Las Maldivas en riesgo de quedar sumergidas bajo el agua: ¿Podrán adaptarse al aumento del nivel del mar?

Independientemente de que sus playas puedan o no sobrevivir al cambio climático, el país nunca volverá a ser el mismo.

Por Tristan McConnell
Publicado 11 de feb. de 2022 14:37 GMT-3, Actualizado 11 de feb. de 2022 16:27 GMT-3
Maldivas - turistas

Una pareja camina por el agua, bordeando una casa abandonada en las Maldivas, cuyos cimientos sufrieron una gran erosión debido al aumento del nivel del mar. Van camino a Bikini Beach, donde se permite el uso de bikinis.

Fotografía de Marco Zorzanello

“Mis momentos más tranquilos ocurren en el agua”, dijo la antropóloga Thoiba Saeedh, justo antes de que una lancha a motor nos lleve por el cristalino Océano Índico hacia la pequeña isla de Felidhoo en las Maldivas. 

La lancha dibujaba una estela entre islas rodeadas de arena y cubiertas de palmeras, donde algunas tenían complejos turísticos con muelles de madera, mientras un grupo de delfines saltaban como mariposas por encima del suave oleaje y los peces se lanzaban al aire sin saber con qué se encontrarían.

A lo largo de dos mil quinientos años, la vida marítima ha dado forma a la cultura y a la identidad del pueblo de las Maldivas, un país de 1196 islas bajas dispuestas en una doble cadena de 26 atolones de coral.

Las personas pueden conocer las islas por dos importantes razones: vacaciones en la playa, o por la probabilidad de que las Maldivas se conviertan en el primer país de la Tierra en desaparecer, debido al aumento del nivel del mar. Entre esas islas se encuentra Felidhoo, donde fuimos para que Saeedh nos mostrara una cultura y una forma de vida que ya estaba desapareciendo.

Ahora, con la aceleración del cambio climático, esta pequeña nación está tratando de ganar tiempo y espera que los líderes mundiales reduzcan las emisiones de carbono antes de que las Maldivas desaparezcan

El archipiélago apuesta por su futuro, e invierte una gran suma de fondos nacionales, construyendo una isla artificial elevada que podría alojar a la mayor parte de la población (casi 555.000 personas). Mientras tanto, una empresa de diseño holandesa planea edificar 5.000 casas flotantes sobre pontones anclados en una laguna de la capital.

Estas medidas pueden parecer extremas, pero hoy, los tiempos son extremos para Maldivas. Como dijo el presidente Ibrahim Mohamed Solih a los líderes mundiales en la conferencia climática de las Naciones Unidas del otoño pasado en Escocia: “La diferencia entre 1,5 grados y 2 grados (Celsius) es una sentencia de muerte para las Maldivas”. Y ese fue el último grito de ayuda. 

Hace una década, el predecesor de Solih, Mohammed Nasheed, organizó una reunión de gabinete bajo el agua con equipos de buceo y luego propuso trasladar a toda la población a Australia por razones de seguridad.

Pasar de vivir en una isla como Felidhoo a una plataforma artificial, cubierta de rascacielos y denominada City of Hope (Ciudad de la Esperanza), también conlleva una advertencia digna de considerar, dado que el cambio climático causa estragos en todos los continentes: podemos perder nuestra identidad incluso antes de perder el lugar donde estamos. Y si Maldivas logra sobrevivir a los cambios del planeta, surge la pregunta: ¿Qué se salvará y qué se perderá?

Este barrio de 16 rascacielos, llamado Hulhumalé Fase II, está construido sobre una isla artificial que se creó a partir de arena bombeada desde el fondo del mar. De a poco, se va ubicando a los residentes de las Maldivas en los rascacielos para escapar del aumento del nivel del mar.

Fotografía de Marco Zorzanello

Hahmad tiene unos 30 años y proviene de la isla de Maafushi. Anteriormente trabajó en la industria pesquera, que ahora está en declive. Como resultado de décadas de sobrepesca, los pescadores tienen que adentrarse cada vez más en el océano para poder encontrar peces.

Fotografía de Marco Zorzanello

Una instantánea del tráfico en la carretera principal que atraviesa la ciudad de Malé, la capital y territorio más poblado de las Maldivas. La ciudad densamente poblada es un marcado contraste con las más de 1100 pequeñas islas de coral que conforman el país.

Fotografía de Marco Zorzanello

El surgimiento de las Maldivas: atolones formados por volcanes prehistóricos

 

Un millón de años antes de que desaparecieran los dinosaurios, la placa tectónica de la India se desplazó hacia el norte y provocó un quiebre en la corteza terrestre del que surgió una cadena de picos volcánicos. Con el tiempo, los picos se erosionaron y formaron los atolones de coral de las Maldivas.

