¿Cuál será la realidad que enfrentarán las mujeres que no han podido huir de Afganistán?

Para las mujeres afganas, las pequeñas victorias conseguidas en estos últimos 20 años afrontan un incierto futuro bajo el nuevo régimen talibán. Exiliadas comparten en esta nota sus experiencias y puntos de vista.

Estas amigas en Daykundi van a una represa local para hacer un pícnic el 19 de marzo de 2021, el día anterior a Nowruz, un festival de primavera que marca el nuevo año. Aunque muchas mujeres han accedido a la educación, a oportunidades profesionales y a la libertad, es probable que el nuevo régimen talibán restrinja sus vidas.

Fotografía de Kiana Hayerti
Fotografías de Kiana Hayeri
Publicado 3 de sep. de 2021 16:14 GMT-3

Todo el mes pasado, los días de Naheed Esar han transcurrido mientras se adaptaba a su nueva vida como estudiante de doctorado en la frondosa ciudad universitaria de Fayetteville, Arkansas. A la noche, cuando su familia en Afganistán recién se levanta, los llama. "Tratamos de tranquilizarnos unos a otros", cuenta. "Pero la conversación comienza con: ¿estás vivo? ¿dónde está cual y tal persona?". No duerme demasiado.

Durante 20 años, las mujeres en Afganistán han asistido a la escuela, han seguido una carrera y luchado por alcanzar la misma posición social que los hombres. Se han convertido en artistas, activistas y protagonistas. Hoy, Esar y millones de mujeres están lidiando con la repentina toma de su país por parte de los talibanes. Miles de mujeres están huyendo o se esconden mientras esperan un futuro incierto.

Estas mujeres hacen compras en un mercado de Faizabad, capital de la provincia de Badakhshan, el 10 de abril de 2021. Cuatro meses más tarde, la pequeña ciudad del noreste cayó en manos de los talibanes.

Fotografía de Kiana Hayerti
Izquierda: Arriba:

Soraya revuelve una olla de comida en su hogar la pasada primavera en preparación para Khatam-i Quran, una ceremonia en honor a los muertos en la que una familia recibe a todos los hombres de una aldea o barrio.

Derecha: Abajo:

Nazdana (centro), su esposo y su familia extendida huyeron de su aldea el invierno pasado. El 28 de febrero de 2021, ya se habían asentado en una casa multitudinaria en las afueras de Kandahar, la segunda ciudad más grande de Afganistán, tomada por los talibanes el 13 de agosto.

Fotografía de Kiana Hayerti

Durante los últimos seis años, Esar, de 33 años, ha formado parte del Gobierno afgano; comenzó como experta en género del palacio presidencial y terminó como viceministro de asuntos extranjeros. Para ese entonces, las amenazas eran constantes. Esar se movía con cinco guardaespaldas en un vehículo blindado y su hogar en Kabul era inspeccionado por perros una vez por semana en busca de bombas. Tras el acuerdo de paz firmado entre EE. UU y los talibanes en 2020, las perspectivas para ella -y para millones de afganas con ambiciones personales- de continuar con su vida eran cada vez más sombrías.

Esar comenzó a prepararse para partir. "Me di cuenta de que, si me quedaba, no iba a poder salir de Afganistán viva", menciona Esar.

Las calles de Kabul están llenas de barricadas de hormigón anti-explosiones, una señal de la precaria seguridad que había incluso antes de que la capital cayera en manos de los talibanes.

Fotografía de Kiana Hayerti

La última vez que los talibanes controlaron Afganistán, desde 1996 a 2001, prohibieron la educación a las mujeres, se las apedreaba y azotaba como castigo por adulterio y se les requería que un hombre las acompañara cada vez que salían del hogar. Luego de la invasión de los Estados Unidos, que derrocó a los talibanes, la educación de las mujeres y las niñas se convirtió en un sello distintivo del éxito de la misión. Millones de mujeres se pusieron uniformes escolares.

En la actualidad, la mitad de las afganas, de entre 15 y 24 años, saben leer (la tasa de alfabetización de las mujeres se duplicó desde el año 2000). Y, aunque su participación en el mercado laboral sigue estando muy por debajo comparada con otros países, hubo muchas más mujeres afganas que se desempeñaron en funciones gubernamentales, en los tribunales y en los medios. Más de un cuarto de los escaños parlamentarios del país de 39 millones está reservado para las mujeres, un porcentaje mayor que en Estados Unidos.

