Esta médica siria salvó miles de vidas en un hospital subterráneo

Durante la guerra civil de Siria, la doctora Amani Ballour trató a las víctimas de los bombardeos y los ataques químicos, recuerdos que hoy aún la atormentan.jueves, 23 de enero de 2020

Amani Ballour se asusta al escuchar el estallido de un trueno, un avión volando sobre su cabeza o un golpe en la puerta. Estos sonidos le recuerdan a los aviones de combate y los feroces bombardeos que la obligaron a abandonar su Siria natal en 2018.

La pediatra de 32 años no encuentra alivio en el silencio de su apartamento de dos habitaciones y pocos muebles en Gaziantep, Turquía. En la calma recuerda a los pacientes jóvenes a los que llama “mis niños”, a aquellos que sobrevivieron y los que no.

Durante dos años, entre 2016 y 2018, Ballour dirigió un hospital de campo apodado "The Cave" (La Cueva) en su ciudad natal, Guta Oriental, cerca de la capital siria, Damasco. Allí fue testigo de crímenes de guerra, del uso de armas químicas y bombas de cloro, y ataques aéreos contra hospitales, y contra quienes ya estaban heridos.

“Ningún lugar era seguro”, afirma Ballour. “Imagina ser víctima de un bombardeo, llegar al hospital y recibir el bombardeo allí también. Atacaron el hospital varias veces. Me han preguntado cuántas exactamente, y la verdad es que ya perdí la cuenta”.

Como administradora de "La Cueva", Ballour tenía a cargo a 100 trabajadores en una localidad asediada por soldados leales al presidente sirio Bashar al-Asad. Durante años, se restringió o se prohibió que ingresaran artículos básicos, como comida y suministros médicos a la localidad de Guta Oriental. Formaba parte de la estrategia de dominio “pasar hambre o rendirse” de Asad, que obligó a Ballour y a otros empleados a pasar los bienes de contrabando.

Los aviones de Asad y —desde septiembre de 2015— los aviones de combate sumieron el hospital en un laberinto de túneles y búnkeres.

El viaje de Ballour se registró en el documental de National Geographic, The Cave, nominado al Óscar 2020 y dirigido por Feras Fayyad, quien también obtuvo una nominación en 2018 por Last Men in AleppoThe Cave cuenta la desgarradora historia de Ballour, que luchó para brindar cuidados médicos y consuelo en plena guerra en un hospital subterráneo.

The Cave| Avance
Del cineasta nominado al Oscar® Feras Fayyad, The Cave cuenta la historia de un hospital subterráneo escondido en Siria y un equipo femenino sin precedentes que arriesga sus vidas para brindar atención médica a la población local.

Ballour, la más joven de tres hermanas y dos hermanos, cuenta que desde pequeña deseaba “hacer algo diferente”, y no convertirse en ama de casa como sus hermanas mayores, que se casaron en la adolescencia o apenas con veinte años. Como le atraía la ingeniería mecánica, se inscribió en la Universidad de Damasco. Debido a los mandatos sociales y la oposición de su padre, se cambió a la carrera de medicina, una disciplina que siempre consideró “más apropiada para una mujer, como pediatra o ginecóloga”, explica.

Ballour decidió sanar a los niños e ignoró a los escépticos que le decían socarronamente: “Cuando te cases, cuelga el título en la cocina. Escuché este tipo de frases tantas veces”.

En 2011, cuando llegó a Siria la ola de protestas árabes pacíficas, Ballour estaba cursando el último año de medicina. Las protestas enseguida llegaron a Guta Oriental. Ballour participó en una manifestación, pero no se lo contó nada a su familia porque sabía que sus padres “estarían en total desacuerdo, por miedo de que me pasara algo”. En otra protesta, grabó algunas imágenes, pero le dio miedo divulgarlas. “Tenía mucho miedo de que me detuvieran”, cuenta. Pero la experiencia fue increíble. Sentí “que respiraba libertad, fue algo asombroso. Me empoderó mucho oponerme a lo que ocurría en este país gobernado por un régimen durante décadas”.

