Asombrosos viajes por carretera
Impresionantes, espeluznantes e incluso un desafío a la gravedad. Estos diez paseos sacan todos los clichés.
Publicado 23 feb 2018, 00:08 GMT-3

Virginia-Carolina del Norte: maraña de azules
Abarcando dos estados y 755 kilómetros sin una señal de “pare” o un semáforo, la carretera serpenteante de la Vía Blue Ridge se extiende a lo largo de cumbres, valles fértiles, pasando por el pico más alto al este del Misisipi (el monte Mitchell) para finalmente enlazar Waynesboro, Virginia, en las montañas Shenandoah, con Cherokee, Carolina del Norte, en las Grandes Montañas Humeantes. “Si tu vejiga pudiese aguantar y tuvieses suficiente gasolina, podrías conducir a lo largo de toda la carretera sin tener que parar”, explica Dan Brown, un superintendente retirado de la conocida carretera.
Por supuesto, hay granjas, campos y pequeños pueblos que ofrecen un sinfín de distracciones por las que vale la pena parar y por las que muchos se quedan al menos un día. Suben a la montaña Sharp Top en Virginia, como hizo una vez Tomas Jefferson, comen pasteles de maíz en el histórico molino Mabry o caminan bajo los robles blancos, los arces rojos, los magnolios de montaña, los cerezos negros y los tulíperos de la mansión Flat Top, disfrutando de la música americana y bluegrass.
Orígenes: El nombre de esta cresta surge de la suave neblina azul que parece envolver las montañas desde la distancia.
Historia interna: Famosa por el intenso dramatismo de su follaje de otoño, la carretera inspira la misma admiración el resto del año, asegura Brown. Desde los mantos de jengibre salvaje, lirios y arisemas que florecen en primavera, los frondosos árboles, hasta el “opulento paisaje del sur de los Apalaches” en verano, con sus intensos verdes, así como el “crudo” y hermoso invierno.
Fotografía de Harrison Shull, Aurora Photos
Virginia-Carolina del Norte: maraña de azules
Abarcando dos estados y 755 kilómetros sin una señal de “pare” o un semáforo, la carretera serpenteante de la Vía Blue Ridge se extiende a lo largo de cumbres, valles fértiles, pasando por el pico más alto al este del Misisipi (el monte Mitchell) para finalmente enlazar Waynesboro, Virginia, en las montañas Shenandoah, con Cherokee, Carolina del Norte, en las Grandes Montañas Humeantes. “Si tu vejiga pudiese aguantar y tuvieses suficiente gasolina, podrías conducir a lo largo de toda la carretera sin tener que parar”, explica Dan Brown, un superintendente retirado de la conocida carretera.
Por supuesto, hay granjas, campos y pequeños pueblos que ofrecen un sinfín de distracciones por las que vale la pena parar y por las que muchos se quedan al menos un día. Suben a la montaña Sharp Top en Virginia, como hizo una vez Tomas Jefferson, comen pasteles de maíz en el histórico molino Mabry o caminan bajo los robles blancos, los arces rojos, los magnolios de montaña, los cerezos negros y los tulíperos de la mansión Flat Top, disfrutando de la música americana y bluegrass.
Orígenes: El nombre de esta cresta surge de la suave neblina azul que parece envolver las montañas desde la distancia.
Historia interna: Famosa por el intenso dramatismo de su follaje de otoño, la carretera inspira la misma admiración el resto del año, asegura Brown. Desde los mantos de jengibre salvaje, lirios y arisemas que florecen en primavera, los frondosos árboles, hasta el “opulento paisaje del sur de los Apalaches” en verano, con sus intensos verdes, así como el “crudo” y hermoso invierno.
Fotografía de Harrison Shull, Aurora Photos

Rumania: el corazón de la oscuridad
Medidas por los escalofríos que nos provocan en la espalda, las curvas y bajadas de la carretera Transfãgărăşan, en Rumania, resultan incluso más aterradoras que el exresidente más famoso de Transilvania, Vlad III, el Empalador, el príncipe de Valaquia que inspiró la novela Drácula, de Bram Stoker. “Se ven crucifijos a un lado de la carretera y temes pensar en lo que debió sufrir el conductor, es una caída muy empinada”, explica Paul White, un expatriado británico que vive en una campiña cercana y escribe un blog llamado Wild Transylvania.
