Machu Picchu: la pandemia de COVID-19 golpea al turismo local

Tras la desaparición de los viajes internacionales, en Perú, los trabajadores hoteleros se han volcado a la agricultura y la construcción.

Por Lucien Chauvin
Fotografías de Sharon Castellanos y Víctor Zea
Publicado 13 de enero de 2021 01:00 GMT-2
En el otoño de 2020, una mujer camina por la Catedral de Cusco en lo alto ...

En el otoño de 2020, una mujer camina por la Catedral de Cusco en lo alto de los Andes peruanos. El turismo en el área que rodea las ruinas incas de Machu Picchu ha quedado en pausa debido a los cierres por la pandemia de COVID-19, y muchos residentes han recurrido a la agricultura y otros oficios para subsistir.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA
Nota del editor: este trabajo cuenta con el apoyo del Fondo de Emergencia para Periodistas en el marco del COVID-19 de National Geographic Society.

Juan Yupanqui contempla la pila de colchones que compró hace casi un año, y que aún tienen intacto el envoltorio de plástico con el que los recibió. Se pregunta si alguna vez servirán para algo más que acumular polvo.

Los colchones estaban apilados en una de las cabañas redondas con techo de paja que Yupanqui construyó el año pasado en Patacancha, un pequeño pueblo ubicado a más de 3.300 m sobre el nivel del mar cerca de la ciudad colonial de Cusco, en los Andes del sur de Perú. La construcción de las cabañas, con ventanas pequeñas y muebles rústicos, tenía como objetivo expandir el negocio de turismo vivencial de su familia.

Sebastián Tobón, propietario de Supertramp Hostels en Aguas Calientes, Perú, sentado en una de sus propiedades vacías en la ciudad peruana adyacente a Machu Picchu. La pandemia de COVID-19 ha diezmado la economía turística en el área que rodea las ruinas incas, que, en un año normal, reciben más de un millón de visitantes.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

En el otoño de 2020, Rosmery Barriga y su padre Ramón Barriga se llevaron sus artesanías y souvenirs de su tienda en el pueblo inca de Ollantaytambo, una parada popular en la ruta hacia Machu Picchu, Perú. Por las medidas COVID-19 la tienda se mantuvo cerrada durante meses y los Barriga sufrieron varios robos.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

El turismo comenzó a aumentar en 2019 después de que Yupanqui había trabajado en la propiedad durante años, recibiendo un promedio de cinco grupos al mes que venían a pasar el día o a aprender a pastorear alpacas, a tejer los típicos coloridos ponchos rojos; y a bailar una quellwa tusuy, una danza festiva que, en quechua, el idioma local, significa "pájaro bailarín".

Apenas comenzó el 2020, Yupanqui decidió hacer refacciones en sus cabañas. Luego, en marzo, todo se detuvo cuando Perú declaró el confinamiento ante la pandemia de COVID-19. Los turistas franceses y estadounidenses que llegarían ese mes, no viajaron, y las cabañas quedaron vacías desde entonces.

La agricultura sigue siendo la piedra angular de Patacancha y otros pueblos similares en lo alto de los valles andinos fuera de Cusco, pero es el turismo el que genera el principal flujo de ingresos. Por ahora, ya no llegan visitantes. Yupanqui y los miles de personas que trabajaban en la amplia industria del turismo en las zonas cercanas al Machu Picchu se preguntan cuánto volverán a ver los dólares y los euros de los turistas.

Una industria turística en crisis

“El turismo nos deja dinero. Hoy tenemos comida, pero no tenemos dinero. Cada día estoy más preocupado porque no sabemos cuándo termina todo esto”, sostuvo Yupanqui, posando para una foto con un cordero, como solían hacer los turistas.

El guardaparque Tomás Huamanttica Quispe contempla el desértico Centro Arqueológico de Moray en el otoño de 2020. Se cree que este sitio inca edificado con terrazas tuvo fines ceremoniales o agrícolas. Como la mayoría de las atracciones turísticas cercanas a Machu Picchu, estuvo cerrado durante meses debido a la pandemia de COVID-19.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Otra actividad común de los hombres en Patacancha es trabajar como porteadores o cocineros de los turistas aventureros que recorren el Camino Inca, la antigua ruta que conduce a Machu Picchu. Yupanqui, de 44 años, realizó este trabajo durante 18 años. Las mujeres de la comunidad, por su parte, tejen ponchos y otras artesanías textiles que se venden en los mercados locales.

Los Yupanqui y otras familias de Patacancha están resistiendo la crisis financiera que dejó la pandemia vendiendo hilo de alpaca y chuño (papas liofilizadas de forma natural). Además, crían animales para proveerse sus propios alimentos, pero claramente, esto no es una opción para todas las personas que dependen del turismo en Cusco.

