Refugio de Alaska no puede proteger su vida silvestre del cambio climático

La rápida reducción de las poblaciones en un gran refugio de vida silvestre de Alaska podría ser consecuencia del cambio climático y de los plásticos.

Por Samantha Yadron
Publicado 7 sep 2018, 17:06 GMT-3
El chorlito dorado norteamericano posa sobre el pasto de Alaska. Los chorlitos están en problemas en ...
El chorlito dorado norteamericano posa sobre el pasto de Alaska. Los chorlitos están en problemas en el mar de Bering, ya que el cambio climático amenaza su suministro de alimento.
Fotografía de Design Pics Inc.

Clam Lagoon, un cuerpo de agua en la región norte de la península de Isla Adak, Alaska, estaba predestinado a ser un refugio de vida silvestre. Pero el calentamiento continuo del Mar de Bering está ejerciendo tanta presión sobre la cadena alimenticia allí que sus residentes no pueden encontrar la cantidad de comida suficiente: los expertos sostienen que se están muriendo de hambre.

Miles de urias, frailecillos, mérgulos y otras aves marinas solían escucharse por el cielo sobre la Isla Adak. “Ahora, hay alrededor de 200 a 300”, indica Douglas Causey, profesor de Ciencias Biológicas en la Universidad de Alaska, Anchorage, que ha visitado la isla durante tres décadas.

Causey tiene sus propias teorías, pero ahora está buscando respuestas concretas al motivo por el cual el Refugio Nacional Marítimo de Vida Silvestre de Alaska, un santuario de vida silvestre de 2 millones de hectáreas en el Mar de Bering, donde está la Isla Adak, está perdiendo muchos de sus animales. Las poblaciones de aves, lobos marinos, leones marinos y ballenas están todas reduciéndose en la región, indica una encuesta de la actividad pesquera de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés) de 2017.

Las múltiples muertes de aves en masa, a veces denominadas “naufragio”, han ocurrido en el ecosistema del Mar de Bering desde 2014. De acuerdo con un informe sobre el estado de reproducción y las tendencias de población del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos (USFWS, por su sigla en inglés) de 2015, las poblaciones de aves marinas desde 2006 a 2015 disminuyeron un 13 % y el 31 % de los huevos salieron del cascarón antes de lo habitual.

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En 2017, Audubon Alaska incluyó a 36 especies de aves de Alaska en su “lista roja”, que indica que la población actualmente está reduciéndose o está debilitada por una reducción anterior.

“Debería haber aves por todos lados agrupándose y no ha habido aves reproduciéndose aquí en algunos años, y no sabemos por qué”, menciona Causey. “Estamos intentando analizar si podemos documentar qué están comiendo para determinar si podemos relacionar eso con el cambio en la distribución del alimento. La oceanografía ha cambiado con el cambio climático”.

Cadena alimenticia alterada

Causey no está solo en esta evaluación. Timothy Jones, investigador postdoctoral del Equipo de Estudios de Aves Marinas y Observación Costera de la Universidad de Washington, adjudica las recientes muertes a la primavera temprana que derrite el hielo del mar, del que depende principalmente el ecosistema del Mar de Bering. La ruptura temprana del hielo de mar causa una demora en el crecimiento del fitoplancton y cambios de compuestos en la cadena alimenticia de la región.

Jones investiga olas de calor marinas, que pueden causar un daño extremo en la vida silvestre de todo el ecosistema. La ola de calor marina más conocida, “the blob,” causó la muerte sin precedentes de mérgulos al sur del refugio desde 2014-2015.

“Las olas de calor marinas son cada vez más frecuentes y más intensas”, señala Jones, y usan como base cada año más cálido, lo cual afecta a las aves marinas “en modos que son prácticamente impredecibles”.

Las muertes han continuado en el año 2018 al reportar más de 1400 aves en descomposición en las playas del Mar de Bering y con signos de hambruna desde mayo, según el Servicio Nacional de Parques.

En la Isla Adak, Causey se embarcó en el Tiglax (se pronuncia TEKH-la, equivalente a águila en aleutiano), un barco de investigación del USFWS que descendería a mayor profundidad en el refugio de vida silvestre para que, junto con otros científicos y voluntarios, pudieran buscar más indicios que explicaran el número de víctimas fatales.

Causey y Bryce W. Robinson, voluntario del USFWS, recolectaron espécimenes de la Isla Attu, la isla más alejada al oeste en la cadena aleutiana. Veronica Padula, postulante a doctorado que trabaja con Causey, usa los especímenes para cuantificar la cantidad de plástico y de químicos plásticos dañinos—denominados ftalatos—que ingresa en los sistemas de las aves y posiblemente contribuye a su hambruna.

Causey también utiliza los especímenes para trazar la cadena alimenticia de cambio tan rápido del Mar de Bering causada por las  cada vez más cálidas temperaturas del océano y el derretimiento del hielo del mar y para examinar virus que pudieran enviar una señal de alarma de naufragios inminentes.

En Attu, Causey recolectó un frailecillo común, un ave marina de tamaño medio similar a un pingüino con cabeza negra y pecho blanco y negro. Robinson la examinó.

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    “¿Lo ves demasiado flaco?”, dijo. Se veía la caja toráxica delpájaro, el hueco de su pecho. Causey asintió consternado. “Vamos a tener que examinarlo por dentro”, propuso Causey.

    “De hecho, hubo una gran cantidad de muertes de  frailecillos este invierno y, la mayoría, estaban demacrados. No contaron con la comida que necesitaban”, Causey afirmó.

    “Parece ser un problema del ecosistema”, señaló Padula.

    Según el Servicio Nacional de Parques, “Cientos de miles de aves marinas, mayormente frailecillos, murieron de hambre en la costa del Pacífico, el Golfo de Alaska y las Islas Aleutianas desde 2015-2016. Las investigaciones descubrieron alrededor de 2100 aves muertas en las playas de la región en 2016.

    “El Mar Bering Sea es tan dependiente y tan sensible a los cambios en el hielo marítimo” señala Jones, “a tal punto que la cadena alimenticia se modifica y se vuelve menos nutritiva”. “Ya hemos visto esto en otros lugares de Alaska, casi todos los años desde 2014”.

    Samantha Yadron es escritora científica independiente y trabaja desde Washington, D.C.

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