Cholitas voladoras: mujeres que luchan por la igualdad en los Altos Andes

Ellas han fusionado la lucha libre moderna con la historia del activismo de su comunidad en Bolivia.Monday, September 3

Por Laurence Butet-Roch
Fotografías de Luisa Dörr
Noelia, una luchadora de 19 años, posa para que le tomen una fotografía luciendo su vestimenta tradicional de cholita.

“Las personas necesitan héroes, luchadores libres, campeones propios a quienes puedan admirar”, reflexiona la fotógrafa brasileña Luisa Dörr, quien pasó diez días en El Alto, Bolivia, con un grupo singular de mujeres de lucha libre conocidas como las “cholitas voladoras”.

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Una vez al año en El Alto, Bolivia, los luchadores participan en peleas mixtas de gran escala. Todo aquel que desee escapar de la pelea debe saltar las cuerdas que rodean el cuadrilátero; la última persona que queda dentro de él es la ganadora.
Wara, una luchadora de 19 años, expresa: “Gracias a la lucha libre, he viajado a muchos lugares de Bolivia. Para nosotras, es nuestra profesión”.

Las cholitas surgieron en el cambio de milenio, como una expresión del renacimiento indígena que se inició en América, y son reconocidas por sus atuendos elegantes y coloridos con faldas de múltiples capas, chales bordados y bombines precarios.

Dörr, quien las compara con superheroínas hollywoodenses capaces de volar, conoció a las luchadoras mientras su esposo trabajaba con el arquitecto local Freddy Mamani. Recuerda haber asistido a las competencias dominicales en el centro multifuncional de la comunidad. “Hace mucho tiempo dejaron de gustarme las peleas masculinas. Son lo mismo de siempre, pero las cholitas son quienes salvan la función. Los miembros más jóvenes del público se identifican con las buenas heroínas, mientras los mayores prefieren a las más hostiles”, expresa.

Las cholitas entrenan dos veces por semana y miran videos de lucha mexicana en YouTube para perfeccionar sus trucos y técnicas. “Más que nada, la lucha es una actualización constante de maniobras. Es como andar en bicicleta; si aprendes a caminar, no te olvidas jamás. Pero si quieres hacer trucos, debes practicar. Lo mismo ocurre con la lucha. Es un aprendizaje eterno”, explica Claudina, cuyo padre, hermano y hermana también son luchadores.

Claudina, una cholita voladora, proviene de una familia de luchadores. Expresa: “Mi padre fue luchador. Mi hermano es luchador. Mi hermana es luchadora. Yo soy luchadora”.
Wara, de 19 años, levanta los brazos hacia el cielo mientras le toman una fotografía.
El cuadrilátero del centro deportivo Dolores de El Alto está rodeado de una cerca y, durante las competencias, de fanáticos que vitorean, gritan y abuchean.

Y a medida que se vuelven mejores, podrán reivindicar su presencia con mayor vehemencia en un campo dominado por hombres. En ocasiones, hasta se acorralan a ambos géneros para que luchen entre ellos. “Cuando una mujer lucha al 100 por ciento de su capacidad, los hombres quieren luchar al 1000 por ciento. No aceptan ser vencidos. Entre nuestros compañeros, también se encuentran algunos anticholas”, comenta Mary Llanos Saenz, conocida como Juanita La Cariñosa en el cuadrilátero, que ha sido luchadora durante casi 20 años. “En el comienzo, no teníamos permitido ingresar en las salas de los hombres. Solíamos cambiarnos en las tribunas y esperábamos afuera. Por eso, creamos la Asociación de Cholitas Luchadoras. Allí, no participan los hombres”.

Mónica, una amiga y trabajadora social de la comunidad, fue la puerta de ingreso de Dörr. “A [Las cholitas] no les interesa realmente la presencia de periodistas ni aparecer en revistas exclusivas”, destaca Dörr. “Muchas de ellas no estaban interesadas en perder tiempo con un fotógrafo para contar una historia que jamás leerían”. Su actitud hacia los medios es fomentada, al menos parcialmente, por el hecho de que las cholitas tienen inquietudes mucho más urgentes que volverse famosas. Durante siglos, ya luchaban fuera del cuadrilátero para proteger el bienestar de su comunidad.

Ángela, al igual que muchas cholitas voladoras, es madre soltera. Otras tienen parejas que también son luchadores.
Las faldas voluminosas que las mujeres bolivianas fueron obligadas a usar por los colonizadores españoles ahora son un símbolo de identidad y orgullo.
Sonia, propietaria de un salón de belleza, comenta: “A veces nos lesionamos y debemos dejar [de pelear] durante algunos meses. Ya me quebré la muñeca, pero nunca tuve lesiones que me impidieran volver [a luchar o a trabajar]”.

La mayoría de las cholitas luchadoras son aimaras, una nación indígena que habita en las altas llanuras de Sudamérica. El grupo se ha enfrentado a la explotación y a la opresión étnica desde la colonización española de la región. Recibieron el nombre peyorativo de “cholo” o “chola” en aquel entonces, y se los forzaba a realizar tareas serviles para los aristocráticos; se los obligaba a adoptar costumbres europeas; se les negaba el ingreso en restaurantes, medios de transporte público y determinados vecindarios de personas adineradas; y se les negaba la oportunidad de votar, poseer tierra y aprender a leer.

La comunidad superó las adversidades, se organizó y dirigió diversos movimientos exitosos durante muchas décadas, el último de los cuales dio como resultado el derrocamiento del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, quien actualmente enfrenta cargos por asesinatos extrajudiciales, y la elección de un político aimara, Evo Morales, al cargo máximo del país. En el proceso, han reivindicado el nombre y el estilo de vestimenta que una vez fueron peyorativos y los convirtieron en un símbolo de orgullo.

“Cuando las personas de El Alto se enfadan con el estado, porque han descuidado sus escuelas, sus centros médicos o sus mercados, o porque hay ausencia de seguridad en los vecindarios, son las mujeres quienes salen a manifestar”, explica Dörr. “Y allí yace la esencia, el motivo de por qué las personas disfrutan de observar a las cholitas luchar y de por qué las admiran: porque constituye la dramatización de la mujer chola aimara de El Alto”.

Cuando muchos miembros de la comunidad indígena de Bolivia fueron forzadas a trabajar como sirvientes para los ocupantes españoles, se las obligaba a usar un conjunto particular de ropas. Algunas de estas prendas, entre las que se incluyen las faldas voluminosas y los bombines, ahora son símbolos de orgullo para las cholitas.
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