Historia y Cultura

Sigue la cruzada de tres amigos salvadoreños hacia México en la caravana de migrantes

Arriesgarse a un futuro incierto es mejor que la certidumbre de la desesperación, el peligro y la falta de oportunidades que los salvadoreños sufren en su país. viernes, 16 de noviembre de 2018

Por Nina Strochlic
Fotografías de Moises Saman
Una caravana de migrantes salvadoreños cruza la frontera de Guatemala a México por el río Suchiate después de que las autoridades mexicanas rechazaran su petición de atravesar legalmente el territorio mexicano en su viaje hacia el norte, a frontera estadounidense.

Se conocieron por Whatsapp y decidieron caminar 3200 kilómetros juntos. A mediados de octubre, Jackelin Martínez se unió a uno de los cientos de grupos de mensajería que se formó luego de que miles de migrantes de su país vecino, Honduras, comenzaran su travesía en caravana a Estados Unidos. La conversación por Whatsapp era un constante remolino de información, y muchas veces Jackelin recibía cientos de mensajes por minuto con oraciones, listas de embalaje y puntos de encuentro. Ella siempre había querido dejar El Salvador, para conocer el mundo y encontrar un buen trabajo; y viajar en grupo se lo ofrecía en gran medida.

Ya que se estaban difundiendo varias fechas de salida de la caravana desde El Salvador, Jackelin preguntó cuál era la correcta. "Lo averiguaré por ti", le escribió uno de los miembros del chat por privado. Durante las dos semanas siguientes, ella y Miguel Funes hablaron sobre sus planes. Él vivía en la capital de San Salvador y ella en un barrio al noreste. Miguel parecía hablar en serio, y Jackelin confío en él de inmediato. Al poco tiempo, le preguntó si podían encontrarse en la estación de autobús para ir juntos al punto de encuentro.

Una caravana de migrantes salvadoreños cruza el río Suchiate, que divide Guatemala y México. Las autoridades mexicanas de inmigración rechazaron su petición de entrar como grupo a México en su camino hacia la frontera septentrional con los Estados Unidos.

Había algo más que se agregaba a su sentido de urgencia: cuando era adolescente, su vecino había abusado sexualmente de ella, y solo un mes atrás había salido de prisión a mitad de su sentencia por 14 años. Se había mudado justo a la casa de al lado. Si bien ella no creía que fuera parte del MS-13 o Barrio 18, las dos pandillas que habían convertido a El Salvador en el país de mayor peligro mortal (sin tener en cuenta las zonas de conflicto bélico), sus amigos le advirtieron que él podía estar buscando venganza. Jackelin reveló este dilema al grupo de Whatsapp: ¿Su vida corría peligro? "Sí", le dijeron, "ven".

El día antes de partir, Jackelin y Glenda Vázquez, una amiga de la infancia, se subieron a un autobús en la terminal central de San Salvador; Miguel estaba esperándolas. Con sus anteojos de alambre, larguirucho y simplón, las saludó con la mano antes de darse cuenta de quiénes eran. Llevaba un año en la escuela de enfermería, y Jackelin planeaba comenzar a estudiar turismo al año siguiente. Sentían que se conocían desde siempre. Casi de inmediato, decidieron que si no lo hacían los tres juntos, ninguno lo haría. Se subieron a bordo de un autobús urbano hacia el Salvador del Mundo, una plaza central rodeada por tráfico, en donde cientos de personas estaban sentadas sobre el pasto escalonado, recostadas sobre sus mochilas comiendo bocadillos que los voluntarios les habían repartido.

A la mañana siguiente, temprano cuando el sol salía, salieron en busca de sus últimas pupusas, unas tradicionales tortillas fritas hechas de masa de maíz y rellenas con carne de cerdo, frijoles y queso. Dos horas más tarde, la plaza estaba vacía, y más de 1500 inmigrantes se dirigían hacia el oeste y luego al norte hacia la frontera con Guatemala. Hicieron dedo y se subieron a las partes de atrás de camiones, y caminaron bajo el sol resplandeciente por la banquina de la carretera.

Una caravana de migrantes salvadoreños cruza el río Suchiate, que divide Guatemala y México. Las autoridades mexicanas de inmigración rechazaron su petición de entrar como grupo a México en su camino hacia la frontera septentrional con los Estados Unidos.

Antes de perderse de vista y de haber cruzado un río revuelto, los tres nuevos amigos se subieron a un autobús que los llevaría a medio camino de la frontera de Guatemala. Glenda y Jackelin usaban las mismas sandalias estilo crocs y llevaban mochilas con algunas mudas de ropa. Alguien puso en su teléfono móvil  una canción satírica llamada "Tres veces mojado", y todos en el autobús cantaron:

Cuando me vine de mi tierra El Salvador

Con la intención de llegar a Estados Unidos,

Sabía que necesitaría más que valor,

Sabía que, a lo mejor, quedaba en el camino.

