Iceberg gigante se desprendió en la Antártida

Por primera vez, un grupo de científicos de la NASA acaba de observar de cerca un nuevo iceberg de alrededor de 114 kilómetros cuadrados. Nuestro equipo estaba en el avión.viernes, 9 de noviembre de 2018

Por Brian Clark Howard
Fotografías de Thomas Prior
Las grietas de hielo curvas delimitan los bordes de este nuevo glaciar, apodado B-46, a medida que se desprende de la plataforma flotante y gruesa de hielo del Glaciar Pine Island en la Antártida Occidental. En primer plano, yacen pedazos de hielo marítimo sobre la oscura superficie del Mar de Amundsen.

Sobre el Glaciar Pine Island, Antártida Occidental - A medida que el avión sobrevuela las proximidades de la enorme masa blanca, el grupo de entusiasmados científicos se amucha cerca de las ventanas, con sus cámaras en la mano. Sus instrumentos les habían anunciado que algo especial estaba a punto de aparecer en la cruda expansión de la Antártida Occidental.

“Nos estamos acercando al B-46”, por los auriculares cruje la voz de un piloto.

Instantes después, aparecen las grietas. Enormes fisuras con forma de bloque que surcan la gigante superficie con forma de pastel blanco del Glaciar Pine Island, una parte del casquete glacial de la Antártida Occidental que se mueve a grandes velocidades. El sonido de los obturadores invade la ya tumultuosa cabina del DC-8. Se ven anchas sonrisas y se escuchan exclamaciones. “Es tan grande”, señala uno. “Es increíble”, afirma otro.

A 457 metros de altura, el avión de la NASA vuela en círculos sobre el nuevo iceberg B-46, desde donde se obtiene una buena vista de su frente, que da al mar.
Básicamente, el B-46 es una larga porción del frente de la plataforma de hielo del Pine Island – la cola flotante de un glaciar que está fluyendo hacia el mar. El témpano ya se está partiendo en secciones que luego se convertirán en icebergs independientes.

Se acaba de desprender otro trozo gigante del glaciar.

En su trazo autodirigido, a 457 metros sobre el hielo, el avión atraviesa la grieta mayor (una fractura blanca enorme que marca el punto de separación entre lo que es ahora un iceberg y el resto de la plataforma flotante del glaciar). Se estima que el nuevo iceberg, al que los científicos llamaron B-46, cubre alrededor de 114 kilómetros cuadrados, más de tres veces el tamaño de Manhattan. Los acantilados que se forman en sus bordes miden entre 48 y 70 metros de altura.

“Esta es una característica novedosa”, menciona Brooke Medley, una glacióloga del equipo del Centro de Vuelo Espacial Goddard, en Maryland, de la NASA. “Estoy 99 por ciento segura de que somos las primeras personas en haber visto esto con nuestros propios ojos”.

El Glaciar Pine Island está ubicado en el Mar de Amundsen, al oeste de la Península Antártica. Si bien es muy remoto, es uno de los glaciares más famosos y más estudiados del mundo por ser uno de los que sufre cambios con mayor velocidad. A medida que el glaciar se derrite, principalmente debido a las aguas cálidas que pasan debajo de su plataforma flotante a causa del cambio en los vientos y las corrientes, contribuye de modo significativo al aumento del nivel del mar a escala global.

En el mes de septiembre, los científicos que estudiaban fotografías satelitales habían descubierto una grieta en la plataforma de hielo. “Es posible que haya comenzado antes de ese momento, pero entonces fue durante el invierno polar y no tenemos registro de ello”, afirma Medley.

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Según Medley, que es también el líder auxiliar del proyecto Operación IceBridge de la NASA, se cree que el iceberg B-46 se desprendió apenas semanas después o cerca del 27 de octubre, de acuerdo con las imágenes satelitales. Desde el año 2009, el programa ha hecho volar sobre ambos polos instrumentos muy sensibles en forma de aeronaves (incluyendo el clásico DC-8 que se utilizó esta semana) para estudiar cómo van cambiando las regiones cubiertas de hielo a medida que el planeta se calienta.

Una rápida fragmentación

La velocidad de las rupturas ha asombrado a los científicos. Y, al desprenderse, “podría haberse llevado consigo témpanos más pequeños”, agrega Medley.

En efecto, el iceberg es tan grande y fresco, y aún tan cercano al glaciar adyacente, que es difícil observarlo por completo desde una altura de 457 metros (imaginen volar sobre Manhattan tan solo un poquito por encima de la antena del Empire State).

