Historia y Cultura

Ciudad perdida descubierta en la selva tropical de Honduras

En búsqueda de la legendaria “Ciudad del dios Mono”, exploradores hallaron las ruinas intactas de una cultura desaparecida. Viernes, 29 Diciembre

Por Douglas Preston
Fotografías de Dave Yoder

Una expedición a Honduras ha regresado de la jungla con importantes noticias sobre el descubrimiento de la ciudad perdida de una misteriosa cultura, nunca antes explorada. El equipo fue llevado a la remota región deshabitada por los rumores de larga data de que allí era el sitio de una histórica “Ciudad Blanca”, también conocida en leyendas como la “Ciudad del Dios Mono”.

Los arqueólogos inspeccionaron y trazaron un mapa de extensas plazas, terraplenes, colinas y una pirámide que pertenece a una cultura que brilló hace 1000 años y luego desapareció. El equipo, que regresó del lugar el miércoles pasado, también descubrió una extraordinaria colección de esculturas de piedra que habían permanecido intactas desde que la ciudad fue abandonada.

En contraste con la cercana cultura maya, esta civilización desaparecida ha sido poco estudiada y sigue siendo prácticamente desconocida. Los arqueólogos ni siquiera tienen un nombre para ella.

Christopher Fisher, arqueólogo mesoamericano del equipo de la Universidad Estatal de Colorado, explicó que el estado intacto y sin saquear del sitio era “increíblemente raro”. Su especulación es que el escondite, que se encontró en la base de la pirámide, puede haber sido una ofrenda.

“El contexto inalterado es algo único”, comentó Fisher. “Esta es una poderosa presentación ritual, para sacar de circulación objetos de riqueza como estos”.

Las puntas de 52 artefactos se asomaban desde la tierra. Evidentemente hay muchos más debajo del suelo, con posibles enterramientos. Entre ellos se encuentran sillas ceremoniales de piedra (denominadas metates) y recipientes finamente tallados y decorados con serpientes, figuras zoomórficas y buitres.

El objeto más llamativo que emerge de la tierra es la cabeza de lo que, especula Fisher, podría ser un “hombre-jaguar”, posiblemente la representación de un chamán en un estado espiritual transformado. Como alternativa, el artefacto podría estar relacionado con los juegos de pelota rituales que eran una característica de la vida precolombina en Mesoamérica.

“La figura parece llevar un casco”, comentó Fisher. El miembro del equipo Oscar Neil Cruz, arqueólogo líder en el Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH), cree que los artefactos datan de entre los años 1000 y 1400 d.C.

Los objetos se documentaron pero no se excavaron. Para proteger el lugar de los saqueadores, no se ha revelado su ubicación.

Historias de la “Casa Blanca” y del dios Mono

Las ruinas fueron identificadas por primera vez en mayo de 2012 durante un reconocimiento aéreo de un valle remoto en La Mosquitia, una vasta región de pantanos, ríos y montañas que abarcan algunos de los últimos lugares científicamente inexplorados en la Tierra.

Durante 100 años, exploradores y mineros han contado historias acerca de las murallas blancas de una ciudad perdida que se vislumbraba por encima del follaje de la selva. Relatos indígenas hablan de una “casa blanca” o un “lugar del cacao”, donde los indios se refugiaban de los conquistadores españoles, un paraíso místico similar al Edén, del que nunca regresó nadie.

Desde la década de 1920, varias expediciones habían buscado la Ciudad Blanca. El excéntrico explorador Theodore Morde organizó la más famosa de ellas en 1940, bajo el auspicio del Museo Nacional de los Indígenas Americanos (ahora parte del Instituto Smithsoniano).

Morde regresó de La Mosquitia con miles de artefactos y afirmó haber entrado en la Ciudad Blanca. Según Morde, los indígenas del lugar dijeron que había una estatua gigante enterrada de un dios Mono. El explorador no quiso revelar la ubicación por miedo, expresó, a que el sitio fuera saqueado. Más tarde se suicidó y el lugar, si es que existió, nunca fue identificado.

Más recientemente, los documentalistas Steve Elkins y Bill Benenson fueron en busca de la ciudad perdida.