Serpenteando de norte a sur entre los dos picos más altos de Rumania, con más de 1600 metros de altitud, la Transfãgărăşan sigue el río Arges, bordea en forma de media luna la represa Vidraru y pasa por las orillas verde esmeralda del lago Vidraru. A lo largo de la carretera de dos carriles (con un límite de velocidad de 40 kilómetros por hora), los conductores cruzan 27 puentes y acueductos, y atraviesan un túnel de 800 metros de largo sin iluminar, esquivando también a los pastores con sus rebaños que interrumpen el tránsito. Los turistas se detienen en las ruinas del castillo Poenari de 700 años de antigüedad, una vez hogar de Drácula, en lo alto de unas escaleras de 1480 escalones, en la comunidad de Arefu.
Orígenes: En lo alto de las montañas Făgăraş, en los Cárpatos Meridionales (otro nombre para los Alpes de Transilvania), la carretera se construyó en la década de 1970 como una ruta militar estratégica de 160 kilómetros.
Historia interna: Las condiciones climáticas a menudo traicioneras hacen que la carretera se abra de manera confiable desde finales de junio hasta mediados de octubre; durante los meses fríos, el camino después de la cascada de Bâlea (una cadena de cascadas con una altura de 20 pisos) es inaccesible. A partir de allí, un teleférico rojo lleva a los viajeros hasta el lago Bâlea, en el que hay dos albergues abiertos durante todo el año y un hotel de hielo que se construye desde cero cada invierno.
Fotografía de Andrei Pop, Shutterstock
Rumania: el corazón de la oscuridad
Medidas por los escalofríos que nos provocan en la espalda, las curvas y bajadas de la carretera Transfãgărăşan, en Rumania, resultan incluso más aterradoras que el exresidente más famoso de Transilvania, Vlad III, el Empalador, el príncipe de Valaquia que inspiró la novela Drácula, de Bram Stoker. “Se ven crucifijos a un lado de la carretera y temes pensar en lo que debió sufrir el conductor, es una caída muy empinada”, explica Paul White, un expatriado británico que vive en una campiña cercana y escribe un blog llamado Wild Transylvania.
Serpenteando de norte a sur entre los dos picos más altos de Rumania, con más de 1600 metros de altitud, la Transfãgărăşan sigue el río Arges, bordea en forma de media luna la represa Vidraru y pasa por las orillas verde esmeralda del lago Vidraru. A lo largo de la carretera de dos carriles (con un límite de velocidad de 40 kilómetros por hora), los conductores cruzan 27 puentes y acueductos, y atraviesan un túnel de 800 metros de largo sin iluminar, esquivando también a los pastores con sus rebaños que interrumpen el tránsito. Los turistas se detienen en las ruinas del castillo Poenari de 700 años de antigüedad, una vez hogar de Drácula, en lo alto de unas escaleras de 1480 escalones, en la comunidad de Arefu.
Orígenes: En lo alto de las montañas Făgăraş, en los Cárpatos Meridionales (otro nombre para los Alpes de Transilvania), la carretera se construyó en la década de 1970 como una ruta militar estratégica de 160 kilómetros.
Historia interna: Las condiciones climáticas a menudo traicioneras hacen que la carretera se abra de manera confiable desde finales de junio hasta mediados de octubre; durante los meses fríos, el camino después de la cascada de Bâlea (una cadena de cascadas con una altura de 20 pisos) es inaccesible. A partir de allí, un teleférico rojo lleva a los viajeros hasta el lago Bâlea, en el que hay dos albergues abiertos durante todo el año y un hotel de hielo que se construye desde cero cada invierno.
Fotografía de Andrei Pop, Shutterstock

Austria: patio de juegos vertical
Los BMW clásicos y los turistas atraviesan las 36 curvas (que ascienden unos 914 metros hasta un punto panorámico impresionante a 2500 metros en poco menos de 48 kilómetros) en la carretera alpina de Grossglockner, entre los estados de Salzburgo y Carintia en Austria. Por encima, los buitres leonados y las águilas reales circundan los picos de los Alpes, donde las poco comunes cabras montesas, gamuzas y marmotas regordetas se escabullen entre las poblaciones de osos pardos y lobos que comienzan a resurgir.