Para entonces, los Asad —Bashar y antes que él su padre, Hafez— habían gobernado Siria con mano de hierro durante más de cuatro décadas. Ballour recuerda que, cuando era niña, “se prohibía hablar de algunas cosas, mencionar el nombre del presidente, Hafez al-Asad, en un contexto que no fuera para alabarlo, pues se decía que las paredes oían”. Le llegaron rumores sobre la masacre de Hama de 1982 recién cuando el ejército de Hafez al-Asad acabó con la vida de miles de personas, insurgentes y civiles, en una breve sublevación islamista. “Mis padres no nos hablaron de la masacre de Hama, y deberían haberlo hecho”, afirma.

Cuando Bashar al-Asad sucedió a su padre en el año 2000, Ballour se preguntó por qué los sirios no podían elegir a un líder con otro apellido. “Cuando hice esta pregunta, me ordenaron que me callara, que alguien podría oírnos”, afirma. Me dio mucho miedo”.

Cuando el estado sirio reprimió ferozmente a los manifestantes utilizando látigos y disparando gas lacrimógeno y balas a las multitudes, Ballour se sentió comprometida, pero no como manifestante. En los primeros años de la revolución siria, las fuerzas armadas asediaban los hospitales de forma sistemática para capturar a los manifestantes heridos. Quienes buscaban atención médica corrían el riesgo de que los detuvieran —y desaparecer en la red de calabozos subterráneos del régimen— o peor, de que los asesinaran en el acto. Y así comenzaron a surgir clínicas de campaña secretas en casas, mezquitas y otros lugares.

Ballour recuerda cuando sus vecinos la llamaron para que tratara a su primer paciente, a quien habían herido en una manifestación. Fue a finales de 2012, cuando acababa de graduarse. “Era un niño con un disparo en la cabeza. ¿Qué podía hacer yo por él? Ya estaba muerto. Y tenía solo once años”, afirma.

Su primer trabajo, como voluntaria ad honoren, consistió en tratar a los heridos en un hospital de campaña improvisado en un edificio sin terminar, que el régimen pretendía convertir en un hospital. Ella era una de los dos médicos a tiempo completo que trabajaban allí. El otro era el fundador de la clínica, Salim Namour. Namour, cirujano general con 26 años de experiencia, recuerda haber conocido a Ballour al poco tiempo de terminar su carrera. “Se presentó y se ofreció como voluntaria. Muchos médicos con experiencia habían huido, pero esa joven recién graduada se quedó para ayudar”, recuerda Namour.

Por aquel entonces, el centro médico constaba de un quirófano y una sala de emergencias en el sótano. Poco después se convirtió en una red de refugios subterráneos y los lugareños lo apodaron “La Cueva”. Se sumaron nuevas salas, como pediatría y medicina interna. Y se unieron más médicos, enfermeros y voluntarios. El hospital utilizaba máquinas y equipos tomados de hospitales destruidos cerca de la primera línea y suministros médicos contrabandeados que pagaban las ONG internacionales y sirias en la diáspora.

Ballour no era cirujana traumatológica, pero dada la cantidad de víctimas, hasta los veterinarios y optometristas empezaron a tratar a los heridos. Ballour tuvo que aprender muy rápido, no solo a atender los casos de emergencia, sino a hacer frente a los horrores de una guerra brutal. Las primeras víctimas que vio eran cuerpos carbonizados. Todavía recuerda como si fuera ayer “el olor de esas personas, a quienes el fuego les había borrado todo rasgo. Fue lo más impactante que había visto hasta ese momento, cuando todavía no tenía experiencia y acababa de graduarme. Me impactó tanto que no podía hacer mi trabajo. Pero después vi tantas masacres, tantas víctimas que me vi en la obligación de comenzar”.

