Tiempos de pandemia: historias de madres solteras que le hacen frente al coronavirus en Brasil
Siete fotógrafas retratan a 14 mujeres que lidian día a día para afrontar el trabajo, la educación de sus hijos, la seguridad frente al COVID-19 y las relaciones.

Carlla Bianca Souza, de 21 años y su hija Ísis. Carlla, Estudiante de derecho, vive actualmente con sus padres y dos hermanas. Durante la pandemia, con las guarderías cerradas y su hija en casa, Carlla se dividió entre los estudios, el cuidado de su hija y hermanas, y la producción de la feria americana online que administra. “En la pandemia me preocupé, tuve crisis de ansiedad, me sentí muy asfixiada”.
Carlla Bianca Souza, de 21 años y su hija Ísis. Carlla, Estudiante de derecho, vive actualmente con sus padres y dos hermanas. Durante la pandemia, con las guarderías cerradas y su hija en casa, Carlla se dividió entre los estudios, el cuidado de su hija y hermanas, y la producción de la feria americana online que administra. “En la pandemia me preocupé, tuve crisis de ansiedad, me sentí muy asfixiada”.
Nota del editor: Este trabajo fue apoyado por el Fondo de Emergencia para Periodistas de National Geographic Society.
Ya pasaron casi diez meses de pandemia en Brasil. Durante ese periodo, los habitantes del país, entre mayo y agosto, evidenciaron el aumento del desempleo en un 27,6%, según el Instituto Brasileiro de Geografia e Estatistica (IBGE); el miedo a que vuelva el hambre, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU); y la oscilación del número de infectados por el nuevo coronavirus que se reflejan en las pantallas de los noticieros locales. En el ranking, el país se ubica entre los primeros con mayor cantidad de muertes, cuya cifra se acerca a los 200 mil.
Dentro de ese escenario, hay otro más profundo: la realidad de las mujeres brasileñas. Según un informe del Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (IPEA), su participación en el mercado de trabajo quedó por debajo de la mitad – 46,3% entre abril y junio -, algo que no se veía desde 1990. Siete millones de mujeres perdieron sus empleos, dos millones más que los hombres. Entre las madres con hijos de hasta 10 años, el Ipea registró una caída de 58,3% al 50,6% de participación en el mercado en el segundo trimestre del año en relación al mismo periodo de 2019.
Más allá de ser parte de las estadísticas que parecen acentuar la desigualdad de género en los ambientes laborales formales, estas mujeres también tienen historias. Desde el proyecto “Solo, mães solo vivendo a pandemia no Brasil” (“Solo, madres solteras viviendo la pandemia en Brasil”), siete fotógrafas brasileras las retratan y les ponen nombre propio a esas realidades. Interacciones de clase, raza y edad atraviesan las fronteras para reflejar las dificultades compartidas en tiempos de pandemia, aun manteniendo las diferencias regionales y culturales.

Natália Cardoso, 20, con su hija Pietra, entonces de 5 meses, en Osasco, São Paulo. Durante la pandemia, dejó su trabajo porque no tenía a nadie que cuidara a su hija y no pudo acceder al auxilio de emergencia.
Natália Cardoso, 20, con su hija Pietra, entonces de 5 meses, en Osasco, São Paulo. Durante la pandemia, dejó su trabajo porque no tenía a nadie que cuidara a su hija y no pudo acceder al auxilio de emergencia.

Marilucia Marcilina Batista, de 37 años, con su hijo menor, José, de 8, preparándose para salir de la aldea donde viven en el bajo Amazonas y dirigirse a la casa harinera del territorio indígena, en medio del bosque, donde ella trabaja. Los casos de Covid-19 se han incrementado en la región, afectando a comunidades indígenas ubicadas en las regiones más profundas del estado.
Marilucia Marcilina Batista, de 37 años, con su hijo menor, José, de 8, preparándose para salir de la aldea donde viven en el bajo Amazonas y dirigirse a la casa harinera del territorio indígena, en medio del bosque, donde ella trabaja. Los casos de Covid-19 se han incrementado en la región, afectando a comunidades indígenas ubicadas en las regiones más profundas del estado.

Maria Francisca Moreira, de 46 años, trabajando en el cultivo de sus hortalizas, en el Asentamiento Nova Canaã, en Brazlândia Distrito Federal. María es madre de 4 hijos y, en la pandemia, perdió su otro trabajo como empleada doméstica en la ciudad de Brasilia. Con la dificultad de vender productos, contó con esa producción para el sustento familiar.
Maria Francisca Moreira, de 46 años, trabajando en el cultivo de sus hortalizas, en el Asentamiento Nova Canaã, en Brazlândia Distrito Federal. María es madre de 4 hijos y, en la pandemia, perdió su otro trabajo como empleada doméstica en la ciudad de Brasilia. Con la dificultad de vender productos, contó con esa producción para el sustento familiar.

