¿Planeta o Plástico?

Embarcaciones tradicionales polinesias están ayudando a limpiar los microplásticos de los océanos

Las poblaciones de las islas del Pacífico se unen para hacer un llamado de atención sobre las toneladas de desechos plásticos arrastradas hacia las costas que alguna vez fueron prístinas. Viernes, 8 Junio

Por Marcus Eriksen

Las aguas agitadas azotan con fuerza los costados de nuestro tradicional embarcación polinesia, conocida como “waka” en idioma maorí. Tripulado por 12 miembros de la comunidad maorí y tres científicos, yo incluido, el waka “Te Matau a Maui” navega a lo largo de la costa este de la Isla Norte de Nueva Zelanda en dirección a la capital de Wellington para participar del evento Waka Odyssey, pero el ciclón Gita se interpone en nuestro camino.

El nuestro es uno de varios waka que componen la flotilla (uno viene de Samoa, a 3200 kilómetros) y que emprenden este viaje para subrayar la importancia que las travesías oceánicas tienen para la cultura polinesia. No obstante, las sociedades viajeras de la Polinesia ocupan un lugar cada vez más importante en asuntos de conservación, desde la pesca excesiva y el cambio climático hasta la contaminación por residuos plásticos. Aquí en Nueva Zelanda, me uní al Pure Tour para documentar la cantidad de plástico en aguas costeras y dar conferencias en toda la Isla Norte sobre la filosofía de “basura cero”, a fin de garantizar que el conocimiento autóctono guíe la política de conservación. Para mí, esta travesía en waka representa una oportunidad para estudiar la contaminación por microplásticos junto con conservacionistas maoríes.

Dirijo investigaciones para el 5 Gyres Institute, una organización con sede en Los Ángeles que fundé junto con otros colaboradores hace una década para estudiar y resolver el problema de los residuos plásticos en el océano. Los giros oceánicos son corrientes arremolinadas que cubren cuencas oceánicas enteras al norte y al sur del Ecuador, como el giro subtropical del Pacífico Norte que fluye desde Japón hasta California y forma un giro en U gigante cuando las corrientes golpean la costa para, luego, dirigirse a Hawái y de regreso a Japón en un ciclo de cinco a seis años.

Tras liderar varias travesías por los cinco giros subtropicales del mundo, he observado el impacto que los residuos plásticos tienen en la vida marina. En 2015, publicamos la primera estimación de la cantidad de plástico flotante a nivel mundial: hay más de un cuarto de millón de toneladas. Más del 90 por ciento de los fragmentos son más pequeños que un grano de arroz, lo que genera algo que se asemeja más a un smog conformado por microplásticos que a una masa consolidada. Para evitar el problema, debemos empezar aguas arriba, es decir las empresas que deciden qué productos y envases fabricar y los consumidores que eligen qué comprar. Cuando dejamos de usar plásticos desechables de uso único, como bolsas y pajillas, los resultados se sostienen en el tiempo.

Pero ahora, a bordo de Te Matau a Maui, el tema central es el ciclón y la prioridad es proteger a la tripulación. Un tanto arrepentidos, regresamos a Napier, el puerto de origen del velero.

A pesar de este contratiempo, la ciencia consigue triunfar porque arrojamos la red de arrastre al agua peinando la superficie del océano en busca de microplásticos. La red parece una manta raya de aluminio con alas flotantes y una boca de 60 centímetros de ancho. La malla es más ceñida que la tela con la que está confeccionada su camiseta. Hasta el momento, obtuvimos 15 muestras y, como las miles de muestras que recolectamos en todo el mundo, se trata de un caleidoscopio de confeti multicolor que aparece entre los desechos habituales de semillas, insectos y zooplancton flotantes. Arrastramos la red con suficiente lentitud como para asegurarnos de alejar hasta al pez más pequeño. Hay mayores concentraciones de plástico cerca de las ciudades, donde bolsas, pajillas, botellas y vasos de plástico se abren camino hacia el mar.