El 21 de agosto de 2013, Ballour y sus colegas se enfrentaron a un nuevo horror: las armas químicas. El ataque con gas sarín en Guta Oriental dejó sin vida a cientos de personas. Ballour recuerda que corrió al hospital en plena noche, abriéndose camino entre personas muertas y vivas que yacían en el suelo, para intentar llegar a la sala de suministros y empezar a tratar a los pacientes. “No sabíamos qué era exactamente, solo que la gente se estaba asfixiando. Todos eran casos urgentes. Un paciente que sufre asfixia no puede esperar y todos estaban asfixiándose. Salvamos a los que pudimos y a los que no pudimos atender a tiempo murieron. Estábamos desbordados”.

Al año siguiente, Namour fundó un consejo médico local con los 12 médicos restantes que atendían a una población de unas 400.000 personas atrapadas en Guta Oriental. En el consejo había dos dentistas y un optometrista. No todos los miembros del consejo trabajaban en la Cueva, pero juntos decidieron elegir a un administrador de la Cueva que ejercería seis meses, plazo que posteriormente se amplió a un año. A finales de 2015, Ballour decidió presentarse para el puesto. “No veía por qué no podía ser administradora, sobre todo si era por mi género. Soy médica y ellos (los dos administradores hombres anteriores) son médicos. Yo había estado en el hospital desde el primer día, sabía qué se necesitaba, tenía ideas para ampliarlo, tenía un proyecto definido”.

Su padre y su hermano la desalentaron, argumentando que ella pasaba todos los días y muchas noches en la Cueva. “Mi padre temía por mí, pero no podía irme a casa”, afirma Ballour. “No había médicos suficientes. Me dijo que la gente no me aceptaría, que tendría muchos problemas. Al día siguiente, me ofrecí para el puesto y me eligieron administradora del hospital”.

Ballour asumió el cargo a principios de 2016, unos meses después de que aumentara el número de ataques aéreos con la llegada de la Fuerza Aérea rusa a Guta Oriental. Las reacciones de algunos pacientes y de sus parientes resultaron muy predecibles. “Muchos hombres me dijeron: “¿Cómo? ¿Se han quedado sin hombres en el país para tener que nombrar a una mujer?”. Una mujer. No decían médica, decían mujer”.

Ballour, una mujer amable de contextura pequeña, con un rostro que recuerda a un retrato renacentista, tuvo que enfrentarse a hombres machistas y conservadores —sobre todo pacientes y familiares— que desacreditaban su idoneidad para dirigir un centro médico en tiempos de guerra.

“Solía responderles con determinación”, explica refiriéndose a los hombres que le decían que su lugar estaba en casa. “No me quedaba callada porque cuando tienes razón, tienes razón... Algunos hombres me decían que era peligroso, que la zona estaba asediada, que es un trabajo difícil, que debía hacerlo un hombre. ¿Por qué? Una mujer también puede, y de hecho, lo demostré”.

Ballour contó con el apoyo del personal del hospital, entre estos, Namour. “No podía aceptar ese discurso patriarcal”, afirma. “Y les decía a todos los hombres: “Está aquí con nosotros, trabajando día y noche allí donde la necesitamos, mientras algunos de los médicos que conocemos han huido a zonas controladas por el régimen para trabajar a salvo. ¿Qué prefieren?”. No se trata de género, sino de acciones y capacidad, y la Dra. Amani ha logrado muchos avances en el hospital”.

Para ampliar la Cueva, Ballour hizo búnkeres más profundos y excavó túneles que llevaban a dos pequeñas clínicas médicas de la localidad y al cementerio. “Necesitábamos enterrar a los muertos, pero era demasiado peligroso andar por la superficie”, cuenta. “No podíamos movernos por la superficie”.

Cuando se intensificó el asedio y sobrevolaron más aviones de combate, se pensó en usar los túneles para huir, pero Ballour descartó esa posibilidad.  “¿Cómo me iba a ir?”, afirma. “¿Por qué estudié medicina y me especialicé en niños si no era para ayudar a la gente? Para estar ahí cuando me necesitaran, no para marcharme cuando yo quisiera”.

