Tiempos de pandemia: Su fiesta de 15 años iba a ser el día más importante de su vida, pero llegó el confinamiento

Hallar trabajo en Cuba se ha convertido en una tarea a tiempo completo. Aquí te mostramos cómo una familia armó una fiesta para el día más importante en la vida de su hija.

Fotografías de Eliana Aponte
Publicado 29 de enero de 2021 14:54 GMT-2
Karla González espera el autobús que la llevará a comprar suministros para sus quince años, la ...

Karla González espera el autobús que la llevará a comprar suministros para sus quince años, la fiesta más importante en la vida de una niña cubana. Aunque, en un comienzo, Cuba tuvo un gran desempeño al contener la pandemia por coronavirus, el país ha sido sacudido por la falta de comida, un recuerdo de su peor crisis económica, luego de que la Unión Soviética cayera. Durante tres años, Karla y su familia ahorraron para la fiesta, que tuvo que posponerse por el confinamiento en La Habana.

El 9 de septiembre, cuando Karla González Toro cumplió 15 años, supo que en su día no iba a haber una fiesta. La Habana, donde vive, estaba en confinamiento por un pico en los casos de COVID, y la falta de comida en Cuba era la peor de la historia reciente. La familia González tenía carne para comer solo porque los padres de Karla habían comenzado a mantener cerdos tres años antes con el fin de ahorrar dinero para el especial evento: los quince años de su única hija.

En Cuba y en toda Latinoamérica, los quince años (una gran celebración por el cumpleaños n° 15 de una niña) es una ocasión monumental. En un hogar cubano, el cuadro con la fotografía de ese evento se valora y se exhibe con orgullo como si fuese el retrato de casamiento de la novia: una adolescente con un vestido de tafeta en capas, su cabello atado con bucles o largo y lacio que le recubre la espalda, los labios brillantes.

"Para los cubanos, es como una religión", señala Eliana Aponte, fotógrafa que reside en La Habana y que, el otoño pasado, pasó una semana documentando la cruzada de la familia González. Sin importar cuánto tuviesen que postergarla o cuánto dinero tuvieran que pedir prestado, estaban decididos a realizar la fiesta de quince años de Karla.

Karla y su madre, Mirelis Toro, hacen fila para ingresar a un mercado en La Habana. Estaban buscando zapatos para los quince años de Karla, pero no había muchas opciones. Para tener todo para el gran día tienes que ahorrar durante años, planear las cosas con semanas de anticipación y pasar horas parada haciendo fila.

El Gobierno proporciona solo los productos básicos en la libreta de raciones así que Toro fue al mercado local para comprar pescado, vegetales y otros ingredientes para lograr que la fiesta de su hija sea especial.

Toro deseaba comprar frutas, pero los precios se habían duplicado desde que comenzó la pandemia. Se fue solo con jamón, pimientos y los ingredientes para hacer croquetas.

Mirelis Toro y Juan Carlos González, los padres de Karla, han estado criando cerdos y vendiendo lechones por el equivalente de $40 dólares estadounidenses cada uno. Toro los cuida en una jaula llena de lodo detrás de su casa; González salió a pescar en una embarcación alquilada. Conforme al sistema comunista cubano, gran parte de lo que pesca debe venderlo al Gobierno a precios fijos; el resto puede venderlo por su cuenta, o quedárselo para alimentar a su familia. La primavera pasada, la familia había logrado ahorrar casi $1300.

Pero luego llegó la pandemia. Mientras el virus hacía estragos en Europa y Estados Unidos a principios de 2020, Cuba parecía tenerlo bajo control. El 20 de julio, las autoridades cubanas anunciaron que no se habían registrado casos nuevos ese día. En agosto, suavizaron las restricciones: abrieron las playas y permitieron un poco el turismo. Pero, en semanas, comenzaron a informarse decenas de casos nuevos por día. Las playas y los restaurantes cerraron nuevamente, y el turismo entre provincias se canceló. El 1 de septiembre, entró en vigencia el toque de queda en La Habana después de las 7PM.

Karla y su madre se toman un autobús al mercado para hacer las compras de su cumpleaños n.º 15. Al principio de la pandemia, Cuba pudo contener bien el coronavirus, pero las normas menos restrictivas del verano hicieron que se produjera un pico en los casos. En otoño, La Habana entró en confinamiento de nuevo.