Sofia Benjamin, de 30 años, y su hija Céu, de 4, en Río de Janeiro. Los dos estuvieron en total aislamiento durante más de ocho meses porque la madre de Sofía, la única red de apoyo para los dos, es del grupo de riesgo.
Sofia Benjamin, de 30 años, y su hija Céu, de 4, en Río de Janeiro. Los dos estuvieron en total aislamiento durante más de ocho meses porque la madre de Sofía, la única red de apoyo para los dos, es del grupo de riesgo.

Verônica da Costa, de 31 años, y su hijo Theo, de 6 años, en la feria comprando hierbas para los productos naturales que produce, en Río de Janeiro. Durante la pandemia, se centró en hacer crecer su negocio para garantizar su subsistencia.
Verônica da Costa, de 31 años, y su hijo Theo, de 6 años, en la feria comprando hierbas para los productos naturales que produce, en Río de Janeiro. Durante la pandemia, se centró en hacer crecer su negocio para garantizar su subsistencia.

Natália (centro), de 20 años, toma una foto de su hija Pietra, de 9 meses, con el juguete que ganó para el Día del Niño, en el parque cerca de su casa, en Osasco. Sin guardería, Natália renunció a su trabajo y, sin obtener ayuda de emergencia del gobierno federal, tuvo que recurrir a un trabajo temporal en la campaña electoral municipal para mantenerse. "Nunca tuvimos regalos de día del niño, era solo un feriado normal. Mi hija no, mi hija pensará que es un gran día en su vida".
Natália (centro), de 20 años, toma una foto de su hija Pietra, de 9 meses, con el juguete que ganó para el Día del Niño, en el parque cerca de su casa, en Osasco. Sin guardería, Natália renunció a su trabajo y, sin obtener ayuda de emergencia del gobierno federal, tuvo que recurrir a un trabajo temporal en la campaña electoral municipal para mantenerse. "Nunca tuvimos regalos de día del niño, era solo un feriado normal. Mi hija no, mi hija pensará que es un gran día en su vida".

Paula Dias, de 33 años, con sus hijos Liz, 4, y Leo, 8, en su casa en Tijuca, Río de Janeiro. Con la llegada de la pandemia, Paula perdió su trabajo como maestra debido al cierre de las escuelas y, durante el aislamiento, ha enfrentado dificultades para involucrar a su hijo mayor con la enseñanza a distancia.
Paula Dias, de 33 años, con sus hijos Liz, 4, y Leo, 8, en su casa en Tijuca, Río de Janeiro. Con la llegada de la pandemia, Paula perdió su trabajo como maestra debido al cierre de las escuelas y, durante el aislamiento, ha enfrentado dificultades para involucrar a su hijo mayor con la enseñanza a distancia.

Isis Abena, de 35 años, y su hija Ainá, de 2 años. Al comienzo de la pandemia, las dos aún vivían en un departamento, pero el hecho de que estuvieran confinadas comenzó a afectar el estado de ánimo de Ainá y la productividad de Isis. A mediados de año lograron mudarse a un pueblo, donde Ainá tiene espacio, libertad, amigos y un mayor contacto con la naturaleza. Allí, las familias se turnan en el cuidado de los niños, y siempre colaboran entre sí, aligerando la rutina y permitiendo el ejercicio de una buena vida en comunidad.
Isis Abena, de 35 años, y su hija Ainá, de 2 años. Al comienzo de la pandemia, las dos aún vivían en un departamento, pero el hecho de que estuvieran confinadas comenzó a afectar el estado de ánimo de Ainá y la productividad de Isis. A mediados de año lograron mudarse a un pueblo, donde Ainá tiene espacio, libertad, amigos y un mayor contacto con la naturaleza. Allí, las familias se turnan en el cuidado de los niños, y siempre colaboran entre sí, aligerando la rutina y permitiendo el ejercicio de una buena vida en comunidad.

Luísa Molina, de 31 años, con su hijo Luca, de 6 años, en un día libre en una cascada cerca de Brasilia. Luísa se ha concentrado en escribir su tesis de doctorado y en mantener su trabajo como activista mientras cría a su hijo. Vive con su madre, que también es madre soltera.
Luísa Molina, de 31 años, con su hijo Luca, de 6 años, en un día libre en una cascada cerca de Brasilia. Luísa se ha concentrado en escribir su tesis de doctorado y en mantener su trabajo como activista mientras cría a su hijo. Vive con su madre, que también es madre soltera.

