Un Día de Muertos diferente en tiempos de pandemia en Latinoamérica

Las millones de personas que quisieron lamentar las muertes de sus seres queridos tuvieron que adaptarse ya que se cancelaron las tradiciones, honradas desde hace tiempo, por miedo a desatar un brote de coronavirus.

Fotografías de Tomás Munita, Daniele Volpe, César Rodríguez
Publicado 10 de noviembre de 2020 11:51 GMT-2, Actualizado 10 de noviembre de 2020 12:57 GMT-2
Un niño con un ramo de cempasúchil espera a su madre fuera de una pastelería mientras ...

Un niño con un ramo de cempasúchil espera a su madre fuera de una pastelería mientras ella compra ofrendas para el Día de Muertos en San Andrés Mixquic, México. La flor amarilla se coloca en las lápidas y en los altares porque se cree representa el brillo del Sol que ilumina el camino para que los espíritus regresen a la Tierra desde Mictlán, el submundo. Este año, las tradiciones festivas regulares del Día de Muertos se celebraron, mayoritariamente, en privado.

Fotografía de César Rodríguez, National Geographic

Todos los años, el 1 de noviembre, una mujer pequeña con cola de caballo larga azabache y una blusa bordada con brillos sigue el sendero que dejan aquellos que lamentan la muerte de sus seres queridos desde el cementerio en la ciudad guatemalteca de San Juan Comalpa al memorial en la cima de la montaña a unos kilómetros de distancia. Allí, encienden velas, colocan flores y comen galletas entre los nichos de concreto para conmemorar el Día de los Muertos. Han hecho este ritual en el lugar durante 16 años, desde que se exhumaron las primeras fosas comunes de la guerra civil guatemalteca.

Carmen Cumes cree que su marido, Felipe Povón, es uno de los esqueletos del lugar. Cada año, se le unen los miembros de las familias de 45.0000 desaparecidos, aquellos que se esfumaron a manos de los militares durante tres décadas de conflicto. Llevan consigo sus fotos.

Unos pocos días antes del Día de Muertos, las familias se reúnen alrededor de las tumbas de sus seres queridos y los niños remontan barriletes en el cementerio de San Juan Comalapa, en Guatemala. En años normales, el 1 y el 2 de noviembre están repletos de visitas que comen, beben y cantan. Este año, dado el COVID-19, las autoridades guatemaltecas restringieron el acceso a los cementerios después del 30 de octubre para que no se generen multitudes.

Fotografía de Daniele Volpe, National Geographic

En San Juan Comalapa, Leonel Sotz visita la tumba de su padre, Basilio Sotz Morales, que fue secuestrado por el ejército guatemalteco en 1982. Sus restos fueron encontrados en 2003 e identificados en 2014 mediante una prueba de ADN. Después de una guerra civil que duró 36 años, el país sigue trabajando para encontrar a más de 45.000 civiles desaparecidos.

Fotografía de Daniele Volpe, National Geographic

En el memorial, aquellos que lloran a sus muertos cubren las tumbas con flores, encienden fuegos alrededor de altares pequeños, y comen y beben. La celebración del Día de Muertos (también conocida como Día de todos los Santos), que tiene una mezcla de rituales prehispánicos y modernos, fue creada para asegurarles a los espíritus de los muertos un hogar al que regresar. Las memorias son sombrías, pero el ánimo puede ser alegre, incluso festivo.

Sin embargo, este año, tanto en Guatemala como en el mundo hispanohablante, los festejos del Día de Muertos no se parecieron en nada a las fiestas musicales de años anteriores. Desde el 29 de octubre, se han registrado más de 11 millones de casos de COVID-19 en todo Latinoamérica y el Caribe, y han muerto unas 400.000 personas. El Día de Muertos se celebró en un inquietante silencio.

El viernes, en Comalapa, unas pocas familias se reunieron alrededor de las tumbas para visitar a los muertos, y dejarles flores y ofrendas antes de que las autoridades cerraran las puertas el fin de semana para evitar las aglomeraciones. La procesión desde el cementerio al memorial se canceló. En cambio, Cumes y unos pocos familiares se reunieron el domingo en la cima, donde los vientos susurraban encima de los nichos levantados sosteniendo los cuerpos no identificados. Colocó una flor cempasúchil en cada una de las 172 sepulturas.

