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Yeda: la histórica puerta de entrada a Arabia Saudita se prepara para el turismo

El reino de Oriente Medio tiene grandes planes para desarrollar el turismo a gran escala, incluyendo la restauración de la parte antigua de la histórica ciudad de Yeda.

Por Robert D. Kaplan
Publicado 13 de may. de 2022 04:27 GMT-3
La mezquita de Shafi'i, con su minarete de 800 años de antigüedad, se encuentra entre los ...

La mezquita de Shafi'i, con su minarete de 800 años de antigüedad, se encuentra entre los edificios históricos de Al-Balad, un barrio de la ciudad de Yeda, considerado el más antiguo de Arabia Saudita. Es una de las múltiples áreas que el país de Medio Oriente está renovando como parte de sus iniciativas para atraer al turismo.

Fotografía de Arnold Paira Laif/Redux

En el histórico puerto de Yeda, en Arabia Saudita, la brisa mece las palmeras junto a un amplio paño de agua brillante. Egipto y Sudán parecen asomarse en el horizonte occidental del Mar Rojo. La Meca se encuentra en las montañas, justo detrás de mí. 

Con miles de años de antigüedad, Yeda significa “abuela” en árabe y la leyenda dice que la Eva de la Biblia está enterrada aquí. Los caminos de los peregrinos y de las legendarias rutas de las especias que atravesaban el Océano Índico pasaban por Yeda.

Sin embargo, Arabia Saudita está cambiando rápidamente, y parte de su proyecto Visión 2030 implica poner en valor la Yeda Vieja. El plan estratégico del gobierno para preparar la economía y la sociedad para una era post-petróleo incluye todo, desde la implementación de proyectos digitales y de infraestructura hasta la liberación de las mujeres de las restricciones de la ley islámica para nutrir una fuerza laboral más creativa y dinámica.

Esta casa de piedra se encuentra entre los cientos de estructuras de los siglos XVIII y XIX que están siendo renovadas en el barrio Al-Balad, en Yeda.

Fotografía de Eric Lafforgue ART IN ALL OF US/CORBIS/GETTY IMAGES

El plan también contempla desarrollar el turismo a gran escala como otra fuente de ingresos. Desde 2019, el reino ha facilitado visas para viajeros de ocio de 49 países.

Junto con sus vastos desiertos y notables ruinas arqueológicas, Arabia Saudita tiene a Yeda para presumir, la puerta marina de entrada a los sitios sagrados del país. En total, hay 650 edificios de piedra de coral de los siglos XVIII y XIX en Al-Balad, en la Yeda Vieja, barrio que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2014. Ahora es un momento interesante de visitarlo, durante un interludio mágico después de que haya sido renovado, pero antes de que lleguen las hordas turísticas.

Puerta de entrada a las ciudades santas

Yeda es la ciudad principal del Hijaz, que significa “barrera”, una región estrecha a lo largo del Mar Rojo, al oeste, bordeada por montañas y mesetas al este. Durante siglos, los peregrinos musulmanes han llegado al Hijaz desde todo el Medio Oriente, África y Asia rumbo a las ciudades santas de La Meca y Medina, favoreciendo una forma de globalización antes de que el término en sí se arraigara. Al-Balad, cerca del puerto original del siglo VII, se encuentra en el corazón de todo: ha sido históricamente el primer lugar de Arabia que veían los peregrinos musulmanes. 

El casco antiguo, que una vez fue un centro de comercio de especias, es un rompecabezas de edificios encalados decorados con balcones cerrados hechos de madera de teca de la India. Los paneles del balcón tienen aberturas en formaciones de celosía llamadas rushan, palabra que deriva del término farsi (persa) rozen, que significa “abertura de ventana”. De esta forma, las mujeres podían sentarse en los balcones y mirar la calle sin ser vistas. Este elemento arquitectónico también es conocido como mashrabiyas.

Las mashrabiyas de Yeda son similares a las de Túnez, Egipto y el Levante (la región de la costa mediterránea comprendida entre el sur de Turquía y la península del Sinaí y que incluye, al menos, a Siria, Líbano, Israel y Jordania). Su complejidad tallada se superpone a las cegadoras fachadas blancas, que sorprenden por su simplicidad. Aquí no hay dos mashrabiyas idénticas, aunque el patrón arquitectónico en todo el puerto viejo parece uniforme.

“En árabe decimos que ‘las casas hablan entre ellas’”, comentó Abir Jameel AbuSulayman, quien en 2011 se convirtió en la primera guía turística mujer de Arabia Saudita. Ella me llevó a conocer a Ahmed Angawi, quien dirige un taller que está reviviendo el oficio de la construcción de mashrabiyas.

“La celosía en todas sus variaciones”, me dijo Angawi, “representa una geometría que expresa tanto la unidad como la diversidad del mundo islámico”.

Cuando no se los deja con el color natural de la madera de teca, el marrón oscuro, las mashrabiyas suelen estar pintadas de verde o de celeste. El verde es el color del islam y del Reino de Arabia Saudita, mientras que el azul está inspirado en las mashrabiyas de Sidi Bou Said, una obra maestra urbana al norte de Túnez, en el Mediterráneo.

