Queens, uno de los primeros epicentros de COVID-19 en Estados Unidos, se enfrenta a una nueva crisis: el hambre

En una de las comunidades más diversas de Nueva York, los bancos de alimentos luchan por satisfacer la creciente demanda de las familias inmigrantes que se quedaron sin trabajo.

Por Jordan Salama
Fotografías de Natalie Keyssar
Publicado 10 de dic. de 2020 10:00 GMT-3
Los voluntarios en CENTI, un banco de alimentos dirigido por una iglesia en Queens, trabajan en ...

Los voluntarios en CENTI, un banco de alimentos dirigido por una iglesia en Queens, trabajan en cadena para procesar la comida a medida que llegan los camiones de reparto. Las bolsas con productos de almacén son luego entregadas a los necesitados gratis. Según Feeding America, la organización que lucha contra el hambre más grande del país, más de 50 millones de estadounidenses podrían experimentar inseguridad alimentaria para finales de 2020.

Fotografía de Natalie Keyssar

Está compuesto solo por un puñado de barrios neoyorquinos —alrededor de 27 kilómetros cuadrados en la parte norte de Queens— pero allí se sirve la gastronomía de todo el mundo. Una mañana soleada de domingo en una plaza del barrio Corona, una misa al aire libre en español reúne carritos de churros y vendedores de jugo que ofrecen su mercadería a los transeúntes parroquianos. En Jackson Heights —el lugar culturalmente más diverso del mundo, donde se hablan aproximadamente unos 167 idiomas— las calles llenas de gente están repletas de restaurantes y tiendas de comestibles de todo el mundo. Pastelerías colombianas, tiendas de fideos nepalíes, bazares bangladesíes y cafés afganos. 

Sin embargo, para muchas personas que viven allí, las dificultades alimentarias —la falta de acceso confiable a suficiente comida de precio razonable y nutritiva— es una preocupación crónica que solo empeoró durante la pandemia. 

Los fieles se reúnen para un servicio de domingo en octubre en la iglesia católica Our Lady of Sorrows en Corona, Queens, un área altamente poblada por inmigrantes de América del Sur, Central y el Caribe. El sermón se proyectó afuera por altoparlantes y televisores. Muchos miembros de la congregación han sido afectados por la pandemia ya que han perdido sus trabajos y están luchando contra la inseguridad alimentaria.
 

Fotografía de NATALIE KEYSSAR

Luis Hernán Rea lee la Biblia mientras espera en una fila que se extiende por toda la cuadra en la distribución de alimentos semanal de CENTI en Queens. Aunque los alimentos no son distribuidos hasta el mediodía, la fila comienza a formarse a las 9 de la mañana. Hay una reservada para las personas mayores y otra para el resto.

Fotografía de NATALIE KEYSSAR

En noviembre de 2019, los niveles de dificultades alimentarias rondaban el 50 por ciento entre los hogares de los barrios como Jackson Heights, Elmhurst y Corona, según Poverty Tracker, un estudio de toda la ciudad realizado por Robin Hood, una organización sin fines de lucro que lucha contra la pobreza, en colaboración con Columbia University. "Antes de la pandemia, las dificultades alimentarias eran probablemente más altas de lo que la gente reconocía", señala Sarah Oltmans, jefa de estrategia de donaciones de Robin Hood. "A veces, o usualmente, te quedas sin comida a final de mes, o estás preocupado por quedarte sin comida".

La situación solo ha empeorado desde que la pandemia ha devastado esta parte de Queens, que pasó a ser conocida como el "epicentro del epicentro" del brote de COVID-19 en Estados Unidos en la primavera de 2020. "Queens no solo es el epicentro de la pandemia, sino, tal vez, el centro de los efectos económicos también", indica Oltmans.

María Quinteres, de 84 años, con una mascarilla con la bandera estadounidense, espera en fila con cientos de otras personas en Latinos Unidos, un movimiento comunitario que entrega cajas de comida gratis todos los viernes.

Fotografía de NATALIE KEYSSAR

Amparo Carbajal posa para la foto mientras espera en fila en CENTI. Dice que la pandemia por coronavirus ha exacerbado su ansiedad: "No sabes qué te depara el futuro. Tengo miedo de viajar y quiero ver a mi madre que es mayor".