Las flores adornan las tumbas de las víctimas sin identificar del conflicto guatemalteco. El 1 de noviembre, un día importante para conmemorar a los muertos, solo unas pocas familias visitaron este memorial en San Juan Comalapa, que, normalmente, es el escenario de un gran evento. Este memorial se construyó en un lugar de fosas comunes, hogar de cientos de cuerpos sin identificar. Hace dos años, los volvieron a enterrar en nichos en conmemoración a las víctimas de la represión de estado.

Fotografía de Daniele Volpe, National Geographic

"Como parientes de las víctimas de la represión de estado, como sobrevivientes, esta pandemia nos ha encadenado, oprimido", dice. "Lo que podíamos hacer, que era muy poco, lo hicimos".

Durante meses, se han limitado los funerales y, en ocasiones, no han existido. Algunos ni siquiera vieron a sus seres queridos de nuevo después de que ingresaran al hospital. Regresaron, ya sea en un cofre o una urna cerrados herméticamente. La pandemia ha cambiado la manera en que se lamenta la muerte de un ser querido y en la que se los entierra; y, hoy, después de ocho meses, le ha quitado el día de recuerdo más importante a millones de personas.

Prepararse para la pandemia

A finales de julio, Allan Álvarez, asesor forense del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), dio una charla sobre cómo manipular los muertos: qué ropa vestir, qué equipamiento usar y cómo transmitir la noticia de la muerte de un ser querido. Pero, lo más importante, quería comunicar la importancia de los muertos para aquellos que todavía viven.

En su audiencia virtual de casi 10.000 personas, había trabajadores del cementerio de Guatemala, bomberos y enfermeros. Cuando comenzó a pensar su presentación, lo primero que se preguntó fue: ¿por qué los muertos son tan importantes para nosotros?

Rosa Marina Apen enciende un incienso en un altar en honor a la memoria de su hermano, Encarnación Apen Curruchic, que fue secuestrado en 1982. Su madre, Feliciana Curruchic, reza junto a ella. 

Fotografía de Daniele Volpe, National Geographic

Maria Saturnina Us Álvarez (izquierda) y su hija, Rosario Tuyuc, en su hogar durante una ceremonia maya en honor a sus seres queridos fallecidos. La familia perdió a cuatro integrantes en la guerra civil y todos fueron enterrados en lugares distintos, lejos de la familia. Aunque el COVID-19 cambió los rituales de lamento en toda Latinoamérica, Álvarez y Tuyuc creen que no afectó la conexión que tienen con los muertos. 

Fotografía de Daniele Volpe, National Geographic

"La respuesta es que somos humanos y necesitamos cerrar los círculos que tenemos", dice Álvarez. "Uno de los círculos que los humanos tienen que enfrentar, de alguna manera, es la muerte. Es parte de la vida. Y, para cerrar ese círculo, es importante tener rituales culturales y religiosos".

Durante toda la pandemia, las autoridades han buscado equilibrar el derecho de los muertos a ser enterrados según sus costumbres, y salvaguardar la seguridad de aquellos que siguen vivos. Pero no siempre se pudo. A medida que los casos aumentaban drásticamente, las restricciones al movimiento y la gran cantidad de muertos hizo que los fallecidos fueran enterrados lejos de sus familias, cremados o hayan desaparecido en el sistema hospitalario. En julio, docenas de víctimas de COVID-19 fueron enterradas en una parte designada del cementerio.

En otros lugares, se hicieron realidad algunas escenas terribles: en Ecuador, los cuerpos de los fallecidos yacían en las calles para descomponerse mientras los hospitales y las morgues estaban desbordados. Álvarez sabía que faltarles el respeto a los muertos no era solo ofensivo, sino que también podía desencadenar un conflicto. Inicialmente, algunos países de América Latina, entre ellos, Guatemala, habían redactado guías que prohibían los funerales de cualquier tamaño y requerían que los cuerpos se enterraran inmediatamente después de la muerte. En Guatemala, donde las tradiciones mayas se mezclan con el catolicismo, la cremación es inusual y los funerales pueden durar días, lo que atrae a cientos de visitantes que llegan para despedir el cuerpo.

