¿Cómo la COVID-19 afecta al corazón?

Muchos pacientes presentan palpitaciones cardíacas, dolor en el pecho y dificultad para respirar, incluso después de recuperarse de la COVID-19. Pero los nuevos estudios ofrecen una esperanza.

Publicado 9 de dic. de 2021 12:39 GMT-3
Covid-19 Heart

Radiografía de tórax a color que muestra el corazón dilatado de una paciente de 74 años con COVID-19. Algunos pacientes siguen teniendo síntomas cardiovasculares meses tras recuperarse, incluso después que sus tomografías de tórax y otras pruebas volvieron a la normalidad.

Fotografía de P. Marazzi, Science Source

Danielle Huff estaba en su caminadora cuando sintió por primera vez el dolor en su pecho. Se acababa de recuperarse de un terrible caso de COVID-19 unas dos o tres semanas antes, durante el cual presentó casi todos los síntomas imaginables: dolor de garganta, dolor de cabeza, congestión nasal, tos, pérdida del olfato, dolor en el cuerpo, un caso leve de conjuntivitis y una constante sensación de pesadez en el pecho como si tuviera una bola de boliche encima.

Pero esta sensación en su pecho era diferente: era un dolor más agudo que vino de repente. Huff, administradora de una escuela en Illinois, Estados Unidos, de unos 30 años, tiene antecedentes familiares de problemas cardíacos y temía que pudiera ser una señal de algo grave. Aunque siempre hubiera tratado de llevar un estilo de vida saludable —haciendo yoga o caminando todos los días— tuvo demasiado miedo para hacer ejercicios.

“Llegué al punto en que ya no podía hacer ejercicio”, dice. “Tenía miedo del dolor en el pecho porque no sabía qué lo causaba”. Finalmente, su médico la derivó a un cardiólogo especialista en el tratamiento de pacientes que se han recuperado de la COVID-19 pero que aun tienen síntomas cardíacos.

Desde los primeros meses de la pandemia, los científicos han sospechado que la COVID-19 es una enfermedad que afecta tanto a los pulmones como al corazón y los vasos sanguíneos. “Nos dimos cuenta desde el principio de que la coagulación desempeñaba un papel importante”, dice Jeffrey Berger, director del Centro Langone para la Prevención de Enfermedades Cardiovasculares de la Universidad de Nueva York. Ya en marzo de 2020, los médicos notaron tasas inesperadamente altas de coágulos de sangre en sus pacientes, lo que provocó un aumento de los ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares. Las autopsias también revelaron masas de pequeños coágulos de sangre en lugares que normalmente no se ven, como el hígado y los riñones.

Ahora ha quedado claro que el daño cardiovascular de la COVID-19 no desaparece una vez que el paciente se recupera de la infección original. En algunos pacientes, las resonancias magnéticas revelan signos de inflamación meses después que el virus desaparece. Otros siguen teniendo altos niveles de troponina, una sustancia química que se libera en la sangre siempre que hay daño en el músculo cardíaco.

Inesperadamente, Huff realizó una serie de pruebas cardíacas y los resultados fueron normales. Aun así, le faltaba tanto el aire que tuvo que abandonar una clase de yoga y no podía caminar por el edificio de la escuela sin tener que sentarse. Además, aproximadamente un mes después de recuperarse de la COVID-19, comenzó a sentir palpitaciones cardíacas aleatorias.

Para hacer el misterio aun más complejo, algunas personas que solo han tenido casos leves o incluso asintomáticos de COVID-19 también informan sobre síntomas duraderos como palpitaciones cardíacas, dolor en el pecho, dificultad respiratoria y fatiga extrema. Los científicos aun no comprenden la causa de esto.

“Para mí, no hay duda de que estas personas tienen síntomas reales”, dice James de Lemos, cardiólogo del Centro Médico de la Universidad de Texas Southwest y copresidente del comité directivo del registro de pacientes con enfermedades cardiovasculares con COVID-19 de la organización sin ánimo de lucro American Heart Association. “La pregunta es: ¿hay alguna lesión cardíaca imperceptible que está provocando estos síntomas?”.

Hay motivos para la esperanza. Los investigadores han logrado avances en la comprensión de las formas de prevenir los efectos de la COVID-19 sobre el corazón y los vasos sanguíneos. Al mismo tiempo, los médicos aprenden más cada día sobre el tratamiento de los síntomas de la “COVID prolongada” —y se están llevando a cabo investigaciones rigurosas para ayudar a aclarar por qué se producen estos síntomas.

Efectos de la COVID-19 en el sistema cardiovascular

A principios de 2020, los médicos pronto notaron que el uso de anticoagulantes, que ayudan a prevenir la coagulación de la sangre, aumentaba las posibilidades de supervivencia de los pacientes con casos leves de COVID-19. Sin embargo, según Berger, también quedó claro que los casos de coagulación sanguínea letal requerían más que simples terapias anticoagulantes.

