A 75 años de la rendición del régimen nazi, todos los bandos concuerdan: la guerra es un infierno
Los veteranos y sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial marcan el 75° aniversario del Día de la Victoria en Europa y tienen la misma opinión sobre el sufrimiento que vivieron y lo que les ocasionó.

Apresurándose para reclamar Berlín, su premio, los soldados soviéticos corren por las calles de la condenada capital alemana en abril de 1945. Para ese entonces, la ciudad estaba en ruinas por el bombardeo de los aliados, y el Tercer Reich de Hitler estaba desmoronándose. Las fuerzas alemanas se rindieron el 7 de mayo; el día siguiente fue declarado el Día de la Victoria en Europa.
Apresurándose para reclamar Berlín, su premio, los soldados soviéticos corren por las calles de la condenada capital alemana en abril de 1945. Para ese entonces, la ciudad estaba en ruinas por el bombardeo de los aliados, y el Tercer Reich de Hitler estaba desmoronándose. Las fuerzas alemanas se rindieron el 7 de mayo; el día siguiente fue declarado el Día de la Victoria en Europa.
Hace setenta y cinco años, la guerra más extensa, destructiva y letal de la historia llegaba a su fin. La Segunda Guerra Mundial estuvo a la altura de su nombre. Fue un conflicto global verdadero que enfrentó a los aliados— Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, China y otros pequeños países— contra Alemania, Japón, Italia y otras pocas naciones del eje. Alrededor de 70 millones de hombres y mujeres prestaron servicio en las Fuerzas Armadas y fueron parte de la movilización militar más grande de la historia. Sin embargo, la población civil fue la que más sufrió y más murió. De las 66 millones de personas que se estima murieron, casi el 70 por ciento— alrededor de 46 millones— fueron civiles, entre ellos los seis millones de judíos asesinados durante el Holocausto. Más de diez millones más fueron arrancados de sus hogares y países, muchos de los cuales vivieron en campos de desplazados por años.

El equipamiento y los suministros contaminan la isla de Iwo Jima, escenario de una de las batallas más sangrientas de la guerra en el Pacífico. Luego de cinco días de una lucha feroz, los marinos estadounidenses alzaron la bandera de su nación en la cima del monte Suribachi. Pero la batalla seguiría desatando su furia por tres semanas más, llevando a los curtidos guerreros a sus límites. Un veterano dijo: “Me encontré con marinos sentados en el suelo, tenían las manos cubriéndose la cara y sollozaban como niños”.
El equipamiento y los suministros contaminan la isla de Iwo Jima, escenario de una de las batallas más sangrientas de la guerra en el Pacífico. Luego de cinco días de una lucha feroz, los marinos estadounidenses alzaron la bandera de su nación en la cima del monte Suribachi. Pero la batalla seguiría desatando su furia por tres semanas más, llevando a los curtidos guerreros a sus límites. Un veterano dijo: “Me encontré con marinos sentados en el suelo, tenían las manos cubriéndose la cara y sollozaban como niños”.
Las secuelas de la guerra fueron tan abrumadoras como su magnitud. Sentaron las bases para el mundo que hemos conocido por más de siete décadas, desde los comienzos de la era nuclear y la creación de Israel hasta el surgimiento de Estados Unidos y la Unión Soviética como las dos superpotencias del mundo enfrentadas. También desencadenó la formación de alianzas internacionales como las Naciones Unidas y la OTAN, todas creadas para evitar que un cataclismo similar ocurra nuevamente.