“Si el cielo está azul, es algo de otro mundo”, dice Johannes P. Hofer, un nativo de Austria que ha vivido en Nueva York durante décadas, pero vuelve a Zell am See cada año. “No dejo de subir por esta carretera en ninguna de mis visitas”, si logra organizarlo, detrás del volante de un convertible prestado. ¿Lo mejor de todo (además del brillo del glaciar)? Un paseo en auto lleva a los conductores al agreste Parque Nacional Hohe Tauern, la mayor reserva natural en los Alpes y un imán para los excursionistas, ciclistas y caminantes de nieve.
Orígenes: Llamada así por los 3800 metros del Grossglockner, el pico más alto de los Alpes austríacos, la carretera serpenteante se terminó de construir en 1935, sobre los restos de caminos de caballos y antiguos senderos celtas y romanos.
Historia interna: El Grossglockner cobra un peaje (alrededor de 43 USD). Entre mayo y noviembre, la carretera tiene acceso al centro de visitantes Kaiser-Franz-Josefs-Höhe, donde un funicular lleva a los pasajeros hasta un mirador del colosal glaciar Pasterzen.
Fotografía de Buero Monaco, Getty Images
Austria: patio de juegos vertical
Los BMW clásicos y los turistas atraviesan las 36 curvas (que ascienden unos 914 metros hasta un punto panorámico impresionante a 2500 metros en poco menos de 48 kilómetros) en la carretera alpina de Grossglockner, entre los estados de Salzburgo y Carintia en Austria. Por encima, los buitres leonados y las águilas reales circundan los picos de los Alpes, donde las poco comunes cabras montesas, gamuzas y marmotas regordetas se escabullen entre las poblaciones de osos pardos y lobos que comienzan a resurgir.
“Si el cielo está azul, es algo de otro mundo”, dice Johannes P. Hofer, un nativo de Austria que ha vivido en Nueva York durante décadas, pero vuelve a Zell am See cada año. “No dejo de subir por esta carretera en ninguna de mis visitas”, si logra organizarlo, detrás del volante de un convertible prestado. ¿Lo mejor de todo (además del brillo del glaciar)? Un paseo en auto lleva a los conductores al agreste Parque Nacional Hohe Tauern, la mayor reserva natural en los Alpes y un imán para los excursionistas, ciclistas y caminantes de nieve.
Orígenes: Llamada así por los 3800 metros del Grossglockner, el pico más alto de los Alpes austríacos, la carretera serpenteante se terminó de construir en 1935, sobre los restos de caminos de caballos y antiguos senderos celtas y romanos.
Historia interna: El Grossglockner cobra un peaje (alrededor de 43 USD). Entre mayo y noviembre, la carretera tiene acceso al centro de visitantes Kaiser-Franz-Josefs-Höhe, donde un funicular lleva a los pasajeros hasta un mirador del colosal glaciar Pasterzen.
Fotografía de Buero Monaco, Getty Images

China: misión imposible
En 1972, después de siglos de aislamiento, los aldeanos de Guoliang decidieron cavar su propia ruta hacia el mundo exterior. En lo profundo de las montañas Taihang, en el noreste de China, dependieron durante mucho tiempo de un escarpado sendero de montaña al que a veces llaman “escalera al cielo”. Entonces, 12 hombres del lugar tallaron a mano un hueco a través de la montaña. La carretera del túnel de Guoliang (más conocida como el Largo corredor del precipicio) muestra la maravilla de la voluntad humana. Para conducir a través del túnel se necesita un nivel de resolución similar. Oculto en un rincón remoto del país, al oeste de Pekín, el pasaje es difícil de encontrar. Pero los que lo han logrado lo describen como una vista excepcional. Con solo 5,8 metros de ancho y 4 de alto, el sinuoso túnel tiene unas rústicas “ventanas” que dan hacia afuera en la cara lisa de la roca del acantilado y cientos de metros hacia abajo, hacia el precipicio.
Orígenes: Según una placa situada en su entrada, tardaron seis años en excavar el túnel de casi 1600 metros de largo, con tan solo unos martillos de 3 kilos y barras de perforación de acero como sus únicas herramientas.
Historia interna: “Mientras atravesaba el túnel, tenía la incómoda sensación de que se podría derrumbar”, dice Darren Crawford, un viajero de Nottingham, Inglaterra. Las paredes de roca están muy agrietadas, y hay una malla metálica en la entrada. Los conductores más listos encienden sus faros y tocan sus bocinas mientras recorren el túnel.