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Sadia Afrin, madre soltera, señala que puede obtener las frutas y los cereales que sus hijos disfrutan en CENTI. El banco de alimentos dirigido por una iglesia entregó casi 500 bolsas de comida solo un martes de octubre. La mayoría de las personas que espera en fila dijo que había perdido su trabajo y estaba luchando por alimentar a su familia.

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Luz Rodriguez, fotografiada mientras esperaba en la fila en CENTI, trabajó durante 15 años cuidando a un hombre de 87 años. Este año, el hombre murió por COVID-19 y ella se quedó sin trabajo desde ese momento. Vive con su madre, su hermano y sus hijos, todos sin trabajo.

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George Sanches, de 52 años, posa con su caja de alimentos luego de pasar a recoger su parte. Perdió su trabajo en una escuela secundaria por la pandemia de COVID-19.

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Según el Departamento de Trabajo del estado de Nueva York, la tasa de desempleo oficial de Queens en octubre era de 13,1 por ciento. Pero es probable que el número real haya sido más alto dado la gran cantidad de inmigrantes indocumentados que trabajan de manera informal o en trabajos temporales que no se ven reflejados en los datos estatales. Durante el verano, varias organizaciones de servicios sociales de toda la ciudad de Nueva York informaron, al menos, un 75 por ciento de clientes inmigrantes que habían perdido su trabajo por la pandemia. Debido a la gran cantidad de desempleados, muchas más familias están pidiendo ayuda a los bancos de alimentos repartidos por todo el municipio.

Eso es lo que llevó a Ciria Santiago, una inmigrante mexicana e indocumentada que llegó a Estados Unidos en 2005, a pararse en la fila y pedir comida por primera vez esta primavera. Vive en un pequeño departamento de una habitación en North Corona con su marido y su hija de siete años, Katya; su sobrino de 25 años, que llegó desde Veracruz en enero, duerme en el living en un sillón. Cuando el marido de Ciria y su sobrino perdieron el empleo en la industria gastronómica y la falta de movimiento llevó a Ciria a cerrar su tienda de calzado, la familia debió enfrentarse a una decisión devastadora de repente: salir a buscar comida —y potencialmente regresar con el virus— o padecer hambre. "Marzo fue especialmente estresante", dice Ciria. "Nos preocupaba que no nos alcanzara".

Desde marzo, las filas han dado vuelta la esquina y se han extendido durante cuadras en los bancos de alimentos de Queens como La Jornada, una red de bancos de alimentos en todo el municipio dirigida por una organización sin fines de lucro evangélica, y CENTI, un banco de alimentos dirigido por una iglesia en Jackson Heights. Las personas esperan horas hasta que lleguen las donaciones de comida; algunas se mezclan discretamente en idiomas comunes, otras intercambian algunas palabras a través de sus mascarillas en un lento y amable inglés.

Rakibuddin Khan, exconductor de taxi, entrega comida para Migrant Kitchen, un equipo compuesto por cocineros mayoritariamente inmigrantes latinos que perdieron sus trabajos durante la pandemia. Preparan casi 10.000 comidas por día y las distribuye un equipo de conductores de taxi y Uber desempleados.

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Un grupo de voluntarios en Latinos Unidos descarga un envío de leche y comida para ser distribuido a los necesitados de Queens.

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Una vez por semana, CENTI distribuye bolsas de comida con huevos, fruta y vegetales a los necesitados. Principalmente, ayudan a los residentes de Queens que provienen de Latinoamérica, muchos de los cuales han perdido su trabajo por la pandemia. Un martes a finales de septiembre, las personas esperaron hasta cuatro horas bajo la lluvia para que llegara el camión de comida.

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Rosa Calle vende maíz y brochetas de carne en su puesto en Jackson Heights, Queens. Como los trabajos disminuyeron, muchas personas han comenzado a vender comida y otras mercancías en mercados al aire libre como fuente de ingresos.

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Ciria Santiago ayuda a su hija Katya con su clase de matemática en línea en su departamento de una habitación de Queens. La familia no cuenta con computadora, así que Katya asiste a sus clases remotas con un iPhone y traduce sus lecciones de inglés a español para que su madre pueda ayudarla. Luego de hacer la tarea juntas en español, Katya la vuelve a traducir al inglés.

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Hay tibetanos y albaneses, indios y coreanos; padres jóvenes y mujeres mayores, recién llegados y residentes norteamericanos de hace mucho. Personas como Braulio y Nelly, una pareja mayor que ha vivido en un sótano alquilado en Flushing durante años y envía dinero a su hogar en Ecuador para pagar los estudios de sus hijos; Huang, de Fujian, China, que perdió su trabajo en un restaurante chino cuando cerró por el virus; y Lutfun, de Bangladés, madre de dos cuyo marido no se ha sentado en su taxi (un negocio que ya venía sufriendo) desde que se enfermó con COVID-19 en la primavera.