“Es difícil captar la escala de lo que estamos mirando”, señala Medley desde su puesto de trabajo en el DC-8, detrás de un conjunto de monitores. “Pero es absolutamente imponente. Espectacular”.

Además de las principales fisuras de hielo que marcan los límites exteriores del témpano, también lo cruzan varias grietas más pequeñas que indican que ya se está partiendo en trozos más pequeños. Incluso se pueden ver más fisuras partiéndose dentro del mismo glaciar.

Es probable que el B-46 se siga desprendiendo dentro de las próximas semanas, debido a las sacudidas producidas por los vientos y las corrientes del Océano Antártico

Varias partes del B-46 flotan frente a la plataforma de hielo del Pine Island. A los científicos les preocupa que un día se desintegre toda la plataforma de hielo, dejando suelto el glaciar que está por detrás.

A pesar de ser una gran masa de hielo, el B-46 es apenas el más grande de los últimos tiempos. En el 2015, el Glaciar Pine Island (o PIG, el apodo que le pusieron los científicos) produjo un iceberg de 362 kilómetros cuadrados. Y en julio de 2017, un pedazo de hielo del tamaño de Delaware, aproximadamente 3604 kilómetros cuadrados, se desprendió de la plataforma de hielo Larsen C en la Península Antártica.

La imagen general

A pesar de que los sucesos de rupturas de hielo de este tipo pueden ser fenómenos puramente naturales, llaman cada vez más la atención de la comunidad científica y del público en general por sus posibles conexiones con el cambio climático global. A medida que en el mundo se derriten los glaciares terrestres debido a las mayores temperaturas (en especial en Groenlandia y en la Antártida), el nivel del mar aumenta a escala global. Eso, a su vez, amenaza con inundar zonas bajas desde Florida a Bangladesh.

“Pine Island, así como el glaciar vecino Thwaites, contribuyen en gran parte al aumento del nivel del mar a escala global, entre un cinco y un diez por ciento, a pesar de que tan solo comprenden alrededor del tres por ciento de la Antártida”, señala John Sonntag, un científico de Goddard que se describe a sí mismo como un “nerd del clima”, y que también estuvo en el vuelo.

Los glaciares que bordean la Antártida están apuntalados por sus plataformas flotantes de hielo. A medida que esas plataformas se derriten y se parten, liberan presión sobre las extensas masas de hielo tierra adentro que hay detrás de ellas. Si glaciares enteros estuvieran por descamarse hacia el mar, podrían eventualmente aumentar el nivel del mar de forma considerable, lo que podría acarrear consecuencias catastróficas para los seres humanos.

A principios de la era del 2000, el Glaciar Pine Island produjo grandes icebergs, pero tan solo uno cada seis años aproximadamente. Sin embargo, en los últimos cinco años, ya ha habido cuatro eventos de este tipo. Desde la década de los setenta, el canto del glaciar se ha retirado varios kilómetros. Lo que impulsa este derretimiento es el agua del Mar de Amundsen, que se ha calentado más de 17 grados Celsius durante las últimas décadas.

“Es sorprendente la importancia que tiene esta zona sobre nuestra especie”, menciona Sonntag.

Medley advierte que es difícil encontrar una conexión entre un desprendimiento específico y el cambio climático a largo plazo. “Habiendo dicho esto, pueden observar la frecuencia de estos sucesos”.

El comportamiento de los glaciares es algo complejo, y hay grandes lagunas de conocimiento. De hecho, el hecho de recolectar datos para ayudar a cerrar dichas lagunas es el objetivo principal del vuelo diurno sobre los confines de la Tierra, como parte de las campañas de primavera y verano de la Operación IceBridge en el hemisferio sur. Particularmente, los científicos esperan poder hacer un mejor mapeo del suelo marítimo que hay debajo de las plataformas de hielo (que influye en la velocidad a la que el hielo retrocede), y, más precisamente, calcular las densidades y masas de nieve y hielo (que pueden influir en el ritmo del derretimiento).

Según Jim Yungel, un ingeniero de Goddard que controla los instrumentos del vuelo, los datos preliminares recolectados a partir de los láseres y radares a bordo del DC-8 sugieren que el B-46 sufrió fracturas de al menos 60 metros de profundidad.

Por el momento, es difícil decir cuánto podría contribuir el nuevo iceberg a los grandes cambios a los que se enfrenta la Antártida Occidental, o cómo podría ser un signo de estos cambios.

Pero, dice Medley, “el hecho de que se haya desprendido a tal velocidad es preocupante”.

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