Amazonía en llamas: cuál es la responsabilidad y la realidad de los ganaderos

Luego de haber trabajado en la Amazonía por más de 20 años, un fotógrafo de National Geographic se pregunta quién es el responsable de los incendios y de la deforestación.miércoles, 4 de septiembre de 2019

Por Charlie Hamilton James
Fotografías de Charlie Hamilton James

RONDÔNIA, BRAZIL - Buxo me miró y me dijo: “lo haces tú”. Lo pensé un momento y sacudí mi cabeza. “No”, contesté, “tú lo haces”. Quería ser parte, pero no involucrarme tanto. Estaba nervioso, mi corazón palpitaba rápidamente. Buxo estaba entusiasmado y no podía dejar de sonreír. A sus pies, una mancha negra y brillosa se extendía por las hojas. Unos chorros de mezcla de gasolina y aceite de la botella de agua mineral vieja que tenía en su mano izquierda. Sacudió su cabeza sarcásticamente, se inclinó e incendió la mancha con su encendedor. Instantáneamente ardió en llamas al sacar la mano. En unos pocos segundos, las llamas se extendieron más allá del aceite, consumieron las hojas de alrededor y rozaron las ramas muertas de arriba. Un minuto después, ya tenían 3 metros de alto, escurriéndose y rasguñando árboles a través de la maraña de ramas y ramitas secas de leña que yacían en abundancia en el suelo. Este momento se había planeado hace un año o más. Se habían talado los árboles, se los había dejado secar en la estación húmeda para que llegaran a la estación seca.

Dino, el padre de Buxo, gritó de la emoción y me llamó por encima del fuego que hacía ruidos explosivos y de chasquidos. “En unos pocos años, tendremos vacas aquí”, anunció. Intente sacarle algunas fotos, pero el fuego se había vuelto muy intenso. Mi cámara cubría mi cara del calor, pero los pelos de mis dedos se enrularon a medida que mis manos comenzaron a quemarse y tuve que saltar hacia atrás. Es casi indescriptible, la sensación de estar parado al lado un incendio forestal enorme y que crece rápidamente. El poder, el miedo, la adrenalina; el calor inimaginable que te pela la cara y que te pega como una pared invisible, y que no te deja otra opción que salir corriendo. A los 10 minutos, el área entera estaba ardiendo como un infierno. Dino me sacó del lugar, hacia el bosque y a salvo. 

Había estado viviendo con Dino y su familia por diez días más o menos. Quería entender cómo vivían y trabajaban en la selva. Eran los ‘malos de la película’, los ganaderos que talaban y quemaban, quienes habían azotado y destruido gran parte de la Amazonía oeste y lo habían estado haciendo por décadas. Me mudé con ellos, trabajé con ellos, los ayudé a marcar terneros, a vacunar vacas, a sacrificarlas, a matar cerdos, a arreglar cercas. Mis manos eran una mezcla de ampollas y sangre seca. Por las noches, nos sentábamos con la gran familia extendida de Dino, y hablábamos y reíamos mientras rostizábamos carne y bebíamos cerveza. Me sedujeron muy rápidamente, caí bajo el hechizo de las personas más cálidas y hospitalarias que jamás haya conocido. Y se me ocurrió que, si esas personas eran los ‘malos de la película’, entonces estábamos equivocados.

La deforestación ha escalado en 2019 y el resultado es cientos de incendios ardiendo por toda la cuenca sur de la Amazonía. Los datos del Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil (Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais, INPE) muestran que los incendios son un 85 por ciento más que en 2018.  