Cuando, a mediados de agosto, Kabul cayó en manos de los talibanes, el aeropuerto se convirtió en un centro de redistribución de personas para aquellos que buscaban escapar del Gobierno talibán y sus represalias. Más de 80.000 personas han logrado salir en avión de Kabul desde que el país cayó en manos de los talibanes, pero 250.000 personas que pueden solicitar una visa siguen esperando. Y miles más, que creen que podrían ser blanco de los talibanes, están aguardando recibir ayuda antes de la retirada militar estadounidense el 31 de agosto. En ese grupo, se encuentran periodistas y mujeres del Parlamento, artistas, miembros de la comunidad LGBTQ, traductoras militares estadounidenses y otras que temen por sus vidas bajo el régimen talibán. Tanto las organizaciones humanitarias como las iniciativas privadas han recibido una avalancha de ayuda, pero han logrado solo un éxito logístico limitado.

Estudiantes de sexo femenino y masculino se amontonan en una sala de la Academia Mawoud en Kabul el 20 de marzo de 2021. Más de dos años antes, un terrorista suicida en una clase de álgebra mató a aproximadamente 40 estudiantes, la mayoría de ellos del grupo étnico minoritario hazara.

Fotografía de Kiana Hayerti

Al decretar el Nowruz como una fiesta pagana, durante su primera etapa en el poder, los talibanes prohibieron este festival de primavera. El pasado marzo, miles de personas acudieron a la celebración en el pueblo de Nalij, en la provincia de Daikundi, en el centro de Afganistán.

Fotografía de Kiana Hayerti

El 1° de diciembre de 2020, estos estudiantes rindieron los exámenes de fin de curso de su clase de inglés en Khandud en el distrito de Wakhan, provincia de Badakhshan.

Fotografía de Kiana Hayerti

A través del laberinto de burocracia militar del aeropuerto, un grupo de evacuados afganos ha logrado subirse a los aviones que despegan desde su país: una docena de adolescentes miembros del equipo de robótica afgano exclusivo de mujeres aterrizó en Doha en un vuelo especial organizado por el Gobierno de Qatar. Una de las primeras alcaldesas del país, Zarifa Ghafari, fue llevada de contrabando a Alemania para su seguridad luego de afirmarle a la prensa que estaba esperando que la mataran. Las estudiantes del internado de mujeres del país aterrizaron en Ruanda luego de que su fundadora quemara todos los registros de las estudiantes. (La fundadora Shabana Basij-Rasikh fue una de las incipientes exploradoras de National Geographic en 2014).

Naheed Esar dejó Afganistán el 17 de diciembre de 2020 hacia Pakistán, donde tenía una cita para una visa estadounidense que le permitiría perseguir un doctorado en antropología en University of Arkansas.

Mientras esperaba, los talibanes tomaban cada vez más territorio de su país. Cuando llegó la visa de Esar a mediados de julio, su padre le exigió que vaya directo desde Pakistán hacia Estados Unidos y la interpeló: "¿Y si el aeropuerto de Kabul cae en manos de los talibanes?". No podía imaginar que eso sucediera, pero siguió la exigencia de su padre. Aterrizó en Arkansas a finales de julio y ha reemplazado sus pertenencias con ropa de segunda mano y muebles donados por profesores de la universidad.

Mina Rezai toma una clase de manejo en Kabul el 15 de febrero de 2021. Aunque las conductoras siguen siendo una minoría en las calles de Kabul, en los últimos años, ha habido un aumento en la cantidad de mujeres que han aprobado su prueba de manejo. Fuera de Kabul, las conductoras siguen siendo tabú.

Fotografía de Kiana Hayerti

Afuera de Simple Café, cafetería propiedad de una mujer, las niñas de secundaria venden artesanías, trabajos en madera y accesorios el 13 de febrero de 2021. Una generación entera de afganos de la urbe ha crecido con libertades básicas que los talibanes prohibieron en la década de 1990.

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Fakhria ayuda a su madre a estirarse en su hogar de Kabul el 16 de febrero de 2021. Fakhria y su marido fundaron un estudio de yoga en 2016, que se convirtió en un refugio seguro para más de 500 estudiantes.

Fotografía de Kiana Hayerti

Cuando cayó Kabul, la promoción afgana de las becas Fulbright de 2021 ya tenía sus visas. Aquellos con los que está en contacto han llegado a Estados Unidos. 

