Enjambre sísmico en Islandia: ¿Habrá erupciones volcánicas?

Los miles de terremotos que se desataron en el suroeste de Islandia podrían señalar el comienzo de un nuevo período de intensa actividad geológica que duraría 100 años.

Publicado 9 de marzo de 2021 14:46 GMT-3
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El área geotermal de Seltún en la península de Reykjanes en Islandia, donde burbujean aguas termales y se desprenden gases sulfurosos. A partir de un reciente enjambre sísmico en la península de Reykjanes, los geólogos se preguntan si podrían producirse erupciones volcánicas.

Fotografía de Arterra Picture Library, Alamy Stock Photo

Durante los últimos 800 años, la pintoresca península de Reykjanes en el suroeste de Islandia se ha mantenido relativamente tranquila. Pero hace 15 meses, comenzó a moverse. Y los sutiles murmullos fueron in crescendo hasta derivar en los 17.000 terremotos que se desataron en la última semana.

Los científicos ya han observado cómo ha cambiado de forma la tierra y han detectado los movimientos sísmicos del magma desplazándose hacia la superficie. La pregunta crucial entonces es: ¿habrá una erupción?

Unos días atrás, la respuesta parecía ser un rotundo sí. Se especulaba que surgirían increíbles flujos de lava y ríos de roca fundida, que no llegarían a las zonas pobladas. Y que tampoco afectarían a los aviones que surcan los cielos, algo que sí sucedió con la erupción de 2010 del volcán Eyjafjallajökull, cuyas cenizas fueron una gran amenaza en otra parte del país.

Pero el sistema volcánico de Reykjanes está teniendo una actividad muy desconcertante y es imposible determinar si producirá una erupción en los próximos días o semanas. "La gente está confundida, no entiende que está pasando", dice Dave McGarvie, vulcanólogo de la Universidad de Lancaster en Inglaterra.

Los ciclos ​​de actividad volcánica anteriores en esta región sugieren que esta alteración tectónica puede marcar el inicio de una sucesión de erupciones que persistirían durante 100 años. Si esto sucede, la península de Reykjanes podría emitir mil destellos que se encienden, desaparecen y luego reaparecen de manera intermitente a lo largo de todo un siglo.

Para quienes no se encuentran en Islandia, esta incertidumbre puede resultar angustiosa, pero los islandeses están acostumbrados a este tipo de hiperactividad geológica: “Es un país con mucha actividad volcánica y es algo con lo que la gente ha aprendido a vivir”, dice Thorbjörg Ágústsdóttir, sismólogo de Iceland GeoSurvey.

Roca fundida agitándose por lo bajo

La península de Reykjanes del país, ubicada a 27 kilómetros al suroeste de la ciudad capital de Reykjavik, es una región volcánica como cualquier otro lugar de la isla y se encuentra fuertemente monitoreada. El 3 de marzo, los sismómetros detectaron señales acústicas vinculadas al movimiento del magma a lo largo de la corteza cerca de la montaña Fagradalsfjall de la península y el sistema volcánico Krýsuvík-Trölladyngja, una serie de fisuras que atraviesan el suelo. En este lugar también se observaron cambios en el suelo, lo que confirma el movimiento de roca fundida.

Los vulcanólogos y las autoridades civiles comenzaron a sospechar que habría una erupción. “Suena como la antesala de una erupción”, comentó a los medios locales ese mismo día Kristín Jónsdóttir, de la Oficina Meteorológica de Islandia. El magma debajo de la superficie sugería que podría producirse una erupción en cuestión de horas.

En los volcanes de otras partes del país, ese tipo de señales claramente anunciarían el surgimiento de lava, dice McGarvie. Pero aquí no pasó nada.

“Es muy llamativo. No esperábamos eso. Siempre te terminas sorprendiendo, no puedes predecir nada”, dice McGarvie.

Al momento de comenzar este artículo, los temblores que indicaban movimiento de magma cesaron. Podrían reaparecer, pero es posible que no regresen. “Tendremos que esperar y ver qué sucede”, dice Bergrún Arna Óladóttir, vulcanólogo de la Oficina Meteorológica de Islandia. "Hay que prepararse para lo peor y esperar que pase lo mejor".

Cuando aparece magma, como en este caso, siempre es posible que se atasque, se enfríe, se solidifique y simplemente quede bajo tierra, explica Ágústsdóttir.

“Para mí, el escenario más factible es que se atenúe y se vaya deteniendo lentamente”, sostiene Sigurjón Jónsson, geofísico de la Universidad de Ciencia y Tecnología King Abdullah en Arabia Saudita.

El desafío más grande es que cada volcán tiene sus particularidades. Algunos volcanes pueden compartir los mismos precursores, pero eso no significa que con todos ocurra lo mismo. La última gran erupción en la península de Reykjanes sucedió hace ocho siglos, no mucho después de los primeros asentamientos en Islandia. En ese entonces, no existía una ciencia de la vulcanología, y al no haber registros de los datos sísmicos específicos de la región, se desconoce qué comportamiento tendrían los volcanes en este rincón de Islandia antes de una erupción.

Pero si analizamos lo que sí sabemos sobre la historia geológica de la región podríamos obtener algunas pistas sobre la reciente sucesión de temblores y especular qué pasará en el futuro.