Fotografía de View Stock Rf
China: misión imposible
En 1972, después de siglos de aislamiento, los aldeanos de Guoliang decidieron cavar su propia ruta hacia el mundo exterior. En lo profundo de las montañas Taihang, en el noreste de China, dependieron durante mucho tiempo de un escarpado sendero de montaña al que a veces llaman “escalera al cielo”. Entonces, 12 hombres del lugar tallaron a mano un hueco a través de la montaña. La carretera del túnel de Guoliang (más conocida como el Largo corredor del precipicio) muestra la maravilla de la voluntad humana. Para conducir a través del túnel se necesita un nivel de resolución similar. Oculto en un rincón remoto del país, al oeste de Pekín, el pasaje es difícil de encontrar. Pero los que lo han logrado lo describen como una vista excepcional. Con solo 5,8 metros de ancho y 4 de alto, el sinuoso túnel tiene unas rústicas “ventanas” que dan hacia afuera en la cara lisa de la roca del acantilado y cientos de metros hacia abajo, hacia el precipicio.
Orígenes: Según una placa situada en su entrada, tardaron seis años en excavar el túnel de casi 1600 metros de largo, con tan solo unos martillos de 3 kilos y barras de perforación de acero como sus únicas herramientas.
Historia interna: “Mientras atravesaba el túnel, tenía la incómoda sensación de que se podría derrumbar”, dice Darren Crawford, un viajero de Nottingham, Inglaterra. Las paredes de roca están muy agrietadas, y hay una malla metálica en la entrada. Los conductores más listos encienden sus faros y tocan sus bocinas mientras recorren el túnel.
Fotografía de View Stock Rf

Oregón: una arruga en el tiempo
Circunvalada por una interestatal desde hace mucho tiempo, la estrecha carretera Historic Columbia River Highway, de dos carriles, suspendida sobre un lado de la garganta del río, ha visto pocos cambios desde que se terminó de construir en 1922. Extendiéndose desde una pequeña comunidad (Corbett) hasta otra (Dodson) en Oregón a tan solo 24 kilómetros de distancia, la parte más popular que queda de la carretera abarca seis parques estatales, siete cascadas y, en días claros, las vistas de cinco picos montañosos, incluido el explosivo monte Santa Helena. “Recorrer esa vieja carretera es como retroceder en el tiempo”, asegura Darren White, un fotógrafo local. Durante el invierno, sus famosas cascadas se congelan y los carámbanos, gruesos como las ramas de los árboles, cuelgan de los elegantes puentes arqueados de la carretera. La primavera y el inicio del verano rebosan de flores silvestres endémicas, como la estrella fugaz, de color fucsia y amarillo, y las margaritas blancas de Columbia, y los árboles como el fresno de Oregón y el álamo crecen verdes y frondosos. En el otoño, la carretera se desliza debajo de un manto naranja, rojo y amarillo.
Orígenes: Es la primera carretera panorámica planificada en Estados Unidos y sigue protocolos de diseño estrictos (por ejemplo, no hay pendientes de más del 5 por ciento) inspirados en Axenstrasse, el sendero suizo del siglo XIX.
Historia interna: En Crown Point, los conductores se detienen en Vista House, un elegante observatorio de estilo art nouveau a 223 metros por encima del río Columbia. Samuel Lancaster, el ingeniero del Condado de Multnomah que supervisó el desarrollo de la carretera, dijo que, desde aquí, el río “se podía ver en una comunión silenciosa con el infinito”.
Fotografía de Thomas Boyd, The Oregonian
Oregón: una arruga en el tiempo
Circunvalada por una interestatal desde hace mucho tiempo, la estrecha carretera Historic Columbia River Highway, de dos carriles, suspendida sobre un lado de la garganta del río, ha visto pocos cambios desde que se terminó de construir en 1922. Extendiéndose desde una pequeña comunidad (Corbett) hasta otra (Dodson) en Oregón a tan solo 24 kilómetros de distancia, la parte más popular que queda de la carretera abarca seis parques estatales, siete cascadas y, en días claros, las vistas de cinco picos montañosos, incluido el explosivo monte Santa Helena. “Recorrer esa vieja carretera es como retroceder en el tiempo”, asegura Darren White, un fotógrafo local. Durante el invierno, sus famosas cascadas se congelan y los carámbanos, gruesos como las ramas de los árboles, cuelgan de los elegantes puentes arqueados de la carretera. La primavera y el inicio del verano rebosan de flores silvestres endémicas, como la estrella fugaz, de color fucsia y amarillo, y las margaritas blancas de Columbia, y los árboles como el fresno de Oregón y el álamo crecen verdes y frondosos. En el otoño, la carretera se desliza debajo de un manto naranja, rojo y amarillo.
