La compleja realidad de jóvenes hondureños ante un sentimiento de desesperanza colectivo

Los expertos señalan que cada vez más jóvenes hondureños luchan contra la depresión, los intentos de suicidio y el deseo de huir.

Fotografías de Tomás Ayuso
Publicado 24 de sep. de 2021 12:57 GMT-3
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Junior Montes y su hijo, Gerardo, miran hacia la ciudad capital de Tegucigalpa desde su hogar en el barrio Colonia Ciudad Guzmán. El barrio es uno de los muchos barrios en las afueras de Tegucigalpa donde una creciente cantidad de hondureños se ha restablecido luego de huir de la pobreza de las zonas rurales. Esta pobreza es el resultado del fracaso en las cosechas o de la violencia en otras ciudades. El ciclo continuo de pobreza, hambre y violencia en estos barrios suele llevar a la migración a otros países, entre ellos Estados Unidos.

Fotografía de Tomás Ayuso

Helen Rivera, de 15 años de edad, casi no duerme en estos días. Por el contrario, flota en un estado irracional mientras duerme, a veces inducida por pastillas prescritas por un psiquiatra.

En este sueño irreflexivo, no recuerda que la habitación de su padre en el piso de abajo está vacía porque desapareció en marzo. Ni tampoco recuerda a su abuela llorar cada vez que mencionan su nombre. Ni que tanto a ella como a su abuela las han amenazado de muerte por informar su desaparición a las autoridades. En esta bulliciosa ciudad en el norte de Honduras, los miembros de las pandillas, los grupos criminales y las autoridades corruptas no dudan en cumplir con dichas amenazas.

A unos 96 kilómetros en la ciudad costera de Triunfo de la Cruz, el líder de la comunidad local César Benedit, de 35 años, tiene el problema opuesto. Siempre se queda despierto recordando la noche de julio de 2020 cuando su mejor amigo y otros cuatro hombres fueron arrastrados de sus hogares y forzados a ingresar en autos sin registrar por un grupo de hombres enmascarados y armados. Es uno de los muchos actos de violencia contra los hondureños negros de la población afroindígena garifuna, que han sido discriminados de manera sistemática y se los ha obligado a dejar sus tierras con violencia. Nadie ha visto a esos cinco hombres garifuna desde ese momento.

Irma Inestroza ora en un altar que construyó en honor a su hijo, que se encuentra entre los muchos que han desaparecido en Honduras durante años. Según un medio local, al menos 2.400 hondureños han desaparecido desde 2019.

Fotografía de Tomás Ayuso

Mientras tanto, alrededor de 402 kilómetros al sur en una comunidad agrícola de subsistencia denominada Azacualpita, Yosselin Ávila González, de 25 años, no ha sentido el confort de dormir al lado de su marido desde que él emigró a Estados Unidos en enero. Habían perdido otra cosecha por la sequía que acechaba al denominado Corredor seco, una región propensa a rachas secas prolongadas. Yosselin recuerda que su esposo le dijo antes de partir: "Es difícil vivir aquí con niños. Tus hijos sufren". 

Helen, César y Yosselin comparten lo que un psicólogo de Doctors Without Borders (Doctores sin fronteras) denomina "abatimiento colectivo" en la generación más joven de un país con elevadas tasas de violencia, desempleo y desastres inducidos por el cambio climático. Y señalan que vivir en Honduras es sufrir.

Muchos eligen migrar. Otros luchan contra viento y marea para mejorar su vida en casa. Y una cantidad cada vez mayor está cayendo en depresión. Es una tendencia que afecta, en su mayoría, a la generación joven y genera preocupación entre los expertos que están viendo un aumento en la cantidad de casos entre aquellos que sufren de depresión y están teniendo pensamientos suicidas e intentos de lastimarse.

En un lugar remoto del sur de Honduras, una familia cuelga la ropa para secar en un cerco para ganado de una calle sucia y polvorienta. La sequía está acechando el denominado Corredor seco, una región propensa a rachas secas prolongadas que está afectando la producción agrícola y está forzando a muchos locales a huir.

Fotografía de Tomás Ayuso

Papá desaparecido

Sin su madre y con un padre luchando contra el abuso de alcohol y de drogas, Helen creció con su abuela, Ana Marlén Castellanos. Justo estaba sintiéndose más cerca de su padre Josué Emanuel Rívera Castellanos, de 32 años, luego de que por fin este haya dejado las sustancias y se haya convertido en una figura más constante en su vida. Josué repartía su tiempo entre Helen y sus dos hijos menores de otro matrimonio. Algunos días dormía en el hogar que Helen compartía con su abuela, y otros en su casa con su actual mujer y los medio hermanos de Helen, de 6 años y 11 meses de edad.