Para los cubanos que intentan comprar comida y suministros para el hogar, la combinación de confinamiento por COVID y las políticas de Estados Unidos en la era Trump crearon faltantes de suministros que no se habían visto en décadas. Las nuevas sanciones ya habían restringido el turismo desde el suelo estadounidense, así como también las transferencias de dinero que asistían a muchos sectores de la economía de la isla. Incluso en tiempos mejores, el sistema de suministro de alimentos cubano es complicado. Muchas familias obtienen lo que necesitan mediante un sistema elaborado de raciones subsidiadas por el Gobierno, vendedores privados y comercio clandestino. Sin embargo, con la llegada del COVID y con las restricciones que trajo, los artículos más básicos comenzaron a desaparecer de las tiendas.

No tenían arroz, ni frijoles, ni azúcar. Algunas ofrecían no mucho más que botellas de ron. En los mercados al aire libre, las tiendas de comestibles y los bancos había filas que serpenteaban por cuadras. El nuevo sistema de pedidos en línea (para aquellos que podían darse el lujo de tener wi-fi o datos de celular) se agotaba en minutos todos los días.

Toro espera en la fila para comprar café para la fiesta de Karla. No contaban con ningún ingreso desde el exterior así que, para obtener la comida, la familia tenía que apoyarse en las raciones del Gobierno y en un pequeño ingreso que obtenía de la venta de pescado y lechón.

La dramática falta de alimentos no es algo nuevo en Cuba. Cualquier cubano lo suficientemente grande como para recordar cuatro décadas lleva en su memoria historias de los años posteriores al colapso de la Unión Soviética en 1989; en ese momento y de repente, se dio por finalizada la asistencia que había sostenido la economía de la isla. Durante la casi hambruna que siguió (una época significativamente difícil descrita por el Gobierno de Fidel Castro como el "Periodo especial"), los cubanos sobrevivieron improvisando el día a día y rehusándose a rendirse. Improvisar es una palabra fundamental para los cubanos, como lo es también resolver: las familias resolvieron la situación y recurrieron al trueque, se adaptaron e improvisaron con creatividad para obtener lo que necesitaban.

No se escatiman gastos para la preparación de la fiesta de Carla. Aquí se hace las uñas en un pequeño salón de belleza. Mientras están sentadas en el lugar, los vendedores pasan y ofrecen mercaderías como detergente para lavar la ropa, café y jugo a precios elevados, algo que refleja el faltante de los mismos.

Los padres de Karla tenían entre 20 y 30 años durante el Periodo especial, y recuerdan cómo fue: usar bicicletas y carretas a caballo en vez de automóviles para ahorrar combustible; las familias cosechaban los vegetales que crecían en su jardín; los residentes pasaban las noches de apagón al aire libre en los malecones de kilómetros de largo que bordean La Habana. El adulto promedio perdió 4,5 kilogramos de peso.

En 2020, los cubanos estuvieron improvisando de nuevo para hallar comida con qué alimentarse. En los extensos grupos de chat de la aplicación segura Telegram, cientos de vecinos comparaban notas sobre qué tiendas tenían qué suministros, y cuándo se entregaban las órdenes en línea (usualmente con días de retraso y solo con parte de lo que se había prometido). La comida comenzó a venderse en módulos, o canastas; esto hacía que algunas personas tuvieran mucho de un artículo, por ejemplo, aceite o champú, y poco de otro. En Telegram, los extraños organizaban intercambios para cambiar queso por aceite, pasta por café, champú por huevos.

El Gobierno comenzó a alentar a los cubanos para que cultiven sus propios alimentos en invernaderos y huertas, como lo hicieron en el Período especial. Trump y la pandemia, "constituyeron un golpe doble para Cuba", señala Louis Pérez, profesor de historia de University of North Carolina y autor de una docena de libros sobre Cuba. "¿Cómo una economía que se centra en las importaciones de alimentos y ha desarrollado una dependencia del turismo puede ahora acomodarse de nuevo?”.

Cada cubano recibe la libreta, raciones subsidiadas que se espera les alcancen para todo el mes. Entre los artículos hay jabón en barra, 2,2 kilos de arroz, 15 huevos y menos de medio kilo de pollo. Aquellos que pueden complementan estos artículos tanto en los mercados legales como ilegales.

