Muchos pacientes del COVID-19 perdieron el olfato. ¿Lo recuperarán?

Mientras los científicos trabajan para desenmarañar la biología básica de la nariz, algunos pacientes están encontrando efectos positivos en el entrenamiento olfativo.

Por Sara Harrison
Publicado 6 de ago. de 2020 12:27 GMT-3
Una trabajadora sanitaria le hace un examen olfativo a un residente del barrio Altos de San ...

Una trabajadora sanitaria le hace un examen olfativo a un residente del barrio Altos de San Lorenzo, cerca de la ciudad de La Plata, Argentina, el 24 de mayo de 2020. El examen se usa para monitorear la pérdida del olfato.

Fotografía de Alejandro Pagni, AFP via Getty Images

A PRINCIPIOS DE MARZO, Peter Quagge comenzó a sentir síntomas del COVID-19, como escalofríos o fiebre baja. Una noche, mientras cortaba el pollo crudo para la cena, se dio cuenta de que no olía la carne. “Debe ser realmente fresco”, recuerda pensar. Pero, a la mañana siguiente, no podía oler el jabón en la ducha ni la lavandina o lejía que usaba para limpiar la casa. “Parece una locura, pero pensé que la lavandina se había puesto fea”, cuenta. Cuando Quagge metió la cabeza en la botella e intento olerla, la lavandina le quemaba los ojos y la nariz, pero no podía oler nada.

La pérdida del olfato, o anosmia, ha surgido como un síntoma común del COVID-19. Quagge fue diagnosticado con COVID-19 aunque no le hicieron la prueba dado que las mismas no estaban ampliamente disponibles en ese entonces. Buscó tratamiento para la anosmia con múltiples especialistas, pero todavía no ha recuperado su olfato por completo.

Los informes sobre casos sugieren que entre el 34 y el 98 por ciento de los pacientes internados con COVID-19 sufrirán anosmia. Un estudio halló que los pacientes con COVID-19 tienen 27 veces más posibilidades que otros de perder su olfato; esto hace que la anosmia se convierta en un mejor predictor de la enfermedad que la fiebre.

Gran parte de los pacientes con COVID-19 que sufren anosmia recupera el olfato en unas pocas semanas y los médicos todavía no saben si el virus provoca pérdida del olfato a largo plazo. Aunque el hecho de no poder oler puede parecer un mínimo efecto secundario, los resultados pueden ser devastadores. El sentido está estrechamente vinculado con la autoconservación— la capacidad de oler un fuego, pérdidas químicas o comida podrida— y con nuestra capacidad de elegir sabores complejos y disfrutar la comida.

“Muchas de las maneras en las que nos conectamos es mediante una comida o tragos”, señala Steven Munger, director del Centro del Olfato y el Gusto en la Universidad de Florida. “Si no puedes participar de eso completamente, se crea un tipo de brecha social”.

El olfato también desempeña un rol en nuestras vidas emocionales, conectándonos con los que más amamos y con nuestros recuerdos. Quienes no pueden oler, usualmente comunican que se sienten aislados y deprimidos, y que pierden el disfrute en las relaciones de intimidad. Ahora, los científicos están comenzando a intentar dilucidar cómo el COVID-19 afecta este sentido crítico y esperan que esos descubrimientos ayuden a miles de nuevas personas con anosmia que buscan respuestas.

Lo que sabe la nariz

El sistema olfativo, que les permite a los seres humanos y a otros animales oler, es esencialmente una manera de decodificar la información química. Cuando alguien huele profundamente, las moléculas viajan desde la nariz al epitelio olfativo, una pequeña pieza de tejido en la parte de atrás de la cavidad nasal. Estas moléculas se unen a las neuronas sensoriales olfativas, que luego envían una señal por medio de un axón, una cola larga que pasa por el cráneo y le entrega el mensaje al cerebro, el cual registra las moléculas como café, cuero o lechuga podrida.

