Querida Mangalyaan: lo que significa la misión de India a Marte

El orbitador sin precedentes ha inspirado a una escritora a seguir soñando con Marte, y le mostró al mundo cómo podría verse un futuro en común en el espacio.miércoles, 28 de noviembre de 2018

Este ensayo es parte de los artículos de “Querida nave espacial”, en el que escritores, científicos y aficionados de la astronomía comparten las razones por las que se sienten conectados de manera personal con los exploradores robóticos espaciales.

Querida, Mangalyaan:

Han pasado cinco años desde tu lanzamiento histórico desde la costa este de India, y más de cuatro años desde que te asentaste en órbita alrededor de Marte. Estás viviendo mi sueño. Tenía tu edad cuando mi padre me llevó por primera vez al Planetario Nehru, en Mumbai, para mostrarme lo grande que realmente era el mundo. Nos sentamos bajo la media cúpula de la sala de proyección, y las luces se apagaron, para mostrar un campo estelar más denso que cualquier cielo que podría contemplar un niño de ciudad. Podría haber caído dentro de esa fuente de luces nocturnas.

Así fue como sentí que comenzaría una vida de pasión por los viajes espaciales. Marte sería mi primera escala—creía que a solo un salto de distancia. Mi padre estuvo de acuerdo. “Deberíamos poder viajar a Marte una vez en nuestras vidas”, dijo. “Incluso podrías ser tú”.

Eso fue hace aproximadamente 30 años. Hoy, tú, Mangalyaan, representas lo que sucede cuando las personas son lo suficientemente atrevidas como para decir algo tan valiente como “incluso podrías ser tú”. Los científicos indios tardaron menos de dos años en construirte, y desde tu lanzamiento el 5 de noviembre de 2013 hasta tu captura en la órbita de Marte el 24 de septiembre de 2014, recorriste más de 640 millones de kilómetros.

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Tu viaje ha sido extraordinario: cerca de la mitad de todos los intentos de misiones a Marte han fallado, pero gracias a tu éxito, India se convirtió en el primer país en colocar, en su primer intento, una nave espacial en órbita alrededor de otro planeta. Además, India logró esta hazaña con un presupuesto minúsculo: 4.5 mil millones de rupias, o 73 millones de dólares estadounidenses—un monto menor a los presupuestos de los éxitos de taquilla de ciencia ficción como Misión rescate o Gravedad.

Y si bien tus objetivos oficiales son de naturaleza científica, no puedo pasar por alto tu misión no oficial: despertar el interés de los jóvenes indios por la ingeniería y la astronomía. Les dejaré a otros que expliquen cómo has inspirado sus carreras de vida. Quizá señalen con orgullo que fue la pericia india la que construyó el Polar Satellite Launch Vehicle, el lanzador orbital que te llevó al espacio. Seguramente mencionen las fotos de la sala de control de misión, cuando enviaste el mensaje de que lo habías logrado—imágenes de empleadas de planta vestidas de saris, radiantes de alegría, modelos de conducta que se parecían a sus madres y abuelas.

Sus historias y la tuya motivan a las futuras generaciones de científicos, que encabezarán la próxima misión india a Marte, o a Venus, o de vuelta a la Luna.

Nunca fui experta en ingeniería: soy escritora, sueño despierta. Las únicas cosas que llevaría a Marte serían una caja de pinturas, bolígrafos y papel. Pero tu existencia me lleva a imaginarme a mí misma en tu realidad: pero no trazando trayectorias de vuelo ni estudiando la composición de la atmósfera de Marte, sino escribiendo poesía y dibujando vistas en postales para enviar a mi hogar.

Durante tu máximo acercamiento orbital, a unos 300 kilómetros sobre la superficie, podríamos flotar sobre el Monte Olimpo, que es tres veces más alto que el Monte Everest del Himalaya; o por Valles Marineris, un cañón más largo que la India, que atraviesa más de seis kilómetros de la superficie del planeta rojo. Luego bajaríamos hacia el punto más lejano de tu órbita elíptica, a unos 71.000 kilómetros de distancia. Desde allí, estaríamos en una posición extraordinaria para capturar a Marte como un planeta completo, una esfera que se parece a una taza de té que compartimos, con un poco de leche en donde se acumulan las nubes, recostado sobre un mantel negro espolvoreado con azúcar.

Quiero agradecerte por hacerme un espacio en la mesa. Ambas sabemos lo difícil que ha sido llegar hasta allí.