Orígenes: Es la primera carretera panorámica planificada en Estados Unidos y sigue protocolos de diseño estrictos (por ejemplo, no hay pendientes de más del 5 por ciento) inspirados en Axenstrasse, el sendero suizo del siglo XIX.
Historia interna: En Crown Point, los conductores se detienen en Vista House, un elegante observatorio de estilo art nouveau a 223 metros por encima del río Columbia. Samuel Lancaster, el ingeniero del Condado de Multnomah que supervisó el desarrollo de la carretera, dijo que, desde aquí, el río “se podía ver en una comunión silenciosa con el infinito”.
Fotografía de Thomas Boyd, The Oregonian

Marruecos: paseo en alfombra mágica
Cual circuito de Fórmula 1 sin medidas de seguridad, la carretera de la cordillera del Atlas, en Marruecos, pone a prueba el temple de los conductores. Talladas en la columna vertebral del noroeste de África, la ruta de 188 kilómetros puede llevar varias horas, con dos carriles estrechos desprovistos de barandillas y demasiadas curvas ciegas como para contarlas. “Pasas por curvas que giran 200 o 250 grados”, afirma David Wisner, exprofesor de Tánger. Aquí el gran premio es los paisajes de otro mundo que se aprecian desde el paso Tizi-n’Tichka, a medida que la carretera se eleva a más de 1830 metros desde la parte antigua de Marrakech, por sobre las montañas del Alto Atlas, y vuelve a bajar hasta el oasis del desierto en Ouarzazate (el “Hollywood del Magreb”, lugar de rodaje de Lawrence de Arabia hace medio siglo). A lo largo del camino, los obstáculos van desde las condiciones impredecibles del terreno hasta cabras, camellos y mulas que bloquean la carretera.
Orígenes: La Legión Extranjera francesa construyó esta carretera en 1936, sobre el camino que el explorador convertido en sacerdote Charles de Foucauld documentó en la década de 1880.
Historia interna: Telouet, la decadente capital de lo que fue el sur del Marruecos francés, alberga la alguna vez grandiosa kasbah de T’ahami el Glaoui, quien gobernó la región a principios del siglo XX.
Fotografía de Alessandro Saffo, Sime
Marruecos: paseo en alfombra mágica
Cual circuito de Fórmula 1 sin medidas de seguridad, la carretera de la cordillera del Atlas, en Marruecos, pone a prueba el temple de los conductores. Talladas en la columna vertebral del noroeste de África, la ruta de 188 kilómetros puede llevar varias horas, con dos carriles estrechos desprovistos de barandillas y demasiadas curvas ciegas como para contarlas. “Pasas por curvas que giran 200 o 250 grados”, afirma David Wisner, exprofesor de Tánger. Aquí el gran premio es los paisajes de otro mundo que se aprecian desde el paso Tizi-n’Tichka, a medida que la carretera se eleva a más de 1830 metros desde la parte antigua de Marrakech, por sobre las montañas del Alto Atlas, y vuelve a bajar hasta el oasis del desierto en Ouarzazate (el “Hollywood del Magreb”, lugar de rodaje de Lawrence de Arabia hace medio siglo). A lo largo del camino, los obstáculos van desde las condiciones impredecibles del terreno hasta cabras, camellos y mulas que bloquean la carretera.
Orígenes: La Legión Extranjera francesa construyó esta carretera en 1936, sobre el camino que el explorador convertido en sacerdote Charles de Foucauld documentó en la década de 1880.
Historia interna: Telouet, la decadente capital de lo que fue el sur del Marruecos francés, alberga la alguna vez grandiosa kasbah de T’ahami el Glaoui, quien gobernó la región a principios del siglo XX.