Los científicos todavía no comprenden completamente este sistema, incluyendo exactamente qué sucede cuando deja de funcionar. Munger explica que la mayoría de las personas no se dan cuenta cuán común es realmente la pérdida del olfato. “Esa falta de entendimiento público hace que haya menos atención para intentar entender las funcionas básicas del sistema”.

Las personas pueden perder el olfato luego de padecer una infección viral, como la influenza o el resfriado común, o luego de una lesión cerebral traumática. Algunos nacen sin sentido del olfato o lo pierden debido a los tratamientos contra el cáncer, o a las enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer. También puede ir disminuyendo con la edad. Aunque los trastornos olfativos no son tan evidentes como la pérdida auditiva o la discapacidad visual, la información del Departamento de Salud de Estados Unidos (NIH, National Institutes of Health) muestra que casi el 25 por ciento de los estadounidenses de más de 40 años informa algún tipo de cambio en su sentido del olfato, y más de 13 millones de personas tienen un desorden cuantificable como anosmia, la pérdida total de olfato, o hiposmia, una pérdida parcial. Dichas condiciones pueden durar años, o hasta volverse permanentes.

No es claro si la anosmia por COVID-19 es diferente a otras instancias de pérdida de olfato causadas por algún virus, pero aquellos que padecen anosmia por COVID-19 parecen ser únicos en determinados aspectos. Primero, se dan cuenta de la pérdida del sentido inmediatamente porque no está acompañada de congestión o taponamiento nasal que generalmente caracteriza a los primeros momentos de una anosmia inducida por un virus.

“Es muy dramático”, señala Danielle Reed, directora adjunta del instituto Monell Chemical Senses Center en Filadelfia, que estudia la pérdida del olfato y el gusto. “Las personas no pueden oler nada”.

Otra notable diferencia es que muchos pacientes con COVID-19, que informan haber perdido el olfato, lo recuperan relativamente rápido, en solo unas pocas semanas, a diferencia de la mayoría de las personas que sufren anosmia por otros virus, la cual puede durar meses o años.

Quagge estima que ha recuperado alrededor del 60 por ciento de su sentido del olfato, pero dice que, en los primeros días, estaba asustado porque no contaba con información sobre cuándo o si lo iba a recuperar. Como ávido chef amateur, tuvo que confiar en su familia para que le dijera si la leche estaba rancia, y no podía oler el perfume de su mujer. “Las cosas que te llegan al alma”, cuenta. “Me desanimaba”.

Cómo el COVID-19 puede afectar la capacidad para oler

Recién ahora los científicos están comenzando a excavar en las preguntas sobre el porqué el COVID-19 provoca pérdida de olfato, y si afecta al sistema olfativo de manera diferente a otros invasores virales.

“Realmente sabemos muy poco sobre cómo cambia el olfato cuando estás resfriado”, explica Sandeep Robert Datta, profesor de neurobiología que estudia el olfato en la Universidad de Harvard. “¿Cuáles son las posibilidades de perder el olfato? ¿Cuánto dura? Lo básico, no lo sabemos”.

La nariz es uno de los lugares principales por donde ingresa al cuerpo el SARS-CoV-2, el virus que causa el COVID-19. Los investigadores ya han identificado dos tipos de células nasales— células calciformes y células ciliadas— que son, probablemente, puntos de entrada del virus. “Parece que el tejido senonasal es el lugar para este virus”, indica Reed. “Hay muchas personas que creen que, una vez que está en la nariz, se mueve a los pulmones”.

Para entender cómo el COVID-19 altera el sistema olfativo, los científicos primero redujeron la lista de objetivos que podrían infectarse potencialmente. Para ingresar en una célula, el SARS-CoV-2 necesita dos proteínas, ACE2 y TMPRSS2. Así que Datta y otros investigadores buscaron células vulnerables en el sistema olfativo que expresaran estas dos proteínas.