Pedro Rodríguez, director ejecutivo de La Jornada, señala que la demanda ha sido enorme y sin precedentes. El último fin de semana de marzo, la fila en el banco de alimentos de Flushing era de 28 cuadras de largo. "Ahora somos una operación de envergadura", indica Rodríguez. "Hemos pasado de servir a 1000 familias por semana a 7000".

Según los investigadores de Poverty Tracker, en toda la ciudad, es dos a tres veces más probable que los neoyorquinos afroamericanos y latinos se enfrenten a dificultades alimentarias, más que los neoyorquinos blancos. Le atribuyen esto a los mismos problemas sistémicos que provocaron que el virus se vuelva tan devastador en las comunidades de color. Los inmigrantes en Queens se enfrentan a condiciones habitacionales graves de hacinamiento. Es común que una familia entera viva en una única habitación alquilada o en sótanos oscuros y con moho; a veces, hasta 15 o 20 personas comparten el mismo hogar o departamento. Muchas de estas personas —cocineros de línea y trabajadores de la construcción, personal de limpieza y niñeras, conductores de taxi y de entrega de comida mediante aplicaciones— trabajan por salarios bajos, a menudo empleos de servicio esenciales que no pueden realizarse de manera remota. 

Ciria Santiago, izquierda, y otra voluntaria vierten arroz en bolsas de plástico para ser distribuidas entre los necesitados en CENTI. Ciria comenzó ayudando en bancos de alimentos luego de hacer la fila para ella misma y darse cuenta de cuántas personas necesitaban asistencia. "Ayudar a otros es un privilegio", dice.

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Maria Lugo posa para el retrato mientras espera en fila para recibir comida en CENTI. Actualmente está sin trabajo y ha perdido varios amigos y seres queridos por el COVID-19. Y cuenta que, aunque puede mantenerse con donaciones de comida, ya no puede enviar dinero a su familia en Venezuela.
 

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Lizabeth Hazard, de 65 años, ha vivido en Queens durante 30 años. Oriunda de Filipinas, dice que está agradecida por la saludable comida gratis de CENTI y por los beneficios de desempleo que percibe.

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Muhammad Mostafa posa para el retrato mientras espera en fila en CENTI en Jackson Heights, Queens. Se dice que Jackson Heights es el barrio culturalmente más diverso de Estados Unidos, hogar de 167 idiomas.

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Soja Pintong espera en la fila de recogida de alimentos semanal de los martes en CENTI. Previo a la pandemia, la inseguridad alimentaria ya era un problema en Queens.

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Los esfuerzos económicos de las comunidades inmigrantes de Queens tendrán efectos de gran alcance en las dificultades alimentarias de todo el planeta por la imposibilidad de enviar dinero a sus hogares. El Banco Mundial estima que la cantidad de dinero transferida por inmigrantes de todo el mundo a sus países de origen —donde, a menudo, estas transferencias personales conforman una porción significativa del PBI nacional— caerá un total del 7 por ciento en 2020 por la pandemia. "Eso tuvo un enorme impacto en sus familias, muchas de las cuales dependen exclusivamente de las transferencias que reciben para el consumo diario, que utilizan en gran medida para alimentos y vivienda", señala Amil Aneja, especialista principal de inmigración y transferencias del Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo de la Capitalización.

Ciria Santiago, su marido y su sobrino hacían envíos a sus familiares en México hasta que llegó la pandemia. Los efectos resonantes en su hogar de Veracruz han sido devastadores. Señala que "digamos que alguien estaba acostumbrado a comer pan dos veces por semana y ahora solo lo come una vez. El dinero es distinto ahora".

"Hay muchas, muchas necesidades", agregó Segundo Yungan, hombre casado y padre de tres niños que comenzó a visitar los bancos de alimentos en marzo luego de que su empleo en un restaurante se haya evaporado. Mencionó que, casi al mismo tiempo, dejó de enviar dinero a sus padres y hermanos en la provincia rural de Chimborazo, Ecuador. "Allá tienen el mismo problema, pero peor".