Identificaron un valle en forma de cráter, rodeado de montañas empinadas, como una posible ubicación.

Para medirlo, en 2012 consiguieron la ayuda del Centro de Mapeo Láser Aerotransportado de la Universidad de Houston. Un avión Cessna Skymaster, con un escáner lidar de un millón de dólares, sobrevoló el valle, sondeando el follaje de la selva con luz láser. El lidar es capaz de trazar un mapa del suelo, incluso a través de la densa selva tropical, delineando cualquier elemento arqueológico que pudiera estar presente.

Cuando se procesaron las imágenes, estas revelaron características anormales que se extienden más allá de un kilómetro y medio a través del valle. Cuando Fisher analizó las imágenes, descubrió que el terreno a lo largo del río había sido casi totalmente remodelado por manos humanas.

La evidencia de arquitectura pública y ceremonial, grandes terraplenes y montículos de casas, posibles canales de riego y embalses: todo esto llevó a Fisher a concluir que el asentamiento era, en efecto, una ciudad precolombina.

Amenazado por la deforestación

Un descubrimiento no está confirmado hasta que ha sido “verificado en tierra”. El equipo de exploración en tierra estaba conformado por arqueólogos estadounidenses y hondureños, un ingeniero operador del lidar, un antropólogo, un etnobotánico, documentalistas y personal de apoyo. Dieciséis soldados de las Fuerzas Especiales de Honduras proporcionaron seguridad. La National Geographic Society envió a un fotógrafo y a un escritor.

La expedición confirmó en tierra todas las características que se veían en las imágenes del lidar, junto con muchas más. En efecto, era una ciudad antigua. Los arqueólogos, sin embargo, ya no creen en la existencia de una única “ciudad perdida”, o Ciudad Blanca, como se describe en las leyendas. Creen que La Mosquitia alberga muchas de esas “ciudades perdidas”, que en conjunto representan algo mucho más importante: una civilización perdida.

El valle está densamente cubierto por una selva tan primitiva que los animales parecen no haber visto seres humanos antes. Un equipo de avanzada, al despejar una zona de aterrizaje para los helicópteros que suministran la expedición, observó unos monos araña que miraban curiosamente hacia abajo desde lo alto de los árboles, y una gallina de Guinea y un tapir que vagabundeaban por el campamento, sin miedo a los visitantes humanos.

“Se trata claramente de la selva tropical más intacta de América Central”, afirmó Mark Plotkin, etnobotánico de la expedición, quien pasó 30 años en la Amazonia. “La importancia de este lugar no debe subestimarse”.

La región también se encuentra seriamente amenazada. La deforestación para la ganadería ha marcado la selva a una docena y media de kilómetros del valle como un tablero de ajedrez. Grandes extensiones de selva virgen se cortan y queman ilegalmente para abrir paso a la ganadería. La región se ha convertido en una de las mayores zonas productoras de carne en América Central, para abastecer a franquicias de comida rápida en Estados Unidos.

Virgilio Paredes Trapero, director del IHAH, la institución patrocinadora de la expedición, pasó varios días en el lugar. Concluye: “Si no hacemos algo de inmediato, la mayor parte de este bosque y el valle habrán desaparecido en ocho años”. Extendió las manos. “El gobierno de Honduras está comprometido con la protección de esta zona, pero no tiene los recursos. Necesitamos con urgencia apoyo internacional”.

La expedición fue posible con el permiso, la asociación y el apoyo del gobierno de Honduras; el presidente de ese país, Juan Orlando Hernández Avarado; Virgilio Paredes Trapero, director del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH); Oscar Neil Cruz, jefe de la División de Arqueología del IHAH, así como el ministro de Defensa, Samuel Reyes, y las Fuerzas Armadas de Honduras bajo el mando del general Fredy Santiago Díaz Zelaya, con el general Carlos Roberto Puerto, el teniente coronel Guillermo Oseguera y soldados del cuerpo TESON de las Fuerzas Especiales de Honduras.

Artículo publicado el 2 de marzo de 2015.

Douglas Preston escribe sobre Arqueología para el New Yorker y otras publicaciones. Su libro sobre la búsqueda de Coronado para Seven Cities of Gold fue publicado en 2017.

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