El 1 de noviembre, un día en el que las familias estarían celebrando el Día de los Muertos en el cementerio de San Juan Comalapa, las puertas del sitio están cerradas y el lugar vacío. Debido al riesgo de propagación del COVID-19, las autoridades guatemaltecas prohibieron el acceso a los cementerios del país.

Fotografía de Daniele Volpe, National Geographic

Álvarez presionó para que existiera algún tipo de versión de los rituales posmuerte y, luego de asesorarse con el CICR y con otras organizaciones sanitarias, Guatemala permitió 10 asistentes por funeral. También se montó un sistema de rastreabilidad —la garantía de que la persona o el cuerpo que ingresaba al hospital era la misma que luego era enterraba o cremada, sin que se perdiera su identidad— y se generó una vinculación entre los hospitales desbordados y las familias. Álvarez señala que, en el peor de los escenarios, se les da pautas a los hospitales sobre cómo enterrar un cuerpo sin reclamar para que, en un futuro, pueda ser identificado.

En otros países, sus colegas tuvieron un éxito similar al instalar una estructura para manipular a los muertos. En una visita a Honduras en agosto, en el pico del brote, a Andrés Rodríguez Zorro, que lidera la respuesta forense del CICR para América del Norte y Central, lo impresionó ver cómo las autoridades destinaban tierras para el entierro de las víctimas de COVID. Cada sepultura tenía una cruz, un nombre y flores. Las personas se habían "adueñado" de algunas cruces, les habían asignado un nombre y oraban sobre ellas. "Es un tipo de acto humano hermoso, ¿no lo crees? Ponerle un nombre a alguien que no tiene nombre".

Las viejas costumbres

En algunas partes remotas de Latinoamérica, cambiar los rituales de sepultura fue difícil.

En Perú, el ministro de salud adaptó y tradujo las campañas sanitarias para las poblaciones indígenas; en las mismas, se les recomendaba usar máscaras, se regulaba el transporte de los muertos y se limitaba los asistentes a los funerales. Pero, fue difícil salvar la distancia y la desconfianza. Algunos rituales, desde limpiar y vestir a los muertos hasta las vigilias de días donde se sirve comida y se cuentan historias, continuaron en lugares en los que los servicios de salud apenas llegaban.

Walter Saan, de 16 años, es atendido por el enfermero Gusman Kunchiku en el centro de salud de Chiriaco, en un afluente del río Amazonas. Saan llegó con síntomas similares a los de COVID-19 y se acercó al centro de salud para un examen. Muchos de los doctores y enfermeros que trabajaban en esta región se infectaron con el virus, y dejaron las clínicas con poco personal y recursos.

Fotografía de Tomás Munita, National Geographic

En Chiriaco, un pueblo portuario en el lado este de los Andes, el virus llegó en abril con los caminantes, aquellos que habían migrado años antes para trabajar en restaurantes o tiendas en ciudades más grandes y regresaron a sus hogares cuando las ciudades entraron en cuarentena. Luego, en mayo, los miembros de cada familia viajaron a su banco más cercano para recibir la asistencia en dinero que les daba el gobierno. El virus se disparó al mes siguiente.

En mayo, cuando el padre de Adeli Kinin Tiwi se enfermó con síntomas compatibles con COVID-19 en un pequeño pueblo llamado Shushug, ya no había medicación en el centro de salud, ni siquiera calmantes para el dolor. Casi todos los doctores y enfermeros habían contraído la enfermedad o se habían marchado. Había poca información sobre cuántas personas de la región estaban enfermas o habían muerto. En vez de viajar al hospital, muchos confiaron en la medicina tradicional, una bebida hecha con jengibre, limón y una planta indígena denominada matico, que se encontraba en grandes macetas en todos los vecindarios.