Fotografía de Alessandro Saffo, Sime

Nueva Zelanda: pasión por la velocidad
La esquina suroeste de la isla sur de Nueva Zelanda plantea el mejor tipo de dilema para los conductores: Con carreteras abiertas, como la conocida Milford Road (Highway 94), que suplica ir a más velocidad, pero a la vez demanda aminorarla constantemente para echar un vistazo. Desde Queenstown, en el lago Wakatipu, un circuito por las autopistas estatales es un preludio a Milford Sound, excavado por un glaciar. Como un redoble de tambor, los últimos 120 kilómetros en la 94 atraviesan bosques alrededor de las nieves eternas de las montañas de Alisa, a lo largo de las costas del lago Te Anau, hasta las aguas espejadas, de color té, del fiordo. Allí, unos 150 residentes viven entre las reservas marinas para pingüinos, delfines y lobos marinos de Nueva Zelanda. Pero pese a todos los deslumbrantes atractivos de la región, es difícil no dejarse arrastrar por el piloto de carreras que uno lleva dentro. Es tentador pasar el límite de velocidad (100 kilómetros por hora), afirma Melissa Antonelli, una originaria de Seattle que vivió en Nueva Zelanda y lo descubrió por sí misma. “Estábamos solo yo, las montañas y el precioso río”, dice Antonelli sobre la despoblada región rural de Fiordland. “Después aparecieron los policías y me multaron por exceso de velocidad, y pensé: ‘¿Dónde estaban? Allí no había nadie más’”.
Orígenes: Rudyard Kippling describió a Milford Sound como la “octava maravilla del mundo”. Los maoríes la bautizaron en honor al piopío, un pájaro autóctono que ahora está extinto.
Historia interna: La carretera de Milford llega a un punto donde se une a la llamada Avenue of the Disappearing Mountain, donde una ilusión óptica hace que la montaña parezca encogerse a medida que te acercas a ella. Los conductores se detienen en el lago Gunn para un breve regreso a la naturaleza.
Fotografía de coolbiere photograph, Getty Images
Nueva Zelanda: pasión por la velocidad
La esquina suroeste de la isla sur de Nueva Zelanda plantea el mejor tipo de dilema para los conductores: Con carreteras abiertas, como la conocida Milford Road (Highway 94), que suplica ir a más velocidad, pero a la vez demanda aminorarla constantemente para echar un vistazo. Desde Queenstown, en el lago Wakatipu, un circuito por las autopistas estatales es un preludio a Milford Sound, excavado por un glaciar. Como un redoble de tambor, los últimos 120 kilómetros en la 94 atraviesan bosques alrededor de las nieves eternas de las montañas de Alisa, a lo largo de las costas del lago Te Anau, hasta las aguas espejadas, de color té, del fiordo. Allí, unos 150 residentes viven entre las reservas marinas para pingüinos, delfines y lobos marinos de Nueva Zelanda. Pero pese a todos los deslumbrantes atractivos de la región, es difícil no dejarse arrastrar por el piloto de carreras que uno lleva dentro. Es tentador pasar el límite de velocidad (100 kilómetros por hora), afirma Melissa Antonelli, una originaria de Seattle que vivió en Nueva Zelanda y lo descubrió por sí misma. “Estábamos solo yo, las montañas y el precioso río”, dice Antonelli sobre la despoblada región rural de Fiordland. “Después aparecieron los policías y me multaron por exceso de velocidad, y pensé: ‘¿Dónde estaban? Allí no había nadie más’”.
Orígenes: Rudyard Kippling describió a Milford Sound como la “octava maravilla del mundo”. Los maoríes la bautizaron en honor al piopío, un pájaro autóctono que ahora está extinto.
Historia interna: La carretera de Milford llega a un punto donde se une a la llamada Avenue of the Disappearing Mountain, donde una ilusión óptica hace que la montaña parezca encogerse a medida que te acercas a ella. Los conductores se detienen en el lago Gunn para un breve regreso a la naturaleza.
Fotografía de coolbiere photograph, Getty Images

Bolivia: pendiendo de un hilo
Durante unos 105 kilómetros, en el altiplano de Bolivia, apenas un carril separa a los conductores de los paracaidistas. El Camino a las Yungas (que incluye un tramo de 40 kilómetros señalado con cruces conmemorativas, conocido como la Carretera de la muerte) conduce desde las afueras de La Paz, la capital más alta del mundo, hasta el pequeño pueblo de Coroico. Un camino secundario pavimentado que se completó hace pocos años proporciona una alternativa más segura, pero ciclistas de montaña y otros que se atreven a tomar la carretera de la muerte empiezan su aventura adrenalínica en el paso de La Cumbre, en una cresta desierta a 4650 metros de altura. Al mirar hacia el otro lado del valle, recordamos claramente su posición peligrosa sobre un muro vertical. Finalmente, el camino desciende hacia una húmeda masa de frondosos helechos y arbustos de coca, insectos pululantes y granjas donde se cultiva café y cítricos.