El efecto de las mashrabiyas celestes contra las paredes blancas también evoca a las islas griegas e incluso hay un edificio aquí llamado “Casa Mykonos”. Al igual que en las islas griegas, las estrechas y somnolientas callejuelas de la Yeda Vieja están maravillosamente pobladas de gatos.

Izquierda: Arriba:

Los paneles de madera tallada en los balcones, llamados mashrabiyas, decoran las casas en Al-Balad. Fueron diseñados para permitir que las mujeres se sienten y observen la calle permaneciendo ocultas de las miradas ajenas.

Fotografía de Marco Moretti ANZENBERGER/REDUX
Derecha: Abajo:

Las mashrabiyas, que guardan semejanzas con las que se ven en Túnez y Egipto, se alinean en los balcones de Al-Balad.

Fotografía de Wolfgang Kaehler LIGHTROCKET, GETTY IMAGES

El olor a incienso encanta y vigoriza los interiores de Al-Balad, como lo hace por todo el Reino. Entré en una tienda de dulces donde había cientos de cajas transparentes llenas de semillas de tamarindo indonesio, albaricoques secos de Siria, frutas secas varias de Tailandia, docenas de diferentes tipos de dátiles de Arabia Saudita y más, lo que la convierte en una colorida fiesta cromática y rectilínea, como una pintura de arte moderno.

Entré en el interior fresco y oscuro de la Casa Nasseef, una mansión otomana del siglo XIX donde vivió Abdulaziz bin Saúd entre 1925 y 1927. En ese entonces, se lo conocía como “Rey de Hijaz, Sultán de Nejd” (también transcrito como Néyed o Najd), antes de que las dos regiones que gobernaba se combinaran oficialmente en 1932 para formar el reino de Arabia Saudita. 

En el segundo piso de la casa (ahora un museo), me senté, tratando de borrar el paso del tiempo, junto a la ventana donde el propio Abdulaziz debe haberse sentado. Sin Abdulaziz y su enorme carisma, el gigante petrolero saudita probablemente nunca habría llegado a existir y el Medio Oriente ahora sería muy diferente.

Vista desde la “tairama” (recinto techado en la azotea) de una casa histórica que ofrece vistas sobre la arquitectura de piedra de coral de Al-Balad.

Fotografía de Eric Lafforgue ART IN ALL OF US/CORBIS/GETTY IMAGES

En la azotea había un recinto techado de madera con ventanas abiertas que recibe el nombre de tairama, lugar para las aves, según explican Abu Sulayman y Rawaa Bakhsh, un conservacionista histórico. Descansé en un almohadón de brocado en el suelo, admirando la vista de la moderna Yeda, abarrotada de rascacielos relucientes al sol: una vista que, hasta la década de 1950, constituía solo en mar y desierto, más allá del grupo de casas de Al-Balad. 

Desde aquí también vi la elegante mezquita blanca de Shafi'i junto al puerto viejo. Su minarete tiene 800 años de antigüedad, mientras que otras partes del edificio datan del siglo XVIII. El célebre oficial de inteligencia británico T. E. Lawrence, también conocido como Lawrence de Arabia, debe haberlo visto, pensé, después de haber comenzado sus aventuras árabes desde este puerto del Mar Rojo en 1916.

Más allá de los estereotipos

A lo largo de estas décadas he conocido a saudíes que fueron educados en el extranjero, se convirtieron en miembros de un mundo globalizado y, sin embargo, regresaron a casa y conservaron sus valores culturales: los hombres que todavía usan kefias o kufiyas (el tradicional pañuelo o tocado que cubre la cabeza) y agales (el lazo que lo sujeta), mientras que las mujeres que usan abayas (mantos) y hijabs (velos). Los saudíes se han vuelto cosmopolitas sin desarraigarse y Al-Balad está en el corazón de esas raíces.

De hecho, la Yeda Vieja, aunque silenciosa y un poco vacía ahora debido a las reparaciones finales y al hecho de que todavía es un secreto, promete convertirse en una extensión de la cultura joven y moderna que se está apoderando de Arabia Saudita. El 70% de los saudíes no ha cumplido todavía 35 años y la población del desértico país es 84,3% urbana.

Una niña de 12 años, lo suficientemente joven como para no usar hijab, monta un scooter en el paseo marítimo de Yeda.

Fotografía de Lynsey Addario NAT GEO IMAGE COLLECTION

En Yeda y Riad (la capital) vi a mujeres solas sentadas en cafés, inmersas en sus computadoras portátiles o saludando a amigos masculinos y femeninos. Escenas como estas insinúan cómo podrían ser recibidas las viajeras solteras de Occidente.

Un diplomático saudí que ha pasado muchos años en el extranjero y ahora se encuentra en casa, vistiendo un traje tradicional, me dijo en una cafetería etíope en Al-Balad: “Según los estereotipos, tenemos petróleo, somos la tierra de Osama bin Laden, reprimimos a las mujeres y cortamos cabezas. La Visión 2030 está tratando de socavar esas imágenes. El proyecto, del cual la restauración de la parte antigua de Yeda es solo una pequeña parte, está siendo criticado por sus propios problemas e imperfecciones. Pero eso es progreso”.

Robert D. Kaplan dicta la Cátedra Robert Strausz-Hupé en Geopolítica en el Instituto de Investigación de Política Exterior (Estados Unidos).  Su libro más reciente es “Adriatico: un concierto de civilizaciones al final de la Edad Moderna”.

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