Pure Tour es un proyecto que inició Tina Ngata, conocida también como la maorí antiplástico. En ella, convergen dos poderosas personalidades: la conservacionista y la activista por los derechos de los aborígenes. Su “moko”, arte tradicional del tatuado, incluye dos ballenas que descienden desde los bordes de los labios hacia la barbilla. Cuando le pregunté sobre su moko, en lugar de responder, compartió una historia conmigo: “Hace unos meses, nos metimos mar adentro para enfrentarnos a un enorme buque de investigación que realizaba pruebas sísmicas en aguas profundas a fin de detectar depósitos de petróleo sin explotar. Informamos al buque que, aunque tuviera autorización del gobierno, no tenía la aprobación de los maoríes, que no era bienvenido en nuestro territorio y que enfrentaría más resistencia”. Me cuenta que se manifestaron en contra de la investigación para respaldar a “las ballenas, los delfines y todas las criaturas que moran bajo las olas, en nuestro océano, ‘whanau’ (familia)”.

Las culturas polinesias cultivan una estrecha afinidad con otras formas de vida y entre seres humanos. Las sociedades viajeras utilizan sus profundos conocimientos sobre navegación celestial, migraciones y patrones de la fauna, y el curso de las olas y los vientos para encontrar a otros en amplias extensiones de agua. Como Lavatai Lauaki Afifimailagi, un anciano de la Samoan Voyaging Society (Sociedad Viajera Samoana), dijo a la flotilla de waka antes de partir, “si bien nuestras islas están separadas por miles de kilómetros de océano, todos somos polinesios”.

No obstante, el mismo océano que conecta a toda Oceanía también genera contaminación por plásticos. La investigación que publicamos indica que, solo en el Pacífico, flotan más de 100.000 toneladas de estos residuos, que en su mayoría terminan depositados en las costas, lejos de su origen. En 2017, los investigadores descubrieron una jaula de pesca en Rapa Nui (Isla de Pascua) que había navegado cerca de 6500 kilómetros desde su origen en el Pacífico Sur.

En Aotearoa (Nueva Zelanda en maorí) están surgiendo soluciones. Pure Tour empezó con una visita a Xtreme Zero Waste, en Raglan, en la costa oeste de la Isla Norte. El sitio incluye una montaña de abono orgánico, filas de cajas con lombrices, una tienda de dispositivos y restauración de muebles, un desarmadero de madera y metal, una biblioteca de libros reciclados, una tienda de artículos usados y una zona para reciclar vidrio, metal, papel y plástico. Tan eficaz es la empresa en su labor que, hace algunos años, logró el cierre del vertedero local y ahora brinda asesoramiento a otras comunidades.

Más islas están adoptando la filosofía de “basura cero”. En Rapa Nui, los viajeros recargan sus botellas de agua reutilizables en estaciones de agua por toda la isla. En Hawái, se está debatiendo un proyecto de ley para prohibir el uso de recipientes de alimentos fabricados con poliestireno. Esta filosofía se aplica también a las personas. Es fundamental viajar con poco equipaje y sin plásticos. El mejor consejo: usar artículos reutilizables y buscar alternativas al plástico.

Unos días después del evento Waka Odyssey, en el muelle de Wellington, los viajeros polinesios se agruparon detrás de un letrero enorme que rezaba, “Prohibamos las bolsas”. El grupo marchó hacia el Parlamento con una petición firmada por 65.000 ciudadanos apoyando la prohibición a nivel nacional de las bolsas de plástico desechables. En las escaleras del Parlamento, me paro junto a Afifimailagi, el anciano samoano. Mientras contemplaba la multitud, dijo, “Todos somos viajeros. Lo que llevas contigo y lo que dejas atrás definen tu identidad”.

Marcus Eriksen es científico medioambiental, educador y cofundador de 5 Gyres Institute, el cual estudia la contaminación por plásticos.