Orígenes: A mediados de los años 90, los precipicios sin protección eran conocidos como la carretera más peligrosa del mundo.
Historia interna: “Es extremadamente estrecha”, asegura Dan Grec, un viajero canadiense que recientemente viajó por carretera desde Alaska hasta Argentina. “Hay muchos lugares donde, si te encuentras con un auto en la dirección contraria, debes dar la vuelta y adivinar cuánto retroceder hasta encontrar un sitio donde puedan pasar los dos”.
Fotografía de Spencer Platt, Getty Images
Bolivia: pendiendo de un hilo
Durante unos 105 kilómetros, en el altiplano de Bolivia, apenas un carril separa a los conductores de los paracaidistas. El Camino a las Yungas (que incluye un tramo de 40 kilómetros señalado con cruces conmemorativas, conocido como la Carretera de la muerte) conduce desde las afueras de La Paz, la capital más alta del mundo, hasta el pequeño pueblo de Coroico. Un camino secundario pavimentado que se completó hace pocos años proporciona una alternativa más segura, pero ciclistas de montaña y otros que se atreven a tomar la carretera de la muerte empiezan su aventura adrenalínica en el paso de La Cumbre, en una cresta desierta a 4650 metros de altura. Al mirar hacia el otro lado del valle, recordamos claramente su posición peligrosa sobre un muro vertical. Finalmente, el camino desciende hacia una húmeda masa de frondosos helechos y arbustos de coca, insectos pululantes y granjas donde se cultiva café y cítricos.
Orígenes: A mediados de los años 90, los precipicios sin protección eran conocidos como la carretera más peligrosa del mundo.
Historia interna: “Es extremadamente estrecha”, asegura Dan Grec, un viajero canadiense que recientemente viajó por carretera desde Alaska hasta Argentina. “Hay muchos lugares donde, si te encuentras con un auto en la dirección contraria, debes dar la vuelta y adivinar cuánto retroceder hasta encontrar un sitio donde puedan pasar los dos”.
Fotografía de Spencer Platt, Getty Images

Canadá: encuentro con lo salvaje
A lo largo de los 230 kilómetros de la carretera de los Campos de Hielo, que conecta los Parques Nacionales de Banff y Jasper, la tranquilidad de las Montañas Rocosas de Canadá fluye tan profundamente como muchos lagos de la región que se alimentan del agua de los glaciares. Sin embargo, no hay muchas oportunidades de estar en soledad. Aquí, los titanes del Gran Norte Blanco (muflones, renos, alces, osos pardos y osos negros) encarnan las bestias de las fantasías infantiles. Pero de vez en cuando, entra en escena una criatura que parece sacada de un libro del Dr. Seuss. La agente de viajes local, Mirit Posnansky, recorre la carretera con frecuencia, pero el raro avistamiento de un tímido lince canadiense, un gato salvaje con unos mechones peculiares en las orejas, hizo que se detuviese de inmediato. Este paisaje de ensueño está lleno de esos momentos asombrosos, tal vez ninguno más surrealista que los paisajes cristalinos invertidos que se pueden apreciar en el reflejo de los lagos de la carretera, cada uno famoso por tener un color distintivo, como el turquesa del lago Bow y el esmeralda del lago Louise.
Orígenes: Construido durante la Gran Depresión, el sendero se abrió en 1940 como un solo carril de grava y fue mejorado en las décadas posteriores. En la mitad de la carretera, una gran extensión de glaciares interconectados, llamado el Campo de hielo Columbia, se asienta sobre una triple división. El derretimiento de su nieve alimenta los océanos Pacífico, Atlántico y Ártico.
Historia interna: “La única vez que se produce un embotellamiento es cuando hay un oso a un lado de la carretera”, dice Posnansky. “Los llamamos atascos de oso”.