Un soldado norteamericano llega a tierra en la Playa de Omaha durante la invasión de los aliados en la Francia ocupada por los alemanes en el día D, el 6 de junio de 1944. Con aproximadamente 7000 naves y casi 160.000 tropas, la invasión marítima más grande de la historia sentó las bases para la liberación de Europa.
Un soldado norteamericano llega a tierra en la Playa de Omaha durante la invasión de los aliados en la Francia ocupada por los alemanes en el día D, el 6 de junio de 1944. Con aproximadamente 7000 naves y casi 160.000 tropas, la invasión marítima más grande de la historia sentó las bases para la liberación de Europa.
No obstante, con el paso del tiempo, la conciencia pública sobre la guerra y sus casi inconmensurables consecuencias se han desvanecido, convirtiéndolas en algo tan tenue como los tonos sepia de una vieja fotografía. Al mismo tiempo, cada vez hay menos testigos presenciales del hecho. Según las estadísticas gubernamentales de Estados Unidos, menos de 400.000 de los 16 millones de estadounidenses que prestaron servicio en la guerra— 2,5 por ciento— seguían vivos en 2019.
Pero gracias a la predisposición para compartir sus historias de algunos de los últimos sobrevivientes, hemos obtenido un valioso regalo: la posibilidad de darle a la guerra un enfoque nítido nuevamente al verla a través de sus ojos. Sin acceso a internet o a otras formas de comunicación instantánea que tenemos hoy, la mayoría de estos hombres y mujeres sabían muy poco del mundo antes de la guerra más allá de sus comunidades. Al sacarlos de sus entornos familiares, se los expuso a una abrumadora variedad de experiencias nuevas y se los probó de maneras que antes eran inimaginables. Para muchos, los desafíos fueron emocionantes.
Eso le sucedió a Betty Webb, quien fue reclutada para unirse a la supersecreta operación británica de descifrado de códigos en Bletchley Park. Webb fue una de las incontables mujeres cuyo trabajo fue fundamental para los esfuerzos bélicos de sus países y quienes, en el proceso, encontraron un sentido de valía personal e independencia que nunca antes habían conocido.
Harry T. Stewart, Jr., nieto de 20 años de un hombre nacido en la esclavitud, se probó a sí mismo también. Stewart, neoyorquino que antes de la guerra no había manejado un vehículo jamás, se convirtió en piloto de caza de la famosa unidad de afroamericanos conocida como los Aviadores Tuskegee; voló en 43 misiones de combate y ganó la condecoración Cruz por Vuelo Distinguido.

El 23 de febrero de 1945, seis marinos de Estados Unidos colocaron la bandera estadounidense en la cima de una colina destruida por la batalla en la isla de Iwo Jima, una fortaleza japonesa defendida implacablemente. John “Jack” Thurman recuerda que el solo hecho de ver la bandera animaba a los cansados marinos. “Incluso después del anochecer, los proyectiles de artillería explotaban y, por el destello, podías ver la bandera allí, flameando. Erguida todavía. No podía evitar pensar en el Fuerte McHenry y el himno ‘The Star-Spangled Banner.’ Durante la noche, las bombas explotando en el aire demostraban realmente que nuestra bandera seguía allí”, recuerda Thurman.
El 23 de febrero de 1945, seis marinos de Estados Unidos colocaron la bandera estadounidense en la cima de una colina destruida por la batalla en la isla de Iwo Jima, una fortaleza japonesa defendida implacablemente. John “Jack” Thurman recuerda que el solo hecho de ver la bandera animaba a los cansados marinos. “Incluso después del anochecer, los proyectiles de artillería explotaban y, por el destello, podías ver la bandera allí, flameando. Erguida todavía. No podía evitar pensar en el Fuerte McHenry y el himno ‘The Star-Spangled Banner.’ Durante la noche, las bombas explotando en el aire demostraban realmente que nuestra bandera seguía allí”, recuerda Thurman.

Doutly, la menor de seis hermanos, creció en Detroit. Se puso pantalones por primera vez a los 19 años cuando aceptó un trabajo en Briggs Manufacturing, en el que remachaba componentes para los bombarderos B-24 y B-29. Recuerda a la Segunda Guerra Mundial como un tiempo de unión. Los vecinos de todos los orígenes se unían para escuchar la radio o conmemorar a los jóvenes soldados muertos en combate en el extranjero. “Alguien tenía una papa. Alguien tenía una cebolla. Las tirabas a la olla y hacías sopa”, cuenta. “Veías qué se podía hacer”.
Doutly, la menor de seis hermanos, creció en Detroit. Se puso pantalones por primera vez a los 19 años cuando aceptó un trabajo en Briggs Manufacturing, en el que remachaba componentes para los bombarderos B-24 y B-29. Recuerda a la Segunda Guerra Mundial como un tiempo de unión. Los vecinos de todos los orígenes se unían para escuchar la radio o conmemorar a los jóvenes soldados muertos en combate en el extranjero. “Alguien tenía una papa. Alguien tenía una cebolla. Las tirabas a la olla y hacías sopa”, cuenta. “Veías qué se podía hacer”.