El 2020 afectó duramente al ya frágil país. El total de las importaciones se desplomó más del 30 por ciento y la economía cayó más del 10 por ciento. "Estamos peor que en el Período especial", señaló González, el padre de Karla. "Ahora no hay cosas, no hay dinero, todo está muy caro. Es imposible todo lo que tenemos que hacer para poder comer. Por eso tenemos que reinventarnos; yo vendo mis lechones, mis pichones, manejo la embarcación, y así con todo. Puedo ganar algo. Tenemos que comer".

Pero también tenían que honrar el importante cumpleaños de Karla. En épocas de extrema necesidad cuando no se pueden satisfacer las necesidades básicas, ¿una fiesta de cumpleaños de 15 es excesivo, un lujo? Karla y sus padres no lo creyeron así; esto no aplicaba a la única hija de la pareja. Toro recuerda cuán especial se sintió en su cumpleaños de quince y cuánto sigue atesorando su álbum de fotografías, que protege dentro de una bolsa en un cajón.

El recuerdo más importante de una fiesta de 15 es el álbum de fotografías. La familia de Karla pagó una sesión de 10 horas que incluyó 13 cambios de ropa. El fotógrafo Jorge Luis Ruiz fotografía a Karla en uno de los muchos y clásicos automóviles americanos omnipresentes en las calles cubanas.

Muchas familias tienen parientes en Estados Unidos y Europa que les envían ingresos complementarios. Karla y sus padres no tienen a nadie. Pero, aun cuando tenían poca comida, no tocaron los fondos para el cumpleaños de Karla. "Estos pequeños cerdos son nuestra salvación", explica Toro.

La semana del cumpleaños de Karla vino y se fue, y ella esperó. La golpeó no poder celebrarlo con sus amigos, pero entendió las reglas de la pandemia. Luego, a finales del otoño, como los casos bajaban, se levantó el toque de queda en La Habana y su madre puso fecha: el 7 de noviembre. En su barrio, Guanabacoa, un lugar histórico que se extiende en el este de La Habana, comenzaron a prepararse para la fiesta.

La celebración de Karla sería una fiesta de 15 del año 2020: habría mascarillas y se daría parcialmente al aire libre. El riesgo de reunirse existía, pero Toro y González se habían tranquilizado con el levantamiento del toque de queda por parte del Gobierno e intentarían mantener a los invitados en el jardín; se suponía que solo podía haber seis personas adentro al mismo tiempo. Llevarla a cabo requería de la habilidad cubana para adaptarse a las dificultades. "Es una tradición cubana a pesar de lo dificultoso que puede ser hoy", se excusa Toro. "No importa. La foto del momento en que la niña cumple 15 estará siempre en el living de la casa".

Karla esperaba poder comprar zapatos nuevos para su gran día, así que su madre la llevó en autobús al mercado local. En las estanterías había aparatos para el hogar baratos, joyas, vestimenta y chucherías. Pero tuvieron que hacer una fila interminable para ingresar y, para cuando lo lograron, ya no había casi nada. Se fueron solo con unos pocos anillos, pero ningún zapato de fiesta.

A Karla la maquillan antes de su fiesta de 15. La familia tardó dos meses en poder celebrar la fiesta como consecuencia del confinamiento en la ciudad, y la dificultad para adquirir comida y suministros.

Tan pronto como se levantó el confinamiento en La Habana, la familia de Karla comenzó a planear su fiesta de cumpleaños. Conforme a las normas, solo seis personas podían estar adentro al mismo tiempo, así que la fiesta se celebró principalmente en el patio de su casa.

Karla se pone un vestido rojo y largo para la celebración que se considera una de las más importantes en la vida de una joven mujer cubana.

Lo siguiente era contratar a un fotógrafo, un álbum de fotos es un recuerdo esencial. Karla compró queratina para alisar su cabello, se hizo el modelado de cejas y se puso uñas postizas con remolinos de estrases. Ya era hora. Llegó a la sesión fotográfica a las 8AM.  y terminó 10 horas después, luego de 13 cambios de ropa provistas por el estudio. Karla estaba impactante. En un momento, el fotógrafo Jorge Luis Ruiz le advirtió que no sucumbiera a la tentación de dejar la escuela. "La belleza es pasajera, el conocimiento es lo único que prevalece", la alertó. Sí, le contestó. Estudiaría.