El número de víctimas por día ascendió a las tres cifras. El hospital fue el blanco de varios bombardeos que llegaron a las profundidades de la Cueva. Un pabellón quedó destruido, tres empleados murieron, y varias personas resultaron heridas. Una vez, Ballour acababa de salir de un pabellón y se encontraba en el pasillo cuando las bombas cayeron detrás de ella. “No pude oír ni ver nada. Había muchísimo polvo en el aire”. Cuando se despejó, descubrió que sus colegas habían muerto: “Sus cuerpos estaban hechos pedazos”.

Atacaron las ambulancias y mataron a los rescatistas en plena labor. En el ataque final de Asad en Guta Oriental, en febrero de 2018, incluso utilizaron cloro. “El olor a cloro era abrumador”, recuerda Ballour. “No es fácil, pero quiero describirlo para que se entienda por qué nos fuimos. La gente estaba cansada y hambrienta. Muchos se rindieron, incluso hubo soldados que dejaron sus armas y se entregaron a los soldados del régimen... El ejército nos cercaba. No estaban lejos, teníamos que huir. Pensábamos que en cualquier momento nos alcanzarían y moriríamos”.

Más adelante, la Comisión Internacional de Investigación de la ONU para Siria informó de que los ejércitos sirios y sus aliados habían cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad durante el asedio y la reconquista de Guta Oriental. Los métodos de guerra de Asad en Guta Oriental fueron “brutales y medievales”, entre estos, el asedio más largo de la historia moderna, que duró más de cinco años”, declaraba el informe de la ONU.

El 18 de marzo de 2018, Amani Ballour y su equipo evacuaron a los heridos y abandonaron la Cueva, pero antes la médica recorrió todas las habitaciones para despedirse. “Pensé en todas las personas que habían pasado por el hospital. Era una niña cuando empezó a construirse el edificio que iba a convertirse en hospital y donde más adelante trabajé seis años. Allí nos sitiaron, nos atacaron, salvamos y perdimos vidas. Tenía tantos recuerdos de aquel lugar, la mayoría dolorosos, pero también tuvimos momentos buenos. Fue muy triste abandonar el hospital”.

Se marchó sin nada más que la ropa que llevaba puesta, dejando atrás la adorada bata blanca que había usado desde que era estudiante de medicina. “Tenía tanta sangre que no me la pude llevar”, cuenta. “Era muy especial para mí”.

Ballour y varios familiares y colegas, entre ellos Namour, huyeron al cercano Zamalka, un suburbio de Damasco, pero allí también hubo bombardeos. Diez días después, Ballour volvió a marcharse, esta vez a la provincia de Idlib en el noroeste de Siria, que limita con Turquía, el último bastión rebelde del país. Nunca había visitado Idlib. Se desplazó de ciudad en ciudad, pero no pudo huir de los aviones de combate.

Se ofreció como voluntaria para ayudar a un pediatra en el hospital de campaña de un pueblo, pero solo pudo quedarse unas horas en la clínica. “Cuando vi a los niños de Idlib, me acordé de mis niños y de lo que habían sufrido. No era capaz de pasar por eso otra vez. Estaba cansada y agotada psicológicamente”.

En Idlib también se hartó de que algunos, sobre todo combatientes islamistas, la culparan a ella y a otros habitantes de Guta Oriental de haberse “rendido” ante el régimen. Tras tres meses en Idlib, huyó a Gaziantep, Turquía, en junio de 2018. Allí se casó con un activista de Daraa con quien se había comunicado cuando estaba en Guta, pero a quien no había visto hasta ese momento.

Ahora está a salvo, pero no es feliz. El sol de invierno entra por las ventanas. Ya no está bajo tierra, pero vive con la angustia de ser una refugiada en tierra extranjera, cargando con el peso de lo que sobrevivió y los recuerdos de quienes no lo lograron, especialmente los niños.

“Los tengo siempre en mi recuerdo”, afirma. “Hay niños de los que no me puedo olvidar”, afirma. “Es imposible”. Primero los trataba en el pabellón de pediatría (por asma y otras afecciones) y después los atendía porque habían resultado heridos. Era como trabajar con familiares. Apenas podía mirarlos a los ojos cuando los atendía. A veces, simplemente colapsaba”.