Luisa Brandão, de 27 años, ampara a su hijo, Aruan, de 5 años, triste por estar 9 meses sin ver a su padre, que vive en otra ciudad. Su presencia en la vida del hijo, que ya era escasa, se hizo aún más rara con la pandemia.
Luisa Brandão, de 27 años, ampara a su hijo, Aruan, de 5 años, triste por estar 9 meses sin ver a su padre, que vive en otra ciudad. Su presencia en la vida del hijo, que ya era escasa, se hizo aún más rara con la pandemia.

Rafaela Machado, de 29 años, y sus hijas Ana Beatriz, de 1 año, y María, de 10 años, juegan en la cancha cercana a su casa en la comunidad de Cantagalo, en Río de Janeiro. Rafaela es madre separada de cuatro hijos de dos padres diferentes y durante la pandemia, ha contado con el apoyo de las abuelas para cuidar a los niños mientras sigue trabajando.
Rafaela Machado, de 29 años, y sus hijas Ana Beatriz, de 1 año, y María, de 10 años, juegan en la cancha cercana a su casa en la comunidad de Cantagalo, en Río de Janeiro. Rafaela es madre separada de cuatro hijos de dos padres diferentes y durante la pandemia, ha contado con el apoyo de las abuelas para cuidar a los niños mientras sigue trabajando.
Natalia Cardoso, 20 años, es una de las 11 millones de madres solteras brasileñas que, con el cierre de las escuelas y guarderías, se vio sin otra alternativa que quedarse en casa. Ella vive en Osasco (São Paulo) y acababa de volver de su licencia por maternidad cuando sus jefes le pidieron que trabaje en una escala de 6x1 (un día de franco por cada seis trabajados) cuando su plan era trabajar 12x36 (36 horas de franco por cada 12 trabajadas), tratando de intercalar sus horas de trabajo con la maternidad.
Sin tener con quien dejar a su hija Pietra presentó la renuncia poco tiempo antes de que todos los empleados de la empresa fueran despedidos a causa de la pandemia. El error de timing generó un problema burocrático. Siempre que intentaba pedir la ayuda de emergencia, el sistema acusaba que todavía figuraba registrada. Al final, Natalia no recibió ninguna de las cuotas de $600 reales pagadas por el gobierno federal a los trabajadores informales y desempleados ($1.200 reales en el caso de mujeres jefas de familia).

Luisa Brandão, de 27 años, hace reunión con su celular en la sala mientras Aruan, de 5 años, mira un contenido para niños en su computadora portátil. El acuerdo entre ellos es que puede mirar dibujos solo una vez a la semana, para que se quede lo menos posible en las pantallas. "Creo que la primera infancia, principalmente, debe vivirse en el mundo real y no en el mundo virtual, pero cuando estamos en home office y solo estás tú y un niño en casa, los dibujos suele ser importante cuando necesito realizar un servicio en línea, una reunión".
Luisa Brandão, de 27 años, hace reunión con su celular en la sala mientras Aruan, de 5 años, mira un contenido para niños en su computadora portátil. El acuerdo entre ellos es que puede mirar dibujos solo una vez a la semana, para que se quede lo menos posible en las pantallas. "Creo que la primera infancia, principalmente, debe vivirse en el mundo real y no en el mundo virtual, pero cuando estamos en home office y solo estás tú y un niño en casa, los dibujos suele ser importante cuando necesito realizar un servicio en línea, una reunión".
Para sobrevivir, las madres aquí retratadas cuentan con una red de apoyo, sea de parientes o de otras madres que se organizan para llevar adelante una rutina. Rafaela Machado, de 24 años, de Río de Janeiro, quedó soltera al inicio de la pandemia y con cuatro hijos a cargo. Vendedora de açaí (fruto local) en la playa de Copacabana, tuvo que buscar una alternativa laboral ante las playas vacías- Encontró trabajo en la Associação de moradores da comunidade Pavão-Pavãozinho (Asociación de residentes de la comunidad Pavão-Pavãozinho), donde vive. Preocupada con el aumento de los casos de COVID-19, optó por dejar a los hijos con las abuelas, fuera de la comunidad. “Lo más difícil es la incertidumbre, no poder abrazar a mis hijos, amamantar, besar después del trabajo, visitar a mi abuela”, dice ella.
Además de la desigualdad social, la brutalidad de la desigualdad de género en Brasil hace que el cuidado de los hijos continúe siendo una tarea predominantemente femenina. Para las madres que pudieron mantener sus trabajos de manera remota, la dificultad puede no haber sido financiera, sino emocional. En Brasilia, Luísa Molina, de 31 años, madre de Luca, de 6 años, se sintió profundamente sola, aunque vive con su madre, que también es madre soltera. “Me siento en soledad casi todos los días. Es muy difícil estar en un lugar de construcción autónoma de mi propia fuerza”, dice Luísa, activista y doctorada en antropología social.