Cuando Hitler anexó a Austria en 1938, muchos judíos austriacos huyeron. La familia de Lerner pasó tres años fugándose y finalmente desembarcó en Estados Unidos cuando él tenía 16 años. “No teníamos un centavo y no hablábamos inglés, pero estábamos a salvo”, señala. A los 18 años, Lerner se alistó en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Como hablaba francés y alemán, fue asignado a la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) — predecesora de la CIA. Pasó gran parte de la guerra interrogando a prisioneros alemanes y buscando miembros de la famosa SS nazi. ¿La prueba incriminatoria? “Todos los miembros de la SS tenían tatuado su tipo de sangre debajo de su axila izquierda”.
Cuando Hitler anexó a Austria en 1938, muchos judíos austriacos huyeron. La familia de Lerner pasó tres años fugándose y finalmente desembarcó en Estados Unidos cuando él tenía 16 años. “No teníamos un centavo y no hablábamos inglés, pero estábamos a salvo”, señala. A los 18 años, Lerner se alistó en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Como hablaba francés y alemán, fue asignado a la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) — predecesora de la CIA. Pasó gran parte de la guerra interrogando a prisioneros alemanes y buscando miembros de la famosa SS nazi. ¿La prueba incriminatoria? “Todos los miembros de la SS tenían tatuado su tipo de sangre debajo de su axila izquierda”.

Con 110 años, Lawrence Brooks de Nueva Orleans es el veterano de la Segunda Guerra Mundial de mayor edad. Desde 1941 a 1945, prestó servicios como asistente de apoyo de los oficiales en el Pacífico en el batallón de ingenieros 91°, cuerpo predominantemente compuesto por afroamericanos. Brooks dice que tiene buenos recuerdos de los días en las Fuerzas Armadas, pero también malos, como ser “tratado mucho mejor en Australia” que por blancos en Estados Unidos.
Con 110 años, Lawrence Brooks de Nueva Orleans es el veterano de la Segunda Guerra Mundial de mayor edad. Desde 1941 a 1945, prestó servicios como asistente de apoyo de los oficiales en el Pacífico en el batallón de ingenieros 91°, cuerpo predominantemente compuesto por afroamericanos. Brooks dice que tiene buenos recuerdos de los días en las Fuerzas Armadas, pero también malos, como ser “tratado mucho mejor en Australia” que por blancos en Estados Unidos.

“Nos enviaron a morir por el emperador y la nación imperial, y todos hacíamos como que creíamos en ello. Pero cuando los soldados estaban agonizando, los más jóvenes pedían por sus madres y los más grandes decían los nombres de sus hijos. No escuché a nadie que nombrara al emperador o a la nación”.
A los 15, Nishizaki dejó su hogar para unirse a la Marina en 1942 y su madre le dio una orden: “Debes sobrevivir y regresar”, le imploró. Se aferró firmemente a sus palabras, incluso cuando los vientos de la guerra lo trasladaban por el Pacífico, de una batalla a la otra, y, finalmente, cuando lo enviaron a una misión suicida en Okinawa. Contra todos los pronósticos, vivió y honró la demanda de su madre.
“Nos enviaron a morir por el emperador y la nación imperial, y todos hacíamos como que creíamos en ello. Pero cuando los soldados estaban agonizando, los más jóvenes pedían por sus madres y los más grandes decían los nombres de sus hijos. No escuché a nadie que nombrara al emperador o a la nación”.
A los 15, Nishizaki dejó su hogar para unirse a la Marina en 1942 y su madre le dio una orden: “Debes sobrevivir y regresar”, le imploró. Se aferró firmemente a sus palabras, incluso cuando los vientos de la guerra lo trasladaban por el Pacífico, de una batalla a la otra, y, finalmente, cuando lo enviaron a una misión suicida en Okinawa. Contra todos los pronósticos, vivió y honró la demanda de su madre.