Probablemente, el padre de Tiwi murió después de contraer la enfermedad. "Nos han olvidado", señala.

Una mujer indígena Awajun camina hacia el pueblo de Wawain en la región de la Amazonía en Perú. Se cree que muchas personas de la región han sido infectadas con el virus, y ahora, según el fotógrafo Tomas Munitas, los líderes han decidido que la pandemia ha llegado a su fin. "La vida volvió a la normalidad", indica.

Fotografía de Tomás Munita, National Geographic

Timoteo Toish Matina, el líder del pueblo Awajun denominado Pangki, prepara una bebida medicinal hecha con jengibre, limón y otras hierbas. El pueblo entero consume este brebaje varias veces al día y cree que los ha ayudado a sobrellevar la pandemia. 

Fotografía de Tomás Munita, National Geographic

En estos pequeños pueblos, los líderes locales informan la muerte y el gobierno envía un ataúd. El equipo de trabajadores funerarios llegará al lugar con EPP para fumigar el hogar, poner el cuerpo en una bolsa plástica y sellar el ataúd. No siempre funciona. Ebher Castro, trabajador funerario en Bagua, la ciudad más cercana, dijo que, a veces, su equipo prepara el cuerpo para el entierro y, al retirarse, los habitantes del lugar sacan el cuerpo del ataúd, le sacan la bolsa plástica, lo vuelven a vestir y realizan una vigilia de varios días. Habrá docenas de parientes amontonados en las casas para rendir homenaje a la persona fallecida. Una familia, luego de ver la bolsa plástica en la que Castro intentaba poner el cadáver, se negó a que lo hiciera. Le dijeron que su pariente muerto "no era un pollo".

Un Día de Muertos diferente

Hace años, Martha Romero señaló una foto suya con un vestido rojo, su cabello castaño peinado en un rodete y dijo que quería que esa fuera la imagen de su ofrenda, o altar cuando muriera. En el verano, toda su familia dio positivo de COVID-19 en La Candelaría, un pueblo en las afueras de Ciudad de México, y tanto Martha como su marido Felipe Palma fueron hospitalizados. Él se recuperó, ella no. Martha murió el 19 de agosto a los 61 años, una de las 90.000 personas que han muerto en México a causa del virus.

Felipe agregó esa foto, rodeada de una corona de flores y luces, a la ofrenda que se encuentra en una pequeña estructura afuera de su casa. La ofrenda también incluye los retratos de los padres y los abuelos de la pareja. La habitación está adornada con filas de velas, esqueletos, aperitivos y refrescos. "Mi madre no va a venir aquí a buscar solo unas mandarinas", cuenta Enrique, su hijo. "Teníamos que construirlo con todas las cosas que le gustaban y todas las memorias que quería. Si va a venir, tiene que sentirse amada".

Una mujer pasa por detrás de una escultura hecha por el artista Raymundo Medina en el vecindario de Tlahuac en Ciudad de México. En años anteriores, la calle entera estaba repleta de artefactos, esculturas y decoraciones por el Día de los Muertos. Este año, las tres grandes esculturas hicieron que las calles se vieran vacías.

Fotografía de César Rodríguez, National Geographic

En el Día de Muertos, la familia solía reunirse en la habitación del altar y hacía una fiesta. Este año, llenaron el altar con chocolates y pan de muerto, un pan dulce hecho para la celebración, pero el ánimo no era el mejor. Agregaron una hamaca en la que Martha adoraba acostarse y una estatuilla de un perro. Pusieron sus cenizas en el altar. "Somos afortunados porque ella está con nosotros", señala Felipe.

En Ciudad de México, hay otras familias que no tienen un lugar para visitar sus muertos. Algunos cementerios han estado cerrados desde que comenzó la pandemia. Otros cerraron para este día festivo y, de esta forma, se evitaba que las multitudes se reunieran. La policía patrulló el perímetro de los cementerios que eran más difíciles de cerrar y los usuales vendedores ambulantes de pan de muerto y flores se mantuvieron alejados. No hubo música, ni risas o el sonido al verter las bebidas. Un sepulturero llamado Victor, del cementerio de Chimlhaucán, dijo que algunas personas se habían acercado a la puerta con flores para las tumbas de sus familiares y él intentó llevarlas. Pero había 10.000 sepulturas y no pudo hacer mucho.