Isis Abena, de 35 años, y su hija Ainá, de 2, en el pueblo al que se mudaron durante la pandemia. La vida en el pueblo es en comunidad y las familias se turnan para cuidar de los niños.
Isis Abena, de 35 años, y su hija Ainá, de 2, en el pueblo al que se mudaron durante la pandemia. La vida en el pueblo es en comunidad y las familias se turnan para cuidar de los niños.
El proyecto fotográfico, que lanzó un sitio web reuniendo todas las historias, también es colaborativo; además de ser documentadas, algunas madres compartieron sus experiencias. Luísa, por ejemplo, hizo collages para hablar sobre maternidad. En Curitiba, Gabriela Grigolom fotografió su día a día y los de sus hijos, Sophia y Antônio.
En otros casos, el proceso generó la identificación desde las mismas fotógrafas. Tayná Sateré, de Barreirinha (Amazonas), es madre de dos niños. Mientras acompañaba a Marilúcia Sateré, en la tierra indígena Andira Marau, en la frontera de Pará con el Amazonas; Tayná apoyaba a su hijo más joven, Thomas, de 1 año, en el hombro, para conseguir hacer sus fotografías.

Rafaela Machado, de 29 años, amamanta a su hija menor Ana Beatriz, de 1 año, en su casa en la comunidad de Cantagalo, en Río de Janeiro. Rafaela comenzó a trabajar en la asociación de vecinos de su comunidad y con el aumento de casos donde ella vive al inicio de la pandemia, optó por dejar a sus hijos en la casa de los abuelos en otras regiones de la ciudad como medida de seguridad mientras seguía trabajando.
Rafaela Machado, de 29 años, amamanta a su hija menor Ana Beatriz, de 1 año, en su casa en la comunidad de Cantagalo, en Río de Janeiro. Rafaela comenzó a trabajar en la asociación de vecinos de su comunidad y con el aumento de casos donde ella vive al inicio de la pandemia, optó por dejar a sus hijos en la casa de los abuelos en otras regiones de la ciudad como medida de seguridad mientras seguía trabajando.
“En ese momento exacto, me dolió bastante. Me estaba arreglando, de la misma manera que hacen las madres que están solas con sus hijos”, dice Tayná. “A pesar de no ser madre soltera, en aquel momento en que yo precisé mi red de apoyó falló y sentí el dolor de ser solo yo y mi hijo”.
Por su parte, Isabella Lanave, de 26 años, se sintió identificada en el transcurrir de este proyecto de documentación con el aspecto de haber crecido sin la presencia de su padre biológico. “Es muy fuerte cuando te das cuenta de que las historias se repiten en diferentes realidades por el mundo y afectan de distintas maneras el crecimiento de una persona”, reconoce. Ella y Stella Prado, de 28 años, fueron construyendo una forma de hablar sobre el tema. Stella compartió fragmentos de un diario sobre la relación con la hija, Bárbara, de 14 años, durante el período de cuarentena.

Bárbara (de 14 años) pasando tiempo con su madre, Stella Prado (28), en Curitiba (Paraná). Bárbara vive con sus abuelos desde que su madre llegó a la ciudad paranaense a estudiar y trabajar hace 5 años. Stella se convirtió en madre a la misma edad que su hija hoy. Su padre ha estado ausente durante mucho tiempo y la familia de Stella apoya su crecimiento e independencia.
Bárbara (de 14 años) pasando tiempo con su madre, Stella Prado (28), en Curitiba (Paraná). Bárbara vive con sus abuelos desde que su madre llegó a la ciudad paranaense a estudiar y trabajar hace 5 años. Stella se convirtió en madre a la misma edad que su hija hoy. Su padre ha estado ausente durante mucho tiempo y la familia de Stella apoya su crecimiento e independencia.
Una característica que se hace constante en todas las historias es la dificultad de encontrar un espacio físico y mental para lidiar con el trabajo (ya sea dentro como fuera de la casa), la educación de los hijos, la seguridad ante el nuevo coronavirus y las relaciones. “Es una relación muy intensa porque estamos el día entero juntos, la mayor parte del tiempo. Siento la falta de espacio para que nos extrañemos, respirar diferente, regresar diferente. Es difícil y lindo al mismo tiempo, todo junto”, dice Luisa Brandão, que vive en la zona rural de Botucatu (São Paulo) con el hijo Aruan, de 5 años. Ella también se alterna con otras madres para poder realizar los trabajos varios que realiza de manera autónoma.
“Toda madre soltera es una aldea entera dentro de sí”, dice Sofia Benjamin, de 30 años, “dando duro para mantener a todos vivos, felices, alimentados en cuerpo y alma, con los espacios internos y externos organizados y haciendo lo que no hacen por ella: cuidar”.