Myriam Cuba Callañaupa (izquierda) y otras tejedoras, suelen dar a conocer la artesanía textil y la cocina en el pueblo de Chinchero cerca de Cusco. Pero la pandemia de COVID-19 la ha obligado, junto a muchas otras mujeres que trabajan en turismo, a volcarse por un tiempo a la agricultura.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Eliana Miranda, directora de la oficina de turismo del gobierno de Cusco, informó que, en agosto, luego del segundo confinamiento, el 92 por ciento de los empleados de la industria turística -desde recepcionistas de hoteles hasta vendedores de souvenirs en las aceras- había perdido su trabajo.

“Hemos tenido problemas en el pasado, pero nada fue tan devastador para la industria como la COVID-19”, expresó.

Según el gobierno de Perú, el negocio del turismo del país podría caer hasta un 85 por ciento por lo sucedido en 2020. El Consejo Mundial de Viajes y Turismo estima que, en 2019, el impacto económico directo e indirecto del turismo en Perú fue de unos $22 mil millones, o el 9,3 por ciento del producto interior bruto del país.

En el otoño de 2020, una niña frente a la tienda de su familia en Aguas Calientas, Perú. El pueblo andino cerca de Machu Picchu suele estar lleno de turistas, pero ha estado desértico desde que comenzó la pandemia de COVID-19.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

El aeropuerto de Cusco recibió cerca de 635.000 viajeros en los primeros dos meses de 2020, un 16 por ciento más que en el mismo período de 2019. La cifra fue de solo 231.726 durante los siguientes ocho meses, y casi las tres cuartas partes de esos turistas arribaron en marzo, según el Ministerio de Comercio y Turismo de Perú. En junio, solo llegaron 990 pasajeros al aeropuerto de Cusco, en comparación con los 323.367 que arribaron el año anterior durante el mismo mes.

Las visitas a Machu Picchu, las ruinas incas que atraen turismo a Cusco y viajeros extranjeros a Perú en general, se redujeron un 72 por ciento en la primera mitad del año. El sitio recibió alrededor de 500 personas por día en diciembre, casi todos turistas peruanos (cuando eran 2.500 turistas en épocas normales). El gobierno decidió no cobrar a los peruanos la entrada al Machu Picchu con el fin de estimular el turismo interno. El sitio había recibido 1,6 millones de turistas en 2019.

En el otoño de 2020, luego de una pausa por la pandemia de COVID-19, el tren entre Ollantaytambo y Aguas Calientes, Perú, volvió a funcionar para la población local. Aguas Calientes, apodado Machu Picchu Town, es la puerta de entrada a las ruinas incas, el destino turístico más visitado del país.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Del turismo a otras industrias

Miranda contó que las personas que trabajan en la industria hotelera han tenido que cambiar de rubro o regresar a las zonas rurales simplemente a esperar que pase la crisis del coronavirus. Su oficina está trabajando con las asociaciones de trabajadores y los gobiernos locales para brindar asistencia a las personas perjudicadas por el colapso del turismo.

“Tenemos programas de capacitación laboral y talleres para aprender a mantener los ingresos. Hemos estado trabajando con los municipios en programas de empleo, pero creemos que será algo temporal. Estamos todos esperando que vuelva el turismo”, sostuvo.

Fernando Condori Torres y su hijo Gonzalo comenzaron a cultivar manzanos frente al sitio arqueológico de Ollantaytambo en Cusco, Perú, a fines de 2020. Torres, que solía trabajar como guía turístico, ya había vuelto a trabajar en la agricultura tras los cierres por la pandemia de COVID-19.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Sin embargo, muchos de los que trabajan en la industria hotelera sienten la presión del tiempo.

Rubén Tello, un guía turístico que habla español, inglés y quechua, no ha vuelto a trabajar en turismo desde que ayudó a un grupo de turistas tailandeses a regresar a casa el 15 de marzo de 2020, cuando el gobierno anunció que cerraría las fronteras. Se quedó en su apartamento durante dos meses, pensando que la situación se resolvería a mediados de año. Como la pandemia siguió, decidió "reinventarse", término que se usa para designar la acción de dejar el turismo para volcarse a otras industrias.

“En un momento pensé que podía esperar a que esto pasara, pero las facturas se fueron acumulando y en julio no tuve más remedio que buscar otro trabajo”, contó.

Hilda Ortiz de Orue Bautista trabajaba en la limpieza de las piscinas naturales del pueblo de Maras. El popular sitio turístico peruano estuvo cerrado durante meses debido a la pandemia de COVID-19.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Tello se despidió de su esposa y sus hijos gemelos de 14 años en la ciudad de Cusco y partió a las tierras bajas de la selva cercana, de donde es oriundo, para buscar empleo. Primero, trabajó como conductor de un camión en un proyecto de construcción de rutas. Y luego, como cobrador de peajes.