Un oficial de policía hace guardia afuera del cementerio La Loma, en Tlalnepantla de Baz, México, mientras el sepulturero Joaquin Ramirez espera una ceremonia de entierro adentro. Los cementerios están cerrados, —algunos hace meses, otros semanas, y otros solo se cerraron para el Día de los Muertos. "La gente ha sido muy considerada", señala el fotógrafo César Rodríguez. "Al principio, creí que iba a haber más peleas entre la policía y aquellos que quisieran entrar. Pero lo están aceptando".

Fotografía de César Rodríguez, National Geographic

Luego de que Martha Romero muriera de COVID-19 en agosto, su marido, Felipe Palma, agregó sus fotos al altar del patio trasero en Ciudad de México. "Es muy reciente y es muy difícil hacer esto, pero también es parte del proceso de aceptar que ya no está", menciona su hijo Enrique. Y Felipe agrega: "Lloramos mucho construyendo al altar". 

Fotografía de César Rodríguez, National Geographic

En agosto, al tomar conciencia de que la pandemia no iba a terminar en noviembre, Johanna Itzhel Blanco Ruiz reunió a sus estudiantes de la Universidad Nacional de México en Ciudad de México y les propuso hacer un Día de Muertos digital. Blanco, profesora y organizadora de eventos, les sugirió a sus estudiantes que fotografiaran sus ofrendas y les pidieran a sus amigos que hicieran lo mismo. En dos semanas, los participantes de 25 países, desde Alemania a Japón, estaban construyendo ofrendas en sus hogares.

Todo el fin de semana, se llevaron a cabo eventos en Facebook, Instagram, Zoom y YouTube. Un exestudiante transmitió en directo "La Llorona", una canción folclórica sobre una mujer que llora, desde un barco en los canales de Ciudad de México. Cientos de personas votaron el “desafío Catrina” para elegir la cara pintada de forma más convincente como el icono del Día de Muertos, y jugaron a la lotería virtualmente. No se mencionaba al COVID-19 en las páginas de los eventos ya que Blanco prefería centrar el foco en el Día de Muertos.

En su propio hogar, Blanco colocó las cenizas de sus loros en un pequeño altar, junto a varias rosas, la flor favorita de su madre y a fotografías de su madre. De todas maneras, prefería no ir al cementerio. "No creo que, al morir, las personas se queden en cajas", explica. "Se quedan contigo. Cuando las personas mueren, sus cuerpos mueren y, si las olvidas, mueren realmente. Pero si las recuerdas todos los días, no mueren jamás".

Andres y Alan esperan dentro de su camioneta mientras su familia lamenta la muerte de su abuelo, Eduardo Martinez, que, dicen, murió en un robo. Fue enterrado en el cementerio de Xico-Chalco, en uno de las áreas reservadas para las víctimas de la pandemia. El fotógrafo César Rodríguez no sabe cómo se dio esa situación. "De las personas con las que hablé en la parte del cementerio reservada para COVID, ninguna me dijo que su familiar había muerto de COVID", señala. "No sé si es un tipo de estigma, tabú o deshonra".

Fotografía de César Rodríguez, National Geographic

Esta historia fue parcialmente respaldada por el Comité Internacional de la Cruz Roja.

Tomas Munita es un fotógrafo documental cuyo enfoque son las cuestiones sociales y ambientales. Para ver más de su trabajo, síguelo en Instagram.

César Rodríguez es un fotoperiodista y camarógrafo que vive en Xalisco, México. Para ver más de su trabajo, síguelo en Instagram.

Daniele Volpe es un fotógrafo documental que vive en Guatemala. Para ver más de su trabajo, lee su libro sobre el “Genocidio Ixil” y síguelo en Instagram.

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