Había soñado con abrir un instituto de investigación afgano algún día. Hoy, no sabe si alguna vez va a poder regresar. 

Esar viene de una familia de mujeres luchadoras. Su abuela fue guerrillera durante la invasión soviética y luego dirigió el consejo de su aldea. Durante el reinado talibán, su madre dirigió una escuela ilegal y subterránea para 60 niñas. Esar, que tenía 7 en ese momento, se hacía llamar directora con orgullo. Sin embargo, su familia hoy parece haber perdido la esperanza. Su abuela falleció y su madre no está interesada en luchar de nuevo. Sus padres hablan sobre irse del país, algo que, según Esar, nunca antes habían considerado. Sus posibilidades de escapar se diluyen con los días.

A la cantante Aryana Saeed la peina su maquillador mientras su prometido Hasib Sayed le toma fotos para sus cuentas en redes sociales antes de grabar un episodio de “Afghan Star” (Estrella afgana), un show de TV que busca talentos, el 18 de febrero de 2021. Las amenazas al show forzaron a que se realizara la producción en un refugio seguro. Saeed y Sayed huyeron de Afganistán el 17 de agosto.

Fotografía de Kiana Hayerti

Un vídeo de música india siendo emitido en la televisión afgana el 1 de marzo de 2021 en el Cafe Delight en Aino Maina, en la provincia de Kandahar, es censurado para esconder la piel desnuda de los actores.

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Salir vivas

Sin claridad ni un plan difundido en toda la región para que los evacuados lleguen al aeropuerto de Kabul, la responsabilidad de ayudar a los afganos a escapar ha recaído en aquellos que tienen conexiones en el país.

Shannon Galpin no se ha acostado en 11 días. A veces se acuesta vestida por completo en su abultado sofá en Edinburgo, Escocia, y se deja llevar por el sueño para luego saltar lista para levantarse cuando escucha el sonido de su celular con noticias de las evacuaciones. Hace casi una década en Afganistán, Galpin ayudó a crear el Equipo de ciclistas afganas y el primer club de ciclistas del país. Ha pasado los siguientes años apoyando a las afganas a que sean deportistas.

En 2020, hubo equipos de mujeres en siete provincias y cinco carreras de ciclismo de competición femenino, junto con competiciones de BMX y ciclismo de montaña. El deporte, como la cultura y el arte, puede considerarse una forma de rebelión, explica Galpin, que es estadounidense. "Es universal: la bicicleta está relacionada con los derechos de las mujeres", señala. "Es un vehículo de libertad y movilidad. Es el centro de tu independencia e igualdad".

Por cuestiones de seguridad, la artista Rada Akbar tuvo que cancelar su exhibición de arte denominada Abarzanan, o Supermujeres, que celebraba a las afganas pioneras de derechos. En cambio, transmitió un video que honraba a las mujeres víctimas de ataques terroristas. "Para mí, es insultante e irrespetuoso cuando las personas miran [a las afganas] como si recién hubiésemos comenzado a existir en 2001", explica. "El mundo tiene que conocer la historia de las mujeres en Afganistán". Luego de que Kabul cayera en manos de los talibanes Akbar se escapó a París.

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El 15 de agosto, mientras el presidente afgano Ashraf Ghani huía y los talibanes tomaban el palacio presidencial, los líderes de la comunidad mundial de escaladores, ciclistas y otros deportes al aire libre comenzaron a construir una base de datos para la evacuación. La lista de 400 atletas y entrenadoras afganas incluye al equipo de montañismo de mujeres, el club de esquí de Bamiyan, corredoras de maratón, ciclistas de montaña, un grupo de parkour y equipos de fútbol y básquet femenino. Con rapidez, Galpin y sus colaboradores recopilaron y compartieron rutas seguras hacia el aeropuerto, los teléfonos de compañías de seguridad privada y contactos para vuelos chárter.

En un solo día, Galpin coordina las evacuaciones con 20 hilos de mensajes diferentes. Su buzón está repleto de llantos desconsolados, informes de talibanes patrullando las casas y, a veces, algún insulto que sabe es solo para descargar la frustración. "Ya van 11 días, ¿cómo les dices que lo sientes y que tienen que esperar?", se pregunta. "Es desgarrador. Lo que estamos haciendo no se compara con el miedo con el que viven. Nunca va a ser suficiente".