Fotografía de Andreas Hub, Redux
Canadá: encuentro con lo salvaje
A lo largo de los 230 kilómetros de la carretera de los Campos de Hielo, que conecta los Parques Nacionales de Banff y Jasper, la tranquilidad de las Montañas Rocosas de Canadá fluye tan profundamente como muchos lagos de la región que se alimentan del agua de los glaciares. Sin embargo, no hay muchas oportunidades de estar en soledad. Aquí, los titanes del Gran Norte Blanco (muflones, renos, alces, osos pardos y osos negros) encarnan las bestias de las fantasías infantiles. Pero de vez en cuando, entra en escena una criatura que parece sacada de un libro del Dr. Seuss. La agente de viajes local, Mirit Posnansky, recorre la carretera con frecuencia, pero el raro avistamiento de un tímido lince canadiense, un gato salvaje con unos mechones peculiares en las orejas, hizo que se detuviese de inmediato. Este paisaje de ensueño está lleno de esos momentos asombrosos, tal vez ninguno más surrealista que los paisajes cristalinos invertidos que se pueden apreciar en el reflejo de los lagos de la carretera, cada uno famoso por tener un color distintivo, como el turquesa del lago Bow y el esmeralda del lago Louise.
Orígenes: Construido durante la Gran Depresión, el sendero se abrió en 1940 como un solo carril de grava y fue mejorado en las décadas posteriores. En la mitad de la carretera, una gran extensión de glaciares interconectados, llamado el Campo de hielo Columbia, se asienta sobre una triple división. El derretimiento de su nieve alimenta los océanos Pacífico, Atlántico y Ártico.
Historia interna: “La única vez que se produce un embotellamiento es cuando hay un oso a un lado de la carretera”, dice Posnansky. “Los llamamos atascos de oso”.
Fotografía de Andreas Hub, Redux

Chile-Argentina: cuidado, curvas peligrosas
La carretera Transandina ofrece más emoción que un parque temático, con una extensión de 363 kilómetros de pasos entre montañas, va desde la próspera capital chilena de Santiago hasta la región vinícola de Mendoza, al pie de las montañas del oeste de Argentina. Una línea ferroviaria abandonada que bordea parte de la ruta añade el efecto de una montaña rusa. Como una de las principales arterias del Cono Sur del continente, la carretera es tan seductora para los turistas como crucial para el comercio, con camiones y autobuses internacionales que sortean a toda marcha las 29 curvas, mientras ascienden a unos 3500 metros por el lado chileno de los Andes.
En el paso internacional Cristo Redentor (llamado así por una estatua de cuatro toneladas colocada allí en 1904), un túnel de casi tres kilómetros de largo atraviesa las montañas escarpadas, hasta un paso fronterizo famoso por las largas filas y los retrasos de varias horas. El túnel también marca una división sorprendente. “En un solo viaje, hay dos ecosistemas totalmente distintos”, explica Cary Gilbert, expatriado estadounidense que gestiona un restaurante en Mendoza. El lado argentino “es desértico, con hermosas formaciones rocosas de colores diferentes. Después sales del lado chileno y todo es verde”.
Orígenes: Los lugareños llaman al cruce a través de los Andes el Paso de los caracoles.
Historia interna: Desde el lado argentino del túnel, los conductores pueden vislumbrar el monte Aconcagua, el pico más alto del hemisferio occidental.
Fotografía de Walter Bibikow, Getty Images
Chile-Argentina: cuidado, curvas peligrosas
La carretera Transandina ofrece más emoción que un parque temático, con una extensión de 363 kilómetros de pasos entre montañas, va desde la próspera capital chilena de Santiago hasta la región vinícola de Mendoza, al pie de las montañas del oeste de Argentina. Una línea ferroviaria abandonada que bordea parte de la ruta añade el efecto de una montaña rusa. Como una de las principales arterias del Cono Sur del continente, la carretera es tan seductora para los turistas como crucial para el comercio, con camiones y autobuses internacionales que sortean a toda marcha las 29 curvas, mientras ascienden a unos 3500 metros por el lado chileno de los Andes.
En el paso internacional Cristo Redentor (llamado así por una estatua de cuatro toneladas colocada allí en 1904), un túnel de casi tres kilómetros de largo atraviesa las montañas escarpadas, hasta un paso fronterizo famoso por las largas filas y los retrasos de varias horas. El túnel también marca una división sorprendente. “En un solo viaje, hay dos ecosistemas totalmente distintos”, explica Cary Gilbert, expatriado estadounidense que gestiona un restaurante en Mendoza. El lado argentino “es desértico, con hermosas formaciones rocosas de colores diferentes. Después sales del lado chileno y todo es verde”.
Orígenes: Los lugareños llaman al cruce a través de los Andes el Paso de los caracoles.
Historia interna: Desde el lado argentino del túnel, los conductores pueden vislumbrar el monte Aconcagua, el pico más alto del hemisferio occidental.
Fotografía de Walter Bibikow, Getty Images