Fisuras en la península

Después de una serie de grandes erupciones entre los siglos X y XIII, la península de Reykjanes estuvo bastante tranquila. Pero eso cambió a fines de 2019, cuando comenzó a sacudirse más seguido y con más fuerza. En febrero de este año, un terremoto de magnitud 5,7 sacudió la región, y esta semana hubo un temblor detrás de otro.

“Es la secuencia de terremotos más intensa que tuvo esta área en casi cien años”, dice Jónsson.

Para entender este caos tectónico, hay que tener en cuenta un dato clave: Islandia se encuentra en la parte norte de la Dorsal mesoatlántica, un límite en el lecho marino que se extiende a lo largo de todo el planeta. Aquí, la lava entra en erupción y se enfría para formar una nueva corteza oceánica a ambos lados de la grieta. Las placas tectónicas de América del Norte y Eurasia se encuentran al oeste y al este, respectivamente, y se separan entre sí de forma constante.

La mayor parte de la Dorsal mesoatlántica está bajo el agua, pero la península de Reykjanes se encuentra en la parte norte de la dorsal, por lo que se está separando todo el tiempo. Por razones que se desconocen, una vez cada 800 años aproximadamente, la fisura se acentúa repentinamente, lo que deriva en una mayor e intensa actividad tectónica, como está sucediendo ahora. Los estudios antiguos sobre flujos de lava y los relatos históricos de los primeros asentamientos de Islandia señalan que cuando aumenta la frecuencia de terremotos en esta zona, siempre aparece magma.

“No se entiende por qué se dan estos períodos intensos de terremotos junto con el desplazamiento de magma hacia la corteza. Pero los dos procesos están claramente interrelacionados”, sostiene McGarvie.

Es posible que a medida que se separa la península, se creen nuevas vías para que el magma emerja a la superficie, pero los científicos no pueden afirmarlo. Sin embargo, sí se puede afirmar que hubo tres episodios que mostraron este patrón de terremotos seguidos de erupciones, "y este parece ser el caso del último episodio", expresa McGarvie.

El comienzo de algo espectacular

Si la tormenta sísmica en la península deriva en una erupción, las características serán diferentes a las de algunos de las erupciones más intensas y caóticas que han sacudido otras partes del país insular.

Por ejemplo, la terrible erupción de Eyjafjallajökull en 2010 originó una columna imponente de ceniza caliente. Por temor a que la materia volcánica vítrea ingrese en los motores a reacción y provocara daños, se determinó el cierre del espacio aéreo europeo (el cierre más grande desde la Segunda Guerra Mundial). Pero la roca fundida debajo de la península de Reykjanes tiene una composición diferente, es una mezcla más líquida y no demasiado gaseosa similar a la que sale del volcán Kilauea de Hawai en este momento .

A medida que el magma sube a la superficie, va aumentado su presión y el resultado son grandes explosiones cargadas de ceniza. Dada la relativa ausencia de capa de hielo, en este caso, no hay agua, elemento que, en pocas cantidades, la roca fundida evapora de forma violenta y desencadena explosiones que producen una enorme cantidad de cenizas.

Tampoco se puede saber si una erupción en Reykjanes provocaría el mismo volumen de magma que la erupción Laki entre 1783 y 1784. En ese caso, se produjo una cantidad de lava que podía enterrar una ciudad del tamaño de Boston en 60 metros de roca fundida.

Pero algo que puede suceder es que surja lava de una fisura o una serie de fisuras, dice McGarvie. La erupción puede durar unas pocas semanas y disparar flujos de lava hacia el cielo y otros que caigan hacia terrenos más bajos. Este material no llegaría a afectar ninguna zona poblada, pero podría afectar alguna calle o derribar un par de líneas eléctricas.

El magma podría llegar hasta un acuífero, o incluso a la atracción turística Blue Lagoon, y desencadenar una actividad explosiva. Pero eso sería "muy poco probable", comenta McGarvie, sea como sea, las señales sísmicas permitirían a los científicos rastrear el movimiento del magma con anticipación y advertir a la gente que se mantenga lejos de la zona.

También preocupa que Grindavík, una ciudad en la costa sur de la península sacudida por el enjambre sísmico, podría correr peligro si la lava llegara hasta la ciudad, dice Jónsson. Pero si efectivamente ocurre una erupción, lo más probable es que “la gente disfrute de ver el flujo de lava con la aurora boreal detrás", dice McGarvie.

Y puede que sea solo el comienzo de algo mucho más grande. Otros estudios sobre la península han revelado que cuando comienza un nuevo ciclo de vulcanismo, no sigue una sola erupción, sino muchas. Gracias a las señales sísmicas y el grado de alteración del suelo el año pasado, se supo que el magma se fue acumulando en tres puntos diferentes debajo de dos de los sistemas volcánicos de la península, explica McGarvie.

Es demasiado pronto para asegurarlo, pero la actividad de esta semana podría anticipar el comienzo de una serie de destellos volcánicos intermitentes a lo largo de la península suroeste de Islandia, que durarían 100 años. Según McGarvie, "estaríamos frente a un acontecimiento que durará mucho tiempo".

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