La ganadería en la Amazonía es, tal vez, la culpable principal de los incendios que vemos hoy. Es una industria de miles de pequeños ganaderos que talan árboles, los queman y convierten la tierra en lugar de pastoreo. Cada año, los incendios arden en toda la Amazonía como resultado de esta práctica. Sin embargo, analizado de manera crítica, los incendios son predominantemente provocados por el hombre; a diferencia de muchos de los grandes incendios que devastan a Siberia y Alaska que son, generalmente, naturales. Tanto bosque se ha talado que el clima en la región está comenzando a cambiar, a secarse. Esto compone una práctica destructiva de por sí. A una escala mayor, la idea de deforestar un bosque tropical para crear tierras de pastoreo es la cosa más estúpida que los seres humanos pueden hacer. El bosque confisca carbono de la atmósfera y lo encierra: eso es bueno, lo necesitamos. Al mismo tiempo, los árboles de la Amazonía producen oxígeno. Elimina los árboles y quémalos, y no solo dejarán de producir oxígeno, sino que también liberarán el carbono que almacenaron en la atmósfera. Pon el ganado en la tierra y reemplazarás árboles por animales que producen niveles perjudiciales de gases de efecto invernadero.

Dino y su familia son las personas más destructoras del medioambiente que conocí. Y también son de las más agradables. Son una familia que trata de sobrevivir en un ambiente muy hostil mediante su trabajo que es, comúnmente, arduo y brutal. Por lo tanto, su visión y comprensión de los problemas que enfrenta la Amazonía son muy diferentes a las mías. Yo veo a la Amazonía como una catedral de vida extraordinariamente valiosa que debería ser apreciada y protegida a cualquier precio; el mundo la necesita, todos la necesitamos. Dino ve a la Amazonía como un gran recurso regenerativo que le permite alimentar a su familia. Luego de conversar largo rato con él, me di cuenta de que su respeto hacia el bosque era tan profundo como el mío, solo que lo veíamos de diferente manera. 

La mañana después del incendio regresé a la tierra. Seguía quemándose lentamente, en negro y gris. Columnas de humo azul se elevaban desde los pocos troncos de árboles que quedaban erguidos: postes tótem calcinados, monumentos de la estupidez humana.  Las cenizas en el suelo se convertían en nubes a medida que caminaba entre los troncos de árboles talados, ennegrecidos a carbón, algunos con sus corazones todavía brillando naranja en su interior.  La imagen me perturbaba, me enojaba. ¿Culpaba a Dino y su familia por lo que habían hecho? No. Si yo tuviera que mantener a mi familia en un país con escasas posibilidades económicas, probablemente hubiera hecho lo mismo. ¿Podemos dejar que estas prácticas persistan? No.

Debemos dejar de comer carne de vaca, en especial la carne de vaca brasileña. Necesitamos urgentemente y drásticamente reducir la presión en la Amazonía antes de que llegue a un punto crítico. Pero, ¿qué les pasaría a las familias como la de Dino si hiciéramos eso? No podemos ni debemos evitar estas preguntas ya que las vidas de personas reales están en juego; y, nos guste o no, estas personas también son personas de la selva de hoy. Cuanto más analicemos el problema como malos y buenos de la película, más caemos en un pensamiento que no lleva a nada, solo a alejar a las personas y a los problemas de la solución.

Los problemas que la Amazonía enfrenta son, tal vez, más crudos hoy que nunca antes. Son innumerables y complejos. Pero tienen cura. Lo que tenemos que hacer es decidir dónde y cómo destinamos los valores basándonos en los modelos económicos sensatos que favorezcan tanto a los ganaderos como a la selva. Una de las cuestiones que enfrenta la Amazonía hoy es la flexibilización de la normativa provocada por el actual gobierno, lo que ha facilitado la deforestación y la quema. Esto podría ser catastrófico, tanto para la Amazonía como para el resto del mundo.

El fotógrafo de National Geographic Charlie Hamilton James ha trabajado en la Amazonía durante los últimos 20 años, cubriendo cuestiones relacionadas con los incendios y la deforestación. Su trabajo incluye la cobertura de los bomberos durante la estación de quema en el estado brasileño de Maranhão en 2017. También ha documentado las vidas de las tribus que viven aisladas. En 2013, vivió y trabajó con los ganaderos del oeste de Brasil.

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