior tras comparar los datos semanales de las encuestas sobre el consumo de alimentos en los hogares, recopilados por sus equipos, con los registros de densidad de población de los lémures.

Según Borgerson, la densidad de población de lémures rufos rojos también se redujo, en promedio en un 63 por ciento en el último año. Considera que esa disminución se debe, principalmente, a la pérdida de hábitat y una cuarta parte, a la caza.

Los informes de Ollier Duranton Andrianambinina, de los Parques Nacionales de Madagascar, parecen corroborar los hallazgos de Borgerson; también indican una mayor caza de lémures. De enero a septiembre de este año, sus patrullas han documentado aumentos descomunales: se registraron 564 casos de lémures atrapados con trampas y 132 casos de personas cazando.

Aubin Andriajaona, gerente del sitio de la Asociación de Biodiversidad de Madagascar para Montagne des Français, dice que de marzo a junio, la deforestación fue inaudita y que las patrullas en el área encontraban partes del cuerpo de un lémur y trozos de piel.

Generar consciencia y brindar alternativas

Tiana Andriamanana comenta que los equipos de patrulla de Fanamby a veces se encuentran con personas que no saben que la quema de árboles es ilegal. Cuando eso sucede, deben explicarles que sí lo es y el motivo por la que deben cuidar esos árboles.

La pandemia subraya la necesidad de crear múltiples fuentes de empleo, para no tener que depender exclusivamente del ecourismo, y evitar así que las personas deban recurrir a comportamientos ilegales para subsistir, expresa.

Louis coincide con ese comentario. Y sugiere que las empresas de fabricación de aceites esenciales y productos de aromaterapia, así como los productores de vainilla, café y mango deberían expandirse y organizarse en consorcios.

Pero para proteger a los lémures y ayudar a preservar la vida salvaje que queda en Madagascar, la necesidad más imperante es controlar la pandemia. La prioridad sigue siendo reemplazar lo que se ha perdido: reconectar el hábitat fragmentado del lémur y expandir las zonas alrededor de las áreas protegidas.

“Necesitamos lograr que las comunidades locales sean autosuficientes en términos de seguridad alimentaria y salud”, afirma Andriamanana. "Si no logramos eso, seguirán recurriendo al bosque".

Wildlife Watch es un proyecto de investigación entre National Geographic Society y National Geographic Partners que se centra en los delitos y la explotación de la vida silvestre. Lee más historias de Wildlife Watch aquí y obtén más información sobre la misión sin fines de lucro de National Geographic Society en nationalgeographic.org. Envía sugerencias, comentarios y propuestas a NGP.WildlifeWatch@natgeo.com.
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