Migrantes salvadoreños que van en la parte de atrás de un camión son detenidos en un puesto de control de inmigración cerca de la frontera con Guatemala. Los oficiales de inmigración les permitieron a los migrantes avanzar siempre y cuando llevaran consigo documentos nacionales de identidad que les permitieran viajar libremente a Guatemala, su próximo destino en la ruta norte hacia Estados Unidos.

Cruzaron sin problema por la frontera hacia Guatemala, en donde no es necesario tener una visa de El Salvador. Sin embargo, la verdadera prueba es al norte. Para ingresar a México de forma legal, los miembros del grupo necesitarán visas, y no las tienen. Dos semanas atrás, la caravana hondureña se había enfrentado a la policía, que disparó gas lacrimógeno y balas de goma a los grupos que se amontonaban en el puente fronterizo. Miles de personas terminaron caminando por el río debajo y hacia México, en donde continuaron su camino hacia el norte.

Durante el mes pasado, los habitantes de la animada ciudad fronteriza de Tecún Umán, en Guatemala, vieron pasar aproximadamente 15.000 inmigrantes camino al norte. Estaban esperando a los salvadoreños, que llegaron el primero de noviembre, y se expandieron por la plaza central, dejando su ropa lavada para que se secara sobre los cordones de la vereda y los cercos. Los voluntarios de una iglesia construida con estuco violeta repartieron platos hechos de poliestireno con carne, arroz y tortillas. Las familias locales pasaron por allí camino al cementerio, llevando ramos de flores por la celebración del Día de los Muertos. En una de las calles jugaron al fútbol, y los voluntarios pegaron hojas blancas de papel para que los niños colorearan.

Migrantes salvadoreños se amontonan dentro de un camión acoplado que los había recogido para llevarlos a la frontera guatemalteca.

La noche antes de irse a México, Jackelin, Glenda y Miguel se acurrucaron en la plaza central, al lado de una fuente burbujeante. Se habían encontrado en San Salvador tan solo 48 horas atrás, y habían viajado durante la mayor parte de la noche anterior. Durmieron con sus cabezas apoyadas en las mochilas y sus pies sobre bolsas de compras. Glenda se acomodó sobre el hombro de Miguel. Estaban inquietos, y temían que los dejaran atrás. A las tres de la madrugada, todos en la plaza comenzaron a despertarse, y se levantaron para buscar el desayuno. A algunas cuadras de distancia estaban repartiendo tacos. Las demás personas que se encontraban en la plaza se levantaron y caminaron por las calles oscuras, hasta que una curva los llevó hacia una cerca alta y amarilla. Allí se sentó el grupo. Mientras que el sol salía, los hombres se afeitaban mirándose en el reflejo de sus teléfonos móviles, y las dos cuadras que estaban llenas de gente se encontraban en completo silencio. Jackelin dormitaba y Glenda jugaba con su teléfono móvil, que no funcionaba desde que se habían ido de El Salvador. Ambas estaban muy ansiosas por el largo camino que les quedaba por recorrer.

“Desearía haber empacado crema para el dolor muscular”, dijo Glenda.

“Desearía haber venido con mi madre”, contestó Jackelin.

Empujando el portón, un hombre con un megáfono buscaba negociar con los oficiales guatematelcos, y prometía que el grupo sería pacífico y ordenado. “Déjennos cumplir el sueño americano”, exclamaba. “¿Cuánto más nos hará esperar?”. Ya había salido el sol cuando un oficial del consulado mexicano tomó el megáfono y anunció que se les permitiría la entrada sin tener documentos.

Los centroamericanos, que formaban parte de una caravana de miles de migrantes, emprendieron viaje en la parte de atrás de un camión acoplado, pasando cerca del pueblo de Los Corazones, en Oaxaca, México.

Cuando se abrió el portón, las mujeres y los niños ingresaron primero, haciendo una sola fila acordonada por la policía antidisturbios de Guatemala. Los niños que iban en cochecitos o sobre los hombros de adultos fueron llevados delante de todo y pasaron por el portón. Glenda y Jackelin terminaron del otro lado del cerco, en dirección a México sin Miguel. Y pronto, el plan se echó a perder.