“Uno de cada cuatro pacientes seguía muriendo o necesitaba apoyo orgánico”, revela.

Hace entre cinco y diez años, los científicos comenzaron a comprender que las plaquetas desempeñan un papel en la promoción de la coagulación y de la inflamación no deseadas en otras enfermedades como el VIH, la psoriasis, el lupus y la artritis reumatoide. Estas pequeñas células sanguíneas redondeadas tienen una función principal: detener las hemorragias uniéndose a un vaso sanguíneo dañado y formando un coágulo. Con esa información en mente, Berger y un equipo de investigadores comenzaron a investigar qué papel desempeñan las plaquetas en la COVID-19.

“Los resultados fueron totalmente inesperados”, dice Berger. “Era como si algo hubiera cambiado la arquitectura genética de estas plaquetas”.

En un estudio publicado en Science Advances, los investigadores demostraron que el virus puede invadir los megacariocitos —células de la médula ósea que sintetizan plaquetas. La célula infectada altera entonces el material genético de las plaquetas para que se vuelvan más activas y emitan señales proteicas que hacen el revestimiento de los vasos sanguíneos más pegajoso e inflamado, lo que a su vez hace que los vasos sean propensos a desarrollar coágulos que pueden circular por todo el cuerpo.

Los científicos también han descubierto que el virus debilita las conexiones de los tejidos que recubren los vasos sanguíneos, haciéndolos permeables en lugar de sellarlos, como es de esperar cuando hay coágulos.

“Es como un arma de doble filo”, dice Ben Maoz, ingeniero biomédico de la Universidad de Tel Aviv en Israel, y autor principal de un estudio reciente que identificó las proteínas en SARS-CoV-2 que causan la mayor parte de las lesiones en el revestimiento de los vasos sanguíneos. De alguna manera, afirma, la COVID-19 afecta los vasos sanguíneos “con una acción doble y opuesta”.

Los vasos permeables permiten que la sangre y otras sustancias químicas corporales circulen hacia áreas que no deberían —incluidos los alvéolos pulmonares y los tejidos de otros órganos, lo que puede producir una variedad de efecto cascada, como el edema pulmonar que se observa en muchos casos graves de COVID-19 y complicaciones en el hígado, en los riñones y, por supuesto, en el corazón.

“Estos son efectos de los que debemos estar protegidos”, señala Maoz. Compara este daño con una bolsa de basura rota: pueden caerse algunos residuos. Algunos signos posteriores, como el olor y el líquido pútrido, se notarán de inmediato. Pero otros, como una futura infestación de ratas, pueden pasar desapercibidos durante meses. El alcance de este daño dependerá del tamaño y de la duración de la fuga.

Síntomas posteriores a la COVID-19

Sin embargo, no está claro si esta lesión de los vasos sanguíneos está relacionada con síntomas cardiovasculares persistentes en pacientes recuperados de la COVID-19. Maoz señala que el virus causa daños de muchas formas complejas que son difíciles de desentrañar. Además, los médicos siguen viendo signos de daño en el tejido cardíaco, como miocarditis, inflamación del músculo cardíaco o niveles altos de troponina, meses después de la hospitalización por COVID-19.

Berger explica que es común que un virus que causa una inflamación tan grave tenga consecuencias residuales después de la recuperación, especialmente entre los pacientes con casos moderados o graves que necesitaron hospitalización. Es preocupante que algunos pacientes con casos asintomáticos, leves o moderados (incluidos los niños) también tengan pruebas similares de daño cardíaco.

Sin embargo, cada vez hay más pruebas que sugieren que la miocarditis causada por la COVID-19 es más rara de lo que se creía inicialmente, según Lemos. En septiembre, un estudio del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los EE. UU. demostró que el riesgo de miocarditis es casi 16 veces mayor en los pacientes con COVID-19 que en otras personas. Pero el estudio concluyó que este cuadro clínico es poco común en ambas poblaciones y que el riesgo de miocarditis causada por COVID-19 es solo del 0,146%. Lemos afirma que la lesión también se cura en unos meses.

“La mayoría de estos corazones se ven bastante normales cuando se reevalúan durante el seguimiento”, dice.

Pero también hay pacientes como Huff. Amanda Verma, cardióloga que trató a Huff en la clínica del Síndrome Post-COVID-19 de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis, dice que algunos pacientes llegan con dolor en el pecho, pero sus pruebas de esfuerzo son normales. Otros se quejan de palpitaciones, pero cuando están equipados con monitores de frecuencia cardíaca, sus ritmos cardíacos parecen normales. Aun así, Verma advierte que estas pruebas no revelan todo.