Karla vive con sus padres en un pequeño hogar detrás de la casa de su abuela, al lado del patio donde los cerdos que posee la familia chillan en el lodo. Como su vivienda es pequeña y oscura, decidieron hacer la fiesta en la casa delantera. Karla tenía planeado el lugar, la lista de invitados y el atuendo. Pero, para celebrar una fiesta de 15, necesitaban comida.

Unos días después de la sesión fotográfica, la madre de Karla fue al mercado de alimentos al aire libre. Cada puesto contaba con filas largas, la más extensa era la de un vendedor de café. Es probable que algunos de los que estaban ahí esperando vendieran los alimentos a un precio más alto a aquellos que contaran con más dinero y que no quisieran esperar.

Toro le comentó a un amigo que fue más tarde a visitarla a su casa que hacer las filas es una de las pocas cosas que las familias como la suya pueden hacer para ahorrar dinero. "No tengo trabajo porque alguien tiene que ir a hacer la fila", agregó. "Puedes estar ocho horas esperando un producto".

Toro quería comprar fruta para servirles a los invitados, pero las piñas apiladas, las papayas y las bananas eran demasiado caras. Los precios se habían duplicado desde que comenzó la pandemia, observó. Caminó a casa desde el mercado con pimientos, jamón y los ingredientes para preparar croquetas.

Karla y sus amigos bailan reggaetón y charlan, una oportunidad inusual para juntarse en grupo desde que comenzó la pandemia. Se usaron mascarillas, pero, mientras la fiesta se adentraba en la noche, no se mantuvieron todo el tiempo.

El 7 de noviembre, las paredes se cubrieron de banderines rojos y blancos, y el número "15" colgaba de un cordón con globos. Un pariente le había regalado a Karla un vestido rojo ajustado con un pronunciado tajo de un solo lado, y se lo puso. Se había atado su larga cabellera oscura con una bandana así que la soltó para que cubriera su espalda.

Cuando la tarde llegaba a su final, sus amigos comenzaron a llegar. El grupo de alrededor de 20 usó mascarillas, aunque, en ocasiones, se les caían o quedaban colgadas de sus orejas o cuellos. Cantaron el "Feliz cumpleaños" con un pastel glaseado blanco. La madre de Karla ofreció pasta y croquetas, e hizo una mezcla de leche y ron. 
Comieron, bailaron al ritmo del reggaetón y charlaron en el patio. Era la primera vez en muchos meses que la mayoría de ellos estaba en grupo, o en una pista de baile, o probaba un pastel.

La familia había gastado casi $600 dólares estadounidenses en la fiesta, la mitad de sus ahorros de sus últimos tres años. Si tenían dificultades constantes con el dinero, se desvanecieron con las ensordecedoras risas y conversaciones que, finalmente, murieron alrededor de la 1 a. m. Karla afirmó luego que cumplir 15 años "es lo mejor que puede pasarte en Cuba".

Karla descansa en el hombro de un amigo en su cumpleaños. Los invitados fueron deleitados con aperitivos, bebidas y pastel, el resultado de años ahorrando y meses de planificación de su familia.

Fotografía de Eliana Aponte, National Geographic

Una vez que el estudio de fotografía imprima las fotos de la sesión de Karla, Toro elegirá una para colgar en el living de la familia. Quienes visiten la casa serán recibidos por el memento del día más feliz de su hija adolescente, prueba de que Karla también ha continuado con la tradición de muchas generaciones de mujeres cubanas, a pesar de la pandemia, la crisis alimenticia y la incertidumbre sobre las dificultades a las que podría enfrentarse su país en el futuro.

Eliana Aponte es una fotoperiodista que reside en La Habana, Cuba. Ha cubierto varias historias, entre ellas el conflicto palestino-israelí, la guerra entre el Líbano e Israel, la guerra de Iraq, el conflicto colombiano, la crisis política de Haití en 2004, el terremoto de Haití en 2010, la migración desde América Central a Estados Unidos. Para conocer más sobre su trabajo, síguela en Instagram.
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