La madre de Josué no siempre aprobó los amigos que frecuentaba su hijo, en especial cuando bebía. Pero no cree que haya participado de alguna pandilla u otro grupo criminal. Ana señala que era trabajador y respetado dentro de su profesión como ingeniero en informática. Hace poco, se había vuelto un padre más atento y pasaba más tiempo con su hija mayor, Helen.  

Luego, un día del pasado abril, Josué fue al taller mecánico local para arreglar su automóvil. Llamó alrededor de las 3 p. m. para avisarle a Helen que iba a dar una vuelta con un amigo, pero no dijo a dónde iban. Le prometió a su hija que le iba a llevar ese papel dibujo especial que le gustaba usar para sus bosquejos.

A la noche, Josué no llegaba y su madre comenzó a preocuparse. Cuando pasaron tres días y Josué no aparecía, llamó a la policía para informar su desaparición. Desde ese momento, Helen y su abuela llaman a la oficina del investigador a diario para saber si hay alguna novedad del caso de Josué. Pero siempre reciben la misma respuesta: nada nuevo.

Gabriela Flores, de 13 años, está dentro de la creciente cantidad de jóvenes hondureñas víctimas de violencia, hambre y desplazamiento. Comparten lo que un psicólogo de Doctors Without Borders (Doctores sin fronteras) denomina "abatimiento colectivo" en un país con elevadas tasas de violencia, desempleo y desastres inducidos por el cambio climático.

Fotografía de Tomás Ayuso

Las desapariciones son algo común en Honduras. Según los medios locales, al menos 2.400 hondureños han desaparecido desde 2019. Otras formas de violencia, entre ellas la sexual y la extorsión, también están descontroladas. Los homicidios aumentaron en los primeros meses de 2021 luego de un pequeño descenso durante la pandemia por la COVID-19.

Sin su padre, Helen señala que no se siente segura sola ni siquiera caminando a la tienda de la esquina. Hace poco, escuchó que tres niñas de su edad habían sido secuestradas mientras caminaban por el barrio. "Piensas en todo y crees que algo puede pasarte", menciona.

Antes de la pandemia, Helen se hubiera refugiado en una amiga en el almuerzo o después de clases y le hubiera contado cómo se sentía, lo que la hubiera aliviado. Pero San Pedro Sula sigue siendo un foco de casos de la COVID-19 en Honduras. Como las clases presenciales están suspendidas en su escuela desde marzo de 2020, Helen no ve a sus amigas en persona demasiado. Dormir es su escapatoria.

"Duermo para no pensar demasiado", explica Helen y agrega que, en ocasiones, desea no despertar. "Soy demasiado joven para todo esto".

Buscando una salida

Helen no es la única que piensa en suicidarse. Los datos oficiales del Observatorio nacional de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras registraron más de 200 suicidios en los primeros seis meses de 2021. Los psicólogos y las psicólogas de varias ONG, hospitales públicos y clínicas privadas afirman que han notado un aumento en los intentos de suicidio en los jóvenes de Honduras en los últimos meses aunque sospechan que los datos oficiales detallan un número mucho menor de casos. Según Pedronel González, psicólogo del Hospital del Valle en San Pedro Sula que ha estudiado suicidios, muchos factores genéticos y culturales influyen para que una persona tome la determinación de suicidarse, entre ellos la historia familiar, la falta de acceso a cuidados de salud mental, la exposición a la violencia o una pérdida reciente. Sin embargo, ha identificado dos factores principales que tienen un gran impacto. "La desesperación y la falta de esperanza".

Esas dos cosas llevaron a dos mejores amigos a realizar un pacto en abril.

Víctor Quintero, de 20 años de edad, se tatuó el nombre de su mejor amigo en la muñeca luego de que Willians Castillo, de 19 años de edad, se suicidara. Ambos tenían planeado dejar atrás la violencia en el multitudinario pueblo de Cofradía, al sudoeste de San Pedro Sula, y migrar a Estados Unidos juntos. Los psicólogos y las psicólogas de varias ONG, hospitales públicos y clínicas privadas afirman que han notado un aumento en los intentos de suicidio en los jóvenes de Honduras en los últimos meses.