Aún tiene pesadillas y todos los sonidos fuertes le recuerdan a un avión de combate. Cuenta que, durante las tormentas eléctricas, si su marido no está en casa la llama para convencerla de que el ruido no es un ataque aéreo y así dejarla tranquila. Suele revivir conversaciones con algunos de sus pacientes jóvenes, como Mahmoud, de cinco años, que perdió una mano por un shrapnel y entre lágrimas le preguntaba por qué se la había amputado. “¿Cómo podía responderle eso? Ese día lloré mucho”. Después estaba el niño que perdió el brazo completo. “Aún puedo escuchar sus gritos pidiéndome que lo ayudara”.

Ballour cuenta que en Siria se sentía útil, sabía que tenía una función vital. “Aquí, a veces siento que no soy nada”. Pasa los días trabajando como voluntaria en un grupo de mujeres sirias y estudiando inglés para poder emigrar a Canadá, pero sus varias solicitudes han sido rechazadas.

“La verdad es que la palabra refugiada es una etiqueta difícil de llevar. Me encanta mi país, mi hogar, mi vida en Siria, mis recuerdos de allí, pero ¿por qué hemos acabado como refugiados? La gente debería preguntarse qué hay tras el término “refugiado” y por qué huimos. Soy refugiada porque hui de la opresión y el peligro. No quería marcharme. Hubiera preferido quedarme en Guta, a pesar de todo. Nos asediaron y nos bombardearon y resistimos seis años, no queríamos irnos. Fue un momento dificilísimo... Ojalá la gente que solo nos considera refugiados nos preguntase de qué hemos huido y por qué nos marchamos. Es una palabra dolorosa, pero no tuve elección. No creo haber tenido alternativa”.

Ballour afirma que desea seguir ejerciendo la medicina, pero no como pediatra. Quiere ser radióloga, porque “psicológicamente, ya no puedo atender a ningún paciente, menos si son niños”. Namour comprende muy bien de lo que habla. “Soy un cirujano que se ha pasado la vida operando en quirófanos, pero después de la amarga experiencia a la que sobrevivimos, la falta de humanidad y el sufrimiento que presenciamos en Guta, no soporto ver sangre ni estar en un quirófano”, cuenta. “Aunque para mí la cirugía es una técnica, como un pintor que hace un retrato. Sobrevivimos a días muy difíciles”.

Ballour ya ha encontrado otras formas de ayudar a su gente. Participa en un fondo llamado Al Amal (Esperanza) que apoya a mujeres líderes y trabajadoras sanitarias en zonas de conflicto. Y lucha para que se ayude a los millones de sirios desplazados que viven en ciudades de tiendas dentro de Siria y a los millones de otros sirios que se han refugiado más allá de las fronteras.

La guerra siria ya no aparece en la portada de los periódicos, pero Ballour está decidida a informar a la gente de las atrocidades que presenció en una guerra de casi nueve años que no terminará pronto. “No quiero contar historias para que la gente llore o se disguste, quiero que ayuden. Todavía hay mucha gente que necesita ayuda”, cuenta.

Y después está el tema de la justicia. La niña cuyos padres tenían demasiado miedo como para hablarle de la masacre de Hama es ahora una médica decidida a transmitir su testimonio sobre los ataques químicos contra Guta Oriental. “Debo transmitir mi testimonio a organizaciones que algún día puedan exigir al régimen explicaciones por estos crímenes”, afirma. “Yo lo vi. Todo eso ocurrió de verdad”.

“Lo único que me ayuda es saber que tenemos razón, que estamos en el lado correcto de la historia porque nos opusimos a la injusticia”, afirma. “Tengo la conciencia tranquila. Tenía un deber para con las personas y lo cumplí lo mejor que pude con los medios que tenía. Pero a veces me arrepiento de haberme marchado y me culpo, aunque no tuve opción. Suelen invadirme estos sentimientos encontrados. Pero mi misión era ayudar, y haber sido humanitaria me reconforta”.

The Cave ya puede verse en las principales salas de cine. La ceremonia de los premios Oscar será el 9 de febrero de 2020.

 
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