La superficie terrestre total de la nación es de solo 298 kilómetros cuadrados en 90.500 kilómetros cuadrados de océano, con pocas islas de más de 121 hectáreas. La conjunción de tierra y mar tejen la identidad maldiva. La relación conforma una esencia fundamental. “Cuando digo tierra, incluyo el agua” dijo Saeedh, y agregó: “Para nosotros el agua no está separada de la tierra; la 'tierra' es el agua y la isla como un todo, porque ahí es donde vivimos”. En otras palabras, si el mar representa más del 99 por ciento de tu país, no puedes no sentir conexión con él.

Las islas tienen de por sí una naturaleza efímera: bancos de arena sobre coral vivo, que crecen y se achican, suben y bajan según las corrientes oceánicas y los depósitos de arena, es por esto que la lista de “islas desaparecidas” de las Maldivas es muy larga.

La mayoría de las islas, incluida la capital, Malé, se encuentran a unos 10 metros sobre el nivel del mar. Los climatólogos prevén que se inundarán a finales de siglo. Hulhumalé, la plataforma artificial de rescate, tiene una altura de casi 20 metros.

La obra nació en 1997 y requirió el dragado hercúleo de millones de toneladas de arena para convertir dos lagunas adyacentes y poco profundas en 428 hectáreas de arena compactada, lo que se entiende, en estas islas, como tierra nueva.

“Dos tercios de la población pueden alojarse en estas dos islas principales”, dijo Ismail Shan Rasheed, estratega de planificación de Hulhumalé Development Corporation.

En muchos sentidos, Hulhumalé es una fantasía urbanista, como el comienzo del videojuego de desarrollo urbano, SimCity. Áreas verdes y apartamentos, mezquitas y tiendas, parques de patinaje y aceras, escuelas y carreteras, todo se construyó en lo que parece una ciudad costera bien ordenada que se conectó con Malé, en 2018, a través de un puente de 1, 6 kilómetros de largo.

El Puente Sinamalé es el primero que conecta islas en las Maldivas, inaugurado en 2018, une las islas de Malé, Hulhulé y Hulhumalé. Originalmente, el puente de 1,6 km de largo se llamó Puente de la Amistad China-Maldivas debido a la financiación de su construcción por parte del gobierno chino. Es el primer puente entre islas de las Maldivas.

Fotografía de Marco Zorzanello

La isla de Maafushi es el basurero del pueblo. Las personas depositan y queman sus desechos directamente en este sitio. La gestión de residuos es uno de los principales desafíos en las Maldivas.

Fotografía de Marco Zorzanello

El propio Rasheed se mudó a Hulhumalé en 2013, y dejó en Malé un pequeño apartamento que no tenía un patio para que jugaran sus hijos y donde los gases de escape exacerbaban el asma de su hija menor. 

El funcionario explicó que esperaba poder usar los parques públicos, los espacios verdes y el aire fresco de la ciudad planificada, en referencia a un modelo a escala del nuevo proyecto en el que edificios del tamaño de una caja de fósforos rodean amplios bulevares. “Desde el momento en que nos mudamos a Hulhumalé, ella estuvo bien”, recordó.

Pero todavía falta mucho más: en la fase uno, ya se vislumbra una ciudad costera bien ordenada; en la fase dos, un trabajo en progreso. En septiembre pasado, Aishah Moosa se mudó a la parte más nueva de Hulhumalé, donde hay un grupo de 16 torres de 24 pisos rodeadas de dunas de grava, estacionamientos a medio construir y montones de basura.

En cada torre, pueden alojarse los habitantes de varias islas. Moosa se mudó de un apartamento de una habitación en Malé, que compartía con su hermana y dos sobrinos, a un apartamento de tres habitaciones en el último piso de “H-2”. “Hay tanta gente viviendo aquí. Ni siquiera conocemos a nuestros vecinos”, explicó.

Este lugar es mejor, pero no mucho mejor. “Vivimos en estas torres porque no tenemos opción. Nos encantaría vivir en las islas, pero no hay educación, ni hospitales”, dijo Moosa. Su nuevo hogar no reemplaza a las comunidades isleñas, pero su diminuto balcón de color caléndula ofrece lo que antes era impensable: ver desde las alturas a un país que casi no tiene nada. “No estamos acostumbrados a esta vida tan lujosa”, dijo, mirando inquieta por encima de la barandilla del balcón.

Los sistemas de arrecifes poco profundos que ya no son arrecifes de coral vivos viables se explotan para que los turistas puedan nadar en el océano cerca de la playa.

Fotografía de Marco Zorzanello

Inga Dehnert, bióloga marina de la Universidad de Milano Bicocca (Italia) trabaja en un vivero donde se crían corales. El proyecto tiene como objetivo mejorar la salud de los corales, que en general están amenazados dado el aumento de temperatura de los mares.

Fotografía de Marco Zorzanello

Los arrecifes de coral en las Maldivas han sido diezmados por el calentamiento de las aguas, el dragado de arena y su destrucción durante la construcción. Las islas están llenas de coral muerto y debajo del agua no se ven muchas especies.

Fotografía de Marco Zorzanello

Los problemas que enfrentan las Maldivas

 

Curiosamente, para un país que se hunde, el aumento del nivel del mar es un tema de conversación muy poco frecuente. Los maldivos dejan el asunto para los políticos o activistas. Como Maldivas es un país marcadamente musulmán, muchos dicen que el futuro está en manos de Alá. 