Un puente separa la frontera entre Guatemala y México, y cuando el primer grupo lo cruzó, se encontró con un portón cerrado, surcado de alambre de púas. Un oficial mexicano de inmigración les explicó a través de las rejas que no se les permitiría pasar libremente— les ofrecían una visa para refugiados. Si la aceptaban, tendrían que pasar más de 45 días en un refugio para migrantes, esperando a que la documentación para refugiados se tramitara. Así, podrían vivir y trabajar en México por un año. Una familia sacó a dos niños por el portón, y una mujer embarazada los siguió. Con frustración y calor, el resto de las personas de la fila se separaron y caminaron de regreso a la oficina en la frontera guatemalteca. Desde el cerco del puente, un grupo de jóvenes los alentó a unirse al cruce del río.

La gente comenzó a dispersarse. Sin embargo, no había rastros de Miguel. Se había llevado la mochila de Glenda, con un par de zapatillas multicolor colgando al costado, para alivianar su carga.

Caravana de migrantes salvadoreños
Caravana de migrantes salvadoreños
Migrantes provenientes de El Salvador recorren largas distancias en busca de oportunidades en Estados Unidos.

Jackelin se puso un sombrero y caminó hacia el lado mexicano, pero solo había grupos de personas regresando. Caminaron hacia fuera del portón de la frontera y de vuelta a la plaza en la que habían dormido.

 “¡Puedo verlo!”, Glenda señaló hacia un cantero de flores, Miguel estaba sentado sobre la cornisa de concreto. Saltó y las rodeó con un abrazo. Había intentado buscarlas, dijo, pero la policía de Guatemala no le permitió pasar por el portón. “Sí, claro, estuviste buscándonos”, dijo Jackelin, enfadada y sonrojada por su caminata por el puente. Les presentó a una señora mayor que estaba sentada junto a él. “Justamente le estaba contando que mi plan era cruzar el río y lanzarme sin más hacia la inmigración, porque sin ustedes no podía seguir”.

Pidieron tres vasos de jugo de naranja en un puesto, y debatieron sobre su próximo paso. Si aceptaban las visas que México les ofrecía y se dirigían hacia los refugios, serían separados por género. Contratar un bote les costaría aproximadamente 4 dólares estadounidenses por persona. El grupo estaba cruzando el río a pie, pero eso implicaría un problema: “No sé nadar”, confesó Miguel.

 “¿No puedes nadar?”, le preguntó Glenda.

 “Bueno, no puedo nadar rápido. Y hay corriente”.

 “No es tan ancho”.

 “Es profundo”, contestó Miguel. “Las ayudarán a ustedes a cruzar— no a mí”.

Mientras discutían, grupos de personas que descansaban en la plaza se pararon y comenzaron a moverse. Los comerciantes guatemaltecas se dirigieron a las puertas para observar el inesperado éxodo. Cientos de personas se unieron, hasta que las calles estuvieron llenas. “Aquellos que no tengan bolsas de plástico, ¡cómprenlas!”, alguien exclamó. “¡Soy un pez, soy un pez!”, gritó otra persona.

Miguel sacó un mapa laminado que mostraba distintas rutas posibles a través de México hacia Estados Unidos— la línea que pasaba por Texas era de 2400 kilómetros, y otras se extendían a lo largo de más de 3200 kilómetros al oeste hacia California. Frente a ellos tenían un viaje de más de un mes, en su mayor parte a pie. Al final del viaje, se encontrarían con una frontera extremadamente custodiada, con cientos de tropas que les ordenarían que se detuvieran.

“¿Crees que podrán atrapar a todas esas personas a la vez?”, Jackelin se preguntaba en voz alta. Salió del camino para grabar un video del éxodo, que ya había pasado el pueblo y estaba llegando a un sendero angosto. A la derecha, terrenos cubiertos de bananos se extendían por el río, y del otro lado, la herbácea descendía por las casas dispersas. Volvió a la fila, y Glenda sacó su teléfono móvil para tomar una selfie grupal. Los tres sonrieron.

Luego, la carretera se abrió y el río se extendió por su camino. Salieron del terraplén embarrado y se metieron dentro del agua, que les llegaba hasta la rodilla. Una corriente los empujó hacia el otro puente y hacia la frontera que habían cruzado. Glenda y Miguel se tomaron de las manos, y Jackelin se sostuvo de sus hombros a medida que caminaban por aguas más profundas. Del otro lado, se oía la sirena de un auto policial; y desaparecieron detrás de un bulto de bolsas de basura que flotaba y de niños que hacían equilibrio. Cuando subieron a tierra mexicana, el automóvil policial se alejó, y 1500 personas comenzaron a caminar con dirección norte hacia la próxima parada, a la que llegarían dentro de ocho horas.

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