La Agencia India de Investigación Espacial (ISRO), el grupo que te construyó, se creó en 1969, el mismo año en el que Apolo 11 llegó a la Luna. La fecha no es una coincidencia. Mi padre siguió las noticias tal como ocurrieron: la Guerra Fría, la Carrera Espacial, un avance tecnológico tras otro mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética competían por el poder militar. Mientras tanto, India se encontraba a dos décadas de su independencia, y se modernizaba rápidamente, ansiosa por establecer un sentido de autosuficiencia. Al invertir en el espacio, podríamos construir una infraestructura de telecomunicaciones, monitorear nuestra meteorología, analizar nuestra agricultura y recursos naturales, y dirigir investigaciones científicas básicas.

Hasta el día de hoy, el objetivo de la ISRO es utilizar tecnología espacial para fomentar el desarrollo nacional, porque incluso cuando miramos hacia las estrellas para inspirarnos, nuestros pies siguen firmemente plantados en la Tierra. Por eso te celebramos, Mangalyaan, e incluso hay una imagen tuya en el nuevo billete de 2000 rupias. Sin embargo, los actuales Indicadores del Desarrollo para India de las Naciones Unidas señalan que, para ganar ese dinero, unos 27 dólares, más del 40 por ciento de la población activa de la India tendría que trabajar durante una semana y media. Yo sigo tus descubrimientos en Internet, un recurso al cual solo el 30 por ciento de la población india puede tener acceso.

En la actualidad, la ISRO es una de las seis organizaciones gubernamentales en el mundo que pueden diseñar, lanzar y recuperar satélites, además de operar sondas espaciales; sin embargo, las mujeres en India representan un poco más de un cuarto del porcentaje de graduados universitarios en ciencias, matemáticas, ingeniería y otros campos relacionados. Tú simbolizas de dónde venimos y hacia dónde queremos

Mi padre creció siendo muy consciente de la disparidad profesional y educativa que existe en la India, y es por eso que nos mudamos poco después de que yo naciera. Fuimos tan lejos como mi padre pudo: a Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos. Luego de eso viajamos a dos países más, y ahora vivo al otro lado del mundo del lugar en el que nací. Tú sabes cómo se siente. El hogar no es un lugar: son las personas que te formaron, lo que llevas adentro tuyo, y las personas a las que les escribes con misivas sobre tus últimas experiencias.

Mi padre todavía vive en Dubái. Actualmente, yo vivo en Panamá. Tal como tú transmites datos a casa, nosotros nos enviamos correos electrónicos contándonos las últimas noticias sobre Marte. Le pregunto si vio el livestream del aterrizaje del Curiosity, si se enteró de que más de 10.000 personas aplicaron para formar parte del viaje de ida del Mars One al planeta rojo. “¿Puedes creer que Elon Musk quiere establecer una colonia allí?”, le escribo. Mi padre dice que desearía poder ir, pero yo le digo que nunca podríamos pagarnos eso.

A medida que crece el interés público por Marte, comienzo a temer que se repitan las viejas noticias del tiempo de mi padre, de los países mostrando su fortaleza para ser los primeros en plantar bandera en el suelo de Marte. Los indios conocen el costo de la colonización, así como la mayoría de los ciudadanos del hemisferio sur lo saben. Yo solo soy una voz entre 1.3 mil millones de personas, pero quiero decir que la India orbita Marte hoy, no porque quiera un trozo de ese pastel frío y rojo, sino porque todos se lo merecen. El espacio es nuestro patrimonio en común, sin importar el lugar en donde nacimos ni nuestros medios de acceso.

Mangalyaan, si hay algo que me mostraste es que hay más de una forma de llegar tan lejos como queremos ir, y la perseverancia de las personas que te construyeron me da esperanzas. Cuando pienso en el momento en el que estuve en el Planetario Negru, nadie me dijo que no tenía derecho a observar las estrellas y a verme a mí misma entre ellas. Al contrario, me animaron a imaginar libremente, a sentir que podía elegir mi propia órbita.

Significas mucho para nosotros, Mangalyaan. Digo esto no como miembro de la diáspora india, sino como una niña joven que está muy sorprendida por el tamaño del universo que se conoce. Todos nosotros somos tan pequeños, y tan afortunados de vivir en un tiempo en el que todo lo que descubrimos hace que nuestro mundo parezca más grande, más complejo y más profundo de lo que creíamos saber.

Gracias por demostrarnos que somos capaces de descubrir esto, que somos hábiles incluso cuando tenemos todo en contra. Gracias por mostrarnos que tenemos un lugar al que pertenecemos.

Atentamente,

Geetha

Geetha Iyer es escritora de ficción, no ficción y poesía.  Sus intereses de investigación incluyen la ecología, el post colonialismo, los anfibios y la exploración espacial. Síguela en Twitter o descubre más en su sitio web.

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