“No quiero recordar nada de eso, ni siquiera hablar. Es todo tan difícil. No quiero que nadie tenga que sufrir algo similar de nuevo. Cuando hablo de mi niñez, me altero. Comienzo a llorar. No quiero llorar más; quiero vivir el resto de mi vida en paz y ver solo lo bueno de la vida. No quiero ver nada terrible nunca más. Lo siento”.
Nikitina, de 87 años, era una niña cuando comenzó el bloqueo nazi de Leningrado que duró 900 días. Ya había perdido a su madre y su padre estaba en la guerra, por lo que la evacuaron rápidamente de la ciudad sitiada. Casi todos sus familiares que no pudieron escapar del dominio nazi murieron de hambre, frío o por un bombardeo. Estas situaciones se llevaron alrededor de 800.000 vidas civiles.
“No quiero recordar nada de eso, ni siquiera hablar. Es todo tan difícil. No quiero que nadie tenga que sufrir algo similar de nuevo. Cuando hablo de mi niñez, me altero. Comienzo a llorar. No quiero llorar más; quiero vivir el resto de mi vida en paz y ver solo lo bueno de la vida. No quiero ver nada terrible nunca más. Lo siento”.
Nikitina, de 87 años, era una niña cuando comenzó el bloqueo nazi de Leningrado que duró 900 días. Ya había perdido a su madre y su padre estaba en la guerra, por lo que la evacuaron rápidamente de la ciudad sitiada. Casi todos sus familiares que no pudieron escapar del dominio nazi murieron de hambre, frío o por un bombardeo. Estas situaciones se llevaron alrededor de 800.000 vidas civiles.

Brockmann, de 93 años, tenía 12 en 1939 cuando Alemania invadió Polonia y desató la Segunda Guerra Mundial. Hitler era su ídolo y ansiaba ir a la guerra. Una vez allí, a finales de la guerra, vio atrocidades que estaban “en contra de todo lo moral que él creía como soldado alemán”. Terminó la guerra en cautiverio soviético— “el peor escenario posible”, dijo.
Brockmann, de 93 años, tenía 12 en 1939 cuando Alemania invadió Polonia y desató la Segunda Guerra Mundial. Hitler era su ídolo y ansiaba ir a la guerra. Una vez allí, a finales de la guerra, vio atrocidades que estaban “en contra de todo lo moral que él creía como soldado alemán”. Terminó la guerra en cautiverio soviético— “el peor escenario posible”, dijo.
Estos triunfos son inspiradores y deberían celebrarse. No obstante, lo que predomina en las historias de los sobrevivientes son las tragedias vividas por muchos de ellos, tanto aliados como del eje. Sus relatos son prueba del auténtico infierno de la Segunda Guerra Mundial— la brutalidad, el sufrimiento y el terror vividos y ocasionados, por ambos bandos. El testimonio de Victor Gregg, soldado británico capturado por los alemanes, es particularmente aterrador. Su prisión fue destruida con el bombardeo incendiario de Dresde en febrero de 1945.
Gregg, quien presenció las ardientes muertes de civiles alemanes allí— alrededor de 25.000— se quedó con un sabor de culpa y vergüenza permanente. “Eran mujeres y niños”, dijo. “No podía creerlo. Supuestamente éramos los buenos”. Su historia, como muchas otras, debería permanecer como huella imborrable en nuestras mentes.

Un soldado soviético caído sostiene una granada de mano mientras otro les apunta a los invasores alemanes durante la batalla de Stalingrado. La batalla— una de las más grandes y largas de la historia— duró 200 días y dejó la ciudad hecha escombros. Desde ese momento, comenzó a llamarse Volgogrado. Ambos bandos sufrieron pérdidas abrumadoras, pero las fuerzas soviéticas vencieron finalmente y destruyeron al 6º Ejército alemán cambiando el curso de la guerra en Europa.
Un soldado soviético caído sostiene una granada de mano mientras otro les apunta a los invasores alemanes durante la batalla de Stalingrado. La batalla— una de las más grandes y largas de la historia— duró 200 días y dejó la ciudad hecha escombros. Desde ese momento, comenzó a llamarse Volgogrado. Ambos bandos sufrieron pérdidas abrumadoras, pero las fuerzas soviéticas vencieron finalmente y destruyeron al 6º Ejército alemán cambiando el curso de la guerra en Europa.
Lynne Olson es autora de “Isla de Última Esperanza: Gran Bretaña, Europa ocupada y la Hermandad que ayudó a cambiar el curso de la guerra (Last Hope Island: Britain, Occupied Europe, and the Brotherhood That Helped Turn the Tide of War). Este es su primer artículo para National Geographic.