Descubrieron que las neuronas olfativas, donde las moléculas se unen y desencadenan un mecanismo de señales hacia el cerebro, no son susceptibles de contraer COVID-19. Por el contrario, en un informe publicado en Science Advances, Datta junto a sus coautores muestran que las proteínas aparecen en las células de apoyo del sistema olfativo, como las células madre que regeneran las neuronas después de ser dañadas, y en lo que se conoce como células sustentaculares, que ayudan físicamente a las neuronas de apoyo, eliminan células muertas y mueven olores a través del moco en el sistema. Entender cuáles son las piezas afectadas del sistema olfativo es un gran primer paso para dilucidar cómo el virus altera nuestra habilidad para percibir olores. Pero John Ngai, neurocientífico de la Universidad de California, Berkeley, y coautor del informe, advierte que conocer qué células son el objetivo es solo una pieza de un rompecabezas mucho más grande.

Las neuronas olfativas funcionan al mover los iones cargados por sus membranas. Si el COVID-19 cambia las concentraciones de iones que rodean a estas células, tal vez eso hace que sea imposible para las neuronas enviar señales al cerebro. Una respuesta inmune también podría, de alguna manera, alterar el sistema, o la inflamación podría afectar la parte del cerebro que procesa los olores.

Incluso con algunas pistas tempranas, muchas preguntas quedan sin responder. ¿Por qué algunas personas se recuperan en unas pocas semanas y otras no? ¿En algunas personas, el COVID-19 podría provocar la pérdida permanente de olfato? Y, ¿el virus pasa del sistema olfativo al cerebro?

Al desarrollar un entendimiento más completo de las maneras en que el SARS-CoV-2 interactúa con el sistema olfativo, Ngai señala, “tal vez podamos mejorar los tratamientos de las personas”. Ahora, no hay buenas opciones.

Terapia de olores

Tracy Villafuerte ha ido al alergista y al otorrinolaringólogo desde que perdió el olfato a finales de marzo. “Prácticamente fueron muy directos: no tenemos nada para decirte”, cuenta.

Como Quagge, la devastó darse cuenta de que no podía oler a sus hijos, el hogar en el que creció, o si estaba quemando el brócoli en el horno. Ambos se unieron a AbScent, una comunidad en línea para personas que están luchando contra la pérdida del olfato. Villafuerte ha intentado con suplementos vitamínicos, pero, hasta ahora, no ha notado ninguna mejoría. “Necesitamos respuestas”, implora. “Necesitamos que algún tipo de investigación nos diga: ¿hay esperanza o no?”.

Una posibilidad podría ser el entrenamiento del olfato, un tipo de terapia física para la nariz. Cada día, quienes hagan la terapia olerán de a poco y suavemente de botellas con aceites esenciales como eucalipto, clavos de olor o limón. Mientras lo hacen, se centrarán en el olor, aunque tal vez no puedan olerlo.
Chrissi Kelly, fundadora de AbScent, insta a las personas a imaginarse el olor de esos aceites, a evocar esa sensación y las conexiones emocionales que puedan tener con el eucalipto o el limón, las memorias asociadas a los clavos de olor o a las rosas. “Tienes que concentrarte”, indica. “Tienes que buscar el olor”.

Las pruebas acumuladas sugieren que el entrenamiento del olfato puede ser eficaz, pero no hay garantía de que le funcione a todo el mundo, y no hay investigación que pruebe que funciona con la pérdida de olfato por COVID-19. “No es perjudicial”, dice Munger. “Pero creo que seguiremos juzgando hasta qué punto será terapéuticamente útil”.

Si hay algo que hace AbScent es ayudar a los pacientes con anosmia por COVID-19 a que se sientan menos solos. Intentar describir una existencia sin olores es difícil, y la condición no se toma tan en serio como otras pérdidas de sentido.

“No busco compasión”, dice Quagge. “Solo no bromees con algo así. Hasta que no pierdes algo, no entiendes lo que has perdido. ¿Preferiría perder mi olfato y mi gusto, o mi vista y mi audición? Ahora no sé la respuesta”.

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