Los peatones pasan por una gran pila de cajas de alimentos, que desaparecerá en solo unas pocas horas en el evento de distribución de comida de Latinos Unidos. Los voluntarios afirman que, cada semana, las filas son más largas.

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Los cocineros dan vuelta las cubetas de pollo crudo para cocinarlo en Test Kitchen de Migrant Kitchen en la ciudad de Long Island. Luego de que su negocio de catering haya cerrado por la pandemia, Migrant Kitchen comenzó a cocinar comidas para los neoyorquinos necesitados y, con el tiempo, fueron contratados por el gobierno.
 

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Juan Pablo Castillo raciona la carne para los paquetes de comida de Migrant Kitchen. Migrant Kitchen emplea a muchos inmigrantes, algunos de los cuales han pasado por inseguridad alimentaria.

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En Queens, los bancos de alimentos dirigidos por las escuelas, las iglesias y los centros culturales son un salvavidas que brinda soluciones provisionales para el hambre en lugares en los que hay ausencia del gobierno. "En algunos casos, las personas no califican para la ayuda del gobierno federal como el SNAP", explica Oltmans, en referencia a lo que se conoce comúnmente como el Programa federal de cupones para alimentos.

La ley de ayuda, alivio y seguridad económica por el coronavirus (CARES, por su sigla en inglés) se promulgó en marzo y excluyó del paquete nacional de estímulos a los inmigrantes que no se encontraban en situación legal y a sus familias. Oltmans agrega que, incluso si un hijo o pariente cumple los requisitos para obtener la ayuda federal, tienen miedo de participar en los programas de gobierno porque creen que podría afectar su situación inmigratoria. "En las comunidades de inmigrantes, hay un miedo generalizado", menciona. "No quieren que los perciban como que se aprovechan del sistema dado el ambiente político actual, así que recurren a los bancos de alimentos como refugio".

Solo unas pocas semanas después de pararse en las largas filas, Ciria, que siempre se encuentra en la 34° Avenue recogiendo a su hija entre clases de ballet y tardes de juego, vio que no era la única que estaba pasando necesidades. Se dio cuenta de que podía obtener un poco más de comida, y mayor satisfacción, si ayudaba. Pasa casi todos los días en diferentes bancos de alimentos y es voluntaria de la principal fuente de sustento de su familia. "Es más interesante tender una mano y llevar la merecida comida a casa", menciona Ciria. "Ayudar a otros es un privilegio".

Mayra Ojeda recibe la comunión en un servicio al aire libre en la iglesia católica Our Lady of Sorrows en Corona, Queens.

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Los fieles rezan en un servicio de domingo en la iglesia católica Our Lady of Sorrows en Corona, Queens. Muchos miembros de la congregación no tienen acceso a los fondos de socorro o tienen miedo de las potenciales consecuencias para sus solicitudes de inmigración si reciben ayuda del gobierno

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Una estatua de la Virgen María en la iglesia católica Our Lady of Sorrows en Corona, Queens, que realiza varios servicios por día en español e inglés para su gran congregación.

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Una nevera comunitaria en Queens donde se pueden dejar o retirar donaciones de comida.

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Rodríguez dice que ese tipo de energía ha mantenido vivos a los bancos de alimentos como La Jornada a pesar de los extraordinarios desafíos que atravesaron durante los últimos meses. Cuando los voluntarios mayores dejaron de venir por miedo al virus, aumentó la ayuda de un montón de voluntarios más jóvenes. En septiembre, cuando Rodríguez se quedó sin donaciones y anunció que La Jornada iba a tener que cerrar sus puertas, los camiones de comida comenzaron a llegar desde las sinagogas, las mezquitas y los templos hindúes.

"Todo esto es el milagro de Nueva York", dijo Rodríguez. Un poco después, mientras conversábamos, sonó su celular: alguien llamaba para saber si el banco de alimentos todavía tenía comida para distribuir. Cuando colgó el teléfono, Rodríguez suspiró. "Y así es como te das cuenta de que no está terminando".

Jordan Salama es escritor y sus trabajos fueron publicados en el New York Times, en National Geographic, en Smithsonian, y en muchos medios más. Su primer libro, Every Day the River Changes, un viaje por el río Magdalena en Colombia, será publicado por Catapult en 2021. 

Natalie Keyssar es fotógrafa de documentales cuyo trabajo se centra en la desigualdad, la cultura joven y los efectos personales de crisis política y violencia en el continente americano. Actualmente, vive en Brooklyn, Nueva York. 
 

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