El océano ya había sido considerado una amenaza mucho antes de que el nivel comenzara a crecer, el tsunami de 2004, por ejemplo, se cobró la vida de unas 100 personas.

Y, contrariamente a la imagen de Robinson Crusoe en las Maldivas (adornada por la industria de viajes), la población permanente enfrenta los mismos problemas urbanos que tienen las naciones más grandes sin salida al mar. 

El dinero que aportó el turismo estimuló el rápido desarrollo de complejos exclusivos y el crecimiento exponencial de Malé. La ciudad se alza sobre menos de 2,5 km2 de terreno, pero alberga a 193.000 personas, lo que la convierte en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo.

Se espera que la denominada City of Hope (Ciudad de la Esperanza) pueda resolver algunas de las otras fallas de la nación: la educación y el desempleo, que ha llegado al 15%.

“¡Nos desarrollamos como un boom!” dijo Fayyaz Ibrahim, dueño de una tienda de buceo de cincuenta años de antigüedad, que aún recuerda las calles tranquilas con pocos autos, cuando su familia se mudó a la ciudad, en 1974, en busca de mejores trabajos, escuelas y servicios básicos. Con la explosión del turismo, el mundo moderno inició un ritmo vertiginoso. Hubo siglos de desarrollo urbano en apenas unas décadas.

Hoy, las calles angostas de Malé están llenas de scooters, sus edificios son cada vez más altos, están repletos de salidas de aire acondicionado y andamios, y se extienden hasta la orilla del agua. 

La electricidad se mantiene con generadores diésel del tamaño de un almacén, el agua de los grifos sale desalinizada, la basura se carga en barcazas y se tira en una isla cercana y se frena el mar con tetrápodos de hormigón que parecen piedras gigantescas. Malé, como el coral sobre el que se asienta, está en construcción permanente.

Hussain Manik, de 51 años, reza en la Mezquita del Viernes Viejo de Malé. “Trato de visitar todas las mezquitas ya que cada una es igual de importante”, dice. La Mezquita del Viernes Viejo es una de las más antiguas y ornamentadas de la ciudad. Al igual que otras mezquitas de la ciudad, se construyó con sólidas rocas de coral.

Fotografía de Marco Zorzanello

La Mezquita del Viernes Viejo es una de las más antiguas y ornamentadas de Malé. La foto muestra un primer plano de la escritura coránica en los bloques de coral.

Fotografía de Marco Zorzanello

Maldivas: en la remota Felidhoo, la vida isleña es fugaz

 

A lo largo de los 88 kilómetros de ruta desde Malé hasta Felidhoo, se cruzan algunas de las 130 “islas turísticas” de las Maldivas (estas islas se administran de forma privada y son para los turistas, que aquí pueden usar bikinis y consumir alcohol), una variedad de otras “islas habitadas” donde los maldivos viven y trabajan, y otras “islas deshabitadas”.

Según Mariyam Isha Azeez, escritora, poeta, documentalista y arquitecta, en las islas habitadas reside la identidad maldiva, y explica: “Las Maldivas no son los complejos turísticos, o esta ciudad. Son las islas”.

Durante mucho tiempo, era muy común migrar de isla a isla en busca de mejores oportunidades, mejor pesca, comercio, e incluso un nuevo hogar. Cuando se tornan inhabitables, las islas se abandonan y se buscan otras nuevas. “Navegar de una isla a otra es una forma de vida para los maldivos, y lo ha sido durante muchos siglos”, escribió la historiadora Naseema Mohamed, describiendo un estilo de vida marinero “en armonía con el mar”.

Abdul Shakoor Ibrahim, de 72 años, nació en la isla y trabajó como funcionario público en Malé. Cuando se jubiló, regresó a casa para hacer realidad su sueño de volver a las raíces.

Felidhoo también está atravesando modificaciones, naturales y artificiales. El aumento del nivel del mar es un gran factor de cambio, pero según Ibrahim, lo que también altera a Felidhoo es la construcción del puerto de la isla, que colocó una barrera sólida e inamovible en el mar para bloquear el flujo natural de las corrientes y la arena que se acumula donde no debería.

Estas alteraciones son las que le preocupan a Saeedh, la antropóloga que me trajo a esta isla. Mientras se hamaca en una silla colgante tradicional, fabricada con madera y fibras de cáscara de coco, me cuenta con franqueza y sensatez los riesgos de la situación tumultuosa que enfrenta su país: el aumento del nivel del mar, el ritmo de la migración, el cambio climático y la urbanización. Pero también remarca que sus conciudadanos son muy conscientes de la impermanencia del lugar donde viven.

"Deben entender nuestra relación con el océano. Coexistimos con el océano y sus criaturas, sus peligros y sus ansiedades", afirma, explicando cómo los maldivos son capaces de vivir con la amenaza del borrado. Y concluye: "La idea de que una isla durará para siempre va en contra de la naturaleza".

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