Fotografía de Tomás Ayuso

En julio, tres meses después de la muerte de su mejor amigo, Víctor Quintero pudo escapar de Honduras hacia Estados Unidos. Sin embargo, la última conversación con su mejor amigo lo atormenta. Se pregunta si Billy, como lo conocían sus amigos a Williams Castillo, seguiría vivo si hubiesen huido juntos ese día que discutieron. "¿Sabes por qué duele?", se lamentaba Quintero mientras se preparaba para viajar al norte, "porque es donde queríamos ir, los dos. Es el plan que ambos teníamos para hacerle frente a nuestras vidas y mejorarlas".

Fotografía de Tomás Ayuso

La habitación vacía de Williams Castillo está igual a como él la dejó el 12 de abril de 2021, día en que se quitó la vida en la casa familiar de Cofradía.

Fotografía de Tomás Ayuso

Williams Castillo, de 19 años de edad, y Víctor Quintero, de 20, habían planeado dejar atrás toda la violencia del multitudinario pueblo de Cofradía, al sudoeste de San Pedro Sula, y migrar. Los amigos se habían vuelto inseparables desde que se conocieron en un evento comunitario dos años antes; se vincularon por las experiencias compartidas (padres ausentes y un deseo atroz de construir una nueva vida en Estados Unidos).

Billy, como conocían a Williams sus amigos, estaba desesperado por escaparse. Su hermano mayor había sido baleado en plena calle; le había dado una bala perdida en un tiroteo de pandillas hacía nueve años. Luego, hace aproximadamente dos años, su hermano Junior murió en medio de un motín. Billy le dijo a su amigo que dejar Honduras era la única manera de evitar el mismo destino.

Víctor también quería migrar, pero no tenía el dinero suficiente para irse enseguida. Los amigos comenzaron a discutir y no se hablaron por unos días. El 10 de abril, Billy no bajó de su habitación para desayunar con su madre y su hermana como era habitual. Tampoco a almorzar. Cuando su hermana Marleny fue a verlo, no contestó ni abrió la puerta que estaba cerrada con llave. Cuando Marleny derribó la puerta, Billy colgaba de una cuerda.

"¿Por qué no lo vi venir?", se pregunta Marleny, que sigue luchando para darle sentido a la muerte de su hermano.

En julio, tres meses después de la muerte de Billy, Víctor pudo irse de Honduras hacia Estados Unidos. Sin embargo, la última conversación con su mejor amigo lo atormenta. Se pregunta si Billy seguiría vivo si hubiesen huido juntos ese día que discutieron. "¿Sabes por qué duele?", se lamentaba Quintero mientras se preparaba para viajar al norte, "porque es donde queríamos ir los dos. Es el plan que ambos teníamos para hacerle frente a nuestras vidas y mejorarlas".

Un tradicional refugio de palmeras da sombra en la costa caribeña de Triunfo de la Cruz, Honduras (hogar de la comunidad afroindígena garifuna). La ubicación ha sido blanco de desarrolladores que buscaron construir en tierras ancestrales.

Fotografía de Tomás Ayuso

Activismo peligroso

A lo largo de la costa caribeña de Honduras, el relajante sonido de las olas chocando contra las playas prístinas de Triunfo de la Cruz (hogar de la comunidad afroindígena garifuna) esconde una realidad siniestra. César Benedit señala que suele recibir amenazas de personas con conexiones de intereses comerciales poderosos dado su trabajo como director del Comité de Defensa de Tierras Triunfenas local, que lucha contra los desarrollos que tienen fines de explotación.

Luchar para preservar y quedarse en tierra ancestral puede ser peligroso. La desaparición del amigo más cercano de César, Sneider Centeno, en julio del año pasado, le recordó eso.

Cuando César era chico, su familia y vecinos cuidaban de una tierra comunal donde cultivaban yuca, plátanos y otros vegetales. A los ocho años aproximadamente, un grupo de comerciantes quiso construir un complejo de hoteles de lujo cerca de la playa. En su mira estaban las tierras que pertenecían a los miembros de la comunidad garifuna. Pero los lugareños no querían vender.

Y César recuerda que así comenzaron las tácticas violentas y coercitivas. Aquellos que no querían otorgar sus tierras eran hostigados e intimidados hasta que accedían. César cuenta que los comerciantes usaban tácticas como el bloqueo de oportunidades laborales para ejercer presión. En ese momento, su hermano mayor, Víctor, organizó un grupo de jóvenes que se oponían al desarrollo, iban al ayuntamiento y coordinaban protestas.