Galpin organizó una colecta para ayudar a cubrir los costos: Un viaje en taxi al aeropuerto salía 10 dólares estadounidenses y hoy cuesta 4.000 en una compañía de seguridad privada. Galpin recurrió a la comunidad de ciclistas que había alentado a los equipos afganos durante los últimos años y recaudó 36.000 dólares estadounidenses.

En Kandahar, el 1° de marzo de 2021, las mujeres hacen fila para registrarse en una oficina del Departamento de Refugiados y Repatriación. La mayoría de los desplazados internos que llegaron entonces procedían de los distritos de Arghandab y Panjwai, donde los talibanes habían estado avanzando durante meses.

Fotografía de Kiana Hayerti

La colecta de Galpin no es la única. El fundador de una cuenta de memes de Instagram comenzó a recaudar fondos a través de GoFundMe para pagar vuelos de evacuación privados y recaudó 5 millones de dólares en 24 horas. Hoy, una semana después, ha pasado los 7 millones.

No obstante, el dinero es solo un factor de los muchos que se necesitan para sortear el caos del aeropuerto y la fecha límite del retiro de tropas de Estados Unidos (31 de agosto). Se estima que cada asiento en un avión que despega desde Kabul cuesta $1.500 dólares estadounidenses, pero algunos vuelos han despegado con menos de un cuarto de la totalidad de capacidad porque los inconvenientes logísticos evitaron que algunos pasajeros abordaran. Al principio, los talibanes permitían el paso hacia el aeropuerto, pero, desde la semana anterior, el camino estuvo cerrado y, en determinados puestos de control, pararon a los automóviles que se dirigían hacia allí.

Debido a los impedimentos por las normas caóticas y cambiantes, los colaboradores lograron sacar a algunos pocos. Hasta ahora, Galpin cree que 50 personas de la lista de 400 han sido evacuadas, pero no lo sabrá con seguridad hasta que se complete la retirada de Estados Unidos. "Esto no termina el 31", indica. "Luego vamos a tener que ocuparnos de las personas que quedan".

Una ciclista, parada en las alcantarillas que cruzan frente a la puerta del aeropuerto de Kabul donde los afganos se han congregado, les gritó a los soldados que ella se encontraba en la lista del vuelo chárter. "Les dije que era un vuelo de Uganda y el soldado británico se rió", le escribió a Galpin. Luego de horas en el teléfono, la mujer logró subirse al avión. Estaba casi vacío.

Estudiantes de la provincia de Daikundi caminan hacia el campus de la única universidad pública de la región, que se encuentra en la cima de una montaña en las afueras de la ciudad de Nili. Los estudiantes que no pueden pagar una minivan o una motocicleta caminan una o dos horas por día para llegar a la escuela.

Fotografía de Kiana Hayerti

Un futuro incierto

Hoy, solo tenemos pistas de lo que se vendrá en la Afganistán liderada por talibanes.

La dirigencia en Kabul ha pasado a la ofensiva en lo que respecta a relaciones públicas, pero los soldados talibanes ya se han negado a permitir que las estudiantes y las profesoras ingresen en la universidad de Herat, una ciudad en el oeste de Afganistán, y las escuelas para niñas en otras provincias se han cerrado desde que los talibanes llegaron al poder. Se les ha pedido a las mujeres que hacían las compras solas en los mercados de Mazar-i-Sharif que regresen con un guardián de sexo masculino y se ha despedido a las presentadoras de noticias.

Durante las últimas dos décadas, el acceso a la educación en las fortalezas talibanas ha variado bastante. En algunos distritos, a las mujeres se les ha permitido viajar para asistir a universidades gubernamentales. En otros, no hay siquiera escuelas primarias para niñas. Por lo general, la educación está restringida cuando las niñas llegan a la pubertad o alrededor del séptimo grado.

“El Emirato Islámico se compromete con los derechos de la mujer dentro del marco de la sharía", afirmó el vocero talibán Zabihullah Mujahid en una conferencia de prensa el 17 de agosto. "Nuestras hermanas, nuestros hombres tienen los mismos derechos; se beneficiarán de sus derechos... trabajarán con nosotros, codo a codo".

Para Rada Akbar, estas promesas suenan vacías, o de una oscura ironía. Akbar, fotógrafa, pintora y activista de Kabul, ha sido detractora de los talibanes. A principio de este año, se encontró en una lista de blancos de asesinatos. "Los talibanes han tenido como blanco a mujeres como yo y como mis amigas durante los últimos 20 años", señala. "Las personas tienen que ser muy ingenuas para confiar en que cambiaron. Veinte años matando y destruyendo, y de la noche a la mañana, ¿cambiaron? No. Son lo mismo".