Tello regresó a la ciudad a principios de diciembre; lo esperaban dos grupos de turistas. Pero sabía que eso no bastaba: “No puedo llegar a fin de mes con un grupo o dos al mes. Si la situación no mejora en enero, volveré a trabajar en el proyecto de construcción”, dijo.

Cómo reconstruir la industria

Sofia Arce, directora de Intense Peru, una agencia de turismo boutique, comentó que la pandemia está transformando la industria. Según Arce, muchos restaurantes y hoteles que dependen de los turistas podrían cerrar definitivamente si se intenta simplemente volver a la normalidad.

Arce, ex empleada bancaria, logró superar los peores meses de la crisis del coronavirus gracias a un préstamo del gobierno del programa “Reactiva Perú”, y va mejorando su situación a medida que el país se recobra.

En el otoño de 2020, un policía pide a los lugareños que mantengan la distancia social en la explanada de la Iglesia de San Cristóbal sobre Cusco, Perú. El lugar es popular entre turistas y residentes por sus vistas panorámicas de la ciudad colonial.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Perú volvió a permitir los viajes aéreos internacionales en octubre y, en diciembre, habilitó casi todas las rutas, incluidos los vuelos de larga distancia desde Europa y América del Norte. Arce considera que estas medidas son positivas para el turismo, pero cree que llevará tiempo volver a las cifras previas a la pandemia.

“Hemos vendido cuatro paquetes turísticos para diciembre, los primeros en nueve meses. Es un comienzo, pero vamos a tener que trabajar duro para recuperar nuestro mercado”, expresó Arce. "No podemos quedarnos quietos si queremos salir adelante".

Otro motivo de preocupación para Arce y otros en la industria es la inestabilidad política actual de Perú (en noviembre, tuvo tres presidentes en un período de ocho días) y las crecientes demandas sociales como resultado de una economía devastada por la pandemia. La economía de Perú se redujo un 13,4 por ciento en los primeros 10 meses del año; la industria hotelera cayó un 54 por ciento, la caída más significativa que ha registrado la agencia nacional de estadísticas. Y la tasa de desempleo nacional es del 15,1 por ciento.

Maria Santos Quispe barre los adoquines en la entrada de su tienda, sobre la calle Hatunrumiyoc de Cusco. Por lo general, vende arte textil y otros souvenirs, pero ahora también ofrece frutas y artículos diversos. “He aprendido que tengo que estar atenta a todo tipo de personas”, dijo Quispe. “Antes no ofrecíamos nada a la población local”.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Machu Picchu se estaba recuperando de a poco, pero debió cerrar nuevamente sus puertas a mediados de diciembre cuando las comunidades que viven en los pueblos cercanos a las ruinas hicieron una huelga y bloquearon las vías, exigiendo precios más bajos para los lugareños que también usan el servicio.

“Los problemas políticos se suman a los ya existentes. Creo que habría que frenar el turismo un poco más hasta estabilizar los desajustes causados por la pandemia”, expresó Fabricio Zelada, quien recientemente regresó a Cusco después de años de vivir en Lima, la capital del país.

La ministra de Comercio y Turismo de Perú, Claudia Cornejo, reconoce que la industria aún enfrenta un panorama difícil, y estima que alcanzar los números previos a la pandemia llevará dos o tres años. La idea del gobierno es utilizar la crisis como un botón de reinicio para que el turismo pueda "regresar de manera diferente".

Antes de la pandemia de COVID-19, el guía turístico Fernando Condori Torres pasaba gran parte del año fuera de su casa cerca de Cusco. Debido a los cierres por la pandemia y al colapso del turismo en Perú, en 2020 ha tenido más tiempo para estar con su hijo, Gonzalo.

Fotografía de SHARON CASTELLANOS Y VÍCTOR ZEA

Cornejo sostiene que la ausencia de turistas hoy en día debe capitalizarse: “la industria debería concentrarse en las mejoras, en las refacciones necesarias para que cuando se active nuevamente el turismo receptivo, estemos listos para ofrecer aún más que antes".

La ministra considera que el turismo vivencial y más sostenible que se ofrece en lugares como Patacancha forman parte de una tendencia que estaba ganando terreno antes de la pandemia, destinado a turistas que querían vivir la cultura, más que conocerla. Y cree que la pandemia incluso podría fomentar este tipo de turismo.

“Creo que el turismo vivencial va a seguir funcionando. La COVID-19 solamente lo ha puesto en pausa”, afirma.

Lucien Chauvin es un escritor con base en Perú, criado en Rhode Island, que escribe sobre la política y la cultura de su país de adopción. 

Sharon Castellanos es una fotógrafa radicada en Cusco, Perú. 

Víctor Zea es fotógrafo y explorador de National Geographic, que reside en Cusco, Perú. 

En este sitio web interactivo hay más trabajos del proyecto de Castellanos y Zea.

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