César Benedit canta un canción de protesta garifuna en su hogar en Triunfo de la Cruz junto a su hija Anllely parada a su lado.

Fotografía de Tomás Ayuso

Observar a su hermano mayor le enseñó a César una lección importante: que tenía una voz y que era más fuerte si se unía a otras de los miembros de su comunidad. Unos años después, Víctor falleció de forma natural sin relación con su trabajo como defensor de los derechos a la tierra. "Pero su legado se quedó con nosotros", explica César.

"Solía decirme siempre: ‘Si no defiendes este territorio, si no lo proteges, habrá un momento en el que esta comunidad se cansará y, a la larga, todos tendrán que irse de aquí".

Desde la muerte de Víctor, Honduras se ha vuelto más peligrosa para los defensores de los derechos a la tierra. Según Global Witness, una organización internacional por los derechos humanos, más de 160 de ellos han sido asesinados desde 2009.

Pero la resistencia en Triunfo de la Cruz y en otras comunidades garifunas ha persistido. Y han tenido éxito ya que su lucha ha sido reconocida en el ámbito internacional. En 2015, Inter-American Court of Human Rights, IACHR, (Corte Interamericana de Derechos Humanos) determinó que el Gobierno hondureño violó la Convención Americana de Derechos Humanos porque no protegió las tierras ancestrales de la comunidad garifuna del desarrollo urbano y los proyectos turísticos.

Anllely Benedit, hija del líder garifuna César Benedit, tira de una cuerda para ayudar a los pescadores de la comunidad a sacar del mar una red repleta de peces en Triunfo de la Cruz.

Fotografía de Tomás Ayuso

Sneider, el amigo de César que fue secuestrado en julio pasado, fue uno de los que llevó la demanda a la corte internacional y César actuó como testigo. Junto a otros líderes sospechan que la desaparición de Sneider está relacionada con su activismo. Pero, sin una investigación gubernamental, nadie está seguro de lo que sucedió esa noche, y eso solo aterra a la comunidad.

Incluso hoy, un año después de la desaparición de su amigo, César camina alerta por las calles de tierra de su pueblo costero. Las amenazas anónimas le advierten que se abstenga de oponerse al desarrollo y le llegan a través de mensajes de texto y llamadas. También ve vehículos desconocidos estacionar fuera de su casa por largos periodos de tiempo, algo que se conoce como intimidación por vigilancia. Dichas amenazas comenzaron aún antes de que su amigo desapareciera y siguen hasta hoy.

"Estoy pensando en viajar", cuenta sentado en una playa a unos pocos pasos de su hogar mientras mira sin parar por encima de su hombro a las brillantes SUV y sedanes frenar. Solo se relaja cuando las puertas de los vehículos se abren y se da cuenta de que son turistas.

"Si no me matan antes", agrega.

Cuando César por fin logra dormir profundamente, su amigo desaparecido suele venir a sus sueños. "No te rindas", cuenta César que le dijo Sneider en un sueño. "Tienes que seguir luchando. Si no lo haces, todo irá cuesta abajo y perderemos a nuestra comunidad".

Carlos Zabala huyó de la zona rural golpeada por las sequías y se reubicó, junto a su familia, en un barrio controlado por pandillas en las afueras de Tegucigalpa con la esperanza de construir un futuro mejor. Aquí, la familia utilizó piezas de madera recuperada para construir un hogar en un acantilado en el barrio Colonia Ciudad Guzmán mientras luchan contra el desempleo y el hambre.

Fotografía de Tomás Ayuso

‘Aquí no podemos vivir bien’

Fuera de su pequeño hogar de adobe, Yosselin Ávila González enjabona a su hija de dos años, Angely Maholi, en un cuenco de cerámica al aire libre mientras la niña se queja y retuerce. Con delicadeza, le indica a sus dos hijas más grandes, Gaby Dilena, de 8 años, y Yosselin Abigail, de 6, que también se laven, pero no la escuchan hasta que las regaña. Por último, coloca a Angely Maholi en una hamaca para mecerla hasta que se duerma y se sienta en una silla de plástico para recuperar el aliento.

La joven madre vigila el jardín de yuca y vegetales que crece en una porción de tierra fuera de su hogar. Habitualmente, hubiese plantado maíz en este época del año, pero no pude ser así hoy. "Esperamos la lluvia regular de mayo, pero no comenzó a llover hasta junio", explica. "Hay personas que plantaron en mayo, pero el maíz no ha crecido o los animales lo han arrancado". 