Las mujeres y las niñas se reúnen en las afueras de la aldea Kohna Deh en el distrito de Nili para lavar prendas, sábanas y tejidos el día anterior a Nowruz en una tradición conocida como Khana Tekaani o temblores en la casa.

Fotografía de Kiana Hayerti

"La ironía es que, cuando se apoderaron de Kabul anunciaron la amnistía y dijeron ‘perdonamos a todos los afganos’. ¿Qué quiere decir que nos perdonan? Nos mataron. Mataron a nuestros amigos y colegas. ¿Por qué me perdonas? ¿Por ser artista? ¿Nos perdonas por perder nuestras vidas?".

Hace tres meses, la familia de Akbar se reunió y charló sobre irse del país. Su madre se rehusó. La familia había huido a Pakistán cuando los talibanes llegaron al poder en 1996. No se convertiría en refugiada nuevamente. Aún preocupada, Akbar comenzó a enviar sus pinturas y discos duros con amigos que viajaban al extranjero.

 

El 15 de agosto, Akbar recibió una llamada de una amiga fotógrafa de Kabul. "Rada", gritó, "¡están llegando, están llegando!". Akbar dejó la mitad de su almuerzo y la mejor parte de una década de trabajo, y manejó hacia la embajada francesa. Después de unos días, la trasladaron al aeropuerto en una caravana de 15 minibuses y vehículos blindados. Hubiera deseado haberlo hecho de noche para no tener que ver a su ciudad invadida por soldados talibanes. Hoy, está en cuarentena en un hotel de París con cientos de otros afganos que esperan para saber hacia dónde se dirigirán. Su familia está desparramada por Alemania, Estados Unidos, Francia y Turquía.

Pronto, habrá miles de refugiados afganos en todo el mundo y muchos más quedarán atrás sin la posibilidad de escapar. "Cuando Estados Unidos derrocó a los talibanes, se buscaba, con esfuerzo, ayudar a estas mujeres a salir adelante. Y luego de 20 años, ha habido tantos logros en educación y carrera profesional", explica Melanne Verveer, directora del Georgetown Institute for Women, Peace, and Security (Instituto para las mujeres, la paz y la seguridad de Georgetown). "Pensar que eso ya no va a estar más es algo que, creo, impacta. Cielos, ¿qué les sucederá ahora?".

Sin embargo, según la información que maneja el instituto, Afganistán sigue siendo el segundo peor país para ser mujer en el mundo debido a la inestabilidad y la violencia de género.

Miles de personas celebran el festival de primavera de Nowruz y viajan horas o días a una aldea remota denominada Nalij. La aldea ha albergado la celebración por más de cien años. Durante el dominio talibán, la festividad se prohibió por sus tradiciones paganas.

Fotografía de Kiana Hayerti

Las mujeres ganaron un importante poder político en los últimos 20 años, pero el futuro es hoy incierto. Algunas líderes políticas han indicado que el regreso del régimen talibán sería inaceptable, pero otras estaban esperanzadas y creían que podría haber un lugar para las voces femeninas y los valores islámicos.

“Todavía no sabemos si los talibanes quieren que perdamos y nos sacrifiquemos”, señaló Shinkai Karokhail, miembro del Parlamento y activista de derechos humanos, en una historia de 2020 de  National Geographic. "No estamos en contra de la paz, no estamos en contra de que los talibanes regresen [a la política] en Afganistán si implica terminar con esta larga guerra".

Durante el Gobierno del presidente Barack Obama, Verveer se desempeñó como primera embajadora estadounidense para cuestiones relacionadas con las mujeres. En un viaje a Afganistán, se encontró con un grupo de periodistas mujeres. Una le entregó un pequeño bouquet de flores de plástico y le transmitió un dicho: "Una flor no traerá la primavera, pero muchas sí lo harán". Le hizo señas a las periodistas de la sala para mostrarles que la primavera había llegado.

Este recuerdo obsesiona a Verveer, que hoy encabeza una campaña denominada Protect Afghan Women (Protejan a las mujeres afganas) que está ayudando a evacuar a juezas, periodistas y activistas de derechos humanos. "No dejo de pensar que la primavera se ha convertido en un terrible invierno".

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