“Con un examen un poco más profundo, se observa que el patrón de la frecuencia cardíaca no es tan normal”, señala. Si bien se espera que la frecuencia cardíaca de una persona aumente al caminar, no es normal que la frecuencia cardíaca de los pacientes atléticos más jóvenes salte de 60 a 120 con solo una caminata por una habitación o para dormir, como le ocurría a Huff.

Según Verma, este aumento anormal sugiere una disfunción provocada por la COVID-19 en el sistema nervioso autónomo, las vías de las células nerviosas que controlan automáticamente funciones vitales como la respiración y los latidos del corazón. Es una respuesta evolutiva de “lucha o huida” que permite que su organismo funcione sin tener que ser instruido conscientemente. Para los pacientes con síntomas persistentes de COVID-19, este sistema parece estar desregulado.

“Estos pacientes a menudo se quejan de estar exhaustos al final del día —y ¿quién no se quejaría si su frecuencia cardíaca se disparara durante el día?”, pregunta Verma. “Es como si la persona hubiera estado corriendo todo el día”.

Los científicos aún no entienden cómo la COVID-19 podría estar causando este tipo de disfunción. Algunas hipótesis sugieren que podría ser el resultado de una reacción inflamatoria excesiva del cuerpo al virus, o quizás incluso podría estar relacionado con las hormonas sexuales, ya que las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de convertirse en pacientes con síntomas persistentes de COVID-19. En cualquier caso, la imposibilidad de concretar el síndrome dificulta que las aseguradoras cubran los tratamientos médicos, algo desconcertante para los pacientes, que sienten que sus síntomas no se toman en serio.

“Es increíblemente frustrante para los pacientes que sufren estos síntomas porque no obtienen respuestas”, explica Lemos. “De alguna manera, validar la existencia de síntomas es el primer paso. Esta es una enfermedad real que simplemente aún no se comprende”.

Razones para la esperanza

Los investigadores han logrado avances en la identificación de tratamientos que pueden reducir la gravedad de la COVID-19 y, en última instancia, mejorar los resultados cardiovasculares. Berger y su equipo están estudiando fármacos que se dirigen a las plaquetas para evitar que se activen y provoquen la coagulación.

Por ahora, Maoz y su equipo han identificado las cinco proteínas del virus que más daño causan al revestimiento de los vasos sanguíneos. Están probando un modelo que les permitirá a los investigadores identificar proteínas que causan daño en otras partes del cuerpo. Este conocimiento molecular contribuirá al desarrollo de fármacos que pueden evitar que proteínas específicas interfieran en los vasos sanguíneos y causen enfermedades graves.

“Es increíble cómo hemos sido capaces de adaptarnos y responder a preguntas fundamentales en tan poco tiempo”, dice Berger. “La velocidad de la ciencia ha mejorado drásticamente”.

Sin embargo, reconoce que ninguno de estos posibles fármacos capaces de evitar que las plaquetas se coagulen o interfieran en los vasos sanguíneos por las proteínas del virus ayudará a las personas que ya tienen síntomas persistentes de la COVID-19. Para ello, los científicos deberán descubrir qué desencadena esta compleja plétora de síntomas.

A principios de este año, los Institutos Nacionales de Salud de los EE. UU. pusieron en marcha una iniciativa de investigación colaborativa que apoyará estudios a gran escala en niños y adultos con “COVID prolongada”. Verma dice que los médicos que se especializan en casos de pacientes con síntomas persistentes de COVID-19 están comenzando a encontrar tratamientos, como recetar medicamentos antiinflamatorios para el dolor en el pecho y betabloqueantes para reducir la presión arterial en pacientes con frecuencia cardíaca incontrolada. Incluso el ejercicio físico —cuando se supervisa y se estructura cuidadosamente para no agravar la fatiga— puede ser beneficioso.

También hay informes de que los síntomas persistentes de la COVID-19 pueden desaparecer con el tiempo, aunque pueda llevar entre un año y 18 meses. Verma señala que ha podido eliminar la medicación de algunos de sus pacientes, y muchos de los que no se han recuperado por completo terminan sintiéndose mejor después del tratamiento.

“La gran pregunta es si esto afectará su salud dentro de 10 o 15 años”, reflexiona. “¿Hay algún efecto que simplemente pasó desapercibido?”

Para Huff, la situación ha mejorado. Después de tomar medicamentos para la presión arterial alta y su elevada frecuencia cardíaca, las palpitaciones y la dificultad respiratoria desaparecieron. Curiosamente, las frecuentes migrañas que tenía desde los 13 años también desaparecieron. Todavía le teme demasiado el dolor en el pecho para volver a hacer ejercicio, pero tiene esperanzas debido a las respuestas que la investigación actual puede proporcionar y la comunicación franca entre médicos y pacientes a medida que se comprenden las implicaciones a largo plazo de la COVID-19.

“Hay mucho por descubrir y puedo entender la frustración de no saber qué está pasando”, dice. “Pero acepto el hecho de que no voy a tener todas las respuestas en este momento”.

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