Los patrones de lluvia erráticos son la principal razón por la que su marido, Emilio Núñez Medina, se fue a Atlanta en enero. Antes de que él migrara, la familia vivía con menos de $5,50 dólares por día, como lo hace la mitad de la población hondureña de 9,7 millones de personas, según el Banco Mundial. La situación de la familia ha mejorado muy poco desde que su marido comenzó a enviarle dinero ($50 o $100 dólares cuando puede). Hoy, pueden comer spaghetti con salsa algunos días a la semana en vez de solo frijoles y tortilla.

Yosselin Ávila González, de 25 años, cuida a su hija de dos años Angely Maholi en una hamaca mientras sus otras dos hijas están paradas cerca. González no ha sentido el confort de dormir al lado de su marido desde que él emigró a Estados Unidos en enero. Él manda un poco de dinero cuando puede, pero estos envíos no son el salvavidas que algunos imaginan.

Fotografía de Tomás Ayuso

Recibir dinero de Estados Unidos no es el salvavidas que todos imaginan. "Si tu marido no te lo manda, no comes", cuenta Yosselin. Quiere que sus hijas estudien, sean profesionales y no dependan de un marido que las mantenga. Pero eso parece poco probable en un país donde los pobres tienen acceso limitado a la educación. La más grande (en segundo grado) todavía no sabe leer y solo va a clases una vez por semana.

En ocasiones, Yosselin siente que seguir los pasos de Emilio es la única manera que tiene con sus hijas de dejar atrás la desesperante situación. "Aquí no puedes vivir bien", señala.

Yosselin quiere que su familia esté junta de nuevo, pero, cuando piensa en pasar semanas por senderos hasta México con sus hijas, no sabe qué hacer. "Comienzo a pensar y a considerar la realidad", explica. "Tengo tres niñas. Y puedes imaginar que la ruta es difícil. Piensa en eso, una de ellas no es tan grande. Todavía es tan pequeña".

Así que está varada en esta encrucijada mental y se pregunta cuánto podrá tolerar la pobreza antes de que la obliguen a tomar una decisión que sabe es peligrosa.

Tavo Cubas se despide de su nieta, Gimena Cubas, en la terminal de autobús de San Pedro Sula dado que su hijo y la niña huyen del país para escapar de las amenazas constantes contra la familia. Muchos barrios en Honduras están controlados por miembros de pandillas, grupos criminales y autoridades corruptas que no dudarán en cumplir con las amenazas contra aquellos que no se ajusten a las demandas.

Fotografía de Tomás Ayuso

Correr el riesgo

En San Pedro Sula, un grupo de hondureños, en su mayoría jóvenes, han decidido que no pueden esperar más para que las cosas mejoren. Se reúnen afuera de una estación de servicio frente a la terminal de autobuses donde se suben a los vehículos que los llevan a Guatemala, el primer paso en su viaje de 2.253 kilómetros hacia Estados Unidos.

Entre ellos, se encuentra Samantha, de 20 años, que pidió se la identificara solo por su nombre de pila por cuestiones de seguridad. Se sienta en una mesa de picnic con su hijo de cuatro años, sus manos en su panza de embarazada. Por su delgado rostro y sus ojos grandes e inocentes, parece demasiado joven para estar esperando su segundo hijo.

Ocho meses antes, su hogar en el área Rivera Hernández de San Pedro Sula se inundó por los huracanes. Luego, unos meses después, mataron al padre de sus hijos. Sin haber terminado el secundario, solo puede aspirar a un trabajo de fábrica y con un salario bajo, que le brinda apenas lo suficiente para la comida, cuenta. Por lo tanto, junto a su hermana mayor, cuyo marido también fue asesinado hace una década, decidió emigrar a Estados Unidos con los niños, que tienen entre 4 y 11 años.

Mientras Samantha se preparaba para comenzar el viaje, admitió que la atemorizaba lo que podía suceder en el camino: violaciones, secuestros, o cosas peores. Pero estaba decidida. "Hago esto por su futuro", afirmó Samantha mientras señalaba a su hijo. "Porque mi futuro ya está perdido".

.Anna-Catherine Brigida es una periodista independiente que ha realizado coberturas sobre América Central desde 2015. Es miembro 2021 de la Fundación Alicia Patterson que informa sobre la salud mental en El Salvador y Honduras. 

Tomás Ayuso, quien participó de la redacción del artículo, es un fotógrafo, escritor y explorador de National Geographic hondureño que centra su trabajo en conflictos y desplazamientos en América Latina. 

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